Tandem

Maria Barbal · Capítulo 4 de 34

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Tandem

Capítulo 3

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Fue tan fuerte el impacto de aquel encuentro en mi casa que durante las dos semanas siguientes nos vimos después de clase de yoga sin que yo me atreviese a proponerle volver a ella.

A partir de entonces, Elena debía de avisar antes de clase, pues no volvió a utilizar el teléfono delante de mí. Aquel primer jueves, había llamado a un tal Ramir para decirle que comiese solo, como si ya lo tuviera todo preparado, que ella iría a comer con Pilar, lo habían decidido al salir de yoga. Me pareció que decía aquel nombre como si fuese patrimonio común de ella y de quien escuchaba. Yo no pregunté nada, aún no la había llevado a la habitación. El pensamiento se me escapaba celebrando que hubiese cambiado hacía poco el colchón de mi cama mientras le ofrecía una bebida y ella, tras aceptarla, abría la ventana. Cuando regresé de la cocina se había sentado en el sofá. Me habló con una sonrisa en los labios de sus niños y de sus niñas, aquellos pequeñajos que habían llenado gran parte de sus horas cuando trabajaba. Hacía menos de un año que se había retirado. Su aula era como un mundo en miniatura, y cada curso, al cambiar los niños, cambiaba también el paisaje. Ellos pasaban a otro grupo, y ella continuaba con los de cinco años.

Los primeros días de clase, los pequeños alumnos del año anterior todavía la buscaban por los pasillos y se le acercaban, y ella los observaba en el patio o preguntaba por ellos al profesor que les hubiera tocado. Sin embargo, al cabo de poco ya se centraba en su grupo, en los niños y niñas

que tendría a su cargo durante ese tiempo, desde septiembre hasta finales de junio. Me dijo que los echaba mucho de menos. Porque eran imaginativos y bellos, eran una esperanza abierta al futuro. Y añadió:

—La mayoría miran cautivados a su alrededor, pero, de vez en cuando, hay alguna o alguno que enfoca la mirada hacia dentro, y a esas criaturas quería sacarles una sonrisa, darles la confianza para avanzar, aunque me costase todo el curso.

Yo he trabajado de técnico de ascensores, y no me salía hablarle de las satisfacciones que me proporcionaban los cables, los engranajes y esas cosas. Era una ocupación que me permitía ir de aquí para allá, lo que me iba bien porque soy inquieto. Los vecinos esperaban ansiosos mi llegada. Casi siempre era muy bien recibido, y no digamos ya cuando me iba y podían volver a usar el ascensor e ir arriba y abajo.

Mientras pensaba en esto, Elena se había quedado muy quieta, y cuando reparé en ella tenía los ojos llorosos. Tras secarle las lágrimas con una mano, la abracé y permanecimos así, en el sofá, mirándonos de cerca y sin decir nada. Después, enjugué los restos de humedad salada de las yemas de los dedos en sus labios, repasando el contorno, hasta que se los besé.

Todo había ocurrido como si fuéramos experimentados actores que sabían qué hacer a cada instante. Cuando se fue, no quiso que la acompañara. Entre la nube de sensaciones extraordinarias que me llenaban hasta desbordarme, me venía a la mente que aquel mediodía, al llegar a la estancia, Elena había avanzado hacia la ventana, como si le faltase el aire.

Una vez, esquiando en Núria, yo había presenciado un alud, una masa de nieve que caía sin freno. Aquel gesto suyo desencadenó una avalancha de pensamientos. Se sucedían uno detrás de otro, como si formaran parte del mismo montón, una materia blanca en danza que pasaría a convertirse para mí en una cadena de acciones que habían quedado frenadas años atrás. ¡Un solo gesto de ella me había dicho tanto! Toda aquella cascada blanca y fría sobre mí... Pero también me había traído el ambiente de fuera, con las

bocinas y las bicicletas, con el rumor de la gente yendo arriba y abajo mezclados con el aire de la ciudad.

Desde aquel día pasaba la mayor parte de las horas solo en mi piso, limpiándolo y ordenándolo. Tiré ropa y objetos que odiaba y que, por no tener valor para tocarlos, habían seguido a mi lado desde hacía años. Vacié un cajón que estaba lleno de antigua ropa de cama y metí dentro todas las fotos que tenía enmarcadas. Lo que mi desazón no había conseguido tras toda una vida reclamándomelo lo logré en unos pocos días. El resto del tiempo lo dediqué a informarme de pequeñas cosas que había ido sabiendo sobre Elena. Nunca se ponía a hablar de sí misma durante mucho rato, a la manera de una confidencia, más bien iba deslizando algún comentario en función de las circunstancias.

—En Casau lo llaman...

Había vivido los primeros años en un pueblecito al lado de Viella, había estudiado Magisterio y había trabajado en tres escuelas con los más pequeños. Los niños hasta los seis años la cautivaban. Se casó con un barcelonés que hacía la mili allí y se establecieron en la capital. De hecho, no me dijo que estuviera casada, pero ya se sobreentendía. En Barcelona también había encontrado trabajo, pero necesitaba especializarse si quería trabajar con niños de la edad que a ella le interesaba. Al nacer Marc había dejado la escuela, el niño era prematuro y se consagró a él en cuerpo y alma. Eso era todo lo que yo había descubierto tras dos jueves y dos semanas enteras durante las cuales, en un momento u otro, nos habíamos visto todos los días, incluso los sábados y los domingos. Ni una palabra de su pareja, seguramente aquel Ramir de la llamada telefónica. Desde el primer día, ella sabía que yo era viudo.

Fui a la biblioteca, pero no para buscar novelas negras como era mi costumbre, sino para leer sobre pedagogía. En el rostro de la bibliotecaria, que me tenía catalogado dentro de un tipo concreto de lector, descubrí interés por saber el motivo de aquel cambio.

Elena y yo no nos preguntábamos nada. Nos mirábamos, nos abrazábamos, nos besábamos. Yo exploraba su placer y ella me lo devolvía multiplicado. No necesitaba nada más, y creo que ella tampoco. Me encantaba aquella manera que teníamos de comportarnos, pues con anterioridad, cuando había intentado conocer a otras mujeres, siempre había tenido que soportar un interrogatorio inacabable y, después, unas larguísimas confidencias. Y muchos preámbulos. Parecía que había que tener todos los antecedentes antes de. Con ella había coincidido, estábamos bien juntos y procurábamos pasar el uno con el otro el máximo tiempo posible. No negaré que yo pensaba que saber demasiadas cosas puede complicarte mucho la vida y, por tanto, había crecido en mí el deseo opuesto: el de ignorar.

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