Sospechas

Herman Koch · Capítulo 24 de 30

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Sospechas

Capítulo 24

24

—¿El steak tartare era para…?

No habíamos pedido entrante, la chica me puso el plato delante con una sonrisa, y después dejó el ribeye bearnaise de Bernhard. El Dauphine era uno de los restaurantes de Ámsterdam en que más a gusto me sentía. No solo por la carta, relativamente simple, sino por todo: el lugar —un antiguo concesionario Renault, de donde le venía el nombre—, sin decoración ni tonterías, el personal rápido y siempre amable, y el relativo anonimato; primero, porque había muchas mesas, pero también porque ahí acudían muchos famosos y la gente apenas levantaba la mirada cuando entraba otro famoso más, y después seguía comiendo, casi con desgana.

—¿Podrías traernos dos cervezas también?

—Dos cervezas, marchando.

No es que los chicos que trabajaban ahí acompañasen al famoso de turno a su mesa con actitud desganada, pero tampoco se ponían innecesariamente nerviosos ante la presencia de un alcalde en su restaurante. Algo que sí ocurría en uno de los establecimientos más de moda de la ciudad, donde el pánico se hizo visible en todas las caras una vez que me presenté de improviso y sin haber reservado y pregunté, con cautela, si «tal vez» quedaba alguna mesa libre para mi mujer y para mí, y a continuación me asignaron la mesa más bonita, al lado de la ventana, y los cocineros salieron rápidamente a darme la mano: un restaurante al que no he vuelto nunca más.

—Espero que todavía estés dispuesto a hacer aquello por mí —dijo Bernhard, mientras cogía con los dedos una patata frita de su plato, la pasaba por el platito de mayonesa y se la metía en la boca—. Si no te apetece, lo entenderé, y no se hable más. Pero podemos hacer historia, Robert, de verdad. No son palabras que me guste utilizar a la ligera, pero esto es una oportunidad única. Podemos hacer historia juntos.

—Claro que sí —dije—. Lo haré, ya te lo había prometido, puedes contar conmigo.

—Muy bien —dijo él, y miró un momento hacia las mesas que teníamos a la izquierda y a la derecha: una madre y una hija, y dos hombres con portátiles, iPads y teléfonos al lado de sus platos de ensalada, y se inclinó todavía más sobre nuestra mesa—. Escúchame bien. Esto es lo que tengo pensado.

Y empezó. Primero me resumió brevemente lo que me había explicado un par de meses antes en el jardín de casa. Lo incomprensible del principio y el final del universo, y el enigma también incomprensible de la muerte. ¿Y si estos dos enigmas estuviesen estrechamente ligados?, había dicho. Por muy listos que seamos, nuestro cerebro es solo un instrumento limitado. Nuestra capacidad de imaginación es limitada. Pensemos en los sordos que no pueden oír. Con nuestro entendimiento limitado, no podemos comprender los dos grandes enigmas de la vida. No solo de la vida, sino también de la no vida, porque ni que decir tiene que el cosmos no nos necesita para nada. El universo ha podido existir miles de millones de años sin nosotros, y cuando desaparezcamos, no va a echarnos de menos ni un segundo en los miles de millones de años siguientes.

—En realidad, mi teoría es muy simple —me había dicho en el jardín; no podía verle la cara, escuchaba su voz sin ver otra cosa que la punta incandescente de su cigarrillo—. Como todas las grandes teorías. Arquímedes, Newton, Einstein. Ahora podría decir, con falsa modestia, que no puedo compararme a esos personajes, pero no voy a hacerlo. Si mi teoría no es correcta, podemos tirarla a la papelera. Y a mí con ella. Quizá nadie lo sabrá nunca, eso lo dejo totalmente en tus manos, Robert. En lo que a mí respecta, tienes toda la libertad del mundo para explicárselo a todos tus amigos y parientes y echaros unas risas. «¿Te acuerdas de Bernhard Langer? ¿Sabes qué creía?» Pero si tengo razón —y aquí había hecho una pausa breve para sacarse otro cigarrillo del paquete—, y lo que pienso es cierto, iría más allá que Einstein. Sería ni más ni menos que la explicación del mundo. Me darían el Premio Nobel. Póstumamente, pero en el marco de la explicación de la vida y la muerte, ya no importará. Ya sabes cómo soy, Robert. Me importan una mierda el Premio Nobel y los reconocimientos. Mi vida ya es lo bastante interesante sin premios. Pero prométeme una cosa: si me lo dan, ¿irás a Estocolmo a recogerlo en mi nombre? Al fin y al cabo, sería de los dos. Haz un buen discurso, eso se te da bien. Explica algo sobre nuestra amistad. Amistad más allá de la muerte.

El Premio Nobel no se mencionó más durante el almuerzo en el Dauphine. Bernhard volvió a recalcar que toda su vida se había mantenido en las antípodas del misticismo. Después de nuestros experimentos conjuntos con la ouija y las cartas de tarot, y de devorar algunos libros populares en la época, con títulos como Recuerdos del futuro y El retorno de los brujos, cuando teníamos unos diecisiete años, su carrera en física y astronomía le había mantenido los pies en el suelo durante mucho tiempo. Se había dejado convencer de que el mundo empírico ya presentaba suficientes enigmas y que no hacía falta ir a buscarlos en el mundo que él llamaba «inmaterial».

—Sin embargo, siempre te queda la duda —dijo, untando un trocito de carne en el platito de salsa bearnesa—. Si alguna vez has creído que astronautas extraterrestres trajeron la vida a la Tierra, nunca puedes dejarlo ir del todo. Es una bobada como la copa de un pino, por supuesto, imagínate; pero todos los grandes descubrimientos han sido considerados bobadas por la mayoría de la gente al principio. Que la Tierra no es el centro del universo, que no es plana, que podía haber una ruta hacia las Indias al oeste… Los primeros que proclamaron esas verdades ampliamente aceptadas hoy en día solo recibieron escarnio en su época, algunas veces incluso acabaron en la hoguera. Soy experto en agujeros negros, masas con una fuerza de gravedad tan potente que ni siquiera deja salir la luz. Siempre me he preguntado por qué. ¿Por qué hay agujeros negros? ¿No es lo bastante incomprensible ya de por sí el cosmos? Stephen Hawking me dijo una vez: «¿Sabes una cosa, Bernhard? A veces pienso en un futuro en el que toda la investigación que hacemos ahora se considerará un juego de niños. Una preparación para llegar a algo muy superior. Como si estuviésemos orgullosos de haber descubierto las cerillas y alguien viniera y nos enseñara una explosión atómica». Siempre tengo presentes sus palabras. Hemos descubierto algo (que la Tierra es redonda, la teoría de la relatividad, el teléfono móvil), pero todavía no es nada. Es solo un principio. Ni un cero coma cinco por ciento de los descubrimientos que todavía nos quedan por hacer. —Tras una pequeña pausa, hizo señas a la camarera y le mostró nuestros vasos de cerveza vacíos —. Volviendo al principio —continuó—, ¿te acuerdas de El retorno de los brujos y Recuerdos del futuro? La duda nunca más te abandona, como ya he dicho. ¿Recuerdas aquel libro de Thor Heyerdahl que leímos los dos, el del viaje en el Kon-Tiki? Intentaba demostrar que los antiguos egipcios ya habían cruzado el océano Atlántico mucho antes de nuestro año cero, que ayudaron a los aztecas, los mayas y los incas a construir sus pirámides. No se trata de qué es verdad y qué no, sino de que no te eches a reír enseguida con una teoría así, que a priori estés dispuesto a darla por buena. Actualmente hay una manera muy moderna de llamarlo: pensar out of the box. En general, y normalmente con razón, la gente se ríe de los experimentos pseudocientíficos con ondas mentales, las experiencias cercanas a la muerte y la reencarnación. Puedes calificarlo todo tranquilamente de tonterías, y en principio tienes razón, porque nunca ha habido pruebas concluyentes para estos fenómenos. Como científico tienes que andarte con cuidado. Un experimento dudoso e inconcreto, y quedas fuera del circuito un montón de años, quizá para siempre. ¿Te acuerdas de Rupert Sheldrake? Demostró que, en el norte de Inglaterra, los gorriones habían descubierto un truco para quitar los tapones a las botellas de leche. Las botellas que el lechero llevaba a las casas y que se quedaban un ratito en la acera sin que nadie las vigilara. Menos de seis meses más tarde, los gorriones del sur de Inglaterra también se sabían el truco. Sin que ni un solo gorrión del lejano norte hubiese volado al sur a enseñárselo: esto lo había demostrado científicamente. Su teoría era que si aumentaba la inteligencia de un grupo pequeño, se incrementaba la inteligencia de todo el grupo. Y ¿dónde está Rupert Sheldrake ahora? ¿Vive todavía? ¿Lo sabes tú? ¿Lo sé yo?

La camarera se acercó para ver si ya habíamos terminado. No preguntó si todo había estado a nuestro gusto, cosa que en algunos establecimientos te preguntan aunque solo te hayas comido un bocata de queso; solo preguntó si todo iba bien, y si queríamos ver la carta de postres.

Bernhard y yo ni siquiera tuvimos que mirarnos antes de que yo pidiese dos cafés expresos y dos grapas.

—La transparente —añadí—. La normal.

—Es un poco como creer en el comunismo —siguió Bernhard—. Antes creíamos en el comunismo, ¿no? Póster del Che Guevara en la pared, el Vietcong, al que no llamábamos así, como hacían los partidarios del imperialismo norteamericano, sino Frente de Liberación Nacional de Vietnam. A lo largo de los años vas perdiendo gradualmente esa fe, pero nunca desaparece del todo. ¿Quién dijo aquello de «Quien no es comunista a los dieciocho años, no tiene corazón; quien todavía lo es después de los veinte, no tiene cerebro»?

—¿George Bernard Shaw?

—No, él creyó en el comunismo hasta el amargo final, ¿no? Bueno, no importa, lo que quiero decir es que te pasas la vida sintiendo simpatía por el revolucionario barbudo, aunque a partir de cierto momento sepas que no siempre tiene razón. Nunca te pasas del todo al otro bando. Nunca empiezan a gustarte de repente los generales con gorras ridículas y pecheras de uniforme con decenas de medallas.

La mesa que teníamos al lado estaba vacía. No hace mucho ahí se habrían sentado los guardaespaldas. Cuando todavía llevaba cuatro, uno se quedaba cerca de la puerta; otro, en la barra, examinaba todo el rato a los comensales del restaurante desde detrás de unas gafas de sol, lo hacía de forma regular, siempre con el mismo ritmo, sin acelerarse, como un radar o un faro. El tercero y el cuarto se sentaban a la mesa de al lado de la mía y fingían que no escuchaban lo que hablábamos mi interlocutor o interlocutores y yo. Pero llamaba la atención lo poco que tenían que decirse. Una vez comí en este restaurante, un par de mesas más allá, con Bill Clinton, que por aquel entonces ya no era presidente. Fue una de las pocas veces que noté la presencia de una personalidad más fuerte que la mía. O, al menos, una personalidad que parecía absorber a las otras. Una especie de versión turbo de mí mismo. Bill Clinton te hace sentir que eres lo único que importa, que no existe nada más que la conversación que está manteniendo contigo en ese momento; el resto del mundo desaparece, literalmente. No soy el único que se ha sentido así tras conocer al ex presidente estadounidense. Todos los que han estado cerca de él alguna vez describen la experiencia con las mismas palabras. En la mesa a nuestra derecha estaban mis dos guardaespaldas, en la de la izquierda, cuatro hombres del Servicio Secreto. Tenían exactamente el mismo aspecto que en la televisión y las películas: camisas blancas, trajes negros, gafas de sol, pinganillos. No sabría describir exactamente por qué, pero algo hacía que resultasen más creíbles que mis propios guardaespaldas. Bill Clinton también parecía más auténtico que la mayoría de los políticos neerlandeses con quien he comido alguna vez en el Dauphine. Larger than life. Quizá era el efecto de las imágenes televisivas que lo precedían, pero se erguía literalmente por encima de la mesa, su torso no tenía la proporción adecuada para el sobre de la mesa, sus manos agarraban los bordes con fuerza, como si en cualquier momento fuese a lanzar la mesa por el restaurante.

Recuerdo bien de qué hablamos. No puedo repetirlo todo aquí sin meterme en líos. Aquella mañana se había reunido en La Haya con nuestro primer ministro de aquel entonces.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo—. Espero una respuesta sincera.

La pregunta era relativa al primer ministro, siento no poder reproducirla, fue una conversación privada y no puedo citar directamente al ex presidente sin su permiso, seguro que no le sentaría bien. Por tanto, dejémoslo en que Bill Clinton puso los ojos como platos cuando intenté responderle con la mayor sinceridad. Después, cara de asco.

—¿En serio? —preguntó. Negó con la cabeza y se echó a reír—. ¡Increíble! Ya me imaginaba algo por el estilo, pero esto es realmente increíble, Bob.

Sí, me llamaba Bob, desde que me había dicho que podía llamarlo Bill, y yo le había respondido que mi nombre era Robert. Me hizo gracia que diera por sentado que en los Países Bajos también usábamos el diminutivo «Bob» para Robert. Entonces Bill dijo algo sobre la reina Beatriz, en cuya compañía había cenado la noche anterior. Lo dijo muy bajito, casi susurrando; primero pensé que no lo había oído bien, pero al ver mi cara, lo repitió.

Recuerdo perfectamente que en aquel momento eché un vistazo al lado, a la mesa de mis guardaespaldas. Removían su café en silencio, nada delataba si habían estado atentos a nuestra conversación. No pude sino dar la razón a Clinton. Reyes y reinas. Casi nunca tienen carácter. Nunca han tenido que esforzarse. No han tenido que viajar por ciudades y países para ganar votos, como John F. Kennedy o Barack Obama (o el propio Clinton). Se lo han dado todo masticado, y se les nota en la cara. Con cada generación que pasa, más vacíos los semblantes. Más obtusos. Ya era difícil tomarse en serio a la reina Juliana, pero en el rostro de su nieto ya casi no se lee nada. Es un proceso evidente: con cada generación, baja la calidad del género. Los únicos que todavía parecen tener algo de personalidad son sus cónyuges, los consortes. Son más listos. Más ambiciosos. Una boda con un futuro rey o reina les abrirá todas las puertas. Se casan con un hombre o una mujer con quien nadie empezaría nada por voluntad propia. Las princesas brillan al lado de aquellos rostros vacíos, saludan a la multitud que las vitorea desde el balcón del palacio real. El plebeyo que se casa con una reina se pone el uniforme a la primera oportunidad. La sonrisa de sus caras es cien por cien real. Cumplen su cometido la noche de bodas, y un par de veces más. La descendencia. Un heredero al trono. Nuevos príncipes y princesas, caras todavía más anodinas e intrascendentes. Poco después de la luna de miel, el príncipe consorte se va a cazar elefantes, vuelca con una lancha en el mar Mediterráneo, cerca de Cannes, o se estrella con tres o cuatro coches deportivos y va de cóctel en cóctel por los yates amarrados en la bahía, arrimándose a todo lo que se mueva: estrellas de cine, duquesas, hijas de millonarios. La reina lo sabe perfectamente. No necesita conocer todos los pormenores, no quiere oír los detalles jugosos. Sabe que no puede ser de otro modo, que ese es el acuerdo tácito. A medianoche, en casa, en una sala del palacio iluminada solamente por una tenue lámpara, ve el último telediario. Se seca los ojos con un pañuelito de encaje blanco. Un lacayo saca la cabeza por la puerta y le pregunta si le apetece otra ginebra.

—Dos líneas paralelas se tocan en el infinito —dijo Bernhard—. ¿Te acuerdas, Robert? ¿En el segundo curso del liceo Spinoza, el profesor Karstens, de física?

Me pregunté si me había perdido algo, me daba la sensación de que mis pensamientos habían estado un rato en alguna otra parte.

—Sí, me acuerdo —dije—. Las líneas paralelas nunca se tocan.

—Porque no nos lo podemos imaginar.

—Exacto.

Ahora estaba seguro, faltaba algo, un fragmento se había perdido para siempre, como pasa a veces cuando cabeceas un poco durante una película y no entiendes cómo han llegado al desierto de Las Vegas los protagonistas que hace un momento estaban en el casino.

—Lo que vamos a hacer es convertir lo inimaginable en imaginable — dijo Bernhard—. Vamos a hacer que las líneas paralelas se toquen. Determinaremos el principio y el final del universo. O no, claro. La posibilidad de que no convirtamos nada en imaginable es infinitamente mayor. Pero si no lo probamos, nunca lo sabremos. En ese sentido, me siento un poco como Colón. Quien no se arriesga no cruza el mar.

—¿Cuándo vas a…? ¿Cuándo lo harás?

Me di cuenta de que había estado a punto de decir: «¿Cuándo tienes pensado irte?»

—Christine sale de cuentas dentro de cuatro meses. Así que antes de eso, en todo caso. Bastante tendrá con lo que le viene. Criar gemelos ella sola. Si encima tiene que cuidar a un marido moribundo, la cosa ya se vuelve imposible.

Miré las tazas y los vasos vacíos de los expresos y las grapas, e hice un gesto a la camarera. Parecía haber pasado mucho más de una semana desde que Bernhard me había llamado para informarme de que su final estaba próximo. Una prueba rutinaria de la universidad, la revisión médica obligatoria anual, había mostrado valores alterados en el nivel de azúcar en sangre. «¿Cuánto me queda?», había preguntado Bernhard. El médico que lo examinaba no se había andado con rodeos: «Me gustaría poder darle más esperanzas, señor Langer, pero en esta fase, es cuestión de meses».

—Mañana me voy a Boston —dijo Bernhard—. Quiero pasar todo el tiempo que pueda con ella.

Nos pusieron delante la segunda ronda de expresos y grapa, un silencio breve en el cual no nos miramos y yo asentí amablemente a la camarera con la cabeza. Todavía tenía un par de preguntas para Bernhard, pero al parecer él ya había dado el tema por zanjado.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué más te cuentas? ¿Algún rumor?

Sobre mis padres y el funeral de mi madre ya habíamos hablado un poco al principio de la comida. También sobre mi padre y de lo difícil que resultaba preguntar por sus planes de futuro inmediatos. Bernhard estuvo de acuerdo en que era mejor esperar a que sacara él el tema.

—Tú estabas muy unido a tu madre, ¿no? —había preguntado en un momento dado—. Quiero decir, más que a tu padre, ¿no?

—Sí, creo que sí. Bueno, en realidad lo sé seguro. Mi madre siempre estaba tranquila, sabía escuchar. Mi padre era, es, más hiperactivo, como ya sabes; me cansaba cuando estaba con él, incluso de niño. Alquilábamos una casa en la Dordoña; a primera hora de la mañana ya lo veía desplegar un mapa y hojear excitadamente todo tipo de guías de viaje en la mesa de la terraza. Yo rogaba en silencio no tener que ir a ninguna iglesia o ruina, poder quedarnos tranquilamente en aquella terraza todo el día.

Bernhard se rio.

—Sí, ya me acuerdo, siempre ha sido así. Y ¿notas algo ya, con tu madre?

—¿A qué te refieres?

—Si ya notas su ausencia. O no. Quiero decir, es muy reciente. Quizá te despiertas por las mañanas y durante un par de segundos, o más, crees que todavía está. A mí me pasó cuando murió mi padre. Duró bastante, meses, tal vez un año. Todos los días tenía que acostumbrarme a su ausencia. Veía las cosas como las habría visto él. Cada vez que hacía algo me preguntaba si le habría parecido bien o no.

—Pero tú entonces eras mucho más joven. Diecisiete años, ¿no?

—Dieciocho. Cumplidos una semana antes.

—Es justo la edad en que empezamos a enfrentarnos a nuestros padres. O cuando terminamos de hacerlo. Entonces es lógico que te importara su aprobación. Pero con mi madre… No lo sé. Esta mañana se me ha ocurrido que en circunstancias normales, hoy habría comido con ella en lugar de contigo.

—Solo quiero decir que tienes que prestar mucha atención. Teníais un vínculo fuerte. Nosotros también, pero con una madre ese vínculo es más fuerte por definición. Ahora todavía es muy reciente, estás receptivo a los pequeños cambios. Algo que no puedas explicar, a no ser que haya ocurrido por intervención de tu madre.

En aquel momento nos trajeron la comida y la conversación se encaminó hacia la teoría de Bernhard sobre el posible vínculo entre los límites del universo y los límites de la vida humana.

Hasta el segundo vaso no noté que me estaba subiendo la grapa, y como me daba miedo empezar a hablar sobre Sylvia y el concejal Van Hoogstraten en un arrebato de falsa sinceridad inspirada por el alcohol, resumí brevemente para Bernhard el debate de los molinos eólicos.

—Lo más frustrante es que no estuve —terminé—. Porque… Bueno, porque fue justo el día que ocurrió lo de mis padres.

Bernhard se bebió la grapa de un trago, apenas tenía los ojos un poco más vidriosos que al principio del almuerzo, pero él siempre había aguantado el alcohol mejor que yo.

Después de la grapa se llevó el expreso a los labios y también se lo terminó de un trago.

—¿Sabes qué pasa? —preguntó—. Todo el debate sobre el clima se ha llevado mal desde el principio. De un modo engañoso. Se centra en temas equivocados. Molinos eólicos y paneles solares tienen un pase, apenas hacen ningún daño. Pero en realidad no necesitamos nada de eso. ¿Sabías que si todos los habitantes de los Países Bajos bajaran la calefacción un grado en invierno, nos ahorraríamos la energía de diez mil molinos eólicos? ¡Diez mil! Un solo grado, fíjate que no estoy diciendo que la gente tenga que pasar frío en casa. Lo que tiene que darse es un cambio de mentalidad. Ahora ponemos la calefacción a veintidós grados y nos dejamos caer en pijama en el sofá. O en pantalones cortos y camiseta. Porque queremos vivir así, porque estamos acostumbrados. No hay Gobierno ni partido político que anime a la gente a ponerse un jersey dentro de casa. Todavía sería mucho mejor no tener siquiera que ponernos ese jersey; si bajas la calefacción dos grados más, el cuerpo empieza por sí solo a quemar grasas. La mejor dieta que hay. Mientras tengas la calefacción siempre a veinte grados, puedes comer todo lo que quieras.

—Pero ¿por qué? —pregunté—. ¿Por qué parece que los defensores de los molinos eólicos siempre tienen razón?

—¿Tú sabes el dinero que se gana con esos molinos? ¿Has visto alguna vez las cuentas? Solo hay que mirar los periódicos. Los molinos salen carísimos en comparación con lo que generan, pero todo el mundo gana dinero. Empezando por los fabricantes de molinos, pero también se llevan un pastizal los granjeros que dejan que les instalen un trasto de esos en sus tierras. Y tampoco es que esos molinos duren tanto. Menos que una central nuclear media. Hace poco leí un artículo sobre eso en el periódico, sobre la de empresas que van a ganar un montón de dinero desmantelando todos esos molinos. Y eso sin hablar del mercado extranjero. Tenemos la tecnología y la experiencia para endosar molinos a todo el Tercer Mundo, y ya lo estamos haciendo. En el futuro, eso reportará más beneficios que todos los yacimientos de gas subterráneos que tenemos. ¿Sabes, Robert? —continuó, mientras intentaba llamar la atención de la camarera después de llevarse el vasito de grapa vacío a los labios—, lo peor es que nada de eso tiene importancia, y que a quien se atreve a decir lo contrario lo tildan de «escéptico climático». Vivimos en una democracia, pero no valoramos las ideas que no compartimos. Tanto da quién tenga razón. A lo mejor dentro de quinientos años empieza a hacer más frío. Pero también es posible que venga una ola de calor a nivel mundial que lo calcine todo. Unos cuantos grados de calentamiento derivados de la presencia humana no supondrán realmente una diferencia. En la Edad Media flotaban icebergs por delante de Mallorca, un siglo antes se hacía vino al norte de Inglaterra. Todo eso sin influencia de los gases de efecto invernadero. Los movimientos de la Tierra siempre han tenido lugar a una escala muy superior a la humana. A esa escala, diez o cien mil molinos eólicos son una gota en una hoguera. Literalmente: una gota no hace nada, pero si tiras todo un cubo de agua, el fuego se apaga. Podríamos encontrarnos con un futuro en el cual tendremos que emitir a la atmósfera todos los gases de efecto invernadero y CO2 que tengamos para poder calentarnos un poco. Solo con que entre en erupción un volcán, nos pasamos cien años con dos grados menos. Un volcán de verdad, quiero decir, una cosa bestia, como el Krakatau en su momento. Los primeros ochenta años después de aquella erupción, en Holanda se pudo patinar sobre hielo desde septiembre hasta mediados de mayo. Se ve en las pinturas de aquella época, todo son paisajes invernales. O piensa en la Edad de Hielo. En aquella época no había movimientos ambientalistas, solo medio ambiente. Y ese medio ambiente hacía lo que quería. Cuando nuestro país quede cubierto por una capa de hielo de kilómetros de grosor, ¿qué movimiento ecologista organizará una marcha de protesta contra la nueva Edad de Hielo? La Tierra es un planeta indiferente, Robert. En realidad le importa un rábano si la habitan seres humanos o no. ¿Que sube el nivel del mar? ¿Un tsunami? ¿Qué más le da? ¿Quién habrá mandado a la gente construir casas tan cerca de la costa? La Tierra está un poco incómoda, le molesta una costura, le aprieta algo, y entonces se estira y dos placas tectónicas se deslizan una sobre la otra con un estruendo tremendo. Buf, ya podemos respirar, la sensación de incomodidad ha desaparecido. Pero nadie le ha dicho que la habitan seres humanos, que sus casas se derrumban cuando ella se estira. La Tierra se sacude como un caballo que quiere desembarazarse de las moscas. Golpea con la cola, pero con cada movimiento consigue echar solamente a varias decenas de miles, cientos de miles máximo, de seres humanos de su cuerpo. A veces me pregunto si realmente estaba prevista la existencia de la vida humana. Buscamos voces en el espacio, pero imagínate que estamos solos de verdad. Un universo gigante y vacío al que se le ha ido de las manos un planeta en un rincón, un planeta minúsculo que casi pasa desapercibido. Un error. Una reacción en cadena. No dejamos de hablar de contaminación, pero imagínate por un momento que la contaminación seamos nosotros mismos. No solo nosotros: toda la vida. Moho en la superficie de un planeta que nunca había pedido que lo habitaran. Alguna vez he intentado imaginármelo. Nuestra Tierra sin vida. Ni árboles, ni hierba, nada de nada. Hay lugares así en Islandia. O en el Gran Cañón. Y no son lugares tristes, de hecho es bonito.

 

Llevé a Bernhard a la estación Amstel, desde donde cogería el tren a Schiphol. Miré la aplicación del transporte público.

—Lo mejor sería que hicieses transbordo en Duivendrecht —dije—, es más rápido que por la Estación Central.

Nos abrazamos en el andén.

—Esto todavía no es una despedida —dijo—. No hagamos las cosas más dramáticas de lo que son. Podemos llamarnos, escribirnos, mandarnos WhatsApps… Si puedo, te avisaré en las próximas semanas.

—¿Semanas?

Me quité las gafas y me froté los ojos.

—A finales de este mes hay un congreso en Las Vegas al que tengo que ir. Creo que aprovecharé la ocasión para volver a visitar el Gran Cañón. La parte norte, nunca he estado ahí.

Me volví a poner las gafas, pero los cristales se empañaron. Llegó el tren.

—¿Sabes, Robert? —dijo Bernhard, dándome una palmadita en la espalda —. En el fondo creo que realmente no hay nada. Si la vida humana es un error, una vida después de la muerte todavía sería un error mucho más grande. Si cuando llegue la hora no sabes nada de mí, será la prueba definitiva de que no hay nada.