Sospechas

Herman Koch · Capítulo 17 de 30

Páginas del PDF

Sospechas

Capítulo 17

17

 

No sabía qué quería. Bueno, no era exactamente así: yo sabía, sobre todo, lo que no quería.

No quería investigar, dedicarme a buscar pruebas. Así iban estas cosas normalmente en la vida real. Tanto en la vida real como en las películas. El cónyuge engañado investiga: intenta descubrir la contraseña del ordenador de su mujer (nombre de la hija, nombre de la mascota más dos últimas cifras de su fecha de nacimiento), aunque sus mensajes de correo electrónico no proporcionan pruebas. Quizá tenga una segunda cuenta, una cuenta secreta. O tal vez en algún momento de descuido, cuando ella deje el iPhone tirado por ahí como tantas otras veces, él podría repasar su historial de WhatsApp. Pero ¿encontrará algo? ¿Acaso ella no habrá tomado medidas de antemano, acaso no borra los correos y mensajes comprometedores en cuanto le llegan?

No pude evitar acordarme de la película en que un periodista introduce el último destino de un compañero asesinado en su navegador. Pero mi mujer no tenía carnet de conducir. Tampoco era lo que quería, entendí en ese momento, un par de semanas después de la cena con Bernhard y Christine. Me propuse estar bien atento. Seguiría espiando desde detrás del periódico. Durante nuestras comidas juntos, la familia al completo en casa o, como unos días antes, los tres en el Schiller, participaría de las conversaciones inocentes, y al mismo tiempo, como un sismógrafo que detecta las primeras vibraciones en la corteza terrestre, registraría las variaciones en la voz de mi mujer durante sus historias.

Las pruebas irrefutables dejan algo roto a su paso. Un correo electrónico incriminatorio o un mensaje inequívoco provocarían daños irreparables. Me pasaría el resto de la vida repitiéndome el texto palabra por palabra. En un momento de descuido, esas palabras pasarían a un primer plano y contaminarían para siempre nuestro futuro (nuestro futuro juntos, me permití pensar, nuestra felicidad reencontrada). Tres o cuatro años más tarde, observaría desde la playa cómo mi mujer se adentraba en el rompiente pasito a pasito y de pronto vería aparecer el texto: «¡Y más besos! Hasta el lunes, Maarten», en la parte inferior de la imagen. Mientras no hubiese pruebas, me decía, todo era posible.

Y mientras todo fuese posible, también podía acabarse en cualquier momento como si nada. Así que este era mi propósito a partir de ahora, lo que quería intentar con todas mis fuerzas. Si entre el presente y un punto no demasiado lejano del futuro la cosa se terminara de repente, nunca se lo reprocharía. No sabía si sería capaz, pero valía la pena intentarlo. No le complicaría la vida. Además, quizá nunca había ocurrido. Mientras yo no sacara el tema, nunca habría ocurrido.

Lo que más me costaba era el pasado. ¿En qué medida se corrompería nuestro pasado conjunto? Pensé en cosas que habíamos hecho juntos en los últimos meses, si todavía significaban lo mismo ahora que las cubría un velo de sospecha. La posibilidad de una doble vida. Mi mujer me sonreía, pero esa sonrisa solo tenía la intención de engañarme.

El otoño anterior habíamos ido al museo KröllerMüller. Una escapada de cuatro días los dos solos. Normalmente, para salidas así íbamos a nuestra segunda residencia, o a Barcelona, París o Londres, pero esa vez nos habíamos aventurado a ir hacia el interior de los Países Bajos. A veces Sylvia se quejaba de que en realidad no conocía el país.

—Conozco Ámsterdam, pero del resto nada —decía.

No era verdad del todo, porque los primeros años que vivió aquí fuimos a todas partes: a Schiermonnikoog, a Groninga, a Limburgo meridional…, pero después de los dos primeros años, la verdad era que habíamos dejado de hacerlo. Viajar por Holanda es como correr en una cinta de gimnasio: media hora más tarde, cuando te bajas, todavía estás en el mismo sitio.

Caminamos por las salas del museo. La verdad es que yo apenas miro las obras expuestas. Mi impaciencia siempre puede más que la sensación de culpa que me genera mi desinterés. Para mi mujer es muy distinto. Había un pasillo muy largo con pequeñas salas a ambos lados. Personalmente prefiero pasar de largo esas salas, como mucho meto la cabeza un momento para retirarla enseguida, como un médico que se equivoca de habitación en un hospital. Pero mi mujer entra en todas y cada una de las salas. Se planta una media de dos minutos delante de cada cuadro. Podría decir que remolonea, pero sé que no es cierto: soy yo quien va demasiado rápido, y punto. A ratos camino sin muchas ganas detrás de ella, observo a su lado una pintura oscura con un barco iluminado amarrado a un muelle medio oculto por la niebla. Miro como ella, intento mirar con sus ojos el barco, la niebla. Siguiendo su ejemplo, me inclino hacia el cartelito que hay al lado del cuadro, en el que constan el nombre del pintor, el título y el año en que lo pintó. Después de leer el cartelito, mi mujer no sigue adelante: retrocede un paso y vuelve a observar el cuadro. Mientras que para mí leer el cartelito es la última parada, el último acto obligatorio antes de despedirme para siempre del cuadro, para ella la información del cartelito es un incentivo para observar aún más detenidamente la obra: con otros ojos, con nueva información. A esas alturas, en general ella ya se ha olvidado de mí, pero de vez en cuando mira a un lado y en su rostro se dibuja una sonrisa agradecida: la misma sonrisa agradecida que me dedica si he tenido la paciencia de quedarme esperando al lado del probador de una tienda de ropa.

—Qué bonito, ¿no? —dice. O bien—: Casi puedes oír el silencio a través de la niebla.

Para mí, ese es el momento de volver la cabeza hacia el cuadro siguiente. O mejor aún, de pasear la mirada, en un movimiento fluido, por el resto de las pinturas colgadas en la sala. Despedida. Más barcos. Una batalla naval. Un naufragio. Marineros que pasan hambre en una isla del mar de Barents.

Lo que ocurrió fue que al cabo de un rato ella se había quedado rezagada varias salas. Quien no se detiene delante de cada cuadro, ve otra cosa: toda la historia del arte en cuatro pinceladas. El Kröller-Müller está organizado así, del pasado al presente. De cuadros con barcos reconocibles, paisajes helados y cuencos con fruta, a obras que gradualmente van dando la espalda a la realidad perceptible. Va pasando por contornos borrosos, paisajes con ríos pintados con cientos de puntitos y bailarinas de ballet formadas por cuadrados y bloques, hasta llegar a obras sin ningún elemento reconocible. Rectángulos. Colores. Colores bonitos, eso sí, rectángulos bonitos, también; pero había llegado el momento de acabar la visita al museo y volver al mundo exterior, donde sabes qué ves.

Retrocedí seis salas y me la encontré sentada en un banco delante de un cuadro que representaba a un grupo de hombres y mujeres, algunos de los cuales sujetaban parasoles, mientras hacían un pícnic sobre la hierba a orillas de un río. Aún estaban pintados de forma que se los reconocía como personas, hierba, río, pero ya se veía un primer alejamiento cauteloso de la realidad. Los rostros, casi sin rasgos reconocibles, precursores de las superficies, círculos y cuadrados abstractos; la hierba no tenía color de hierba, sino un tono más claro, el verde pálido y dulzón del helado de pistacho.

En realidad, lo primero que miré no fue el cuadro, sino a mi mujer, por supuesto. Ya había visto ese cuadro antes. Era el cuadro en que me había dado por vencido, la sala en que había dejado atrás a mi mujer.

Estaba sentada en el banco y escribía algo en su móvil, todavía no me había visto. Me quedé donde estaba y observé su rostro.

Sonreía. Escribía sonriendo. Nuestra hija, pensé; eso pensé entonces, hace una eternidad. Sylvia y Diana intercambiaban mensajes a menudo cuando no estaban juntas. Por eso sonreía Sylvia, claro, porque al escribir pensaba en Diana. O porque Diana acababa de escribir algo divertido y todavía le hacía gracia.

Justo entonces levantó la mirada del iPhone y me vio. En retrospectiva, no puedo decir que se sobresaltara. No, más bien puso la expresión de quien acaba de despertarse y por un instante todavía no sabe en qué dormitorio, en qué cama se encuentra.

—Eh…

Tampoco sabría decir ahora si su sonrisa empezó a desvanecerse en cuanto me vio. Si parpadeó, como cuando alguien abre las cortinas en una habitación a oscuras.

Señalé su teléfono con la cabeza.

—¿Diana? —pregunté. Nuestra hija se había quedado en casa; el pasado otoño todavía no teníamos noticia del novio nuevo—. ¿Todo bien?

Mi mujer negó con la cabeza.

—No, es una amiga. Una amiga que no conoces.

«Una amiga que no conoces…» ¿Dónde había oído eso?

No, entonces todavía no lo había oído. Lo oiría más adelante, unos seis meses más tarde, en la terraza de la brasserie de París.

¿También era Sadako, la amiga que yo no conocía de aquella vez en el museo? ¿La misma Sadako japonesa, ficticia o no, a la cual entonces ya engañaba su marido, o a la cual engañaría seis meses más tarde? Su marido inventado, no pude evitar pensar. Una amiga inventada con un marido inventado: una aventura extramatrimonial inexistente.

Con Sylvia y conmigo la cosa es simple: allá adonde vamos, la gente se lo pasa bien. Si estamos los dos solos, también somos felices. Nuestros intereses difieren bastante, pero el interés del uno por el otro siempre se mantiene en el mismo nivel alto. Aunque a mí la pintura no me dice mucho, un cuadro ante el cual Sylvia se pare siempre es más que una simple batalla naval, un paisaje o un bodegón con fruta y una liebre muerta.

De repente pensé que debería decir que la gente se lo pasaba bien donde estuviésemos. Entonces todavía era así, aquellos cuatro días de otoño. Me escuché plantearme mentalmente una pregunta horrible, una pregunta cuya respuesta no sabía si quería oír: «¿Cuánto tiempo hace?» La pregunta que habría preferido no hacer nunca. «¿Cuánto tiempo hace que dura esto?»

Tenía miedo de contaminar el pasado. Quizá podría vivir sabiendo que su engaño manchaba el presente; de hecho, ya vivía así. Pero el pasado no, por favor, el pasado no.

¿Cuántos de esos momentos podría reconstruir aún con efecto retroactivo? ¿Cuántos querría reconstruir? Momentos cuyo sentido ahora podría cambiar.

La vez que salió de la habitación antes de contestar al teléfono. Aquella vez que… No, no quería pensar así. No quería teñir el pasado a posteriori con momentos comprometedores. Como ya he dicho, en todo caso aún no había síntomas externos de engaño. Ni pérdida de peso repentina e inexplicable, ni un uso excesivo de maquillaje… Y entonces, súbitamente, como de la nada, me vino otra idea a la cabeza: ¿Cuánta gente lo sabía ya? ¿A cuántas de sus amigas se lo había explicado? «Tengo que contarte algo, si sigo callándomelo me volveré loca. ¿Puedes guardar un secreto?»

¿A cuánta gente se lo había contado Maarten van Hoogstraten?, fue mi siguiente pensamiento. ¿Cuántos compañeros de trabajo, secretarias, mensajeros, porteros estaban al corriente? El affaire se convertiría en un escándalo en cuanto se filtrase a los medios de comunicación. El alcalde engañado. Aún peor: el alcalde que no se entera de nada. Medio ayuntamiento lo sabía desde hacía tiempo, él era el único que no se daba cuenta.

Estas cosas pasan, a veces. A un amigo del instituto a quien todavía veo de vez en cuando: hace unos diez años, su esposa empezó una aventura con el marido de una pareja con la que tenían amistad. Todo el mundo lo sabía. Años y años. Yo lo sabía. Sylvia lo sabía. Pero ¿sacamos al amigo de su ensueño? No. Tenía que descubrirlo por sí mismo, ¿no? ¿O acaso no tenía ojos?

Ahora se me ocurría que el simple hecho de que el lío todavía no hubiese llegado a la prensa quizá significara que no había lío alguno. O que todavía nadie se había percatado.

No, decidí que lo dejaría todo como estaba, empezando por el pasado. En el pasado no había indicios, si uno no se ponía a buscarlos. O dicho de otro modo: todos los indicios —incluida la sonrisa en sus labios en aquella sala del museo Kröller-Müller— también podían perfectamente no significar nada.

A partir de ahora me tomaría el presente de otro modo; bueno, en realidad ya lo estaba haciendo. Lo había intentado como agente de incógnito, pero a partir de ese momento sería un topo en mi propia vida. Visible e invisible a la vez. La última persona de quien se sospecharía que fuera el topo.

A partir de ahora también me limitaría a observar a Maarten van Hoogstraten desde la distancia, sin que él pudiese darse cuenta de que lo observaban. Debía mantener el mismo comportamiento, la misma actitud al tratar con él, o podría despertar sus recelos. No me caía bien, nunca me había caído bien. No debía empezar ahora a tratarlo cordialmente, o a reírme de sus bromas malas. En mi expresión debía leerse la misma ligera aversión de siempre. Aversión; no tanto como desprecio, pero casi. La gente ingenua me ponía de los nervios. Maarten van Hoogstraten irradiaba la felicidad desmedida de la ignorancia. De la incapacidad de comprender. Su rostro… Aquellos ojos azules, demasiado grandes para su cara, tenían buenas intenciones. Estaban en contra de la contaminación, se preocupaban por el calentamiento global, por la subida del nivel del mar. Causas, todas ellas, que merecían respaldo, cosas que justificaban la preocupación. Pero las personas como él se apoyaban demasiado en esas grandes causas, les sacaban un rédito. Tenían la razón de su lado: ¿cómo ibas a contradecirlos?

«¿Estás a favor de las inundaciones, o qué? ¿Prefieres alzar los ojos y ver solo un cielo oscurecido por el humo?» Y de carrerilla: «¿Es que te opones a que la riqueza se reparta equitativamente? No te importa que haya gente muriéndose de hambre mientras tú puedas disfrutar de tu filete, ¿verdad? ¿Quieres cargarte todavía más nuestro bonito planeta?»

Todo eso cuando tú no habías abierto la boca al respecto. Ni se te habría ocurrido. Te sometías al terror. El terror de la razón aplastante, el eterno posicionamiento a favor del bando bueno.

Pues a partir de ahora le llevaría la contraria. Siempre lo había hecho, pero en adelante lo haría menos descaradamente. Pondría cara de interés cuando desplegara sus planes de un parque eólico justo al lado de la ciudad. Asentiría con expresión comprensiva en determinados momentos de su discurso, me llevaría la mano a la barbilla con expresión atenta, como si lo escuchara de verdad.

Como si aquel parque eólico fuese a convertirse en realidad algún día, pensé a continuación, y me sobresaltó mi propia carcajada, un pelín demasiado fuerte.