Sospechas

Herman Koch · Capítulo 19 de 30

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Sospechas

Capítulo 19

19

 

Tengo edad para recordar la época en que se podía fumar en los aviones. Solo se podía en las últimas diez filas del fondo, y ahí siempre se formaba un grupito de fumadores la mar de animado. Los fumadores que tenían el asiento en la zona de no fumadores se quedaban en el pasillo. Eran, claramente, las diez mejores filas del avión, igual que ocurre en las fiestas, que la gente más guay siempre acaba reuniéndose en la cocina. Fumar y volar: la combinación ideal. Como describe Allen Carr en su superventas Dejar de fumar, lo que más nos estimula a fumar son los momentos de estrés vinculados al aburrimiento: conducir, llamar por teléfono, ir en avión. Había vuelto a fumar en Navidad. He estado a punto de decir «a escondidas», pero no sería verdad.

—Vuelves a fumar —afirmó Sylvia al darme el beso de buenas noches.

—Sí. No mucho, solo un cigarrillo de vez en cuando. ¿Te molesta?

Sylvia inhaló profundamente, acercó la nariz hasta que quedó muy cerca de mis labios y volvió a inhalar.

—La verdad es que me gusta —dijo—. Me gusta el olor. Muy masculino.

Desde entonces, fumaba abiertamente. Al menos, delante de mi mujer. Habíamos pensado que era mejor que nuestra hija no se enterara, para no dar mal ejemplo. Así que cuando ella anunciaba que salía a tirar la basura al contenedor de la esquina, yo guiñaba el ojo a mi mujer. Suponía que algún día mi hija plantearía la pregunta inevitable, pero hasta el momento no había ocurrido. Mi hija y yo nos besábamos al menos una vez al día, uno o dos besitos en las mejillas. Entonces yo contenía la respiración, tal como se hace en un control de alcoholemia. Se me pasó por la cabeza tener perro. A veces no había una bolsa de basura llena que llevar al contenedor.

—Me he dejado algo en el coche —decía entonces—. Un expediente que tengo que leerme para mañana.

Mi mujer y mi hija estaban sentadas en el sofá, frente al televisor. Mi esposa me miraba un momento y fruncía el ceño cuando le guiñaba el ojo. No me parecía muy probable que mi hija me hubiese escuchado.

—No estaba en el coche —era lo único que decía, por puro formalismo, cuando regresaba unos diez minutos más tarde—. Seguramente lo tengo arriba.

Sí, desde que volvía a fumar, a veces habría querido tener perro. Con un perro no hacían falta excusas. «Voy a sacar al perro». Nada sonaba más natural que eso, ¿no? Mientras paseabas al perro podías fumarte tres o cuatro cigarrillos, por lo menos. Todavía me acordaba de la sensación de antes de dejarlo. El tiempo adquiría otra perspectiva. Quien no fuma a los veinte minutos ya da al perro por paseado. Para quien espera un tranvía o un autobús, el tiempo se ralentiza. Todo dura demasiado. El tiempo se coagula. Lo único que hay es la espera. Pero esperar no tiene gracia. En la parada siempre me encendía un cigarrillo. O aún mejor: me liaba uno. Todavía recuerdo cuánto sentía que el autobús o el tranvía llegaran enseguida. Si fumas, dominas el tiempo. El fumador nunca espera, el fumador fuma.

Diana tendría unos siete años cuando empezó a insistir por primera vez con lo de una mascota. Sí, sí, claro, le dijimos; los animales son muy monos, pero ¿quién va a cuidarlo? ¿Tú? Y además, ¿qué tipo de mascota?, le preguntamos, aunque ya sabíamos la respuesta. Un perro. Me gustaría tanto tener un perrito… ¿Y quién lo va a sacar a pasear? ¿Tú? Sí, sí, todos los días. Pero hay que sacarlo dos veces al día. ¿Cómo lo vas a hacer? ¿Antes de ir a la escuela? Tendrías que levantarte media hora antes. Y así seguimos un rato. Seguimos hasta que la imagen del perrito fue desvaneciéndose. El escenario que más relaciono con estas conversaciones es el coche; Diana en el asiento de atrás, su carita en mi retrovisor. Cómo la expresión de aquella carita cambiaba de feliz y esperanzada a derrotada y resignada. Nunca podía mirarla mucho tiempo. Un perrito era imposible. Pero ¿qué mascotas sí eran posibles? La propuesta del pez no despertó reacción alguna en el asiento de atrás. Cuando mencionamos una tortuga, se mordió el labio inferior. Qué aburrimiento. ¿Una cobaya? ¿Un hámster? Yo no quería ni pensarlo, recordaba un amigo del colegio que tenía conejillos de Indias (o hámsteres). El terrario con serrín desprendía un olor que te hacía llorar los ojos. Había una rueda en la que el hámster (o la cobaya) se pasaba horas corriendo como un bobo, hasta que una mañana el amigo del colegio se lo había encontrado muerto en la rueda. En el fondo me enorgullecía que mi hija no se conformara con un pez o una tortuga. ¿Y un conejo? ¿O conejos? Fuimos a una tienda de animales, donde el vendedor nos convenció de comprar no uno, sino dos conejos enanos —«Así no están tan solos»— y una jaula. La jaula tenía patas y podíamos colocarla en la terraza, cerca de las puertas correderas, de modo que los veíamos mientras comíamos. Los conejos miraban hacia fuera a través de la malla, y poco más. Como a Diana «le daban pena», de vez en cuando los soltábamos por el jardín y el comedor, y entonces se metían enseguida debajo del sofá, al fondo, y solo podías hacerlos salir con un bastón o una escoba. Pero lo que puso fin a sus días en nuestra familia fue la indiferencia absoluta que mostraban hacia mi hija.

—Creo que aún no me conocen —decía Diana al principio, todavía esperanzada, cuando cogía a un conejo en brazos para hacerle mimos y el animal pataleaba como un histérico, intentando liberarse de su abrazo, y al final le mordía el dedo.

Otro problema fue que los conejos empezaron a crecer; en solo quince días ya medían el doble que al principio. A esas alturas la jaula se les había quedado pequeña. Aun así, tardamos un par de semanas en darnos cuenta de que un conejo solo podía darse la vuelta si el otro conejo también lo hacía al mismo tiempo.

—¿Conejos enanos? —dijo Sylvia, y vi que apenas podía contener la risa —. ¿Guardaste el recibo? Yo que tú volvería a la tienda.

Pero no lo hice, claro. Menuda escena. El alcalde, que viene a quejarse porque le han crecido los conejos. Twitter y Facebook todavía no existían, pero la «radio macuto» de toda la vida, quizá todavía más fiable que las redes sociales, sí. No, los conejos tendrían que desaparecer discretamente de nuestras vidas. Tal vez la mejor opción sería encontrárnoslos muertos en su jaula, pero no íbamos a contribuir activamente y dejar de darles agua o comida, por supuesto.

Al final, la salvación llegó gracias a una amiga de Sylvia que vivía en el campo y tenía un corral por el cual corría un popurrí de animales indeterminados, aparte de una cabra y varias gallinas.

—La ciudad no es buen sitio para los conejos —dijo, metiendo por la malla una hoja de lechuga fresca que hizo que levantaran los hocicos.

La despedida fue una semana más tarde. Solo para mantener las apariencias, Diana soltó un par de lágrimas cuando la amiga cargó la caja de cartón en el maletero de su coche. Le pasé un brazo por los hombros, me la acerqué y murmuré algo sobre la «vida mejor» que tendrían en el campo.

Quizá habría sido el momento de dar el paso para tener un perrito. Pero dejamos pasar aquella oportunidad de cumplir el mayor deseo de nuestra hija. En su siguiente cumpleaños hizo su entrada el gato que tenemos ahora. Diana ya tenía pensado el nombre de nuestra nueva mascota desde hacía meses: Eminem. Y cuando resultó que no era un gato, sino una gata, apenas necesitó tres segundos de reflexión para cambiarle el nombre a Emmy.

La bolsa de basura del cubo con pedal estaba todavía demasiado vacía para servir como excusa creíble, así que reuní también periódicos y revistas. Una bolsa de plástico del supermercado Albert Heijn con cinco botellas vacías (dos de vino tinto, dos de vino blanco y un vodka Grasovka) debía completar la imagen de cabeza de familia que colabora en las tareas del hogar.

—Voy a los contenedores de la esquina —dije, sacando la cabeza por la puerta del comedor desde la cocina. Mi hija estaba, como de costumbre, en el sofá con el portátil en la falda y los auriculares puestos. Mi mujer se hallaba de espaldas a mí delante de la estantería, la cabeza un poco ladeada, repasando los lomos de los libros con el dedo índice.

—¿Sabes dónde tenemos Anna Karenina? —preguntó sin darse la vuelta —. Lo tenemos, ¿no? Pero no lo encuentro en ninguna parte.

Nuestra biblioteca es uno de aquellos típicos buenos propósitos que nunca se ha convertido en realidad. En orden alfabético. Por país. Por género. Durante mucho tiempo me propuse aplicarle un sistema hoy o mañana, pero lo he aplazado tantas veces que a estas alturas ya me he resignado a la idea de que nunca lo haré. A veces yo también busco un libro, y entonces empiezo arriba a la izquierda y repaso todos los lomos hasta que lo encuentro. Un espíritu más ordenado que el mío sacaría todos los libros de la estantería a la vez…, pero también se pierde algo, me digo, para justificar en cierto modo el enésimo aplazamiento.

—Se me ha ocurrido que como leí ese libro hace un montón de años, a los dieciocho, creo —continuó Sylvia—, y ya casi no me acuerdo de nada, solo de la historia, si me lo leo otra vez, en neerlandés, saber de qué va me servirá de muletilla.

Di un paso hacia el comedor, golpeando la puerta adrede con la bolsa de las botellas vacías. Ahora sí que mi mujer se dio la vuelta.

—Voy a llevar esto a los contenedores de la esquina —anuncié, levantando un poco las bolsas con el vidrio y la basura. Nos miramos. Lancé una miradita cargada de significado a mi hija y después volví a mirar a mi mujer. Le habría podido guiñar el ojo, pero no lo hice. Diana podría haber levantado los ojos del portátil justo en ese instante y preguntar a qué venía el guiño—. Vuelvo en quince minutitos y te ayudo a buscar.

De camino a los contenedores, me crucé con dos ciclistas, un chico y una chica, de unos veinte años, calculé. Conversaban animadamente, la chica se rio de algo que dijo el chico, y cuando pasaron a mi lado, él me miró un momento. Vi que ocurría lo que veo tantas veces: fueron solo un par de segundos, los ojos del chico pasaron de mirar a reflexionar. Veía una cara conocida, pero todavía no sabía de qué. ¿Un actor? ¿Un presentador de telediario? ¿Un político? Cuando pasaron de largo me volví y vi que el chico se inclinaba hacia la chica. Ambos miraron atrás. Sí, lo habían confirmado, era verdad, era él. Levanté una mano, la mano de la bolsa de basura medio vacía. Sonrieron, me devolvieron el saludo, y se alejaron pedaleando. Tan agradable. Tan normal. El alcalde tirando la basura él mismo.

Al llegar a los contenedores me encontré lo que me suelo encontrar: un par de bolsas de basura rotas cuyo contenido (peladuras de naranja, poso de café húmedo, cartones de leche aplastados) ya se había esparcido por parte de la acera. Además había esquirlas de un espejo que al parecer se había roto ahí mismo (o lo habían roto los chiquillos a patadas), un par de tableros y un microondas. Existe un fenómeno curioso: mientras que en todas las grandes ciudades del mundo —París, Londres, Madrid, Barcelona, Roma, Moscú, Nueva York, y puedo decirlo con conocimiento de causa porque he estado personalmente en todas ellas— la basura se recoge todos los días, en Ámsterdam solo se hace una o dos veces por semana. En todas esas ciudades, además, la basura se recoge de noche para no entorpecer el tráfico diurno con camiones que se detienen cada dos por tres. Ámsterdam es una de las ciudades más sucias de Europa, de todo el mundo occidental y occidentalizado. En Tokio no se ve ni un papelito en la calle; en París y Londres, calzadas y aceras se limpian todos los días con chorros de agua a presión, aunque haya llovido; en Roma, chavales en paro vacían las papeleras que las hordas de turistas han llenado de cajas de pizza vacías. En cambio, no se puede afirmar que el asunto de la basura doméstica sea una de las puntas de lanza de mi gestión. Boris Johnson, mi homónimo londinense, se expresó con desdén sobre Ámsterdam, y especialmente sobre la suciedad de las calles; todavía tenía que llamarlo al respecto, pero aún no lo había hecho, porque ¿qué iba decirle? El hombre tenía toda la razón del mundo, por supuesto. Aquí en Ámsterdam, Wim Pijbes, director del Rijksmuseum, se había quejado en una carta abierta publicada en el periódico NRC de que la suciedad de las calles ahuyentaba a los turistas. Al día siguiente había quedado para almorzar con él. Un almuerzo en el que no solamente hablaríamos de las fiestas que acompañarían la inauguración de la exposición sobre Rembrandt, seguro que también saldría el tema de la basura que flotaba por los canales.

Con un suspiro, dejé la bolsa de basura medio llena al lado de las dos rotas, porque seguro que los dos contenedores tenían encallado el sistema de contrapesos que introduce las bolsas; ni siquiera hacía falta comprobarlo. A continuación, tiré el montoncito de periódicos en el contenedor del papel; como siempre, apenas conseguí retirar la mano a tiempo sin que la tapa me cortara los dedos. ¿Debería encenderme un cigarrillo inmediatamente, o mejor tiraba primero las botellas vacías al contenedor del vidrio? Me metí la mano en el bolsillo derecho de los pantalones, saqué el paquete de cigarrillos, pero, para mi consternación, no tenía mechero. ¿O lo había metido dentro del paquete?

Noté que me invadía un ligero desespero. Había ido ahí con la basura y las botellas porque tenía pendiente una llamada telefónica que no quería hacer desde casa. En verdad, lo único que había hecho era cubrir una mentira con otra.

En realidad, también habría podido retirarme a mi despacho o a nuestro dormitorio, pero en tal caso mi mujer o mi hija podrían haberme interrumpido en cualquier momento («¿Te importa mirar otra vez? En serio, no encuentro Anna Karenina en ninguna parte»). Además, no podía fumar ni en mi despacho ni en mi dormitorio, y durante esa conversación tendría que fumar, no podía evitarlo. Allen Carr tenía razón: estrés combinado con aburrimiento.

No había dicho nada a Sylvia sobre la visita de mi padre al ayuntamiento esa mañana, ni tampoco sobre la periodista ni las fotos en que alguien que no era yo dejaba a un policía en silla de ruedas para el resto de su vida. Desde la conversación con mi padre, esto último parecía menos importante. Bien mirado, lo de las fotos me convenía. Sería menos grave que me pillaran implicado en algo que no pegaba con un alcalde. Malversar dinero público, conceder una licitación a una empresa de reciclaje de contenedores en el puerto de Westpoort y recibir encubiertamente un par de cientos de miles de euros, consumir cocaína, una orgía, prostitutas dominicanas en una after party en el ayuntamiento… Cualquier cosa sería soportable. Me depondrían. Tendría que dejar el cargo. O no. Un alcalde podía salir airoso de muchas situaciones. Pensé en mi antiguo homónimo de Toronto. El dimisionario Rob Ford había salido indemne de un montón de cosas: drogas, borracheras y sobrepeso solo habían aumentado su popularidad. En todo caso, prefería un escándalo centrado en mí, en tanto que alcalde, en lugar de que saliese a la luz una aventura entre mi mujer y el concejal Maarten van Hoogstraten. En caso de escándalo político, mi caída no nos afectaría personalmente. Un ex alcalde desempleado venido a menos, pero que todavía estaba casado con aquella mujer (extranjera) tan agradable. Un matrimonio del que se veía a la legua que ambos todavía estaban enamorados. («¡Enamorados!», había exclamado Bernhard hacía poco, durante la cena en nuestra casa. «Enamorados, ¡menuda tontería! ¿Quién se va a creer eso? El enamoramiento desaparece al cabo de seis meses, eso lo sabe todo el mundo. Lo sustituyen otras cosas: afecto, respeto mutuo». Después había mirado de reojo a su mujer, pero Christine había fingido que intentaba pescar un trocito de corcho de su copa de vino). Una pareja que se desvivía el uno por el otro, que se bastaban el uno al otro.

No había dicho nada a Sylvia sobre la conversación con mi padre porque primero quería llamar a mi madre. Para quedar con ella, al día siguiente o al cabo de un par de días; esa semana, en todo caso. Todavía no sabía dónde. Su restaurante chino favorito quizá era un lugar un poco raro para despedirse para siempre. Casi mejor un parque, o algo por el estilo. La playa. Aunque la previsión no daba «tiempo de playa», quizá una playa desierta con ráfagas de viento, olas grises y crestas de espuma que salpicasen la orilla era más adecuada para una conversación sobre despedida y muerte voluntaria.

—Buenas noches.

Una voz que parecía venir de algún punto cercano a mi oreja izquierda me arrancó violentamente de mis pensamientos. Cuando me di la vuelta, me encontré cara a cara con un hombre de unos sesenta años. Una sonrisa amplia, el reflejo de la luz de una farola en sus ojos vivos y relucientes.

—Perdone, no quería sobresaltarlo —dijo el hombre—. Es que quería tirar las botellas, y usted me cerraba el paso.

Me miró con lo que se podría describir como una mirada inquisitiva. Por segunda vez esa noche lo vi ante mis ojos; seguramente en aquel instante por la cabeza del hombre se sucedían imágenes de televisión y fotos de periódico. «Conozco esta cara, pero ¿de qué?»

—Ah, ahora lo veo —dijo, y soltó un audible suspiro de alivio—. Claro, lo he visto otras veces. En bicicleta. Vivo ahí. —Señaló un lugar en diagonal al otro lado de la calle—. A veces lo veo pasar en bici por delante de mi ventana.

—Perdón —dije, dando un paso a un lado—. Pase.

—No se preocupe, no tengo prisa. ¿Quiere tirar usted primero lo suyo?

Mi teléfono empezó a vibrar en el bolsillo. «Bernhard», leí en la pantalla. No era un buen momento. Rechacé la llamada.

—Mire —dijo el hombre, señalando el contenedor del vidrio—. ¿Ve? Hace poco aquí había un contenedor con aberturas separadas para vidrio verde, marrón y blanco, es decir, transparente. Dígame, ¿qué hacía usted? ¿Metía cada tipo de botella disciplinadamente en su sitio? Yo vivo ahí delante, como ya he dicho. Veía perfectamente el contenedor. Una vez cada quince días, o una vez al mes, no lo sé exactamente, venían a vaciarlo. Un estrépito infernal. Pero me fijé en lo que hacían. Ya podíamos portarnos bien y meter las botellas de vino en el agujero verde y las de ginebra en el blanco, que cuando levantaban el contenedor para vaciarlo, todo iba a parar al mismo sitio. Desde mi ventana se veía la caja de carga del camión, y no tenía tres compartimientos separados para vidrio transparente, verde y marrón, qué va. Todos los colores se mezclaban. ¿Por qué nos pedían separar los colores si luego eso no servía de nada? Ahora tenemos estos contenedores en los que se tira todo el vidrio, sea del color que sea. ¿Por qué me he tomado la molestia de separarlo durante tantos años?

Mi teléfono volvió a vibrar. Será el contestador, pensé, quizá Bernhard ha dejado un mensaje. Pero cuando miré la pantalla, volví a ver su nombre. Dudé un momento, y rechacé la llamada de nuevo.

—La cosa sería más llevadera si al menos se hiciese algo para solucionar esto —siguió el hombre, señalando la basura acumulada alrededor de los contenedores—. No sabe cuántas veces he tenido que volver a casa con la bolsa de basura porque el contenedor estaba lleno a reventar o tenía la tapa atascada. Otra vez subir tres tramos de escalera. Vivo en un lugar privilegiado, soy consciente de ello, pero en mi edificio no hay ascensor, y solo tengo un balcón pequeño en el cual las bolsas de basura apestan mucho cuando les da el sol. Y si las dejas fuera del contenedor, te multan. Me pasó una vez; hay funcionarios que se pasean por aquí abriendo bolsas de basura, y se ve que habían encontrado algo. Ya no me acuerdo de qué era, un documento de Hacienda, yo qué sé; pero habían conseguido mi dirección. De hecho, incumplía la ley dos veces, porque un documento de Hacienda tendría que haber ido a parar al contenedor del papel.

Calló un momento, y yo inspiré profundamente por la nariz. Lo olí a pesar del mal olor de las bolsas de basura desparramadas. No olía mal, no era ni siquiera olor a sudor. No, este tipo de hombres siempre se aseguraba de llevar ropa limpia, de ducharse regularmente y afeitarse todas las mañanas. Lo que se percibía era el mismo olor antiséptico de los pasillos de hospital, un detergente cuya misión era cubrir el resto de los olores.

Podía preguntárselo, no directamente, sino con un rodeo; una apuesta conmigo mismo que seguro que ganaría. Pero entonces el hombre volvió a hablar; mientras tanto había empezado a tirar sus botellas al contenedor del vidrio.

—Pues mire, ahora se puede hacer, pero yo desde la multa empecé a tirar todas las botellas, las verdes, las marrones y las transparentes, al mismo agujero del antiguo contenedor, como una especie de último acto de resistencia. Una vez me reprendieron; una mujer con una bici de carga, ya se la imagina, una ecologista sabionda de esas. «¡Eh!, ¡está mezclando las botellas verdes con las marrones, eso no se puede hacer!»

Volví a sacarme el teléfono del bolsillo porque estaba vibrando otra vez.

—Bernhard, ¿puedes esperar un momento? Te llamo dentro de cinco minutos.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio, y después escuché la voz de mi amigo, tan clara y audible como si lo tuviese a mi lado.

—Robert, tengo que… ¿Sabes aquello que comentábamos el otro día? ¿En tu jardín?

Justo en ese momento, el hombre dejó caer dos botellas seguidas en el contenedor. Entre los golpes y el ruido de vidrios rotos, no pude oír si Bernhard decía algo más. Me aparté un poco del contenedor y me cubrí la oreja destapada con dos dedos.

—Escucha, Bernhard, ahora no puedo… Te llamo dentro de cinco minutos… O diez…

Y colgué sin darle tiempo a contestar.

—No le entretendré más —dijo el hombre—. ¿Por qué no se pasa algún día a tomar un café? —continuó, señalando el otro lado de la calle—. Es aquella casa, la que queda medio cubierta por el árbol. No tengo el nombre puesto en la puerta, pero solo hay tres timbres y el mío es el de arriba, no tiene pérdida. —Dijo el número de la casa—. Cualquier mañana, da igual la hora que sea; bueno, no demasiado pronto, a partir de las once. Desde que mi esposa murió, duermo hasta tarde.

«¡Bingo!», pensé sin poder evitarlo. Lo había percibido bien, lo había olido bien: ese hombre vivía solo, seguramente desde hacía años.

—Lo siento por su pérdida —dije, y enseguida oí el tono artificial de mi voz; la frase tomada de series norteamericanas, y encima traducida de cualquier manera, para expresar que compartes el dolor por la muerte de alguien—. Quiero decir, su mujer… ¿Hace tiempo que…? ¿Lleva tiempo solo?

Tuve la sensación de que enrojecía, de que podría ruborizarme. Hace un par de años, Time me incluyó en la lista de las cien personas más influyentes del mundo. Era el único alcalde de la lista, y el único holandés también. Personas que el año anterior habían dejado huella. Después me informé; no solo era el único holandés de la lista, sino que además era el primero en aparecer en ella. Y el último hasta ahora. Pero en los Países Bajos la gente se lo tomó entre burlona y compasivamente. Debía de ser un error. Supongo que el semanario norteamericano no estaba al corriente de todas las tazas de té que me había tomado en las mezquitas de Ámsterdam, ni de la espiral descendente en la que estaba sumida la capital desde mi mandato: los años que se había pasado cerrado el Rijksmuseum, ¡siete, ni más ni menos! Indigno de una gran metrópolis, decían socarronamente los que me criticaban. Pero ahora el Rijksmuseum vuelve a estar abierto y se han callado todos. Desde fuera sigue pareciendo una estación de tren, pero dentro, todo, desde la majestuosa entrada hasta la guardarropía y el restaurante, tiene una grandeza que recuerda al Museo Británico o el Louvre. Ahí, delante de La ronda de noche, recibimos a Barack Obama. ¿En qué gran ciudad puede aterrizar el presidente de Estados Unidos con su propio helicóptero en la plaza, delante de la entrada?

—Gracias —dijo el hombre—. Quiero decir, no se preocupe por lo de mi mujer. Llevo un año y medio solo, pero todavía pienso en ella todos los días. En mis sueños sigue viva, todavía nos sentamos juntos a la mesa y caminamos de la mano por la playa. Por las mañanas, cuando me despierto, siempre he de hacerme a su ausencia. Al principio me entristecía bastante, pero luego me di cuenta de que era pura autocompasión. Mi esposa y yo fuimos felices durante más de treinta años. Eso es algo en lo que me quiero seguir recreando. Treinta años son diez mil momentos de felicidad, casi demasiados para recordarlos todos en los años que me quedan. Esté donde esté mi mujer, seguro que entenderá que estoy triste por su ausencia, pero ella no querría que me dejase dominar por la tristeza. Al principio, poco después de su muerte, lo intenté, intenté sumirme en la miseria. Me ponía todos los días la misma ropa, dejé de afeitarme, empecé a beber y volví a fumar. Una tarde estaba en la cama, con las cortinas echadas, una botella de whisky y un cenicero lleno a mi lado en la mesilla de noche, y fue como si me elevara sobre mi propio cuerpo y me viera ahí al fondo. Y al mismo tiempo oí la voz de mi mujer: «¡No te hagas el interesante, Richard! Mira lo que te estás haciendo. Pero esto no solo te afecta a ti, nos afecta a los dos. Ahora que yo ya no estoy, eres el único que sabe lo felices que fuimos juntos. Piensa en nosotros, Richard. Piensa en nosotros todos los días, y no te des tanta pena. Vamos, levántate, dúchate, ponte ropa limpia: empieza hoy mismo, date el capricho de cenar en nuestro restaurante favorito. Ahí puedes pensar en nosotros, en todos los momentos felices que compartimos. Puedes frotarte los ojos si es necesario, pero nada de gimoteos. Tienes que estar agradecido de tener tanto que recordar de lo que vivimos juntos».

Mientras hablaba, mi teléfono había vuelto a vibrar; me pareció de mala educación contestar, pero ahora el hombre daba la impresión de haber terminado, así que me saqué el móvil del bolsillo.

—Robert, escucha —dijo la voz de Bernhard—, tengo poco tiempo. ¿Podemos hablar un minuto?

Intenté contar rápidamente; en Boston eran seis horas antes, pero como de costumbre no me salió el cálculo a la primera.

—Bernhard, estoy… estoy en la calle —dije, echando un vistazo rápido al hombre. Algo había cambiado en su rostro. Tenía la mirada cansada y apagada de alguien que se da cuenta de que después de cada conversación esperan, inevitablemente, la despedida y la soledad.

Pero vi, con gran alivio, que levantaba la mano, me saludaba con la cabeza y se iba.

—Dime —dije a Bernhard—. Ya puedo… Estoy solo.

—¿Sabes aquello que comentamos el otro día en tu jardín? ¿Lo de la infinitud del universo, y el otro gran enigma, el de nuestra propia muerte?

—Sí —dije, pero Bernhard no había esperado a oír mi respuesta, solo se había tomado medio segundo de pausa, y nuestras palabras se cruzaron durante aquel desfase intercontinental de un segundo y medio.

—Pues bueno —continuó, después de esperar un par de segundos por si yo decía algo más—. Tal vez ocurrirá antes de lo que yo pensaba.