Sospechas
Capítulo 22
22
Normalmente recorría a pie la pequeña distancia entre la residencia oficial y el ayuntamiento, pero aquella mañana había ido en bicicleta porque tenía que almorzar con Pijbes, el director del Rijksmuseum. Había sido una comida muy animada, en media hora el director del museo me había dado toda una clase magistral de historia del arte, desde las primeras pinturas rupestres hasta Jackson Pollock y Jeff Koons. Después había llegado la pregunta del millón, el motivo por el cual me había invitado realmente a comer: ¿Qué me parecería, empezó, con entusiasmo cauteloso (estábamos en el jardín del museo y acabábamos de abrir la segunda botella de vino tinto), diferenciar todavía más la ciudad de Ámsterdam explotando la visita de Barack Obama mediante merchandising? En concreto, se explicó, había pensado en tazas, cajas de galletas, camisetas, posavasos, vasos de chupito, toda la parafernalia en la que también aparecían La ronda de noche y La lechera.
A esas alturas ya habíamos vaciado la segunda botella. Cuando el director del museo hizo amago de volver a rellenarme la copa, sostuve la mano encima. Tenía que estar levemente intoxicado para el debate de los molinos, pero no podía presentarme con coloretes ni mostrar otro síntoma externo de consumo de alcohol. Necesitaba el puntillo de relax, ni más ni menos; lo que estaba claro era que si iba cien por cien sobrio, no podría soportar la sesión.
—Las imágenes del presidente Obama delante de La ronda de noche han llegado a todo el mundo —dijo el director—. Una magnífica publicidad gratis para la marca Ámsterdam. ¿Por qué no habríamos de aprovecharlo? Una caja de galletas y una camiseta con Obama y La ronda de noche de fondo. ¿Quién no querría tenerlo? Así la imagen vuelve a dar la vuelta al mundo, y de paso el museo gana algo.
Sospeché que mis ojos me delataban cuando le respondí que quería pensármelo, que para empezar ni sabía si se podía hacer algo así sin la autorización del propio presidente norteamericano.
—Por eso te lo he planteado a ti primero —dijo Pijbes—. Vi que teníais buena química, se notaba que os caíais bien. Vi cómo le guiñaste el ojo durante el discurso del primer ministro. Quizá lo mejor es proponérselo directamente. De alcalde a presidente. —Y con una sonrisa maliciosa, añadió —: A nuestro primer ministro nunca le pediría algo así —y negó con la cabeza—. No. Solo de pensarlo…
Tomé el camino que seguía el río Amstel. A la altura del teatro Carré, me saqué el teléfono del bolsillo y releí el mensaje de mi padre: «Nuestros mejores deseos para ti, Sylvia y Diana. Tus padres». Yo ni sabía que mi padre (o mi madre) usaban WhatsApp. Estaban al día en todo: libros electrónicos, iPads o teléfonos móviles no tenían secretos para ellos. Mi madre incluso tenía un perfil en Facebook desde hacía unos cinco años. Yo no, pero mi hija era una de sus amigas. A veces oía que Diana se reía a mi lado en el sofá, y cuando le preguntaba qué era tan divertido, decía:
—La abuela otra vez. ¡Qué risa!
Pero se habían quedado «chapados a la antigua» en una cosa: sus móviles no eran smartphones, sino Nokias viejos, teléfonos desde los que como máximo podías enviar SMS.
Justo después del hotel Amstel, a la mitad del túnel que cruza por debajo del canal lateral del río, me paré para volver a leer el mensaje, que ahí en la penumbra quedaba iluminado y se podía leer más claramente que a la luz del día. No me sabía de memoria el número de teléfono de mi padre, pero aun así este me pareció distinto.
Miré otra vez la hora en que habían enviado el mensaje (21:45). Y de repente lo supe… Un pitido durante una conversación telefónica.
Un pitido de esos que te informan de que otra persona intenta llamarte, o de que ha llegado un mensaje nuevo.
¿Qué había hecho con esa información? Nada, al parecer. La noche anterior había escuchado a Bernhard y me había dicho que cuando colgase ya miraría quién había intentado llamarme o enviarme un mensaje, pero a la hora de la verdad se me había ido de la cabeza. Había llegado a casa, me había pasado un rato en el umbral de la puerta charlando, y después había subido arriba, donde me había encontrado a mi esposa en el sofá con Anna Karenina.
¿Y después? Después todavía había ido un momento a mi despacho, a consultar un par de webs norteamericanas sobre molinos eólicos para preparar el debate. Admito que lo que más me interesaba encontrar eran las desventajas de los molinos, pero también admito que no había dado con nada. No más de un par de pequeños inconvenientes. Aparte de que, como es sabido, afean el paisaje, lo más destacable según ambas páginas era la gran cantidad de aves que no sabían calcular la velocidad de las aspas en movimiento y morían despedazadas. Busqué material para comparar. ¿Cuántos pájaros morían por culpa de aviones, coches o trenes? Pero tampoco encontré nada.
Recordé un parque eólico que había visto en mi viaje con Bernhard por el oeste de Estados Unidos, cerca de la pequeña ciudad de Mojave. En un paisaje por lo demás vacío, sin ningún edificio, los molinos estaban repartidos por una decena de colinas bajas hasta el horizonte. Era impresionante, casi bonito, en la medida en que a uno pueden gustarle miles de aspas dando vueltas. Al menos no te dolían los ojos; por decirlo de algún modo, ese vacío podía asumirlo. Durante el debate, podría hacer hincapié en el vacío sin llamarlo «bonito». En los Países Bajos se habían desterrado los paisajes vacíos hacía cinco siglos.
A partir de ahí, propondría el mar. ¿Qué lugar de nuestro territorio ofrecía un espacio inmenso y verdaderamente vacío? El mar. Unos cuantos miles de molinos eólicos en el mar, a suficiente distancia de la costa para que no pudiesen verse desde la playa. Quien no navegase no tendría por qué verlos jamás. Quién sabe, quizá a la tripulación de los barcos hasta le parecería bonito.
Se me había olvidado el pitido. Era así de simple, y ni siquiera era la primera vez que me pasaba. No era nada raro que dejase mensajes sin contestar. Una de las desventajas de WhatsApp era que solo sonaba un pitido y después tenías que acordarte tú.
Luego, por la noche, en el jardín, tampoco había mirado el teléfono. Es más: al bajar a buscar la foto de mi mujer en el bosque de secuoyas, lo había dejado al lado de la cama.
La tarde anterior mi padre se había presentado en el ayuntamiento para decirme que iban a adelantar su muerte inducida. En algún momento de las próximas semanas, había dicho. ¿Y después? Sí, ya me acordaba: cuando yo indiqué que quería hablar con mi madre antes de que llegara la hora, le quitó importancia y me dijo que podía llamarla esa noche, ¿no?
«Esta noche», había dicho. Con esas palabras exactas.
«Llámala esta noche».
Y entonces lo supe con tanta certeza que sentí un repentino cambio de temperatura a lo largo de la columna vertebral; no fue un escalofrío, fue más bien como si alguien me hubiese metido un helado de hielo por el cuello de la camisa.
Cuando vino a hablar conmigo, él ya lo sabía… Había ido a verme lo más tarde posible para que yo ya no pudiese impedírselo ni intentar hacerles cambiar de opinión.
O al menos intentar que mi madre cambiara de opinión. «Llámala esta noche». Pero finalmente no lo había hecho. Cuando fui a sacar la basura, tenía la intención de llamarla, pero la irrupción de Bernhard se había interpuesto. 21:45. Una vez en casa ya no había vuelto a pensar en el pitido, tampoco en mi madre. Sí, después sí, recordé ahora: pensé en ella mientras me lavaba los dientes, debían de ser las once y media más o menos. En aquel momento pensaba que tenía todo el tiempo del mundo, ya la llamaría al día siguiente.
Volví a mirar la pantalla. Por primera vez centré la atención en las cifras de la parte superior del mensaje, que mostraban cuándo había estado conectada la persona por última vez. Sylvia y yo siempre las comprobábamos cuando Diana había salido por la noche. A veces, a las cuatro y media de la madrugada todavía mandaba un mensaje para decir que se quedaba a dormir en casa de una amiga (nunca en casa del nuevo novio, el piso era demasiado pequeño, decía, pero a nosotros nos parecía más plausible que, debido a su cultura, sus padres no lo permitieran); otras veces se le olvidaba, y entonces al día siguiente era un consuelo ver que al menos a las 07:02 de la mañana había estado en línea.
«Visto hoy a las 06:41», ponía debajo del número desconocido para mí, encima del único, y muy probablemente, último mensaje de WhatsApp que mi padre había enviado.
Hoy. Miré la hora que aparecía en la parte superior de mi teléfono: 14:35. Ya he dicho antes que el cálculo mental no se me da bien. Primero tuve que transformar estas cifras a «aproximadamente las seis y media» y «un poco después de las dos y media». Después me costó al menos quince segundos calcular que la diferencia entre ambos momentos era de unas ocho horas.
Ocho horas antes, mi padre todavía había utilizado WhatsApp. Ocho horas antes, todavía estaba vivo… Todavía estaban vivos.
Pedaleé con fuerza, puse la bicicleta en marcha y salí del túnel. Ocho horas. Vi gente sentada en la terraza del De Ijsbreker. No sospechaban nada. A partir de ahora, y quizá ya antes, desde el momento en que había leído el mensaje y abandonado el ayuntamiento, existía un mundo paralelo.
Por un lado estaba el mundo normal, el mundo visible, el mundo de los que tomaban café y sacaban al perro sin saber nada, y al otro lado, el mundo real en el que ocurrían cosas. Cosas reales. Vida y muerte. Un avión que estalla en pleno vuelo, un barco cargado de refugiados que zozobra y se hunde a pocos kilómetros de la costa, dos personas mayores que se dan un último beso, se abrazan fuerte por última vez y después mueren.
Primero pedaleé con fuerza, pero en Weesperzijde, a la altura del edificio de la asociación de remo, dejé de pedalear y fui reduciendo la velocidad.
¿Qué prisa tenía? Veinticuatro horas, había dicho mi padre. Las primeras veinticuatro horas no hagas nada, luego ve a mirar. Sin pensar, me metí la mano en el bolsillo derecho de los pantalones; sabía que las llevaba, no me olvidaba el manojo de llaves nunca o casi nunca. Bueno, «manojo» quizá era una palabra un poco exagerada para describir las dos llaves que necesitaba para abrir nuestra puerta de la calle, y dos más para abrir la de mis padres.
Ocho horas atrás. No, darse prisa no tenía sentido, llegaba tarde de todos modos. En algún momento de esa mañana, antes o después de un último desayuno en la cama o en la mesita de la cocina, mis padres se habían tomado lo que se tenían que tomar para acabar con sus vidas. ¿Cuánto tardaba en hacer efecto eso? Me di cuenta de que nunca lo había preguntado, si lo harían con pastillas o con alguna otra cosa (¿un jarabe?). Ni tampoco de dónde lo habían sacado; no, no había querido ser yo quien planteara ese tema.
Veinticuatro horas. «Lo haremos mañana». ¿Tenía que contar veinticuatro horas desde las 21:45 o desde las 06:41? En realidad, ¿no sería mejor que diese media vuelta y no fuese a mirar hasta el día siguiente?
Aunque había algo más. Tal vez ya no tuviera ninguna esperanza de encontrármelos vivos, pero en ese momento, mientras doblaba a la izquierda pasado el café Hesp y el restaurante portugués, pensé por primera vez en la posibilidad de que solo hubiese funcionado a medias: que se hubiesen tomado una dosis equivocada, demasiado alta o demasiado baja, que hubieran vomitado la mitad, y que estuvieran demasiado débiles para llamar, para pedir ayuda a alguien (a su único hijo).
Crucé la Wibautstraat, dejé bajar la bicicleta sin pedalear siguiendo el canal Ringdijk y bajé la cuesta hacia el pólder de Watergraafsmeer, que está más abajo. Cuatro metros. Esta zona estaba a cuatro metros por debajo del nivel del mar. Si se reventara un dique, el agua llegaría a la mitad de la primera planta de las casas. Cuando llegué al punto más bajo, no me puse a pedalear enseguida. Todo el mundo pudo ver que reducía la marcha. Era más consciente que otros días de que todo el mundo podía reconocerme. Mira, ese de la bici es el alcalde. Por primera vez desde que había salido del ayuntamiento, me pregunté cómo actuaría: cómo entraría en la calle en que vivían mis padres, ataría la bicicleta con el candado y abriría la puerta principal de su casa.
Se podría decir que era una calle en la que la privacidad estaba menos valorada que en otras zonas de Ámsterdam. Todas las casas tenían bancos al lado de la puerta; los días soleados, todo el mundo se sentaba fuera. A esa hora todavía no, la mayoría de la gente estaba en el trabajo. A veces hacían barbacoas. Los niños pintarrajeaban las baldosas de la calle con tizas de colores. En apariencia, los días bonitos era un lugar casi idílico. Qué maravilla, que la gente haga tanta vida en la calle. ¿Verdad?
«No, no hemos visto a sus padres desde ayer. Y lo cierto es que tienen las cortinas corridas, a nosotros también nos ha llamado la atención. Habíamos pensado esperar hasta las cinco de la tarde, y después llamar a la policía».
Los vecinos no solo se sentaban en los bancos a tomarse una cervecita: ocupaban literalmente la calle, se apropiaban de las aceras, el espacio público ya no era de todo el mundo, los adoquines hacían las veces de papel de dibujo para sus hijos.
«¿A qué has venido, forastero?» No se limitaban a mirar así a la gente que no era del barrio, sino que también se comportaban como si la calle les perteneciese; se vestían como si estuviesen en sus casas, con pantalones cortos y camisetas sucias, o incluso iban descamisados. Como si entraras en su dormitorio. Con aquellos cuerpos apenas cubiertos y las barrigas blancas y peludas, te animaban a caminar lo más rápido posible, porque ahí no se te había perdido nada.
Antes de que mis padres se trasladaran a esa casa, antes de que me nombraran alcalde, habíamos vivido casi quince años en Watergraafsmeer. Yo también me había sentado con atuendos casi impresentables a beber cerveza en nuestro banco, un banco que compramos la primera primavera en la tienda de jardinería de la calle Nobelweg. Entonces Diana solo tenía un año y medio. Teníamos un arenero en el jardín de ciento treinta metros cuadrados, pero desde el primer día solo jugaba en la calle. Ahí hacía amigos y amiguitas con facilidad, aprendió a ir en bici —le quité las ruedecillas una tarde calurosa de sábado, poco después de su cuarto cumpleaños—, y yo dejé de sentarme a leer el periódico en el jardín, lo hacía en el banco de delante de la puerta. Para vigilar a la niña, que jugaba fuera, me decía. Y era verdad, claro, pero solo una parte de la verdad: también estaba ahí para vigilar la calle, la acera, mi acera. Desde detrás del periódico, saludaba a los demás propietarios de la calle, a los vecinos, y no saludaba a la gente que no era de ahí.
Al final del Ringdijk doblé a la derecha hacia Middenweg, y al llegar al semáforo, fui hacia la izquierda por Hogeweg. Ya iba más agazapado sobre la bicicleta que en la primera parte del camino, a orillas del Amstel; iba más inclinado sobre el manillar, para que no todo el mundo reconociese mi cara enseguida.
Para que luego no pudiesen decir: «Sí, el día que encontraron a los dos viejos muertos en su casa también vimos al alcalde. Cerca de la casa. Eran sus padres, ¿no? ¿No entró? ¿No salió por la puerta?»
Pasé al lado de la fuente, esculpida por trabajadores forzados chinos, que hay en la esquina de Hogeweg y Linnaeusparkweg, y una manzana después, tomé la Pythagorasstraat.
Por ahora no había gente en la calle. Sin embargo, seguí lo más inclinado posible sobre el manillar, como un ciclista de carreras, inhalando y exhalando profundamente; intenté con todas mis fuerzas respirar normal, no quería quedarme sin aliento si tenía que devolver el saludo a algún vecino o viejo conocido, o si me veía obligado a charlar un momento. Porque a toro pasado, que no me hubiese parado a charlar se consideraría raro.
Pero tuve suerte. Cuando dejé la bicicleta en la valla y le puse el candado, todavía no había visto a nadie. En teoría podía haber alguien sentado tras cualquier ventana, medio escondido detrás de una cortina, un visillo o una persiana, pero llegados a este punto tenía que continuar. Si mostraba una actitud un poco demasiado dubitativa, si miraba un poco demasiado a menudo a mi alrededor, a posteriori el vecino o vecina de detrás del visillo describiría mi comportamiento como extraño.
Después de un breve forcejeo con la llave, entré.
—¿Hola? —llamé; ni demasiado fuerte, ni demasiado bajo: normal.
En realidad lo supe enseguida. Por el silencio. Por el tipo de silencio.
La puerta del dormitorio estaba cerrada.
—¿Hola?
Apreté el pomo hacia abajo, abrí la puerta un poco.
Mis padres estaban el uno al lado del otro en su cama de matrimonio. Boca arriba, las cabezas sobre las almohadas.
Mi madre tenía la boca un poco abierta, pero no hacía falta ser un experto para ver que esa boca no respiraba.
No sé cómo lo supe exactamente cuando deslicé la mirada hacia mi padre. Quizá por el color en su rostro. También recordé todas aquellas veces que me había levantado en plena noche y había ido a la cuna de Diana. Desde su nacimiento y hasta su primer cumpleaños, tal vez todas las noches. Escuchaba y miraba. Intentaba captar el sonido de su respiración, confirmar con el más leve movimiento de su mantita que estaba viva.
Ahora estaba ahí, en el dormitorio de mis padres, el mismo que antes, en un pasado lejano, había sido el nuestro —los primeros meses, la cuna de Diana estaba a los pies de nuestra cama—, observando la manta que cubría a mi padre.
Durante unos cinco segundos —pero también habrían podido ser tres— pensé que me lo estaba imaginando. Igual que cuando crees que el tren en el que estás ya se mueve, pero es otro tren, el que tienes al lado, el que se ha puesto en marcha.
No, no me lo estaba imaginando.
Había movimiento bajo la manta.
El movimiento de una respiración débil, sí, pero regular.