Sospechas
Capítulo 8
8
Un día laborable de febrero, a eso de la una de la tarde, noté que me vibraba el móvil en el bolsillo de los pantalones. Acababa de comerme un bocadillo de embutido y salchicha de hígado y otro especial de la casa (carne picada cruda, huevo duro, cebolletas y mayonesa) en el Van Dobben, y cruzaba la Rembrandtplein de vuelta al ayuntamiento.
«Papá», leí en la pantalla.
Estuve entre uno y tres segundos planteándome no contestar, pero finalmente lo hice.
Fue directo al grano:
—¿Tienes algo mañana?
—Un montón de cosas —dije—. La típica agenda llena. ¿Qué pasa?
—Quería pedirte que me acompañaras a elegir tumba.
—¿A elegir tumba?
—He visto un cementerio bonito. En Ouderkerk aan de Amstel. Pero tu madre no quiere venir. Dice que no le importa adónde vaya a parar cuando se muera. En fin, ya conoces a tu madre.
Yo habría podido decir cualquier cosa. Habría podido decir que al día siguiente tenía demasiado que hacer. Lo lógico habría sido preguntar por qué no podía esperar al fin de semana. Por otro lado, no podía negar que me había picado la curiosidad. En su larga vida, mi padre nunca había sacado el tema de las tumbas ni de nada relacionado con la muerte. ¿Entierro, o cremación? No recordaba que hubiera hablado de ese tema ni una sola vez.
—¿Mañana a primera hora de la tarde? —pregunté—. ¿Te paso a buscar hacia las dos?
Uno de mis puntos fuertes es que siempre me sé de memoria la mayor parte de mi agenda de los próximos tres o cuatro días. Al día siguiente a las dos tenía programada una visita a una guardería involucrada en un escándalo.
—No, ya te recogeré yo —dijo mi padre—. Tú asegúrate de estar en la plaza a las dos. Ahí no puedo aparcar mucho rato.
Habría querido rechazar el ofrecimiento con alguna excusa, pero no me dio tiempo a inventarme nada. Desde hacía cinco años intentaba limitar al máximo subirme en el coche de mi padre. Tanto daba, porque ya había colgado.
Me dije que Ouderkerk no estaba tan lejos, pero sonó más como un mantra que como un pensamiento reconfortante.
La tarde siguiente salimos de la ciudad pasando por delante del molino y de una estatua de Rembrandt arrodillado en el césped con un libro de bocetos, y tomamos una calle estrecha de dos carriles que bordea el río Amstel. La luz del sol centelleaba sobre el agua. Era, como ya he dicho, principios de febrero, pero parecía primavera: recordé que el día antes, en el telediario, habían dicho que era «el febrero más cálido desde 1914».
—¿Qué hace ahí ese camión? —preguntó mi padre; había reducido la marcha en una curva, se había inclinado hacia el volante y escudriñaba la carretera con los ojos entornados, como quien intenta leer la letra pequeña del pie de un contrato.
Seguí su mirada, pero en aquel momento en la carretera frente a nosotros solo había un grupito de ciclistas. Iba a decirle que no había tal camión, pero ya había acelerado y estaba adelantando a los ciclistas sin llevarse a ninguno por delante.
—¿Cuándo tienes la revisión para renovarte el carnet de conducir? —le pregunté, después de dejar pasar un minuto de silencio.
—¿Y eso? ¿Por qué quieres saberlo? ¿Te parezco demasiado viejo para conducir?
Decidí no contestar de inmediato, para dejarle reflexionar la respuesta a esa pregunta.
—A finales de junio —dijo finalmente—. Por eso esta primavera tu madre y yo volveremos a ir al sur de Francia. Por última vez.
—¿Por última vez? ¿Cómo que por última vez?
—¿Qué pone en ese cartel? ¿A cuánto se puede ir aquí? ¿A sesenta? ¿A ochenta?
—A cincuenta.
Suspiró profundamente.
—Lo sé, chico. Ya no veo los carteles. Es imposible que pase esa revisión. En junio van a retirarme el carnet. Pero nunca he tenido un accidente. En toda mi vida. Si cruzo un pueblo, reduzco a cincuenta. En la autopista nunca paso de ciento veinte. Es la burocracia. A los viejos nos quitan todo lo que pueden. El mensaje es claro: «Muérete de una vez, aquí estorbas. Ocupas un espacio que podría ocupar alguien más joven».
—¿Por qué has dicho «la última vez»? También podéis ir al sur de Francia en tren, ¿no? O en avión. ¿Por qué no voláis cómodamente en lugar de conducir mil doscientos kilómetros?
Estábamos parados delante de un semáforo; cuando se puso verde, el coche de mi padre se quedó quieto. Quise avisarlo, pero en aquel instante alguien detrás de nosotros empezó a pitar.
—¡Voy, voy! —gritó mi padre, que levantó un brazo hacia atrás y le hizo una peineta—. ¿Tenemos prisa? ¿Tanta prisa tienes por ir a un sitio donde no te espera nadie, capullo?
Sin poner el intermitente dobló a la izquierda, hacia un puente, y una vez al otro lado, enseguida se desvió a la izquierda de nuevo, también sin poner el intermitente. Volvió a acercar la cara al parabrisas.
—Tiene que estar por aquí, en algún sitio. Más allá de esas casas, creo.
—¿Por qué has dicho «la última vez», antes?
—¿Cómo?
—Lo que has dicho antes, que este verano irías por última vez al sur de Francia con mamá. Creo que no querías decir por última vez en coche, sino por última vez de verdad.
—Aquí. Es aquí.
Aparcó a la derecha de la carretera. Me di cuenta de que intentaba actuar como si todo fuera lo más normal del mundo, pero una rueda delantera tocó algo, el bordillo de la acera o algún otro obstáculo, y nos detuvimos al lado de un árbol grueso; tan cerca que era imposible abrir mi puerta.
—Después del verano se acabó —dijo mi padre—. Para tu madre y para mí. Lo hemos hablado largo y tendido, y nos parece la mejor opción. Vamos a hacerlo todo una vez más. Ir al sur de Francia, cenar en el hotel Amstel; hemos hecho una lista. En mayo cumplo los noventa y cinco. Será el último cumpleaños. De eso también quería hablarte, quiero celebrarlo de un modo especial. Con toda la familia, en un restaurante, quizá algo más, un paseo por los canales, yo qué sé, algo que después todo el mundo recuerde. Y luego, desenchufamos. No enseguida, en septiembre o en octubre. Otoño, una estación bonita para un funeral doble. En todo caso, antes de Navidades, para no tener que volver a tragarnos todo ese rollo. Así que por suerte ya hemos pasado las últimas Navidades.
—Por el amor de Dios, pero ¿por qué? Los dos estáis fuertes como robles.
Intenté abrir la puerta, pero no se movió más que unos diez centímetros.
—Por eso ahora es el momento adecuado —dijo—. Ambos hemos vivido. Hemos tenido una buena vida. ¿Por qué íbamos a querer terminarla en un asilo? ¿Por qué iba alguien a querer llegar al punto de que unas cuidadoras tengan que ayudarlo a cagar? Eso, si llega al baño. Todas esas mandangas, chico, no quiero ni pensarlas. Y te seré sincero: hemos tomado esta decisión pensando sobre todo en nosotros mismos, pero deberías tener en cuenta lo que va a representar para vosotros. Para ti y para Sylvia. Os ahorráis tener que visitar los domingos por la tarde a unos padres demenciados que no pueden valerse por sí mismos. Un padre que se caga encima durante la comida de Navidad, una madre que ni siquiera te reconoce. Porque eso es lo importante, al fin y al cabo. Ahora tu madre solo está un poco olvidadiza, pero son los primeros síntomas. Intenta imaginarte qué alivio supondrá para vosotros. Y qué final tan bonito: un cumpleaños celebrado por todo lo alto. Y un par de meses después, un funeral. Ni siquiera hará falta que llore nadie. «Tuvieron una buena vida», ya puedes apuntártelo para tu discurso. «Hasta el último momento, vivieron la vida como hay que vivirla».
Voy a admitirlo sin tapujos: protesté un poco, por puro formalismo, y repetí un par de veces que no tenía sentido, que mis padres seguramente llegarían a los cien con buena salud, pero no podía negar que la idea me había parecido atractiva desde el principio. Una vida sin padres. Convertirme en huérfano a los sesenta años.
—¿Qué pasa? —preguntó mi padre.
—No puedo salir —dije.
Las semanas anteriores me había comportado lo más normal posible teniendo en cuenta las circunstancias. Había decidido no permitir que se me notara nada, y en todo caso no hacer preguntas directas.
Era bastante más difícil de lo que me había esperado. Tenía que vigilar con pasarme de normal, eso seguro que llamaría la atención. Al menos a mi mujer; mi hija era otra historia.
—Y bien, ¿qué tal ha ido? —había preguntado a Diana por la noche, después del funeral de Hans van Wezel. Estaba tumbada en el sofá con su portátil y tuvo que quitarse los auriculares.
—¿Qué?
—Que qué tal ha ido esta tarde. Las compras. ¿Habéis encontrado algo en los grandes almacenes?
—Mamá ha llegado tarde. Ya casi cerraban. Pero da igual, yo hoy estaba cansada. Iremos el próximo jueves, las tiendas están abiertas hasta más tarde.
Oí los repiqueteos de platos y tazas de mi mujer en la cocina: estaba vaciando el lavavajillas. «¿A qué hora? —habría podido preguntar a mi hija —. ¿Cuándo ha llegado exactamente a los grandes almacenes mamá?» Pero no lo hice. No debía hacer preguntas que transmitiesen una curiosidad excesiva. ¿Qué importa la hora exacta? ¡Yo qué sé! Hice mis cálculos. ¿Qué hora era cuando los sepultureros se cargaron el ataúd con el cuerpo del secretario municipal a los hombros? ¿Qué hora era cuando había empezado mi discurso? Mi hija ya se había vuelto a poner los auriculares.
Al menos mi mujer no se había inventado toda la historia, pensé con cierto alivio. Había quedado realmente con Diana en los grandes almacenes. Pero ¿cuánto tiempo había transcurrido entre la llamada o el mensaje de texto de mi hija a su madre y el momento, poco antes de la hora de cerrar, en que Sylvia había llegado a los grandes almacenes?
¿Una hora? ¿Media hora? ¿Se habían pasado mi mujer y el concejal Van Hoogstraten aquella media hora morreándose detrás de alguno de aquellos árboles tan gruesos? Intenté imaginarme la escena, pero solo lo conseguí a medias. El concejal sacaba una cabeza o más a Sylvia; le había agarrado la cara con ambas manos, sus labios se acercaban a los de ella.
Ahí intenté detener mi fantasía, pero a esas alturas la imagen ya era más fuerte que yo. Me quedé mirando, ya no podía desviar la mirada. Como esas veces en que la razón te dice que apartes la vista pero te quedas mirando una operación a corazón abierto o cirugía ocular en televisión, con el mando a distancia en la mano, el pulgar ya encima del botón para cambiar de canal, pero has tardado demasiado: la imagen de la caja torácica abierta con una sierra, el corazón latiendo y las manos enfundadas en guantes de látex verde del cirujano, o el ojo blancuzco, conectado con la cabeza por apenas un par de hilillos sangrientos, medio colgando de su cuenca, se te queda grabada a fuego en la retina, para siempre.
Vi manos debajo de la ropa. Primero solo debajo de una chaqueta, después también en la abertura entre dos botones de una camisa. Dedos — dedos de mujer— metiéndose por la cinturilla de los pantalones, la camisa medio salida, un botón que salta, las yemas de los dedos —las uñas— cosquillean el vello aterciopelado de debajo del ombligo, y a continuación siguen hacia abajo.
—¿Qué pasa? —preguntó Diana.
Miré a mi hija; se había quitado el auricular de una oreja.
—Nada —dije.
Diana suspiró.
—Has dicho algo.
Sin dejar de mirarla, intenté sonreír.
—Nada, en serio.
—Pero si te he oído.
Negó con la cabeza, volvió a ponerse el auricular y centró la mirada de nuevo en su portátil.
Me convertí en un agente de incógnito en mi propia casa. Estudiaba a mi mujer desde detrás del periódico. Dejaba que mis ojos se deslizaran por encima de los artículos sin leer nada, pero me aseguraba de pasar la página de vez en cuando. Con un ritmo lo más natural posible. Era un agente de paisano, un jefe de familia que se había puesto traje de jefe de familia y había asumido el aspecto y el comportamiento de un marido y padre cariñoso. En esencia, ese papel no era distinto al que había interpretado en la familia a lo largo de los últimos años. Pero desde la recepción de Año Nuevo, y todavía más desde el funeral del secretario municipal, se había convertido realmente en un papel. Ya no me salía de manera espontánea, tenía que ser capaz de representar el personaje para que no se pudiese distinguir de la realidad.
—¿Cuándo empezabas los exámenes? —preguntaba a mi hija—. El lunes, ¿no?
—Noto algo distinto —comentaba a mi mujer, masticando una albóndiga; las albóndigas que Sylvia preparaba siguiendo la receta de su país, de su región, era uno de los platos favoritos de mi hija y mío—. ¿Mostaza? ¿Otra especia?
En resumen, tenía que ir con cuidado y no poner demasiado ahínco en mi papel, no pasarme. A veces me descubría a punto de convertirme en un jefe de familia un pelín demasiado guay. Demasiado atento. Demasiado interesado. Un padre que prestaba más atención de lo normal a la vida de su hija. Un marido que intentaba que todo estuviese al gusto de su mujer. Sabía por qué: mis sentidos estaban aguzados al máximo, lo oía y lo veía todo, intentaba deducir del más mínimo cambio en el comportamiento de mi esposa si mis peores sospechas eran realidad.
Sí, así era como me sentía: como si todos mis sentidos funcionasen a pleno rendimiento. No solo mis ojos y oídos, también mi gusto, olfato y tacto parecían esforzarse en registrar hasta los matices más sutiles. Saborear un trozo de chocolate casi me dolía en la lengua. Hundía la nariz en el pelo de nuestro gato cuando ronroneaba sentado en mi regazo, y estaba seguro de que olía cosas que no había percibido hasta entonces: hierba, flores, tierra, los olores que se había traído de sus paseos por los jardines traseros de nuestra calle. Todo lo que tocaba parecía cargado de electricidad. Antes, a veces me daba un calambre al agarrar un pomo de metal o el respaldo de una silla; ahora incluso oía chisporroteos al coger un bolígrafo o la taza de café.
Si oía el tono de llamada del teléfono de Sylvia, bajaba el volumen del televisor. Era algo que siempre había hecho, pero antes era por deferencia, mientras que ahora lo hacía, sobre todo, para poder oír quién la llamaba. Tenía que procurar no mostrarme más solícito de lo que era realmente, no bajar más de lo normal el volumen del televisor.
Antes de la recepción de Año Nuevo, antes del funeral del secretario municipal, aparte de atento y solícito, yo a menudo estaba enfurruñado y ausente, y no prestaba la atención suficiente a mi mujer y a mi hija, mucho menos a lo que me decían o preguntaban. Normalmente solo las escuchaba a medias, asentía un par de veces como respuesta a una pregunta, y con frecuencia me daba cuenta demasiado tarde de que habría sido incapaz de reproducir la pregunta si alguna de las dos me lo hubiese pedido.
Ahora ya nunca estaba ausente. Me resultaba físicamente imposible fingir una mirada soñolienta, distraída. Lo intenté pensando en otras cosas, pero así como antes siempre me perdía en mis pensamientos, ahora de repente ya no sabía cómo hacerlo, cómo fingir que no estaba totalmente alerta.
La cosa empezó a llamar la atención.
—¿Qué miras? —preguntaba mi hija de vez en cuando.
—¿Cómo que qué miro? —replicaba yo.
—Solo eso, qué miras —decía ella.
Y era verdad. Lo veía con mis propios ojos cuando me lavaba los dientes por la noche. Mi mirada en el espejo solo podía describirse como intensa. De rebote, eso provocaba que ya no me atreviese a mirar a mi mujer cuando me metía debajo del edredón. Por miedo a que ella lo viese también.
—Buenas noches —decía, y apagaba rápidamente mi luz de lectura.
Y enseguida me preguntaba si en el pasado —el pasado aún tan reciente, el pasado de solo un par de semanas atrás— también apagaba así de deprisa la luz de lectura. Seguramente no, pero lo peor de todo era que ya no me habría atrevido a asegurarlo.
En la oscuridad, esperaba la pregunta que más temía: «¿Pasa algo?» ¿O quizá esa sería la última pregunta que me haría, porque en realidad era tan culpable como yo pensaba? Y ¿qué debería contestar a esa pregunta?
Sin embargo, en general su lado de la cama se quedaba en silencio. En ocasiones leía un poco; otras veces, a los pocos minutos me llegaba su respiración regular, que se convertía en el ronquido suave y reconfortante que en casi treinta años de matrimonio nunca me había molestado, sino enternecido.
Una noche, tumbado en la oscuridad con los ojos abiertos, me di cuenta horrorizado de que su ronquido había dejado de sonar reconfortante. Que era cualquier cosa menos reconfortante. Y después, de algo todavía más horrible: la consciencia de que quizá nunca volvería a serlo.
—Nunca más —susurré en voz alta sin querer, y noté que me escocían los ojos.
Cuando conseguí dormirme, los primeros rayos de sol de la mañana ya se colaban por una rendija entre las cortinas.