Sospechas
Capítulo 12
12
Poco menos de una semana más tarde, Sylvia y yo nos fuimos cuatro días a París. Llevábamos un año sin ir, y además en esa última ocasión había sido una visita oficial. Ahora teníamos todo el tiempo del mundo y podíamos hacer lo que nos viniese en gana.
Nos alojamos en un hotel en Saint-Germain-des-Prés, en la rue Saint-Sulpice. Por las mañanas desayunábamos en la terraza de una brasserie del boulevard Saint-Germain. Al tercer día el camarero ya se sabía de memoria lo que pedíamos: un cruasán para Sylvia, un sandwich au jambon para mí, dos cafés crèmes. En nuestra cuarta y última mañana me apetecía un cruasán, pero para no decepcionar al camarero sonriente, volví a pedir lo de siempre. Luego salíamos a caminar. Sin plan, sin rumbo, y lo más importante, sin mapa. Primero cruzar el Sena, después seguir hacia la izquierda, hacia el Louvre; una mañana por la rue Saint-Honoré, la otra por el Jardín de las Tullerías hasta los Campos Elíseos.
Estaban por todas partes, casi exclusivamente mujeres. A veces en los portales, pero a menudo en plena calle. Varios niños, la mayoría de entre dos y seis años. Un colchón, mantas sucias, un par de bolsas de basura con sus posesiones.
—Esto es demasiado —dijo mi esposa cuando pasamos por delante de una mujer con cuatro niños dormidos—. Mira lo pequeños que son. ¿Quién haría algo así?
Yo habría podido replicar que quizá no podían elegir, habría podido decir algo acerca de la crisis económica en Europa, en el mundo, pero no lo hice.
—Es como si no tuviesen orgullo —dijo Sylvia—. Mendigos, vale, hay en todas partes. No está bien, no debería pasar en un país rico como Francia, pero esto no es lo mismo. Ni siquiera piden, ¿lo ves? ¿Ves un sombrero o un vasito de plástico en algún sitio? Ni falta que les hace: consiguen el dinero de otro modo.
No dije nada. Nos habíamos detenido ante el escaparate de una tienda Louis Vuitton. En todo el escaparate no había más que un único bolso de color rojo intenso sobre terciopelo negro. Miré de reojo a la mujer del colchón. Se acababa de despertar y se frotaba la cara, no muy limpia, con la mano sucia. Llevaba un pañuelo a cuadros marrón oscuro en la cabeza y en la parte superior de su cuerpo, un chaleco verde oscuro que parecía solamente la capa externa de un montón de prendas más. Los niños siguieron durmiendo, tres niñas y un niño. Eran las diez y media de la mañana, por un instante me pregunté a qué hora debían de haberse acostado la noche anterior si todavía dormían a esas alturas del día, pero entonces negué con la cabeza sin querer.
—¿Te gustaría que te regalase un bolso como ese? —pregunté, para cambiar de tema—. ¿Te volverías loca de alegría si te regalase un bolso rojo de Louis Vuitton?
Era muy consciente del contraste entre el bolso expuesto sin precio, porque probablemente era impagable, y la mujer sucia con sus hijos dormidos a unos diez metros de nosotros. Si se utilizara como escena cinematográfica, sería demasiado barata. Y tendenciosa: ¿adónde había llegado el mundo occidental, que permitía la coexistencia de bolsos que costaban el sueldo de un mes con niños pequeños durmiendo en la calle? ¿O tal vez el mayor símbolo de decadencia no era el bolso Louis Vuitton, sino lo que esa madre sin lavar hacía a sus hijos?
—Las mujeres desvían la atención, los niños están entrenados para rajarte el bolso con una navaja o hurgarte en los bolsillos con sus deditos rápidos — dijo mi mujer—. Y no, cariño, no me gustaría un bolso así. No es que me parezca feo, es por la marca. Transmite el mensaje equivocado. Tienes que plantearte si eres el tipo de persona que se pasea por la ciudad con un bolso Louis Vuitton, y yo no lo soy.
Llegamos al final de los Campos Elíseos, hasta el Arco de Triunfo, y a continuación volvimos a pie por el otro lado. Comimos un menú sencillo en una brasserie de una calle lateral. Como entrante pedí oeufs durs mayonnaise, y el camarero me felicitó por mi elección. «Una decisión excelente», entendí. Y luego dijo otra cosa, acerca de los parisienses o de París, una frase completa pronunciada con una sonrisa de la cual yo solo entendí la palabra «manger».
—Nunca he comprendido qué gracia tienen —dijo Sylvia en cuanto el camarero se hubo ido—. Hervir los huevos más de cinco minutos, cucharada de mayonesa encima y listos.
—A mí este plato me encanta. Huevos duros muy fríos, y la mayonesa es casera, no lo olvides.
—Es solo que es un plato un poco infantil. Como una salchicha, o unas varitas de merluza. Pero, bueno, es que tú también eres infantil.
Lo dijo sonriendo, mientras alzaba el vaso de cerveza para brindar, y luego además me guiñó un ojo. Yo levanté el vaso a mi vez, un vaso estrecho, el formato que en Francia llaman demi. Lo noté frío como el hielo bajo las yemas de los dedos, con pequeñas gotitas de agua, la capa de espuma era perfecta, casi daba pena beber, era como pisar un prado cubierto de nieve recién caída. Sabía que, con lo del plato infantil —sobre el steak tartare que me había pedido de segundo todavía no había dicho nada, pero al tiempo—, mi mujer solo se estaba metiendo conmigo. La guasa (y la sonrisa, y el guiño) me tranquilizaron. ¿Acaso también se metería conmigo (y me sonreiría y me guiñaría el ojo) si estuviese liada con Maarten van Hoogstraten? Lo primero que dejaría de hacer sería meterse conmigo, ¿no? ¿O simplemente fingía muy bien? ¿Quizá intentaba, en la medida de lo posible, comportarse como siempre? De lo contrario, sería lo primero que me llamaría la atención: que ya no se metiese conmigo por lo que pedía, que ya no brindase conmigo, ni me sonriese, ni me guiñase el ojo.
Llevaba observándola con atención desde que habíamos salido de Ámsterdam. No, no con atención: sin fijarme demasiado. Sutilmente. En el Thalys, hojeé un Vrij Nederland sin leer nada. Luego quité el punto de lectura de mi libro con un suspiro: página ciento setenta, me quedaban ciento cincuenta. A los diez minutos ya sabes si una película es buena o si es una peli de mierda. Con un libro tardas un poco más, das el beneficio de la duda al autor, pero en la página ciento setenta ya sabes que la cosa no se va a salvar, que ya solo puede empeorar.
Para no llamar demasiado la atención, fui pasando una hoja de vez en cuando. Mientras tanto, estudiaba de reojo a mi mujer, que parecía totalmente inmersa en su ¡Hola! ¿Llevaba el pelo de algún modo especial? ¿Se había maquillado más de lo normal? ¿O menos? ¿Había adelgazado las últimas semanas? Perder peso, cambiar de peinado, ponerse pintalabios más a menudo… Según todas las revistas populares, estos eran los síntomas externos que delataban la existencia de una relación extraconyugal. Pero no vi nada distinto, ni detecté nada extraño en su comportamiento durante el viaje en tren. Por lo que pude comprobar, no consultaba su iPhone más de lo habitual. En una ocasión, se rio en voz alta con un mensaje de WhatsApp; de una amiga, dijo, una compatriota que le había enviado un vídeo gracioso. Oí trompetas, una voz masculina y fuerte en su idioma; por suerte no me preguntó si yo también quería verlo, conocía mi aversión a los vídeos presuntamente graciosos que la gente se envía a falta de un sentido del humor propio.
Hasta se dejó el iPhone tranquilamente sobre la mesita plegable cuando fue al baño. Habría podido echar un vistazo rápido, repasar los mensajes para ver si entre ellos había alguno de Maarten van Hoogstraten. «¡Pienso en ti todo el día, querida! ¿Qué llevas puesto? Yo estoy en la cama quitándome los calzoncillos y acordándome de ti; ¿te quitas tú también algo?»
Pero todo esto era pura especulación. Claro que no iba a mirarle el teléfono. Porque era algo que yo nunca haría. Porque ella sabía que yo nunca lo haría. No podías empezar a mirar el teléfono de tu mujer de un día para otro. No porque fuese a darse cuenta enseguida, sino porque esas cosas simplemente no se hacen.
Además, ¿sería tan estúpida Sylvia como para tener a Maarten van Hoogstraten con su nombre y su foto de perfil auténticos en la lista de contactos? Seguro que mi mujer no era tan estúpida. Por desgracia. No, constaría sin foto y con otro nombre (¡un nombre de mujer!). Borraría enseguida todos los mensajes que recibiera. Todavía era más plausible que hubiesen acordado no enviarse ni un mensaje mientras ella estuviese en París.
Pero ¿podrían resistirse? ¿Podían dos personas enamoradas aguantar cuatro días sin saber la una de la otra? No, era imposible. Un día, tal vez; medio día, me corregí, pensando en mis propios enamoramientos. A pesar de todos los pactos sobre no llamarse y no enviarse mensajitos de amor, al cabo de un día y medio, como máximo, lo acordado resultaría insufrible. Era demasiado pronto para saberlo, decidí; solo llevábamos una hora y media de camino. Una vez en París, retomaría la observación atenta de mi mujer.
Sylvia ya volvía por el pasillo, de vez en cuando se apoyaba en el respaldo de una silla con las manos. Podría estar imaginándomelo, pero había adelgazado un poco, sí, eso me pareció cuando se dejó caer en su asiento a mi lado.
—He oído un pip —dije—, creo que tienes un mensaje nuevo.
Pero en nuestro segundo día en París, tampoco había habido síntomas ni señales claras que hicieran pensar en un lío secreto entre mi mujer y el concejal Van Hoogstraten. Pensé una vez más, mientras el camarero dejaba el steak tartare delante de mí y el faux-filet met pommes dauphine delante de Sylvia, que quizá la ausencia de síntomas o señales claras era justamente la confirmación de mis peores sospechas. Que mi mujer se comportara con toda normalidad, esa sonrisa con un leve aire de burla y aquel comentario sobre mi steak tartare, con negación de cabeza incluida, en fin, lo que hacía siempre cuando yo me pedía ese plato, tenía que ser una táctica deliberada. Nada de llamadas, nada de mensajes, nada de correos electrónicos. Me los imaginé cuchicheando, mi mujer desnuda, su cuerpo cubierto con una sábana solamente hasta el ombligo, la cabeza con los cabellos revueltos medio apoyada sobre el pecho sin pelo del concejal. «Se daría cuenta enseguida, no podría separarme del teléfono ni un momento, ni para ir a la ducha. A la que oiga un pip, preguntará de quién es el mensaje». Sí, así eran las cosas, así era siempre. El teléfono de mi mujer sonaba cada hora, a veces incluso más a menudo. Esa mañana, durante el desayuno, tres veces. Ni siquiera tenía que preguntárselo, levantaba la mirada del periódico o esperaba un poco a tomar el próximo sorbo de mi café crème.
—Mi hermana —decía mi mujer, o bien—: Mi hermano pequeño.
Solamente llamaba «mi hermana» a una hermana: a su hermana mayor. A su hermano mayor, en cambio, lo llamaba «mi hermano mayor». Su hermana pequeña era «mi hermana pequeña». Eran las diez y estábamos desayunando, todavía era demasiado pronto para un mensaje de nuestra hija, Diana. Siempre mirábamos cada uno por nuestra cuenta hasta qué hora había estado conectada la noche anterior. Hasta las dos menos cuarto esa vez.
—¿No es un poco tarde? —preguntó mi mujer al salir del baño—. Al fin y al cabo, es un día de escuela.
—Sí, pero los viernes tiene las dos primeras horas libres —respondí. Yo siempre recordaba este tipo de cosas mejor que Sylvia; bueno, no es que me acordara, es que las sabía. También sabía qué nota media de alemán tenía Diana.
«No nos enviemos ningún mensaje, son solo cuatro días, Maarten».
Mi mujer se rio y clavó tenedor y cuchillo en su faux filet.
—Es increíble que nunca hayas pillado la salmonela —observó.
Siempre lo decía cuando me pedía un steak tartare. Y quizá sí era increíble. ¿Cuántos kilos de carne cruda debía de haberme zampado en el último medio siglo sin ni un solo ingreso hospitalario? Había tenido intoxicaciones alimentarias, sabía lo que se sentía. Ostras, mayonesa, pastel de carne: platos que en algún momento de mi vida me habían provocado una experiencia cercana a la muerte, pero todavía no había enfermado nunca por culpa del steak tartare.
Que ese día mi mujer también hubiese hecho un comentario socarrón sobre mi plato, como tantas otras veces en los meses anteriores, desde la recepción de Año Nuevo, podía significar dos cosas: o había decidido comportarse con la máxima normalidad posible, y en tal caso lo hacía muy bien, o no fingía nada de nada y se comportaba con normalidad de verdad. Entorné un poco los ojos y estudié su rostro de perfil —nos habíamos sentado el uno al lado del otro en aquella mesita redonda para poder mirar hacia fuera los dos— mientras masticaba con concentración un trocito de solomillo. No pasaba nada, me dije. Todo era como siempre. Habían sido imaginaciones mías. Estábamos los dos solos en París, tal como habíamos estado infinidad de veces en otras ciudades extranjeras: Madrid, Roma, Berlín, Nueva York. Estábamos haciendo lo que siempre hacíamos, lo que tanto disfrutábamos juntos: almorzar con cerveza y vino, y quizá luego incluso una copita de calvados con el café.
Ya había visto a alguno, los holandeses siempre se ven a la legua; la altura, los niños demasiado rubios, esos almuerzos que se limitan, incluso en París, a un bocadillo o una porción de pizza acompañados de cola o agua. No vivían. No sabían que se puede disfrutar de la vida a plena luz del día. A partir de las cinco: es la hora de beber poniendo la directa. Después de la quinta copa, ya no se puede hablar de disfrutar, los holandeses siguen bebiendo con cierto furor para alcanzar cuanto antes una versión espontánea, desinhibida y ruidosa de sí mismos. El típico grupito de holandeses chillones que la población local esquiva con un rodeo. Los holandeses de los que te avergüenzas en tanto que holandés.
—¿Qué miras? —preguntó Sylvia—. ¿No está bueno?
En aquel momento su teléfono emitió un pitido. Dejó el tenedor y el cuchillo al lado del plato, y abrió la funda roja. No dejé de mirarla mientras ella observaba la pantalla. La expresión de su cara no cambió, en todo caso parecía absorta en sus pensamientos, como si no lograse ubicar el contenido del mensaje, o no supiese exactamente quién era el remitente.
—Tengo que contestar —dijo—. Voy a llamar un momento. —Apartó la silla—. Aquí hay demasiado ruido, enseguida vuelvo.
Esta vez no había dicho «mi hermana» ni «mi hermano pequeño». Yo también tuve que levantarme para que pudiese pasar. La miré inquisitivo; era perfectamente normal dirigir una mirada inquisitiva a mi mujer cuando acababa de recibir un mensaje que al parecer exigía una respuesta inmediata.
—Una amiga —dijo, abriéndose paso por detrás de mí—. Una amiga que no conoces.
La seguí con la mirada, e intenté con todas mis fuerzas que mis ojos no transmitieran incredulidad ni recelo, en la medida en que se puede ocultar algo así.
—Enseguida te lo explico.
Y con esto desapareció. Al cabo de pocos segundos la vi en la calle; primero parecía que iba a caminar a la izquierda, pero por lo visto cambió de idea: si hubiese ido hacia la izquierda, habría quedado justo delante de nuestra mesa. Ya se había puesto el teléfono a la oreja. Yo todavía estaba de pie, tenía que inclinarme mucho para seguir viéndola. Hacia la derecha de la brasserie, en la otra esquina, había una terraza en una galería. Estaba hablando. Caminaba de un lado al otro, pero estaba demasiado lejos y yo no podía ver si se reía, si estaba emocionada. Entonces se detuvo y miró hacia mí. No sé si me vio; yo la saludé con la mano, pero no reaccionó. Volví a sentarme. Primero miré mi propio plato, con el steak tartare a medio comer, y después el suyo. «Te había dicho que no me escribieses mientras esté aquí. Pero me alegro de oír tu voz, cariño». Sylvia no se había terminado ni una tercera parte de su solomillo, todavía no había tocado las pommes dauphine. Su plato se enfriaba rápidamente. ¿Qué era tan importante que no podía esperar hasta que terminara de comer? Intenté recordar si en alguna ocasión había hablado de una amiga a quien yo no conocía, o mejor dicho, si en la vida que compartíamos, en la que casi lo sabíamos todo el uno del otro, había espacio para una amiga desconocida. Mi mujer llamaba a todas sus amigas por el nombre. No, estaba seguro. Nunca, ni una sola vez, había dicho: «Esta tarde he quedado con una amiga que no conoces». Me incorporé un poco de la silla. Ahí estaba mi mujer. Había dejado de caminar de un lado a otro. Justo en aquel momento un camión se adentraba en la calle; Sylvia tenía el teléfono al oído, con los dedos de la otra mano se tapaba la otra oreja. Según pude ver desde esa distancia, tenía una expresión seria. Concentrada. Volví a dejarme caer en la silla. ¿Qué demonios le contaba Maarten van Hoogstraten? «No puedo aguantar tanto tiempo sin ti. Necesitaba oír tu voz». Miré mi steak tartare a medio comer y el plato de mi mujer, con el solomillo y las patatas dauphine ya totalmente fríos, y sentí que me invadía una furia enorme. ¿Cómo era posible que el concejal Van Hoogstraten lograra arruinar nuestro almuerzo desde quinientos kilómetros de distancia? Sentí que mis ojos se anegaban de lágrimas. «¡No llores! —me reñí—. Es lo último que tienes que hacer, convertirte en un personaje lastimoso y ridículo». Un marido engañado que da pena a su propia mujer: no hay nada peor. Pero era difícil reprimirlas. De repente me imaginé a Maarten van Hoogstraten tumbado en una cama. En su cama. Solo llevaba unos calzoncillos blancos. Una mano aguantaba el teléfono al oído, la otra estaba dentro de los calzoncillos. «¿Qué llevas puesto? —preguntaba a mi mujer—. Yo solo los calzoncillos. Estoy pensando en ti. Estoy imaginándote desnuda, como el último día que nos vimos, cuando saliste de la ducha en aquel hotel. Pensé que me volvería loco. ¿Quieres que me quite los calzoncillos? ¿Te explico lo que estoy haciendo, lo que tengo en la mano?»
No derramé lágrimas; la furia había ganado la batalla. ¡Nada de escenas patéticas!
—Hostia puta —dije, y al parecer en voz alta, porque el camarero, que justo en aquel momento pasaba al lado de nuestra mesita, se detuvo:
—Monsieur?
Señalé mi vaso de cerveza vacío y murmuré algo que podría ser francés correcto o no serlo. Tampoco hacía ninguna falta que me expresara inteligiblemente; el camarero ya lo había entendido.
—Encore un demi, monsieur —dijo, y se alejó rápidamente.
Entonces apareció Sylvia, esta vez se abrió paso entre la mesa y el ventanal de cristal y se dejó caer en su silla.
—Vaya, vaya —dijo—. Menuda historia tan horrible.
Cogió su vaso y dio un sorbo. Lo vació enseguida. Miró a su alrededor, pero el camarero no estaba en nuestro campo visual.
—Acabo de pedirme una cerveza, el camarero vendrá enseguida.
Sylvia me miró por primera vez desde que había vuelto. Busqué alguna señal en sus ojos; no solo en sus ojos, también en sus mejillas: un rubor que traicionase la emoción de su conversación telefónica.
—¿Qué te pasa? —me preguntó.
—¿Cómo?
—Tus ojos… —dijo acercando su cara a la mía—. Los tienes muy rojos. Has… ¿Has llorado, Robert? Al menos, eso parece.
Me llevé la mano a los ojos, me pincé el puente de la nariz.
—Llevaba algo… —Señalé con la cabeza mi plato, el steak tartare a medio comer—. Algo picante. Un chile de aquellos tan picantes, lo he mordido y se me han saltado las lágrimas.
Su mirada inquisitiva se desplazó de mi ojo izquierdo al derecho, y vuelta otra vez. Puso cara de incredulidad y se rio, una risa compasiva. «¿Cómo se te ha podido ocurrir una mentirijilla tan burda? —preguntaban su expresión y su carcajada—. ¿Pensabas que iba a tragármelo? ¿En serio?»
—¿Qué pasaba? —pregunté rápidamente para desviar la atención de mis ojos llorosos—. ¿Qué le pasaba a esa amiga tuya? ¿Qué amiga es, quiero decir? Has dicho que no la conozco.
Habría querido no preguntar nada de eso. Al sentarse Sylvia, habría querido dejar caer un silencio, observarla atentamente mientras se enmarañaba cada vez más en sus propias mentiras. ¿Cómo intentaría venderme que había hablado con una amiga desconocida y que no había estado ayudando a Maarten van Hoogstraten, con un par de susurros excitantes, a correrse en sus calzoncillos?
En cuanto pensé eso, me pregunté por primera vez si sería capaz de darme cuenta de todo, si realmente sabría distinguir entre una versión que se inventase mi mujer sobre la llamada de teléfono y la realidad. Entre una amiga inventada y una amiga de carne y hueso.
Sylvia entornó los ojos, exhaló un profundo suspiro y apartó la mirada.
—No la conoces —dijo, agarrando el tenedor y poniéndose a cortar el solomillo frío—. Pero ¡menuda historia!
Empezó a contármela. Había conocido a esa mujer en el curso de conversación en neerlandés al que se había apuntado hacía seis meses. Esto era verdad. Quería perfeccionar todavía más su neerlandés. «Aún cometo demasiados fallos en cosas sencillas —había dicho—. El género de las palabras, ¡qué lengua tan horrible tenéis! Cualquiera puede aprender inglés en seis semanas, pero para esto se necesita toda una vida, y aun así notáis a la primera palabra que estáis hablando con una estúpida extranjera».
Se llamaba Sadako, la amiga, y era japonesa. Desde hacía algo menos de un año vivía con su marido, también japonés, en Amstelveen. El hombre casi nunca estaba en casa, viajaba por todo el mundo por trabajo. Y desde hacía poco, Sadako tenía la corazonada de que en esos viajes su marido no siempre estaba solo. Algo sobre una foto, explicó mi mujer: una foto de una cena en San Francisco. Una mesa en un restaurante, unos ocho comensales, hombres y mujeres. En la foto, todos los presentes miraban a la cámara, la silla de al lado del marido de Sadako estaba vacía. Después envió otra foto que por lo visto debía de haber sacado él mismo, porque no aparecía en la imagen. Esta vez era su silla la que estaba vacía, pero en la que había estado vacía antes, ahora había una mujer. Un bellezón. Asiática, aunque Sadako no había sabido identificar de qué país. Japonesa no era; en todo caso, tailandesa o vietnamita. Algo en la foto había despertado su recelo. La primera foto, en la que su marido aparecía, estaba tomada de modo que todo el grupo quedase bien encuadrado, pero en la segunda, la que había sacado el marido de Sadako, tres rostros de la parte derecha quedaban fuera de la imagen, de manera que la mujer sentada al lado de la silla vacía del marido de Sadako quedaba exactamente en el centro. Su marido había enviado las fotos muy seguidas, primero la instantánea en la que aparecía él y después la que mostraba a la mujer. Según había explicado a Sylvia, Sadako no había podido evitar la sensación de que quizá le había enviado la segunda foto por accidente, que se había despistado. Pero eso no era todo. Dos días más tarde recibió otra foto de su marido. Esta vez estaba en el asiento del pasillo de un avión, en un vuelo de San Francisco a Dallas, adonde tenía que ir para un congreso, según le escribió en el texto que acompañaba a la imagen. El asiento del lado de la ventana estaba ocupado, pero el del medio estaba vacío. Sadako había pasado la foto a su portátil y la había aumentado al máximo con el programa de retoque fotográfico. Su marido llevaba gafas, sonreía; los ojos, detrás de los cristales, también sonreían: si uno no buscaba nada más, sonreía a su mujer, a Sadako, la esposa que había dejado en Amstelveen. Pero si lo pensabas, en realidad estaba sonriendo a quien tomaba la foto. Mientras tanto, Sadako había aumentado tanto la imagen en su portátil que una de las lentes de las gafas llenaba toda la pantalla; ya no era nítida del todo, pero lo suficiente para ver el reflejo en el cristal, el reflejo de una mujer, una mujer que tenía en las manos el teléfono del marido de Sadako y disparaba una foto. Claro que la cara reflejada en el cristal de las gafas era demasiado pequeña como para resultar reconocible, pero según Sadako sí se veía que se trataba de una mujer: una mujer de larga melena negra, como la que la noche anterior se había sentado al lado de su marido durante la cena. Aquella melena suelta era lo que había puesto fin a las dudas de Sadako. Las azafatas nunca llevan el pelo suelto, siempre lo llevan recogido y a menudo metido en la gorrita o el sombrerito de la aerolínea.
Mientras escuchaba a mi mujer —a medias, porque en realidad prestaba más atención a cómo relataba la historia que a las palabras en sí—, me pregunté si yo sería capaz de inventarme algo como eso sobre la marcha. Si era capaz de haberse sacado esa historia de la chistera en algún momento entre que colgaba el teléfono a su amante y volvía a nuestra mesita. Me pareció muy poco probable, contenía demasiados detalles. Claro que también era posible que fuera una historia cierta que hubiese oído en alguna parte y que ahora, presa del pánico, hubiese decidido aprovechar para acabar con cualquier recelo que yo pudiera albergar. Pero aun así… El quid de la cuestión estaba en los detalles sobre la amiga. La amiga que yo no conocía se había convertido en una amiga japonesa. Una amiga japonesa con nombre: Sadako. ¿Por qué, si mi mujer se inventaba una amiga, iba a inventarse una amiga japonesa?
—Es tan desagradable… —concluyó Sylvia—. Y lo siento tanto por ella… Su marido vuelve a casa dentro de dos días. Ella casi no conoce a nadie en Holanda, por eso me ha llamado a mí.
Había algo quizá todavía mucho más importante que la historia casi imposible de inventar y la nacionalidad superflua de la amiga engañada, y era que no habría sido muy lógico que mi mujer se inventase, de entre todas las opciones posibles, precisamente una historia sobre una relación extramatrimonial. Una historia sobre una enfermedad incurable habría tenido más sentido: una amiga que yo no conocía y para la que no había tratamiento posible. ¿O esto formaba parte intrínseca de su táctica? Con una historia jugosa de una infidelidad entre dos japoneses, no esquivaba el tema del adulterio. Cualquiera que estuviese implicado en un adulterio intentaría evitar a toda costa ese tema de conversación. Por miedo a ruborizarse, a parpadear, o a que el lenguaje corporal lo traicionase de algún otro modo.
Miré a mi mujer. Me miró sin parpadear, en sus labios se perfilaba una sonrisilla ligeramente socarrona, quizá la sonrisa socarrona de una mujer que se divierte al constatar lo crédulo que es su marido.
—Yo me daría cuenta enseguida —dijo.
—¿De qué?
—Si fueses tú. Si me engañases como el marido de Sadako. Te lo vería en la cara, no podrías guardar el secreto ni medio día.
No dije nada. Sonrió, ahora sin rastro de burla, más bien conmovida, como si hubiese pillado a un niño con una mentira inocente.
—¿Seguro que te habías comido un chile y por eso tenías lágrimas en los ojos? ¿O ahora vas a contarme la verdad?
Todavía no había empezado a ruborizarme, pero si no decía nada en un par de segundos, estaría como un tomate.
—Pensaba en nosotros —contesté—. En lo feliz que soy. Contigo. Lo feliz que me hace poder estar contigo en París.
Mientras lo decía pensé en Maarten van Hoogstraten; la mano en los calzoncillos, los dedos pegajosos.
—Yo también, cariño —respondió mi mujer—. Siempre estoy contenta cuando estoy contigo. Cada minuto del día.