Sospechas
Capítulo 29
29
Tardé un par de semanas en entender que Sylvia no iba a volver. Al principio intercambiábamos mensajes de texto a diario, pero en algún momento de la tercera semana, cuando llevaba tres días sin responder a mi último mensaje, la llamé. La conversación fue breve:
—Espero que entiendas que en las presentes circunstancias más vale que me quede aquí una temporada, Robert —dijo. Seguramente fue su frase más larga.
Contesté que lo entendía. Recuerdo que por primera vez en mi vida, o mejor dicho, por primera vez durante mi mandato, se me ocurrió que también se podían hacer escuchas al teléfono de un alcalde. Me pregunté si «en las presentes circunstancias» era suficientemente impreciso, o si daría lugar a más preguntas del comisario jefe.
Me lo imaginé en mi despacho, con una transcripción de la llamada en la mano, el rostro rígido. «¿Seguro que me lo has contado todo, Robert?»
—¿Sabes si Maarten van Hoogstraten tenía enemigos?
Eso me había preguntado la primera tarde después del accidente del concejal.
—¿Enemigos? —pregunté yo.
—En principio lo estamos tratando como un accidente —dijo el comisario jefe—, pero no podemos excluir nada. Al final del túnel del carril bici hay unos bolardos. Todo es posible, pero según los médicos que lo tratan, no todas sus heridas corresponden a una caída en bicicleta. Él no se acuerda de nada, ni siquiera sabe si se cayó o chocó con algo.
Recuerdo pocas cosas de las primeras semanas sin Sylvia. Como ya había pasado un mes desde que la periodista me mostró las fotos en las que mi otro yo tiraba un ladrillo a un agente de policía, llamé al periódico de Volkskrant para preguntar cuándo tenían previsto publicar la entrevista. Después de que me pasaran de una persona a otra unas cuantas veces, acabé hablando con alguien que me pidió mi número de teléfono y me aseguró que me responderían cuanto antes.
No me lo esperaba, pero me llamaron a los cinco minutos. Una voz de hombre que se presentó como el redactor jefe.
—Es una cuestión muy peliaguda, alcalde —dijo—. Quiero pedirle que sea comprensivo, pero primero deje que le explique la situación.
—Faltaría más —respondí. Pensé en las fotografías, en las consecuencias directas que podrían tener para mi día a día—. Usted dirá.
—La situación es la siguiente: hace poco tuvimos una situación similar — dijo el redactor jefe—. Un becario que resultó que había copiado la mayor parte de sus artículos de otros medios. Pero esto es un tema mucho más gordo. Al parecer, esta periodista se ha inventado desde cero parte de sus artículos. Años y años. No lo entretendré explicándole de qué artículos se trata exactamente, pero créame si le digo que son artículos de los que dan que hablar. Follones de la Casa Real, un director bancario pedófilo, una entrevista a Hillary Clinton totalmente inventada, de principio a fin. Así de gordo es el tema.
—Ya veo —dije. Volví a pensar en las fotos, pero ya de otro modo, como si estuviesen en el fondo de alguna caja, una caja que no sabes con exactitud dónde has guardado—. Dos asuntos así tan seguidos son uno más de lo deseable —continuó el redactor jefe—. Ni que decir tiene que hemos desautorizado a la periodista, pero hemos acordado con ella mantener este asunto en silencio el máximo tiempo posible. Y eso mismo quería pedirle a usted.
—Pero aquella entrevista que me hizo no era inventada. Las cosas ocurrieron así realmente.
Me pareció oír que el redactor jefe suspiraba, pero también habría podido ser el viento, quizá estaba sentado al lado de una ventana abierta. La verdad es que a toro pasado debo admitir que ya sabía de antemano que la entrevista no se publicaría. Que nunca se publicaría. Pensé en mi mujer. Había tenido la esperanza de que una entrevista que diese que hablar, una entrevista que pudiese provocar mi dimisión, la hiciese regresar.
—Ya veo —dijo el redactor jefe—. Pero espero que comprenda que en este momento no podemos arriesgarnos. La periodista está «de baja por enfermedad», esa es la explicación que damos si alguien pregunta por qué ya no aparecen más artículos o entrevistas suyos. Habría podido decirle lo mismo a usted, pero debido a su cargo y a la naturaleza de la entrevista, he decidido hacer una excepción.
—¿Y las fotos? —pregunté—. ¿Qué pasa con las fotos?
—Podemos utilizar los retratos que le hicimos en el despacho del ayuntamiento y en su casa en otra ocasión, por supuesto. Si le parece bien.
—No, no quiero decir esas. Había otras fotos. —Ahora fui yo quien suspiró. Un suspiro claramente audible, un suspiro evidente para la persona al otro lado de la línea—. Unas fotos de altercados —continué—. Unos gamberros que dan una paliza a un policía.
Utilicé expresamente la palabra «gamberros», una palabra que yo nunca usaría de manera espontánea, para dejar clara de antemano mi repulsa por los chicos de las bufandas y los cascos de motorista. Pero quizá el redactor jefe ni siquiera se había leído la entrevista.
—Ahora mismo no tengo las fotografías a mano —respondió—. Pero se las puedo buscar, si quiere. ¿Unos gamberros, dice? ¿Qué tenían que ver con el artículo?
—No, no, no se moleste —dije—. No tiene importancia, en serio.
De repente supe que la serie de fotos en cuestión no estaba con las fotos oficiales. Al fin y al cabo, ¿qué podía esperarse de una periodista que se había sacado de la manga una entrevista con Hillary Clinton? Me asaltó una sensación intensa de cansancio, como un principio de gripe. No pude evitar recordar las palabras del redactor jefe. Según el comunicado de prensa, no habían desautorizado a la periodista, sino que estaba «de baja por enfermedad». Quizá también era la mejor opción para mí, quedarme «enfermo» en casa. Al contrario que la mayoría de las mujeres, que suspiran en cuanto sus maridos empiezan a mostrar síntomas de gripe y en el fondo creen que son «unos flojos» exagerados, con la marcha de Sylvia se había echado a perder una magnífica enfermera. Si yo soltaba una tosecilla o me sonaba la nariz con fuerza un par de veces, me obligaba a quedarme un día en casa. Y si tenía la gripe de verdad, se pasaba el día arriba y abajo con caldos, antitérmicos y leche caliente con coñac. Me llevaba el periódico a la cama y me ponía una mano fresca sobre la frente caliente.
¿Y si…?, me preguntaba ahora. ¿Podría conseguir que volviese a casa con una voz muy ronca y enfermiza por teléfono?
Aseguré al redactor jefe que podía confiar en mi discreción, y colgué.
Unos diez días después del accidente en el túnel del carril bici, Maarten van Hoogstraten recibió el alta hospitalaria.
—Es muy extraño, Robert —me dijo, un par de días más tarde, cuando lo visité en su casa—. Es como si de repente hubiese desaparecido un trozo de mi vida. ¿Te ha pasado alguna vez?
Estaba tumbado en un sofá azul claro en el salón, la cabeza apoyada en dos cojines blancos. Seguramente era por aquel blanco y azul claro que las tonalidades de su rostro parecían más oscuras de lo que habrían resultado contra un fondo más neutro. Había más variantes y tonos: un cuadro al óleo fue la primera asociación que se me ocurrió, un Vincent van Gogh. Ocre oscuro debajo del ojo izquierdo, trazos azul marino en la mejilla derecha, una mancha negra en la frente, justo encima de la ceja derecha. Debajo de la nariz y en el labio superior tenía costras marrones.
—Fragmentos de tu vida desaparecidos: las últimas horas de una fiesta que hicimos en casa, mi sexagésimo cumpleaños. Al día siguiente mi mujer me explicó lo que ocurrió en las horas borradas. «Debería darte vergüenza», me reprendió, y la verdad es que así era, pero enseguida se echó a reír y añadió: «Bueno, por otro lado, fue muy gracioso. En lo que a mí respecta, puedes comportarte así más veces». Ni siquiera recuerdo de dónde venía ni adónde iba —continuó el concejal—. Solo un par de retazos de la tarde, un café en el bar del ayuntamiento, un plano desplegado en mi escritorio. El plano de una plaza. Algo sobre la reforma de aquella plaza, diría, pero de qué plaza se trataba, ni que me maten.
Quizá era característico de la rigidez de Maarten van Hoogstraten que no fuese capaz de captar la ironía de sus propias palabras. «Ni que me maten». Sí, también habría podido terminar así, pensé. También habrían podido matarlo.
«Habrían». ¿Era la primera vez que lo pensaba en plural? No estaba seguro. Durante los escasos momentos de la semana anterior en que había intentado imaginarme lo acontecido, o mejor dicho, los momentos en que había permitido la entrada de aquellas conjeturas en mi cabeza, el hermano de mi mujer había actuado solo. Eran imágenes borrosas, en blanco y negro, mal iluminadas, como en la reconstrucción de un crimen en un programa de televisión de esos que buscan criminales. En todo caso, el hermano de mi mujer había estado solo esperando a la salida del túnel del carril bici.
De camino a casa de Maarten van Hoogstraten, yo también había pasado por ese túnel. A la salida, había bajado de la bicicleta y había echado un vistazo a mi alrededor. Había examinado los adoquines de uno en uno. No sé qué buscaba exactamente, quizá alguna pista, la cubierta de un timbre de bicicleta, salpicaduras de sangre en la piedra rojiza de los adoquines, un botón de chaqueta. En las películas y series de detectives antiguas, el inspector a cargo siempre encuentra algo en un momento así. Una colilla de una marca determinada. Un pendiente. El recibo de una lavandería concreta, un pantalón a rayas acabado de planchar que conduce al autor del crimen.
Pero no encontré nada. Intenté recordar las palabras del comisario jefe, pero ya no sabía si había dicho «al final del túnel» o «al salir del túnel». Miré a mi alrededor. ¿Dónde sería el mejor lugar para tender una emboscada? Había un par de árboles y algunos arbustos, pero ningún árbol grueso detrás del cual esconderse. Había unas escaleras de piedra que conducían al viaducto que pasaba por encima del túnel. Retrocedí un par de pasos y miré hacia arriba. Intenté imaginarme a mi mujer, con las manos en la barandilla, su hermano haciéndole señas. «Ya viene…»
—¿Quieres un té, Maarten? ¿Y tú, Robert? ¿Té también, o prefieres alguna otra cosa? ¿Vino? ¿Cerveza?
No había oído entrar a la mujer del concejal, que un cuarto de hora antes había abierto la puerta de la calle y me había hecho pasar. Nos habíamos abrazado; que yo sepa, eso era la primera vez que ocurría.
Después de liberarme del abrazo, había mirado brevemente en sus ojos. Buscaba algo, aunque no sabía si quería encontrarlo. ¿Cuánto sabía, ella? ¿Sospechaba algo, o ni siquiera eso? ¿Habían mantenido ella y Maarten van Hoogstraten una conversación seria, una conversación con largos silencios y algún sollozo, durante la cual ambos habían decidido que se separarían inmediatamente en cuanto él se recuperara, y quién se quedaría a los niños de lunes a viernes y quién los fines de semana?
Pero en su mirada solo vi las emociones que eran de esperar en las presentes circunstancias. Alivio, porque dentro de lo que cabía, la cosa había acabado bien. Quizá, como mucho, cierta resignación por el hecho de que la culpa era sobre todo de su marido. «¿Cómo has podido caerte de la bici de una manera tan tonta?» En todo caso, ninguna recriminación por no haberlo ido a visitar al hospital. Podría haber ido. Habría sido la mar de normal que el alcalde visitara en el hospital a uno de sus concejales después de un accidente grave. Pero ¿qué habían tenido de normal las últimas semanas? ¿Qué habría podido contestar a su mujer si me hubiese recriminado algo? ¿«Tenía otras cosas en la cabeza»?
Ahora, mientras se acercaba al sofá a ahuecar los cojines y pasarle una mano por el pelo con ternura, tampoco parecía que hubiese nubes en el horizonte. Aunque tal vez fuera todo teatro, una paz fría, con la que el matrimonio Van Hoogstraten mantenía las apariencias ante el resto del mundo. En cuanto el visitante se fuese a casa, no intercambiarían más que miradas glaciales. Un matrimonio como un paisaje invernal, un silencio tozudo, en el que solo penetra un viento cortante. Después, cuando el concejal se recuperara del todo, se efectuaría la disolución del matrimonio, y vasos y platos volarían por las habitaciones.
—Una cervecita, por favor —dije.
La seguí con la mirada cuando salió de la sala, y al volver a mirar al concejal, vi que había cerrado los ojos.
—Maarten —susurré—. Maarten…
Su mujer estaba en la cocina, de espaldas a mí, mirando a la encimera. Para no sobresaltarla, golpeé suavemente el cristal mate de la puerta de la cocina.
—Marianne —dije, y me alegré de haber pedido a mi secretaria que buscase el nombre de pila de la señora Van Hoogstraten. Ella sonrió, cogió la lata de Jupiler que tenía sobre la encimera y me la alargó.
—¿Quieres vaso?
Negué con la cabeza.
—Marianne —dije—, quería preguntarte una cosa. ¿Dijo algo, Maarten? Quiero decir, después del accidente, ¿dijo algo? Acerca de… ¿acerca de cómo ocurrió? A ver, yo acabo de pasar por ese mismo túnel. Al final hay unos bolardos. ¿Chocó con uno?
—No se acuerda de nada —respondió, sacando una tetera del fuego y sirviendo agua caliente en una taza—. Ni siquiera recuerda nada de los tres primeros días, en el hospital. Ha desaparecido todo. No sé cómo funcionan estas cosas. Se lo pregunté a los médicos, eso sí. Dicen que tal vez recupere la memoria más adelante, pero que también puede que eso no llegue a pasar.
Sacó una bolsita de té de una cajita y la metió en la taza. En aquel mismo momento vi la bolsa en el alféizar de la ventana de la cocina. Era una bolsa de color amarillo y marrón, la reconocí enseguida porque yo también había tenido bolsas como esa muchas veces; eran de la tienda de animales, ahora no recordaba si se llamaba El Palacio o El Paraíso de los Animales.
Como el que no quiere la cosa, di un paso a un lado para poder mirar mejor a través de la puerta del jardín. Pero ni siquiera hacía falta, veía la jaula desde donde estaba. A unos cinco metros de la puerta, en una terraza embaldosada, contra una valla verde.
A partir de aquí mi memoria es incapaz de seguir la cronología. Ya no sé qué ocurrió primero: la larga conversación telefónica con Sylvia en la que comentamos el futuro inmediato, no solo nuestro futuro juntos, la duración de su estancia en su país natal, sino también el futuro de nuestra hija, Diana.
—Este verano va a venir a pasar un par de semanas de vacaciones aquí — dijo mi mujer—. Con su novio, ya lo hemos hablado.
Recuerdo también que en aquellas primeras semanas pregunté regularmente a mi hija si había tenido noticias de mamá, y que siempre me contestaba que sí, aunque no se explayaba. Yo nunca insistía. Intenté continuar con mi vida con la máxima normalidad. Mi hija estaba en plenos exámenes. Su madre estaba cansada. Agotada. Esquivé la palabra «estresada». Echaba de menos a su familia, su país. No cuestioné en voz alta por qué no podía esperarse a tener aquel ataque de morriña después de los exámenes de su hija; mientras Diana no hiciese aquella pregunta, no me parecía necesario responderla. Tampoco se lo pregunté a Sylvia.
—¿En verano? —dije, en lugar de hacer la pregunta que quizá debería haber hecho—. Pero ¿cuánto va a durar esto, Sylvia? ¿Cuánto tiempo vamos a aguantar así?
No, no la llamé por el nombre. La llamé «cariño» en su idioma. Desde que había visto la jaula de conejos, escuchaba su voz de otro modo. Percibía todas las entonaciones, y todo lo que había detrás de cada entonación. Intenté, en la medida de lo posible, recuperar las conversaciones de los últimos meses, desde aquella noche en el Schiller, después de la recepción de Año Nuevo, cuando me contó aquella «historia tan graciosa» de conejos que roen cables de televisión. La escuchaba de otro modo, igual que ya no puedes escuchar del mismo modo una pieza musical después de oírla en el funeral de un amigo o de un ser querido. Su historia de la amiga engañada en París. ¡Sadako! Un nombre que no se te olvida… Y ese nombre también me empezó a sonar de un modo distinto a la primera vez.
—Tienes que darme tiempo, Robert —dijo mi mujer—. Ahora mismo aquí es donde estoy mejor.
Y eso hice. Le di tiempo. Esperé. No sé qué esperaba exactamente, pero sí que esperaba una cosa distinta que antes de descubrir la jaula de los conejos.
En algún momento de aquella espera recibí un mensaje de Bernhard. Era a media tarde, yo estaba en el Van Dobben comiendo un panecillo relleno de carne picada de ternera cruda con cebolletas. El mensaje iba con foto. Una foto del Gran Cañón. «Lo que comentábamos el otro día: nuestro planeta sin vida. Bonito, ¿no?»
Volvía a pie al ayuntamiento cuando se oyó un estruendo sordo. Un estallido profundo y pesado, como un único trueno. Pero el cielo estaba despejado. No fui el único que alzó la mirada y observó el cielo azul intenso. Tampoco fui el único que finalmente descubrió dos puntitos blancos. Dos puntitos blancos, que de vez en cuando parecían plateados, que se entrelazaban; entornando los ojos pude distinguir también las alas de los dos cazas.
En el paso de cebra que va al puente Blauwbrug tuve que esperar un momento a que arrancara un bus turístico; al otro lado de la calle, un deportivo rojo se detuvo para dejar pasar a una familia con niños pequeños y un cochecito.
Miré la gorra a cuadros del conductor, sus gafas de sol, el pañuelito al cuello —este tipo de pañuelos se llaman choker, y solo están de moda entre los hombres de una cierta edad—, la camisa de tweed, también a cuadros, y después desvié la mirada hacia la mujer del asiento del copiloto. Su edad era difícil de calcular debido a las gafas de sol y al pañuelo de flores que le cubría la cabeza, llevaba los labios pintados de un rojo vivo, pero desde esa distancia no se veía si la piel de entre el labio superior y la nariz ya presentaba arrugas.
El conjunto no parecía real; esa pareja imitaba algo, una película de finales de los cincuenta, principios de los sesenta. Una película francesa en la que Alain Delon va en un deportivo rojo como ese y aminora para ver mejor las piernas de las chicas que pasean por la calle.
Mi teléfono vibró en el bolsillo. Contesté mientras el deportivo aceleraba y cruzaba el puente.
—¿Hola?
—Hola, ¿es usted, alcalde? —dijo una voz de mujer ya no muy joven—. Al habla la señora Van Drimmelen. Seguramente usted no sepa quién soy, pero hace un tiempo nos topamos en el canal. Usted colgaba cartelitos porque había perdido el gato.
—Sí.
—Pues mire, he encontrado su gato. Está un par de casas más abajo. Un abogado y su mujer. No hace mucho que viven ahí, y al parecer su gato se ha instalado a vivir con ellos. Lo vi por casualidad desde el balcón. Estaban en el jardín, y su gato estaba tumbado en una silla. ¡Como si llevara ahí toda la vida! Esta mañana los he llamado, y me dijeron que sí, que el gato había aparecido por allí hace más de un mes.
Caminé más rápido y crucé el paso de cebra. En el Blauwbrug ya iba corriendo. El deportivo rojo pasó por delante del Stopera en dirección a Mr. Visserplein.
—¿Hola? —dijo la voz en mi oído—. ¿Sigue ahí?
—¿Puedo llamarla más tarde? —dije, y colgué sin esperar su respuesta.
El deportivo redujo la marcha un momento en el semáforo, pero salió disparado en cuanto se puso en verde: la mujer del asiento del copiloto se sujetó el pañuelo que se agitaba con el viento mientras el coche doblaba a la derecha en la Jonas Daniël Meijerplein y desaparecía de la vista.
Esto fue un par de semanas después de mi visita a Maarten van Hoogstraten, porque apenas había vuelto a mi despacho cuando el concejal llamó suavemente a mi puerta. Quizá era el día que se reincorporaba, o el siguiente: su cara todavía mostraba huellas difusas del accidente, un trazo oscuro en la mejilla, una mancha blanca sobre el labio superior.
—¿Tienes un momento? —preguntó.
Lo invité a sentarse en la silla que había delante de mi escritorio; tomó asiento y cruzó las piernas.
—Es una cuestión delicada, Robert —dijo—, y espero que tú también la trates como tal.
Me tensé en la silla. No se presentaba en mi despacho para confesarlo de repente, ¿no? Una confesión era lo último que yo quería oír. Significaría la destrucción fulminante de todo lo que había construido en las últimas semanas: una estructura aún tambaleante, en la cual había depositado todas mis esperanzas de un futuro junto a mi mujer.
Pero había otra cosa más. ¿Qué debía hacer? ¿Cómo debería reaccionar ante una confesión? ¿Estallar con furia? ¿Levantarme de la silla y agarrar al concejal por las solapas con las dos manos?
Sí, podía hacer todos los pasos, seguir al pie de la letra el guión que se espera de un marido engañado. Dentro de un cierto grado de civismo, por supuesto. Se ahorraría un puñetazo en plena cara (la cara magullada, se me ocurrió ahora). «Alcalde propina bofetón a concejal». Un buen titular. Un titular inexplicable, también, hasta que lees el artículo que lo acompaña. El público se mostraría comprensivo. Los medios de comunicación se volcarían sobre el tema, tal como se habían volcado en el caso de otros alcaldes que habían dado que hablar.
Pensé en el país de mi mujer. Todos hemos visto las imágenes de miembros del Parlamento pegándose puñetazos, tirándose agua o gas lacrimógeno en la cara. Esas cosas ocurren en países ante los cuales solo podemos encogernos de hombros. Países que nos dan risa.
Pero en esos mismos países, un cónyuge engañado tiene más margen de maniobra que en el nuestro. La comprensión del público no se limitaba a un bofetón. Pensé en la Jericho que tenía en el escritorio. Podía inclinarme y abrir el cajón. «Tengo el expediente por aquí…» En menos de medio minuto habría cargado las balas sueltas en la cámara de la pistola. En el país de mi mujer me absolverían. Circunstancias atenuantes. En Holanda, iría años a la cárcel. Eso no beneficiaría a nadie. Pensé en mi hija. Diana. Seguro que iría a visitarme, no tenía dudas al respecto. Pero sería un lastre para ella, acababa de hacer los exámenes de acceso a la universidad, todavía era demasiado joven. Intenté componer una expresión de interés en la cara y quedé a la espera de lo que tuviese que ser.
—Dentro de poco podría comentarse un tercer mandato, Robert —dijo el concejal—. Sé lo que piensas al respecto. Sé que te gustaría seguir en el cargo seis años más. Tu popularidad entre la ciudadanía está por las nubes, de eso también soy consciente. Pero ahora ha salido algo a la luz…, algo que… Lo he visto. Me lo enseñó una periodista. Y ahora me pregunto si eso podría perjudicar tus planes de un tercer mandato.
Respiré aliviado, un alivio ni demasiado intenso, ni demasiado leve, pero aliviado al fin y al cabo. La estructura tambaleante no se vendría abajo. Ese día no, al menos.
—Me preguntaba si tú también lo has visto —continuó Van Hoogstraten, mirándome muy serio—. La periodista me lo dijo, me dijo que a ti también te lo había enseñado. Así que entiendo que sabes de qué te estoy hablando.
—Así es, Maarten. Yo también he visto esa serie de fotos. Y hace mucho que tomé mi decisión al respecto. Había pensado en decírtelo, pero justo entonces tuviste ese… ese accidente, y no encontré el momento.
Al pronunciar la palabra «accidente», miré atentamente al concejal, pero no hubo cambios en su expresión ni en su mirada.
—No es buena señal —continué—. Un alcalde que participaba en altercados de joven, aún se puede hacer la vista gorda. Pero un agente de policía inválido para toda la vida es ir demasiado lejos. Me parece exagerado dimitir de inmediato, pero si esto queda entre nosotros, te aseguro que no iré a por un tercer mandato.