Sospechas
Capítulo 20
20
Estaba tumbado boca arriba en mi cama, con los ojos cerrados; a mi lado se oía la respiración regular de mi mujer. Ya había probado todos mis trucos para dormirme, sin resultado. De niño, cuando no podía dormir, a menudo me tumbaba sobre el suelo frío, al lado de la cama. Creo que tendría ocho o nueve años. Cerraba los ojos y me imaginaba que montaba a caballo en una noche fría y tormentosa. Finalmente atisbaba las luces de un albergue entre los árboles, a lo lejos, pero el posadero sacudía la cabeza afligido. Todo estaba lleno. Ya tenía a unas treinta personas durmiendo en una sala en la que apenas cabían quince; estaban muy apretadas, no quedaba un centímetro libre. Me movía con cuidado entre la gente dormida, para no despertar a nadie. ¡Ahí! Quedaba un huequito en un colchón, entre dos adultos, el espacio justo para un niño de ocho años. Si me encogía al máximo, tenía que caber. Entonces volvía a meterme en mi propia cama, agradecido de tener sitio donde acostarme y de sentir el calor de las mantas. Me recostaba contra la pared, porque casi no había espacio, pensaba en el frío, en el caballo y la lluvia de fuera, y enseguida caía en un sueño profundo.
Hoy en día lo intentaba viajando, reconstruyendo viajes. Esa noche reconstruí día a día el viaje que había hecho con Sylvia por el oeste de Estados Unidos veinte años antes. Diana todavía no había nacido. Durante nuestra primera happy hour en el hotel de Los Ángeles nos tomamos cinco margaritas cada uno; después, el calor de Las Vegas, el restaurante chino de St. George, justo tras la frontera entre Nevada y Utah, donde las camareras empezaron a pasar la aspiradora mientras nos comíamos el primer plato, y las gambas grisáceas y vidriosas en salsa hoisin estaban tan recocidas e insípidas que lo único que pudimos hacer fue murmurar que era «too much», tras lo cual los chinos nos pusieron las sobras en una doggy bag —la primera doggy bag de nuestra vida, y la primera, pero definitivamente no la última, de nuestro viaje—, una doggy bag que acto seguido, casi ahogándonos de la risa, tiramos en la primera papelera que encontramos. Al día siguiente, en Kanab, un rayo provocó un apagón. Había dos restaurantes, y ambos usaban fogones eléctricos para cocinar. Kanab está, igual que St. George, en el estado de Utah, donde la legislación relativa al alcohol es más parecida a la de los países islámicos que a la de los países occidentales. Los mormones, que son quienes mandan en Utah, no beben nada de alcohol, pero se habían inventado una normativa más flexible para los turistas de fuera del estado: podían pedir cerveza o vino en los restaurantes, siempre y cuando fuera durante la comida. En el primer restaurante se disculparon porque, debido al apagón, por el momento no podían cocinar. Pues entonces nos tomamos una cerveza mientras vuelve la electricidad, intentamos nosotros. Pero no, eso no era posible: solo durante las comidas. Habíamos conducido por un territorio sofocante y desértico todo el día, los alrededores de Kanab habían sido el escenario de muchos wésterns, detrás de la barra colgaba un póster de Clint Eastwood con sombrero de vaquero, las riendas del caballo en su mano derecha. A la izquierda del póster había un frigorífico alto hasta el techo, con puerta de cristal. Detrás del vidrio, ahora empañado, veíamos claramente las botellas de Budweiser. En el segundo restaurante nos esperaba la misma historia, ahí también había un frigorífico con puerta de cristal detrás de la barra. En teoría habría sido posible saltar por encima de la barra, abrir la puerta de un tirón y, después de coger cuatro o seis botellines de Budweiser bien fríos, salir corriendo a la polvorienta calle principal de Kanab. Pero la probabilidad de que los propietarios de restaurantes de esa parte del mundo tuviesen un revólver o un rifle debajo de la barra no se podía subestimar. Un final a lo Bonnie & Clyde o, todavía más probable, un final a lo Robert Redford y Paul Newman en Dos hombres y un destino: bajo una lluvia de balas. A la mañana siguiente, compramos una nevera portátil y varias bolsas de hielo y suficientes botellines de Budweiser para protegernos de futuros rayos y leyes religiosas.
¿Y luego? Luego habíamos ido al extremo norte del Gran Cañón. Ahí había empezado el cansancio. ¿Cuántos paisajes secos con rocas rojas y amarillas puede soportar uno antes de empezar a anhelar prados verdes, bosques oscuros y el murmullo de arroyos? Al borde del Gran Cañón, nos cogimos de la mano y decidimos que por el momento ya habíamos visto suficientes rocas, de modo que en lugar de ir al Bryce Canyon National Park o al Zion National Park, nos compramos una tienda para cuatro personas en un Walmart de Cedar Falls. Estaba intentando acordarme del nombre del primer pueblecito en que plantamos la tienda, en la frontera entre Utah y Colorado, a orillas del río Colorado, cuando súbitamente apareció un recuerdo muy distinto, como salido de la nada, como si se hubiese ocultado en un portal oscuro y de repente saliese a la luz.
Mejor dicho, era un recuerdo de un recuerdo, algo de hacía muy poco, de esa misma noche, cuando estaba recogiendo la bolsa de basura, las botellas vacías y los periódicos viejos.
Los conejos… Aquella noche había pensado en nuestros conejos. Los conejos enanos que habían formado parte de nuestra familia durante tan poco tiempo. Y entonces fue cuando me acordé de la recepción de Año Nuevo, de cómo mi mujer había tirado la cabeza hacia atrás de tanta gracia que le había hecho la historia sobre conejos del concejal Maarten van Hoogstraten; al menos eso era lo que me había querido hacer creer en el Schiller.
¿Le resultaba más fácil sacarse una historia de la manga si los ingredientes salían de su propia vida, de nuestra propia vida? Los conejos (¿del concejal?, ¿o los nuestros?) sueltos por el comedor. Los cables del televisor roídos. ¿También habían roído los cables del televisor nuestros conejos? ¿O solo se habían escondido debajo del sofá? ¿No era raro que en el Schiller Sylvia no hubiese mencionado en ningún momento nuestros propios conejos?
Me hice una nota mental. Al día siguiente preguntaría a Maarten van Hoogstraten por los conejos. Sin que se notase, sin hacerle ninguna pregunta directa. No manteníamos una relación de confianza; incluso cuando comíamos un bocadillo o tomábamos algo, hablábamos sobre todo de cosas relacionadas con el trabajo. Sería, cuando menos, extraño —sospechoso, no pude evitar pensar— preguntar al concejal por su vida personal, preguntarle si tenía alguna mascota, como si fuese la cosa más normal del mundo.
Y en aquel mismo momento se me ocurrió otra cosa. Imaginémonos que descubriese que el concejal Van Hoogstraten no tenía conejos. ¿Qué pasaría entonces? ¿Qué otra conclusión podría sacar, aparte de que mi esposa se había inventado aquella historia, que me había mentido?
Me tumbé de lado, de espaldas a ella, preguntándome si realmente quería saberlo. Ya me imaginaba la voz del concejal. «¿Conejos? No, no tenemos conejos, nunca hemos tenido». ¿Qué había hecho tanta gracia a mi mujer en la recepción de Año Nuevo? ¿Y por qué aquella historia de Maarten van Hoogstraten, por lo visto tan divertida, no se podía repetir?
¿Se le daba bien esto a mi mujer? ¿Se les daba bien a todos los de su país?, pensé después, sin poder evitarlo. ¿En qué medida mentir era un elemento inalienable de su cultura? ¿En qué medida lo llevaban en la sangre?
Para algunas culturas, mentir era ni más ni menos que una manera de poder sobrevivir, pensé. Los comerciantes que viajaban de pueblo en pueblo alabando sus mercancías mentían tanto como los compradores potenciales que lo regateaban todo. Sylvia tampoco podía comprar ni un candelabro sin ofrecer primero un diez por ciento del precio, ni siquiera aquí en Ámsterdam, en el mercadillo de la Waterlooplein. «Te doy dos euros por esa tostadora», dice al vendedor que ofrece el electrodoméstico a veinte. En esos momentos siempre me aparto un poco, no solo porque soy el alcalde —el alcalde cuya esposa regatea por una tostadora en el mercadillo que hay justo al lado del ayuntamiento—, sino también porque me da vergüenza. Odio los mercadillos, sobre todo el del Día del Rey. En esto último, por cierto, Sylvia y yo estamos totalmente de acuerdo.
—¡Un pueblo que celebra su día nacional con un mercadillo! —exclamó la primera vez que nos paseamos entre los tenderetes de nuestro antiguo barrio—. En serio, Robert, ¿no te parece un poco penoso?
Igual que había ocurrido con las formaciones rocosas de tonos rojos de Utah, después de Yellowstone ya nos habíamos hartado de bosques de abetos y arroyos helados. El mar, alcanzar el Pacífico, se convirtió en nuestro único objetivo. Poco después de pasar Missoula, entramos en Idaho y seguimos el río Columbia de un tirón hasta la costa, sin parar en Portland. Ahí, en el paseo de un pueblo costero convenientemente llamado Seaside, plasmamos por primera vez nuestra felicidad en este viaje. De hecho, lo hizo otra persona, porque en la fotografía aparecemos los dos, y estoy seguro de que no la disparamos con el automático. Alguien que pasaba por ahí, seguramente: alguien que nos vio con la cámara y se ofreció a tomarnos una foto juntos. Yo habría hecho lo mismo. Yo también lo habría preguntado, y si no hubiesen llevado una cámara, me habría quedado mirándonos el máximo tiempo posible desde lejos.
Estamos sentados uno al lado del otro en un banco, con la playa y el mar de fondo. En la barandilla de piedra que hay detrás del banco, entre nuestras cabezas, se ve una gaviota enorme. Sylvia lleva gafas de sol, yo una gorra de béisbol con el logotipo de los New York Yankees. Lo que refleja la foto es la felicidad pura, el matrimonio que no tiene por qué sonreír a la cámara, porque incluso sin sonrisas, todo en la imagen transmite que a esas dos personas les basta con estar la una con la otra. De hecho, son ellos quienes hacen el favor a quien dispara la foto: le permiten observarlos descaradamente unos segundos, y después inmortalizarlos.
Y entonces pensé de inmediato también en la otra foto, otra imagen que simbolizaba la felicidad, sin filtros ni trucos de luz. Estaba tomada varios cientos de kilómetros más al sur —el resto del viaje no nos apartamos de la costa—, justo después de la frontera con Oregón, en el extremo norte de California, en el Redwood National Park.
Sylvia, con las manos en los costados, al lado de la carretera, entre secuoyas gigantes. Lleva su vestido azul a topos blancos, ladea un poco la cabeza, la luz del sol atraviesa primero las ramas y las hojas, y luego la alcanza a ella. Sonríe al fotógrafo. A mí. Es la mirada, combinada con esa sonrisa. Es una sonrisa que lo promete todo. Un nosotros. Un nuestro futuro juntos. Y sus ojos son sinceros, no sé de qué otro modo describirlo: no posa, sonríe y me mira.
Un par de días más tarde, el agua del vaso de mi mesilla de noche de la habitación de hotel en Santa Bárbara empezaría a moverse de repente.
—Mira —dije a Sylvia.
Primero pensamos que era un tren de mercancías, un camión que pasaba retumbando por la calle, pero estaba casi vacía, y la vía del tren, demasiado lejos. Entonces, el cristal también empezó a vibrar y se acercó a un par de centímetros al borde del armario.
Parecía la escena de un documental sobre fenómenos paranormales, pero en aquel mismo momento entendimos lo que era.
—Un terremoto —dijo Sylvia, sin rastro de pánico en la voz.
Desde entonces hemos hablado de aquello a menudo. Nuestra habitación estaba en la quinta planta del hotel; si el edificio hubiera empezado a hundirse planta por planta, como en un vídeo a cámara lenta, ya no nos habría dado tiempo a salir. En ese momento, me sentí bien. Me sentí bien porque lo estábamos viviendo juntos. Sin fatalismo, más bien con resignación.
En los veinte años siguientes, he explicado a menudo la historia del terremoto. Siempre un poco exagerada. En realidad, no había sido más que una sacudida, uno de los muchos temblores que se suceden allí con la regularidad del reloj: en la recepción del hotel fingieron no entendernos cuando intentamos compartir nuestra experiencia con grandes aspavientos. Los dos recepcionistas movieron la cabeza compasivamente ante nosotros, turistas ingenuos. Era el pan de cada día, un temblor de nada que solo merecía que te encogieras de hombros. Pero en nuestras historias, durante multitud de cenas y aburridas fiestas de cumpleaños, Sylvia y yo lo convertíamos en un terremoto con todas las de la ley. Nos mirábamos con aire conspirador cuando yo hablaba de cómo se había mecido la lámpara del techo, y ella acababa la historia contando que el vaso de agua se había roto al caerse al suelo.
Para mí, la verdadera historia que trajimos de nuestras seis semanas de viaje era la foto de Sylvia entre las secuoyas. El único souvenir verdadero. Claro que existía la posibilidad de ampliar la foto y enmarcarla, colgarla en la pared de casa. Pero yo no quería. De hecho, lo que no quería era que otra gente también la viera. Quería guardármela para mí.
Y así fue a parar a algún punto del fondo de la caja de fotos. La misma caja que contenía el resto de las fotos del viaje a Estados Unidos, que en los años siguientes siempre tuvimos intención de enmarcar. El tren de mercancías infinito: aparcamos el Chevrolet al lado de la carretera, en medio de un paisaje formado únicamente por polvo y cardos. El maquinista tocó la bocina para saludarnos, yo le devolví el saludo y Sylvia sacó las fotos, los vagones de tres en tres. Al volver, las dispusimos en el suelo del salón de nuestra casa de entonces. La mayoría de los vagones se solapaban un par de centímetros, pero eso se podría solucionar con unas tijeras; la longitud total de las fotos puestas en fila superaba los seis metros.
Me levanté y bajé las escaleras. Lo que iba a hacer era peligrosísimo, quizá más me valdría no hacerlo. Una vez que sacara del armario la caja de fotos, ya no habría vuelta atrás.
Abrí la puerta del armario del pasillo de la planta baja y vi la caja casi de inmediato, en el mismo lugar que la última vez, debajo del montón de vinilos antiguos, medio escondida detrás del taburete escalón.
Encendí una luz en el salón, metí las manos en la caja de fotos. Unas vacaciones en Mallorca (Diana no tenía ni dos años, su carita redonda me sonreía desde el cochecito), el restaurante mexicano de Santa Bárbara en el que celebramos mi cuadragésimo cumpleaños, un par de vagones de mercancías… Y de pronto ahí estaba, antes de lo que habría pensado: la foto de Sylvia entre los árboles gigantes de quinientos años del Redwood National Park.
La miré, primero su rostro, después sus ojos: la observé. Intenté mirarla como lo había hecho veinte años atrás, por el visor de la cámara. Leí la promesa en sus ojos, después aparté la mirada un instante y volví a mirar.
Fue como con las fotos antiguas, o más bien como una película antigua, cuando entrevés las Torres Gemelas en una imagen de la silueta de Manhattan. Hasta entonces la película antigua solo era una película antigua, pero de repente te permite vislumbrar el futuro.
Así observé la foto de mi mujer, y pasó exactamente lo que yo había temido que ocurriera durante todo ese tiempo: lo irreversible ocurrió sin que yo pudiese hacer nada.
En algún momento, en sus ojos solo se había podido leer el futuro — también había sido ahí, en algún momento entre las secuoyas y el terremoto, cuando habíamos decidido traer a un niño al mundo—, pero a partir de ese día sería un futuro distinto al que yo había imaginado hasta ahora.