Sospechas

Herman Koch · Capítulo 6 de 30

Páginas del PDF

Sospechas

Capítulo 6

6

El ex secretario municipal ya no está entre nosotros. Hans van Wezel no dimitió, tampoco lo despedimos. O mejor dicho: no nos dio la oportunidad. Habría podido hacerlo, lo de dimitir. No habría sido una salida honorable, eso era imposible, y la cosa se habría acabado filtrando tarde o temprano, pero en todo caso habríamos podido actuar con discreción, sin airearlo a los cuatro vientos.

—¿Sacas más dinero de la cajita últimamente? —me preguntó mi secretaria poco después de las vacaciones de Navidad.

—Que yo sepa, no —dije—. La verdad es que no saco nunca. Bueno, a veces un poco, si salgo a por un bocata y un café, pero nunca más de diez o quince euros.

La cajita. Este punto merece un pequeño inciso. La cajita es una caja metálica roja con candado; lo más parecido que se me ocurre es una fiambrera. La tengo en la estantería de mi despacho. A la vista. Sirve para tener algo de dinero en metálico. Incluso un alcalde necesita efectivo de vez en cuando. Cada cierto tiempo, mi secretaria mete unos doscientos euros en billetes pequeños, de diez o veinte. Cuando el dinero está a punto de terminarse, rellena la cajita.

Guardo la llave en el primer cajón de mi escritorio. Este cajón se puede cerrar con llave, aunque no lo hago casi nunca. Y obviamente mi despacho también se puede cerrar con llave. Durante el día no lo cierro nunca, solo por las tardes, cuando me voy a casa.

Para no enrollarme: a mi secretaria le había llamado la atención que en los últimos tres meses la cajita se había vaciado muy deprisa y por eso me había preguntado si la usaba más a menudo. Pero yo sabía con total seguridad que mi patrón de gasto no había sufrido cambios significativos. En realidad, prefería no gastar nada de dinero de la cajita. Era una cuestión de principios: con mi sueldo, ¿por qué iba a querer subvencionarme cada taza de café, encima? En lugar de gastar dinero de la cajita, prefería pagar de mi propio bolsillo mis tazas de café, mis sándwiches y mis bocadillos de carne picada cruda, y al pagar la cuenta nunca pedía el recibo. En realidad, solo sacaba dinero de la cajita de vez en cuando para hacer un favor a mi secretaria, y entonces pedía siempre el recibo y lo dejaba en el compartimiento derecho de la cajita, con el resto de los recibos. En el compartimiento de la izquierda estaban los billetes de diez y de veinte.

Mi secretaria, el secretario municipal y yo éramos los únicos que teníamos llave de mi despacho. El despacho que de día yo casi nunca cerraba. En teoría, cualquiera podría entrar en mi despacho, coger la llave de la cajita del cajón del escritorio y llevarse el dinero… Pero solo en teoría.

—¿De qué importe se trata? —pregunté a mi secretaria.

—En los últimos tres meses, entre seis y ochocientos euros. Si tú sigues sin sacar más de treinta al mes, quiero decir. En los meses anteriores, todavía no lo he contado.

Pensábamos que el secretario municipal lo negaría todo, pero a la primera confrontación se echó a llorar.

—No lo sé —respondió gimiendo cuando le pregunté por qué—. No lo sé, de verdad.

Nos quedamos en silencio un momento. Justo iba a preguntarle qué había hecho con el dinero, si se lo había gastado en el casino, o simplemente se había comprado un televisor nuevo, cuando dijo que lo devolvería todo.

—Todo —lloriqueó Hans van Wezel—. No solo el dinero. También los portátiles y los móviles. No he vendido nada. Lo tengo todo en casa, en el trastero.

Más adelante mi secretaria y yo intentamos recordar si alguno de nosotros había preguntado directa o indirectamente por otros robos, aparte de lo del dinero de la cajita, pero ya no nos acordábamos. Lo cierto era que en el ayuntamiento se producían muchos robos, no había un lugar seguro, e incluso desaparecían portátiles, iPads y móviles de la sala de plenos. Decidimos no denunciarlo a la policía. Lo dejamos en una salida discreta a final de mes. Y, por supuesto, sin ninguna posibilidad de que le escribiéramos una carta de recomendación para una eventual entrevista de trabajo en otro sitio.

Un par de días después de que lo descubriésemos, el secretario municipal llamó a la puerta de mi despacho.

—¿No podría volvérselo a pensar? —preguntó tras cerrar la puerta y desplomarse en la silla de delante de mi escritorio—. Puedo devolverlo todo, de verdad. El dinero también. No lo he gastado, lo tengo.

—Eso no es lo importante, Hans —dije yo—. Me parece que lo sensato sería que buscases ayuda. Ayuda profesional, quiero decir.

Empezó a temblarle el labio inferior y pensé que de nuevo se echaría a llorar, pero inspiró un par de veces y me miró.

—Eso es imposible —replicó—. Mi esposa no lo entendería. Ni mis hijas. ¿Cómo explica uno algo así a sus hijas?

Yo recordaba vagamente que el secretario municipal tenía dos hijos adolescentes. Pensaba que eran chico y chica, pero al parecer eran dos chicas. Siempre me ha gustado estar al corriente de todo: nombres de cónyuges, hijos, cumpleaños. No es que lo recordara yo personalmente, claro; de eso se ocupaba mi secretaria. La señora Schreuder tenía una agenda gruesa, negra y alargada, dedicada a tal efecto. Hacia las diez de la mañana, cuando me traía el segundo café, llevaba la agenda bajo el brazo.

—Hoy cumple dieciocho años el hijo del concejal Hawinkels —leía—. Se llama Pieter. La mujer de Theo, el portero (se llama Annie), recibirá el alta hospitalaria mañana. Pero no tienes que preguntar qué tal. Ya no pueden hacer más por ella, como se suele decir, pero eso que te lo cuente él si quiere.

Así, si a lo largo del día me encontraba en algún pasillo o en el autoservicio de la cafetería al concejal Hawinkels, le estrechaba la mano jovialmente.

—Felicita a Pieter de mi parte. ¿Cómo lleva los exámenes finales?

O me inclinaba por encima del mostrador del portero y me sacaba un paquete de pañuelos de papel del bolsillo interior:

—Lo comprendo, Theo, lo entiendo perfectamente. Oye, ¿por qué no te tomas el día libre mañana? Tu mujer te necesita más que nosotros. Podemos arreglárnoslas un día sin ti, en serio.

El alcalde humano, así me definieron en una ocasión en un artículo biográfico de cuatro páginas en el suplemento del periódico Het Parool. Se leía en el titular que encabezaba la entrevista: «Robert Walter: el alcalde humano». Sonaba un poco raro; en aquel momento yo no llevaba ni un año en el cargo y parecía sugerir de manera implícita que mi predecesor tal vez había sido inhumano. Lo que tampoco era una idea tan descabellada. Jan van Hiemstra-Henegouwen tenía, por decirlo de una manera fina, un aire aristocrático. Como si en realidad fuese demasiado bueno para una ciudad como Ámsterdam. Un hombre que, al esquivar una caca de perro, sacude la cabeza y además se levanta las perneras de los pantalones. El Día de la Reina había pedido un cuchillo y un tenedor en un puesto de hamburguesas y perritos calientes. Y en uno de los memoriales anuales de la catástrofe de

Bijlmer[1], había dicho sobre las víctimas: «También eran de los nuestros. Se mire como se mire, ellos también eran amsterdameses».

Yo quizá era distante, estricto, perdía los estribos fácilmente — calificativos que aparecían más de una vez en el artículo—, pero tenía suerte con la cara que me había tocado. Por muy malhumorado que estuviera, incluso iracundo, si soltaba una carcajada o hacía alguna broma, todo el mundo se relajaba visiblemente.

Entonces me alarmé, o me sorprendí —es difícil recordar la emoción exacta; al fin y al cabo, ¿no son la alarma y la sorpresa dos compañeros de la misma raíz emocional?—, al ver que el secretario municipal se agachaba para sacar algo de la bolsa. La bolsa que tenía apoyada contra una pata de la silla. No, no recuerdo la emoción exacta, pero los detalles, sí. Del mismo modo que después de ver un accidente solo recuerdas el tapacubos, los limpiaparabrisas que seguían yendo de un lado a otro inútilmente aunque hacía rato que había parado de llover, o la radio del coche que retransmitía en directo un partido de fútbol.

La bolsa del secretario municipal era una cartera de cuero marrón raído. El tipo de cartera que hace años llevaban a clase los chavales estúpidos, los chicos con la raya al lado que durante la Guerra de Vietnam iban a favor de los norteamericanos y no del Vietcong. Hoy en día ese tipo de carteras solo se ve acompañando a ciertos profesores, funcionarios o contables que viven en su propio mundo, hombres de más de cincuenta años para quienes el teléfono móvil todavía es un invento del diablo.

Hans van Wezel sacó una cuerda de la bolsa. En la escena de la cuerda, mi memoria también se reduce a los detalles. Era una cuerda bastante gruesa, el tipo de cuerda con la que cuelgas un columpio, apenas un poco más delgada que las cuerdas que cuelgan de una escalera horizontal en el gimnasio. Estaba nueva a estrenar, nunca se había usado: se la habría comprado esa misma mañana o el día antes en una tienda de bricolaje con el único objetivo de sacarla de la cartera de cuero marrón raído ahí, delante de mí.

—Estoy desesperado —dijo—. Tiene que entender lo que me está haciendo. Si se mantiene en sus trece, me ahorcaré hoy mismo.