Sospechas

Herman Koch · Capítulo 25 de 30

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Sospechas

Capítulo 25

25

¿Y después? El comportamiento de mi mujer cambió de verdad: esta vez no había confusión posible. Has ido de pícnic al parque. Sol y alguna nube suelta. Pero de repente empieza a soplar viento. Los árboles se zarandean, un estremecimiento recorre la hierba. Apenas te da tiempo a recoger el mantel y meter las botellas medio vacías y los restos de comida en la cesta de pícnic; ya oyes, más cerca de lo que querrías, el primer trueno. Al principio el follaje impide el paso a las gotas gruesas, pero a campo abierto no hay escapatoria. Empapado hasta los huesos y corriendo lo más rápido que puedes, llegas al aparcamiento en el que dejaste el coche.

—¡Te he enviado un mensaje! —decía Sylvia, con un suspiro profundo. Estábamos frente a frente en la cocina—. ¿No lo has visto? Pasta de dientes y regaliz de miel. ¿Tan difícil es?

Protesté un poco, para que no fuese dicho: esto es, que nunca oigo el teléfono cuando voy en bici. Pero en aquel momento tenía todos los sentidos en alerta. Era la tercera vez que arremetía contra mí durante aquella semana, la segunda en dos días. Normalmente, en una situación así preguntaría a mi mujer si va todo bien. Si esa irritación podía no ser una simple irritación superficial, sino que en realidad tenía una causa más profunda.

Pero no lo hice. Bueno, tengo que decirlo de otro modo: no nos preguntábamos nunca si pasaba algo. Nunca. Esperábamos con paciencia a que el otro tomara la iniciativa. No por desinterés, sino por respeto. A veces el otro simplemente tiene un mal día, y entonces es muy molesto que te pregunten enseguida si pasa algo. Seguramente al día siguiente ya se te habrá pasado.

—¿Pasa algo? —pregunté ahora, después del incidente de la pasta de dientes, rompiendo nuestro acuerdo tácito—. No sé, pero estos últimos días te molestas a la mínima. Quiero decir, se trata solo de pasta de dientes, no es para tanto, ¿no?

Sylvia apartó rápidamente la mirada y fingió que intentaba leer la fecha de caducidad de una lata de atún.

—Déjalo, Robert. Creo que solo estoy un poco cansada. Pero también me jode que no puedas hacer ni un recado.

Esta vez no repliqué. Pero al día siguiente la situación se repitió. Estábamos sentados juntos en el sofá viendo las noticias. Algo sobre una mujer paralítica de Texas que reclamaba el derecho a la eutanasia.

—¿No deberías llamar a tu padre? —preguntó en un tono que buscaba pelea sin ambages—. Que lo pospongas un poco, vale, pero ya han pasado varias semanas.

En aquel momento podría haber dicho algo en tono conciliador, o sacar del armario algún cliché sobado. «¿No crees que deberíamos hablar tú y yo? Creo que aquí en realidad pasa otra cosa».

Pero no lo hice. Me apetecía más forzar la situación.

—Deberías estar contenta —respondí—. ¿No te parecía tan ridículo e infantil que mis padres quisiesen poner fin a su vida? ¿Tan holandés? Quizá resulta que valora la vida más de lo que te pensabas. Quizá ha redescubierto la vida.

En cuanto lo dije, me di cuenta de que hasta entonces no había considerado esa posibilidad. Las últimas semanas había llamado a mi padre un par de ocasiones y lo había ido a ver una vez. Me había dado una impresión de desánimo, como si le diese vergüenza seguir aquí. No se lo había preguntado directamente, pero en nuestra última llamada había sacado el tema él mismo.

—Estaba pensando hacer algo por última vez —dijo—. Algo memorable, quiero decir. Una despedida por todo lo alto. Es raro, chico. Sin tu madre ya no puedo disfrutar de la vida, pero me doy cuenta de que cada vez valoro más las pequeñas cosas. Cosas normales: que salga el sol, los pajaritos en el jardín. El otro día estaba en la cama, todavía no tenía ganas de levantarme, y en un momento dado me di cuenta de que ya llevaba al menos media hora mirando el tronco de un árbol de fuera. Las hojas del árbol. «Esto también es vida», pensé. Mira, este es el tipo de pensamientos banales que tiene tu padre hoy en día. Pero sí que me pregunté enseguida si no fue un gran error, todo esto.

Un par de días más tarde pasé a verlo. No se puede decir que la casa estuviese patas arriba: no había montañas de platos sucios en el fregadero, y él también iba relativamente aseado. Sin embargo, se notaba en los detalles, en las cosas que ya no estaban: un jarrón de flores frescas, un frutero lleno hasta los bordes, la cama, que aunque estaba hecha, no tenía las sábanas tan tirantes como cuando la hacía mi madre. Mi padre llevaba unos pantalones de chándal gris y su chaleco marrón favorito; quizá no se había afeitado ese día, pero el día antes o el anterior, sí. Tenía una manchita de pasta de dientes en la comisura izquierda de los labios. Así que todavía se lavaba los dientes, pero al parecer después ya no se miraba al espejo.

—Hablaste de hacer algo grande —dijo—. Una última cosa memorable.

—Sí.

Estábamos en la cocina con una copita de ginebra cada uno.

Tomé un sorbo.

—Dentro de poco es tu cumpleaños. ¿Podría ser una idea? Vamos a algún sitio, salimos de la ciudad. A la costa, por ejemplo. Un lugar donde se coma bien. Solo tú, Sylvia, Diana y yo. O hacemos algo en casa, que Sylvia prepare algo rico. Y tú invitas a quien quieras.

—Pero ¿tú te estás oyendo, Robert? ¿Una fiesta después de lo que ha pasado? Ya me imagino a la gente. Quizá no se atreven a preguntar directamente, pero lo piensan, seguro. No, chico, no me apetece para nada.

Miró un momento el teléfono que tenía sobre la mesa de la cocina, al lado de la copita de ginebra. Un iPhone novísimo.

—Ya me tocaba un teléfono nuevo —me había dicho poco después del funeral de mi madre—. Pero tu madre…, ya sabes cómo es. Cómo era. Estas cosas le parecían tonterías y despilfarro. «¿Qué tiene de malo tu teléfono viejo?» Ya te la imaginas, ¿no? Entonces vi el anuncio de una oferta. Tenía que cambiar de número, eso sí, pero pensé: «Total, ¿a quién voy a dárselo?» A vosotros, y ya está.

Me explicó que en casa y delante de mi madre había seguido usando su viejo Nokia. No había tenido ganas de defender su adquisición.

—A lo mejor es un poco infantil —dijo—. También habría podido explicárselo. Pero ya la conoces, con una mirada te lo decía todo. Y me pareció que me lo merecía, algo solo para mí, sin tener que dar explicaciones. —Rellenó los vasos medio vacíos hasta el borde—. A veces era agotador, era como si considerase que yo no me merecía mis caprichillos. Un ejemplo; y avísame si ya te lo he contado. Era el Día de la Reina, o a lo mejor ya era el Día del Rey, no estoy seguro; a mi edad, creo que tengo derecho a seguir llamándolo Día de la Reina. Habíamos salido a dar una vuelta por el barrio y acabamos en el café Elsa’s. —Inclinó la cabeza hacia la mesa, acercó los labios a la copita y sorbió la primera capa de ginebra—. Bueno, pues en un momento dado tu madre se fue al baño y tardó bastante, a lo mejor se encontró mucha cola. Entablé conversación con dos chicas muy majas fuera, en la terraza. A ver, entiéndeme, yo ya había bebido un poco, pero aquellas chicas se terminaban las copas de vino el doble de rápido que yo los vasos de cerveza. Una de las dos era muy guapa, la otra era más normalita, pero maja, ya sabes qué quiero decir. Bueno, para no enrollarme, de repente me fijé en algo: vi que la guapa entornaba los ojos cada vez que me miraba. Yo estaba contándoles no sé qué tontería, ya ni me acuerdo qué decía, pero a lo que iba: la chica entornaba los ojos, y cuando se reía tiraba la cabeza hacia atrás y después se sacudía el cabello de una manera… Chico, eso solo podía significar una cosa. Estaba flirteando conmigo abiertamente. Conmigo, ¡a mis noventa y cuatro años! «¿Qué he hecho para que se interese por mí?», me dije. Pero al mismo tiempo pensé otra cosa, concretamente: que tampoco me sorprendía tanto. Soy un hombre simpático, cuento historias que pueden hacer reír a una chica de diecinueve años, eso no es algo que pueda decir todo el mundo. Y a lo mejor ni siquiera les importaba mi edad. Sé muy bien cuántos años tengo, pero eso no quiere decir que haya de subestimarme; en ese caso, frenas antes de llegar a ninguna parte y nunca te pasa nada interesante.

Le miré la cara, aquel rostro viejo, y tuve que reconocer que era muy probable que tuviera razón. Tenía buen aspecto para su edad. Y podía imaginármelo perfectamente encandilando a dos chicas de diecinueve años con su cháchara entretenida. Seguro que había desempeñado con ahínco su papel de viejo gracioso. Me alegré de no haberlo visto.

—Fue superemocionante. Me lo pasé en grande. Fingí que me gustaba más la menos guapa, le dediqué más atención. Es lo que siempre hacía antes, cuando había dos chicas en juego. Todo el mundo va a por la guapa, yo no. Dejé que la coqueta jugase sus cartas, con aquellas carcajadas exageradas y lo de soltarse el pelo, pero vi perfectamente que resplandecía. ¿Sabes lo que es, no, Robert, cuando una chica está resplandeciente? Es lo mejor que hay; como hombre, darías cualquier cosa por conseguirlo. Estaban las dos resplandecientes, por cierto. La otra también. A veces es un resplandor literal y se les encienden las mejillas; otras es una especie de calidez, y entonces lo que resplandece son sobre todo los ojos. Bueno, el caso es que perdí de vista el tiempo. Había llegado el momento de dejar a un lado a la menos guapa para centrar toda mi atención en la más guapa, así que me di un poco la vuelta, sin dar la espalda del todo a la otra chica, pero dejándole claro con lenguaje no verbal que a partir de ahora ella ya no pintaba nada. Y al darme la vuelta, vi a tu madre. Estaba al lado de una mesa alta llena de vasos de plástico vacíos, totalmente sola, y la mirada que me dedicó, chico… Creo que no hace falta que te la describa. Estaba bastante lejos, pero casi vi cómo arrugaba la nariz. Lo mismo que haría si viese esto —señaló su iPhone con el índice—. «¡Menudo juguetito!» ¿No te la imaginas? «Déjalo con sus juguetitos, en el fondo siempre ha sido un niño de cinco años».

Se llevó la copita de ginebra a los labios y se la terminó de un trago. Después se secó los labios con el dorso de la mano, pero la mancha de pasta de dientes no desapareció. A mi madre se la habría limpiado yo con el pulgar, tal como le había quitado los trocitos de cangrejo de los cabellos en el Oriental City, pero ni se me pasaba por la cabeza hacer lo mismo por mi padre: las cosas eran así, siempre habían sido así y siempre lo serían.

—Era hora de despedirme. Visto en perspectiva, quizá era un buen momento, porque ¿adónde quería ir a parar? Quiero decir, en realidad sabía que la cosa no iba a pasar de ahí, de flirtear un poco y de un rubor en las mejillas, no soy estúpido. Pero me dio un buen subidón, no sé de qué otro modo explicarlo: estas cosas me ponen de un buen humor que ya no se me pasa. Pero a tu madre se le da… se le daba muy bien acabar con mi buen humor. «¿Qué te crees que hacías ahí? ¿Cuántos años te crees que tienes?» No, no le había hecho ninguna gracia. Se pasó todo el camino a casa dándome la lata por aquel comportamiento tan inmaduro. En un momento dado, me harté. Sabía que recordar el éxito que había tenido con aquellas chicas me haría feliz durante varios días, y en aquel momento lo único que quería era que ella se callara de una vez. Chico, me apena decirlo así, pero es lo que sentía en ese momento. Así que ¿qué hice? Antes había bebido un poco, claro. Y ahí en Elsa’s quizá un par de cervezas de más. Y demasiado rápido, para más inri. Aunque ya me tambaleaba un poco, todavía podía caminar relativamente erguido, pero entonces tuve una inspiración. «No estoy fino», dije, y me medio desplomé entre dos coches aparcados. Así se acabaron las protestas de tu madre. A partir de ese momento me convertí en una víctima, una pobre víctima, un viejo que ha pillado una buena cogorza. Dejé que me ayudara a levantarme, intentando que no se me viera el plumero. Como ya he dicho, había bebido demasiado, pero no podía fingir una borrachera todo el camino hasta casa, tarde o temprano se habría dado cuenta. Aun así, la cosa fue bien, había hecho aflorar la enfermera que tu madre llevaba dentro. Una vez en casa me tumbó en el sofá, me quitó los zapatos y me preparó dos sándwiches. «Todo da vueltas», dije yo aún, pero luego pensé que más valía no exagerar.

Negó con la cabeza, se frotó los ojos y volvió a llevarse el vasito a los labios, pero no pareció darse cuenta de que estaba vacío.

—Después hice algo de lo que no estoy orgulloso —continuó—. Al día siguiente, cuando desayunábamos, tu madre volvió a sacar el tema. Las chicas y lo borracho que yo iba. Pero a mí no me apetecía hablar de eso. Quería guardarme las chicas para mí. Así que fingí que no me acordaba de nada. «Pues debía de estar muy borracho, sí, porque no me acuerdo de nada de eso —dije—. ¿Cuántos años dices que tenían esas chicas?» Y entonces fingí lo que seguramente ella quería ver: que me sentía muy avergonzado. «Ay, querida mía, ¡cuánto lo siento! Debiste de pasar mucha vergüenza. ¿Me perdonas?» Bajé la cabeza, puse cara de cónyuge al que han pillado mintiendo, de cónyuge que se muere de vergüenza. Pero al instante siguiente, cerré los ojos y volví a ver a las chicas. Aquella tan guapa, que me miró tanto rato con una mirada que tan solo podía significar una cosa, y pensé: «Pues ya vuelven a ser mías».

 

—La semana que viene va a venir mi hermano —anunció Sylvia.

Al final, después de un par de comentarios quisquillosos de mi mujer sobre mi padre, nuestra conversación se había desviado a aguas menos turbulentas; por lo visto habíamos esquivado definitivamente una pelea con todas las de la ley. Hablamos un momentito sobre Emmy, nuestra gata, que ya llevaba un par de semanas desaparecida.

—Ha llegado la hora de volver a colgar carteles —había dicho Sylvia—. Diana también me lo dijo ayer. Los otros están casi deshechos por la lluvia, o se los ha llevado el viento. He imprimido otra foto de mi teléfono, una en la que se ve mejor, en color. Pero Diana está a punto de hacer los exámenes finales y prefiero que no pongamos su número en los carteles. Este tipo de distracción no le conviene.

Yo no había replicado, dando por hecho que mi mujer se ofrecería a poner su móvil debajo de la foto de nuestro gato. Pero lo que dijo fue:

—¿Podrías ocuparte tú de esto, Robert? Normalmente no me importa atender a la gente, ya lo sabes. Pero ¿podrías hacerlo tú esta vez?

No me miró mientras me lo pedía, había doblado las manos sobre la falda y se frotaba los pulgares. La manera de decirlo («atender a la gente») hacía que sonara como si a partir del día siguiente o el otro fuesen a llamar decenas de personas para informar del paradero de nuestro gato.

En un primer momento no dije nada. La observé: su rostro, cómo se frotaba los pulgares con los dedos doblados, esperé una señal, un signo de debilidad (no me habría extrañado que se echara a llorar: «¡Ha roto conmigo, Robert! ¿Cómo se atreve? Me ha dicho que me había convertido en una carga para él, que nunca se lo habría podido explicar a su mujer»).

Me di cuenta de que estaba invadiéndome una furia súbita contra el concejal Van Hoogstraten. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo se atrevía a aparcar a mi mujer de un día para otro como si nada? Pero me controlé enseguida.

—Vale —dije—. No te preocupes, yo me encargo de lo de la gata. Pero ¿haces tú los carteles? Puedes poner mi número de móvil.

No sé qué esperaba exactamente. ¿Gratitud, porque la había dejado salirse con la suya a la primera? ¿Una sonrisa cálida, una mano en mi antebrazo, dedos que me apretaran levemente la muñeca? Un «Gracias, eres un encanto». O algo muy distinto, un primer indicio de lágrimas y una confesión a trompicones: «Ay, ¡no sé qué mosca me ha picado! Oh, cariño, ¿podrás perdonarme, por favor?»

Por primera vez se me ocurrió otra posibilidad: que quien había puesto fin a la relación no fuese el concejal, sino mi mujer. Un Van Hoogstraten desesperado que no dejaba de bombardearla con mensajes de texto, que la esperaba a un par de portales de nuestra casa, que la acechaba… Un concejal lloroso que amenazaba con sacar a la luz su aventura si ella no volvía con él.

¿Perdonarla? Sí, podría hacerlo. Si me lo confesaba todo, primero tendría un ataque de ira. Pero no sería un estallido, sino un silencio furioso, eso se me daba mucho mejor. Labios fruncidos, la cabeza entre las manos, un suspiro profundo de vez en cuando. Pasearía por la habitación con las manos en los bolsillos, me plantaría delante de la ventana, miraría al exterior sin moverme, y mientras tanto sus gemidos y súplicas subirían de volumen a mi espalda. Pero la perdonaría. Ya estaba perdonándola de antemano, ahora, viendo cómo se frotaba los pulgares, el cabello que le cubría la cara. Algo se rompería sin remedio, una grieta en un jarrón que te gusta demasiado para poder tirarlo. Jarrón y grieta estarán a la vista para siempre, los vería sobre la mesa un día tras otro, cada vez con flores distintas, pero la grieta siempre sería la misma. Yo ya sabía qué haría para poder vivir con la grieta. Mostraría gratitud. Gratitud porque el jarrón no se había hecho añicos y no había tenido que tirarlo a la basura. Era una actitud que adoptaba a menudo cuando personas o situaciones conspiraban contra mí. A veces me pasaba media noche despierto por culpa del comentario celoso de algún compañero de partido. Un compañero de partido que nunca, jamás de los jamases, sería alcalde de una ciudad como Ámsterdam. No, qué digo, ni alcalde de un pueblo remoto de cuatrocientos habitantes en la frontera con Alemania. Nunca, ni ahora, ni en su siguiente vida.

Resoplando de rabia, me imaginaba cómo se lo haría pagar al compañero de partido. La insinuación que se me escaparía en alguna reunión futura: una indirecta mortal.

Y entonces, sin ser consciente de en qué momento se había obrado el cambio, pensaba en lo que tenía. En mis únicas y valiosas posesiones. Mi esposa. Mi hija. Sylvia. Diana. Escuchaba la respiración de mi mujer, oía a mi hija trasteando por la cocina al llegar a casa a las seis de la mañana después de una fiesta, y con eso me bastaba. En comparación, durante un par de segundos el compañero de partido no era sino patético, y al instante siguiente ya había desaparecido de la vista.

Sí, eso haría. Abrazaría el jarrón, con la grieta contra mi pecho para que nadie pudiese verla.