Sospechas

Herman Koch · Capítulo 3 de 30

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Sospechas

Capítulo 3

3

Aquella noche, en la cama —mi mujer todavía trasteaba en el baño— me repetí la escena mentalmente unas diez veces. Primero de principio a fin, después de final a principio. A cámara lenta. Fotograma a fotograma. Intenté parar la imagen en el momento en que mi mujer había desviado la mirada de mí al concejal. El momento en que no lo había mirado, me corregí.

«Sylvia». Con su mano libre, Maarten van Hoogstraten le había rozado levemente el codo, a modo de despedida. Era la segunda vez que le tocaba el codo; no podía dejar de pensarlo. ¡La segunda vez! En la otra mano llevaba la cerveza. Un botellín. Sin vaso. Para tener las manos libres, entendí de pronto. Y en ese momento, en la cama, con los ojos cerrados, lo vi claro: para tener, al menos, una mano libre y poder tocar a las mujeres. A la mujer del alcalde. La legítima esposa del alcalde, pensé por un instante, pero rechacé ese pensamiento tan rápido como había aparecido.

«Robert». Entonces Van Hoogstraten me había mirado a mí, había levantado el botellín y golpeado suavemente el mío con la parte inferior del suyo.

Que se iba, había dicho. Yo apenas me había sumado a ellos cuando él se fue. Con una excusa un poco demasiado barata, simplona. Algo sobre ir a por una bebida para alguien. Nada que no pudiese esperar un par de minutos.

Había algo que no encajaba, pero no conseguía precisar qué exactamente.

Tras salir del ayuntamiento por la entrada principal, caminamos en dirección a la plaza Rembrandtplein.

—¿Crees que te estarán echando de menos? —había preguntado mi esposa mientras cruzábamos el puente Blauwbrug.

Una pregunta muy normal; demasiado normal, quizá. En realidad ya lo sabíamos; ambos sabíamos que nadie nos echaba de menos. «¿Dónde te habías metido? —pregunta la gente, a veces, un día después de una fiesta—. No volví a verte». Lo mejor era dar la vuelta a la pregunta enseguida: «Y ¿tú? Te estuve buscando. Por el balcón y la cocina. Me tiré un montón de rato charlando en aquel cuartito donde estaban todas las chaquetas. Con… cómo se llama… aquella de los dientes grandes…»

—Creo que no —respondí, con el tono más neutro posible—. Solo quien se cree demasiado importante piensa que lo echan de menos en todas partes.

Por debajo del puente pasaba un barco turístico con velas en las mesitas; daba un paseo nocturno, con toda probabilidad se servía a los pasajeros vino tinto barato y taquitos de queso con mostaza. En el puente reinaba tal silencio que me parecía oír el latido de mi propio corazón. Para resolverlo de una vez por todas, lo mejor sería preguntárselo directamente a Sylvia: «¿Lleváis liados mucho tiempo?» Cuanto más directa fuera la pregunta, más fácil sería leer en la respuesta de mi mujer si era cierto o si me equivocaba. También podía empezar con más cautela: «Parecía que os lo estabais pasando muy bien, tú y Maarten. ¿De qué hablabais?» Pero yo sabía lo que me diría. Mi esposa se reiría de mí en la cara. «Por favor, Robert, ¡menuda tontería!» De tanto reír se le encenderían las mejillas, de modo que yo no podría distinguir si se ruborizaba.

Pero también podía reaccionar de forma muy distinta. Ofendida. «¿No lo dirás en serio, espero? Por favor, dime que no lo estás diciendo en serio. ¿Yo, con Maarten van Hoogstraten? ¿Por quién me tomas?» Podía echarse a llorar. Solo un poco: bastaría con un par de lágrimas centelleantes. Yo no seguiría preguntando. Seguramente le diría que sentía haber pensado semejante estupidez. ¡Ella, con Maarten van Hoogstraten! La verdad es que era una estupidez sin ninguna base. Mi mujer había charlado con uno de mis concejales en la recepción de Año Nuevo. Por lo visto se lo habían pasado bien. Mi mujer había echado la cabeza hacia atrás y se había reído en voz alta de algo que le había dicho el concejal. Era difícil de imaginar, porque Maarten van Hoogstraten no era precisamente conocido por ser gracioso, pero en teoría esa posibilidad no podía descartarse del todo. El concejal se había esforzado, y con aquel esfuerzo había conseguido superarse a sí mismo. Había conseguido hacer reír a una mujer inteligente, lo cual no es una hazaña menor. Pero ¿qué había dicho exactamente? Descubrí que ahora yo también quería saberlo. ¿Qué demonios había sido tan gracioso que mi mujer había tirado la cabeza hacia atrás y se había echado a reír a carcajadas?

Cruzamos la Rembrandtplein y pasamos por delante del bar Schiller. Propuse tomar otra copa, intentando sonar lo más espontáneo posible, sin reducir el paso ni mirarla. Pero mientras tanto observaba atentamente su reacción. Si tuviese una aventura secreta con el concejal Van Hoogstraten, ¿no preferiría irse a casa lo más rápido posible? Meterse en la cama con un libro, o ver la última parte de un programa de entrevistas nocturno en la televisión. Cualquier cosa con tal de no tener que hablar, de que no le hiciesen preguntas a las que no pudiese responder sin sonrojarse. Aparte de que se riese de mí o se echase a llorar, si le preguntaba sin rodeos si tenía un lío con el concejal, también temía otra reacción muy distinta: que lo admitiese sin parpadear ni ruborizarse. Quizá incluso lo haría con esas palabras sobadas que normalmente solo se oyen en culebrones y películas de sobremesa, pero que si todo va bien nunca te toca oír en directo: «Sí, Robert, Maarten y yo estamos liados. Ya hace un tiempo. Todavía no se lo ha dicho a su mujer, pero va a dejarla. Y yo a ti. Nunca pensé que te diría esto, pero es la verdad: me he enamorado de otro. Maarten y yo nos amamos».

Una vez pronunciadas estas frases, mi vida se terminaría. Toda mi vida, todo lo que tenía. Pensé en nuestra hija, en Diana. Ese año le tocaba hacer los exámenes de acceso a la universidad. Me oí decir a mi mujer: «¿Esperamos a contárselo hasta que pasen los exámenes? Quizá la noticia la trastorne demasiado».

Sí, mi vida se acabaría. Nuestra vida. La vida que habíamos compartido los tres hasta entonces. Mi hija se encerraría a llorar en su habitación. Su madre era la culpable principal, sí, pero a mí tampoco volvería a mirarme nunca del mismo modo. Éramos sus padres, la culpa del desaguisado era de los dos. Era así, ¿no? Si Sylvia hubiese sido feliz conmigo, nunca se habría enamorado de otro hombre, ¿verdad? Diana también había sido feliz toda su infancia con nosotros, nuestro amor incondicional le había dado confianza en sí misma. Nuestro amor mutuo, y el amor de ambos hacia ella. Afrontaba la vida con seguridad, tanto que ni siquiera durante la pubertad había tenido la necesidad de rebelarse. Por las noches se sentaba entre nosotros en el sofá, la cabeza sobre mi hombro, las piernas sobre las de su madre. Pero parte de aquello se rompería con efecto retroactivo cuando mi mujer se fuese de casa para irse a vivir con el concejal. Quizá en primera instancia, Diana aún se pondría de mi bando, pero del modo en que ningún padre quiere que ocurra: por compasión, por ser el cónyuge engañado. «Pobre papá». A lo mejor aún cocinaría para mí un par de meses, metería mis calzoncillos en la lavadora, me plancharía las camisas. Se quejaría de que no me afeito, de la cantidad de alcohol de alta graduación que me bebería por rabia y despecho. «Deberías ver qué pintas llevas, papá. Deberías olerte. Te aseguro que no quieres andar por ahí así». Finalmente perdería su respeto, quizá no su amor, pero sería, como mucho, un amor derivado de la compasión. Un amor como el que se siente por una mascota atropellada, un gato lisiado, un viejo que ya no puede ir solo al baño. Después de esos primeros meses, ella también me abandonaría. En retrospectiva, pensaría que esa vida tan segura que había llevado con sus padres no era más que una mentira. Estas cosas van así. Aunque no hubiesen ido mal hasta el último momento, quizá antes tampoco habían sido tan perfectas como habían parecido. Quién sabe si no era la primera vez que ocurría algo así. Tal vez la única diferencia era que entonces ella había sido demasiado pequeña, demasiado ingenua, demasiado tierna para enterarse. Era evidente que a la hora de la verdad, sus padres, tan perfectos ellos, los padres de los que siempre había alardeado ante sus amigos, un padre y una madre que contrastaban favorablemente respecto a los padres de los demás, que ya llevaban tiempo separados o siempre se peleaban, eran seres tan odiosos y despreciables como el resto.

—De acuerdo, una —dijo mi mujer—. Pero solo una. Estoy cansada y no quiero acostarme tarde.

Encontramos una mesa al fondo de todo, en una parte del bar donde no había nadie más. Algo que, no pude evitar pensar, no nos vendría mal si después alguien se echaba a llorar. O si uno de los dos empezaba a chillar. «No mires enseguida, pero allí, en aquella mesa del rincón, está el alcalde. Y la mujer debe de ser su esposa. Se nota que no están de buenas. Creo incluso que ella está llorando».

Sylvia pidió un vino tinto, yo una cerveza.

—Buf, menudo rollo otra vez —dije—. No lo soporto, en serio. A lo mejor tendrían que habérmelo preguntado en la entrevista de trabajo: «¿Puede soportar recepciones donde la gente se esfuerza por charlar del tiempo con un vaso en la mano? ¿No? ¿Seguro? En tal caso, no nos parece sensato nombrarlo alcalde. Tendría que pasarse tres cuartas partes del tiempo paseándose con un vaso en la mano y charlando del sexo de los ángeles».

La mirada que me dirigió mi esposa solo podría describirse como cariñosa. Yo había decidido comportarme con la máxima normalidad posible, o mejor dicho, poner todo mi empeño en hacer exactamente lo mismo que habría hecho en circunstancias normales, y a la vez asegurarme de que no se me escapaba nada.

—¿Qué pasa? ¿De qué te ríes? —pregunté.

—Nada. Es que se te notaba a la legua que querías irte. Y todavía tienes la misma cara. Eres incapaz de ocultarlo. En realidad, eres incapaz de ocultar nada. Eres como un libro abierto. Es muy gracioso.

Escuché a mi mujer. Escuché palabra por palabra. Frase por frase. Y en la medida en que el ritmo de sus pausas lo permitía, repetía mentalmente una segunda vez cada palabra y cada frase. La primera vez la escuchaba como si no pasara nada, como si simplemente nos estuviéramos tomando un respiro. El alcalde y su mujer, después de escaquearse de la aburridísima recepción de Año Nuevo, míralos qué bien, ahí sentados pasando un buen rato, tan contentos de haberse largado, tan felices juntos, todavía, después de tantos años.

La segunda vez escuchaba las frases como si escondiesen otro sentido. Como si mi esposa estuviese fingiendo y se esforzara al máximo para que sus palabras sonasen lo más natural posible. Si fingía, lo hacía extraordinariamente bien. O ¿era un poco exagerado que le hiciese tanta gracia lo de que se me notara tanto lo que pensaba en la recepción de Año Nuevo?

Podía atacarla directamente, pillarla por sorpresa cuando menos se lo esperara. Con la guardia baja. Pero no, medio segundo más tarde decidí que todavía era demasiado pronto. Primero un poco más de cháchara, esperar a la segunda cerveza. Lo más importante era controlar mi expresión en todo momento. La verdad es que ella tenía razón: mi cara era como un libro abierto. «Oye, por cierto, ¿y de qué hablabas con Maarten van Hoogstraten? Parecía que os lo estabais pasando en grande». Si lo decía con la expresión equivocada, lo arruinaría todo. Lo mejor era llevarme primero una sonrisa a los labios. No una sonrisa diplomática; una auténtica. Algo bastante difícil. Todos los políticos que hacen el cursillo de cómo hablar con la prensa han ensayado esa sonrisa, pero se nota enseguida que no es auténtica: los ojos nunca la acompañan, la sonrisa está pegada a la cara como una pegatina a un DVD de oferta.

Yo no he hecho ningún cursillo sobre cómo hablar con la prensa. En mi caso, es lo que se conoce como un talento innato. No tiene sentido hacerle un cursillo a alguien que tiene un talento innato. Mi mensaje político es que voy al grano. Si me molesta la pregunta de algún periodista, se me nota. Si algo me hace gracia, me río. En general no me gusta verme en televisión, pero a veces ocurre, claro. Cuando me veo aparecer en la cadena de noticias locales o en el telediario, por muy crítica que sea mi mirada, enseguida me doy cuenta de que no tengo de qué preocuparme. La distancia adecuada ante una pregunta sobre lemas ofensivos durante un partido de fútbol, el suspiro profundo y bienintencionado después del enésimo ajuste de cuentas en la lucha por el poder que se libra desde hace meses en los bajos fondos… Pero quizá la vez que ajusté mejor mi tono fue en mi breve discurso del Día de la Conmemoración de los muertos en guerra. Todo el mundo vio que era sincero, porque lo era, a veces estas cosas son así de simples. Y antes del discurso y en los dos minutos de silencio, durante el breve paseo hasta el monumento al lado del rey y la reina, quizá puse la expresión más auténtica de toda mi vida. Yo caminaba con ellos, pero mi cara, no, todo mi lenguaje corporal dejaba claro que me distanciaba, que yo no era como ellos. «Los acompaño porque lo requiere el protocolo —decía mi rostro, y lo mismo decía la distancia que, literalmente, mi cuerpo había dejado entre la pareja real y yo —. Si una noche me sintiese triste o solo, estas son las últimas personas a quienes llamaría».

Ya me había terminado la cerveza hacía rato, mi mujer todavía remoloneaba con un culito de vino.

—¿Y si nos tomamos otra? —pregunté.

—Escucha, ese Maarten van Hoogstraten… —empezó mi mujer—. Yo siempre había pensado que no tenía ni el más mínimo sentido del humor. Tú también lo habías dicho alguna vez. Pero antes me ha contado una historia y casi me muero de risa. En serio, no me lo habría esperado de él.

Y mientras Sylvia empezaba a explicarlo y yo gesticulaba a la camarera para que nos trajera otra ronda de cerveza y vino tinto, tuve que hacer un esfuerzo para no sonreír de oreja a oreja, para no traicionarme, a mí mismo y a mis sospechas, con una sonrisa demasiado amplia y bobalicona.

Porque el hecho de que mi esposa fuese a contarme aquella «historia tan graciosa» del concejal Van Hoogstraten —algo acerca del conejo de sus hijos, que había roído el cable HDMI del televisor y que solo escuché a medias; en los momentos de gran alivio siempre escuchamos a medias— únicamente podía significar que me había preocupado sin motivo alguno, ¿no?

—Al final no sé qué me ha hecho reír más —dijo para acabar la historia —, si el conejo, o imaginarme a Maarten intentando pillarlo. Quiero decir, al fin y al cabo el tipo es un poco estirado; bueno, más que estirado, rígido. Se le nota que no está cómodo en su cuerpo. En todo caso, he intentado visualizarlo tratando de agarrar el conejo debajo del sofá y en ese momento me ha dado la risa floja. Y he visto que me miraba con cara de «no es para tanto». Era una historia divertida, y la estaba contando con gracia, pero parte de la gracia era involuntaria, por supuesto. Y ahora que lo pienso: ¿se habrá dado cuenta de que no solo me reía de la historia, sino en parte también de él? ¿Que lo que me hacía gracia era imaginármelo a él?

Seguramente, aun sin quererlo, en ese momento sonreí, ya no podía evitarlo. ¡Mi mujer y el concejal Van Hoogstraten! ¿Cómo se me había podido ocurrir tal cosa? Un día, quizá al cabo de un año, podría explicárselo como anécdota. «¿Te acuerdas de aquella vez, en la recepción de Año Nuevo, que te pusiste a charlar con Maarten van Hoogstraten? ¿Sabes qué se me pasó por la cabeza?» No, decidí en aquel momento en el Schiller: nunca se lo contaría. ¡Nunca! A lo mejor incluso se ofendía.

—Yo no me preocuparía por eso —respondí a mi mujer—. La verdad es que el hombre es bastante rígido, como tú dices. Este tipo de personas no tienen doble fondo. Apuesto a que todavía está hinchado como un pavo por haber conseguido que te rieras.

«Una mujer como tú —estuve a punto de añadir—. Una mujer que tiene perfectamente calados a los rígidos neerlandeses».