Tandem
Capítulo 4
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¿En qué momento de su vida el tiempo había empezado a acelerarse?
El caso era que abarcaba un grosor estremecedor, tras haberla empujado a dar pasos. Primero pequeños botes; más adelante, saltos y trompicones, hasta que al cabo de los años había aterrizado en aquel punto, y de pronto había frenado en seco.
Allí, lo que recordaba haber vivido estaba ordenado por las experiencias y los conocimientos. Hasta entonces se había orientado mecánicamente.
Pero se daba cuenta de que cada vez más le faltaban fragmentos de significado. Había acabado observando los objetos de su casa como si fuesen ladrones de espacio que le impedían desear nuevas cosas. Le sorprendía todo aquello que en su momento había comprado por parecerle útil o bello.
Libros, jarrones, cuadros, discos, películas... acumulando polvo, mudos.
Eran cosas de las que deseaba deshacerse. No tenía ganas de volver a leerlos, mirarlos o escucharlos.
Pero, entonces, una nueva idea se había instalado en su cabeza. Era ella la que les sobraba a los objetos.
El tiempo, siempre escurridizo, había sido un enemigo, dispuesto a robarle la energía que todavía le quedaba y que en gran medida hasta hacía poco había destinado a su hijo y a Ramir. Aquel que recordaba como el joven sensible y amante de la poesía que había sido el amor de su vida.
Si hubiese hablado con Mercè le habría dicho:
Que estaba casada con su poeta, que su hijo, el de ambos, ya tenía treinta y cinco años.
Que ya no tenía niños a su cargo.
Tenía tiempo, y el tiempo pasaba rápido. Sobre todo, los años.
Que había encontrado a alguien que la hacía sentirse viva. No era que lo amase. Solo estaba bien con él, diciendo lo que quería o callándose. No era guapo, ni tampoco era feo, desde luego. Él le había contado una mentira para hablar un rato con ella. Decía las cosas de una manera que a ella le hacía gracia.
No sabía si Mercè se habría reído. Tal vez la hubiera aconsejado. Porque, en realidad, era la vida vivida la que le provocaba sorpresa. ¿Cómo había ido todo? ¿Por qué había tomado unas decisiones que eran no decisiones?
¿También su amiga pensaba en la muerte como en una cosa familiar, con quien podías mantener una conversación?
Elena no se veía capaz de dar forma ni dirección a la realidad inmediata.
La atracción por Armand, la relación que había entre ellos, sin recuerdos ni proyectos, ausente casi de palabras, la llenaba por completo. No necesitaba saber qué pensaba él, tenía bastante con sentirse su aliada, con sentirse protegida, resarcida. Lo único que de verdad los separaba era el sueño. Se dormía entre sus brazos o sus piernas y, al poco, un raudal de besos recorría su cuerpo para devolverla a la vida. No necesitaba ninguna palabra que definiese nada ni propusiese una nueva cita. Tenía suficiente con que la adorasen sin oír hablar de amor.
Así pues, compartía la rutina con una aventura que no ocupaba espacio, solo un poco de tiempo. Aquel que antes había consumido ella sola, ya fuera pasando ratos en el parque, tomando un café en un bar o yendo al cine en primera sesión. La sensación de que el tiempo la traicionaba había disminuido, ya no se evaporaba de la misma manera, y la distancia que desde hacía algunos años la separaba del mundo se había acortado.
Quien lo había propiciado se llamaba Armand.
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