Tandem
IV. Vuelta a la rutina
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IV
Vuelta a la rutina
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El sonido del chorro de agua en la cocina frenó sus pasos. Iba directa al estudio, pero... ¿Ramir fregando platos? Se desvió y entró.
Ramir no, era Marc.
¿Qué hacía en casa? El hijo le contó que su padre le había llamado para decirle que estaba solo, que no se encontraba bien, que ella se había ido con un compañero de..., su padre no se acordaba del nombre, aquello que hacía en el centro cívico del barrio.
—Sí, sí, pero ¿dónde está?
—En el estudio.
Elena fue allí, y él levantó la cabeza de la pantalla del ordenador.
—¿Ya estás aquí?
En los oídos de ella todavía resonaban las palabras en inglés, los rostros de la joven familia rodeada por un lazo de tiernos afectos. Las imágenes del océano, la escuela abandonada a la hora del patio. La escuela.
Marc opinaba que entre sus padres pasaba algo —como si aquello fuese
«opinable»— y que debían hablar. A Elena le pareció que estaba viviendo unos instantes que llevaban veinte años de retraso. Hablar, escuchar. Ramir callaba. Ella también prefirió mantener la boca cerrada. Habría deseado tener tiempo para cortar el vínculo con la experiencia que acababa de vivir.
Tener tiempo para planear dos conversaciones. Una con Ramir; la otra, con su hijo, que en ese momento dijo que hacía mucho calor y que le apetecía una cerveza. Ramir dijo que él también quería una.
Cerveza.
Ella se acomodó en una silla mientras Marc iba a la cocina. Le pidió a su marido que tomara asiento cerca, pero hasta que el hijo no entró de nuevo con la cerveza Ramir no se movió.
—Ahora quiere que me siente en el sofá.
—¡No cuesta tanto, papá!
Intentó ordenar sus pensamientos mientras su marido, con dificultad, avanzaba hacia ella. La camisa le sobresalía por encima del cinturón. Lucía una mancha en el lado izquierdo del cuello de la camisa. Un botón a punto de hundirse a la altura del pecho.
Marc se había sentado en un puf frente a los dos.
—Es el tercer trimestre que me matriculo en un cursillo de yoga del centro cívico. Te lo he comentado cada vez, incluso te he animado a que te apuntes a realizar algún tipo de ejercicio. Practico yoga con una profesora joven, muy buena.
—Ya ves, chico, continúa tan precisa como siempre.
—¿Precisa? Lo que pasa es que cuando yo hablo tú no prestas atención ni un segundo.
—Ja, ja, ya lo ves... ¿Qué te decía?
—¡Pero dilo! ¿Qué le decías? ¿Qué dices, venga? ¿Que vivimos como dos extraños que comparten piso?
—Detecto irritación por parte de los dos...
Irritación. La había clavado. Ese era su estado. El cuerpo cansado, la mente todavía puesta en la vida de Antoni y Annie, con la determinación de hablar, sí, pero después de ducharse, de descansar... Intentó calmarse y aprovechar que Marc estaba allí, que quizá podría hacer de hilo conductor entre Ramir y ella.
—¿Has estado enfermo?
—¡A ti no te ha importado!
Marc le inquirió si había otro y Elena le dijo que esa manera de preguntárselo la incomodaba.
—Entonces...
—Ja, ja, ¡ya te lo decía! ¡No se puede hablar con ella!
—Sí, sí que se puede y te lo demostraré ahora mismo.
Elena contó que había conocido a un hombre en el grupo de yoga, que primero habían hablado de los hijos y otro día de sus aficiones. Y una mañana Armand le había dicho que la mujer de su hijo acababa de tener una niña, que vivían en el sur de Inglaterra y que se le hacía una montaña ir él solo... De pronto, ella había tenido ganas de hacer aquel viaje, de acompañarlo.
—¡Qué bonito!
—Con tu padre hace tiempo que no hacemos nada juntos, ni ir al cine, ni al teatro, ni salir a dar una vuelta. Creo que ya no tenemos nada en común y me siento liberada del compromiso que contrajimos.
—¡Pero que te diga ella de qué viene eso!
—¡Díselo tú, si lo tienes tan presente!
—¡Viene de tu orgullo, Elena!
Tal vez por el tono que Ramir empleó, grave y plano, diferente del aire de burla que había adoptado hasta ese momento, ni Marc ni Elena respondieron.
La palabra orgullo, como un racimo de lustrosa uva, pesado, con granos podridos en el centro, de esos que no se ven, había embadurnado los sentidos de Elena, le había trabado el estómago y la palabra. Hasta que se tragó el jugo y quiso escupir las pieles.
—Explícate.
—¿Te creías que no lo había notado? Desde aquel maldito accidente, tú nunca volviste a confiar en mí. Hiciste como que sí. Dijiste que me perdonabas, pero yo tenía claro que no era verdad. Una parte de ti, la orgullosa y apreciada profesora, nunca más me dio el aprobado.
—Pero, papá...
—Dejó que pasara yo solo la recuperación, y con esa excusa nuestras relaciones sexuales se distanciaron. Y después, cuando la nombraron directora... ¡Uy, entonces se acabó todo! Te venía a buscar y te llevaba con ella a la escuela; jugabas allí mientras ella tenía reuniones, trabajaba en la programación o preparaba el final de curso.
—A ti no te iba bien quedarte con él. ¡Tenías que concentrarte para escribir o acudir a algún acto literario!
No era el momento de recordar que Marc enseguida había tenido dificultades con sus compañeros. Era un niño muy sensible. En aquel entonces no era ya el renacuajo que escuchaba cómo su padre le contaba cuentos; era inquieto y se refugiaba en su propio silencio. Una psicóloga lo veía una vez a la semana, y ella quería tenerlo cerca cuanto más tiempo mejor. Se quedaba en la escuela mientras Elena y sus compañeros trabajaban, jugaba con los hijos de los otros profesores, dibujaba mientras ella e Iker discutían. Ella había cargado con las necesidades extras de su hijo, se había implicado a fondo dando por hecho que Ramir no la ayudaría demasiado, pues él salía por las noches, cuando la vida cultural se hace presente en la ciudad. Tal vez deberían haber hablado más, pero, de todos modos, ¿acaso ella le había impedido desempeñar un papel más activo en la educación del niño?
Todo aquello se había disparado en su mente como una película. Pero también había reconocido que Ramir tenía razón. Ella no lo había perdonado. Había perdido la confianza en él. A su manera de comportarse él la llamaba orgullo. Fuese lo que fuese, Elena ya no creía que se pudiese hablar de todo, lo había hecho de verdad una vez, pero, cuando Ramir empezó a salir de nuevo por aquí y por allá, ella se atrincheró detrás de Marc y del trabajo, y se negó aquel nuevo amor que había empezado a despuntar con Iker. No, ya no creía a Ramir. ¿Era orgullo?
—Por el accidente supe que me engañabas. ¿Cuánto tiempo hacía? ¿Cuál de las dos poetas era la que se acostaba contigo?
—Pero aquello se acabó. Yo fui sincero.
—Y yo te admiraba, te quería, tenía fe en ti y de golpe...
Ramir insistió en que era orgullo y más orgullo; ella no lo podía perdonar.
Orgullo sin compasión.
Marc, con la cabeza entre las manos, la miró.
—¿Piensas irte a vivir con tu compañero de yoga?
La piel gruesa de las uvas todavía le atoraba la garganta. Contestó que no lo sabía. Creía que ella y su padre tenían que separarse, pero también que lo que necesitaba era irse a vivir sola.
—¿Lo ves, Marc? Ahora habla como si yo no estuviera.
Marc no dejó que su madre replicara que Ramir también podía dar su opinión, como ella. Les dijo que, aprovechando que habían empezado a hablar de cosas importantes, él quería darles una noticia.
—Tengo pareja y soy feliz.
—Hombre, Marc, qué bien, ¿y por qué no la traes a casa?
Entonces vino lo que Elena ya suponía desde hacía tiempo. Marc dijo que si traía a alguien a casa sería a él, no a ella.
—A ti no te pilla por sorpresa, ¿verdad, mamá?
Tiempo atrás, cuando él estaba ya preparado para contárselo, ella no había tenido valor para escucharlo.
—¿Así que tú también eres homosexual?
—¿También? ¿Acaso tú lo eres?
Marc se echa a reír. ¡Qué tontería!, exclama Ramir. Lo que quiere decir es que ahora se habla mucho del tema, se sabe que muchas personas conocidas lo son... No es como antes.
—Sí, papá, se habla de ello, tienes razón... Pero tú, mamá, ¿no pecaste también de orgullo conmigo?
De nuevo, el racimo de uvas se calienta en el interior de su boca y le deja una baya amarga entre la lengua y el paladar.
—¡Otra vez! Yo pequé de miedo, de no saberte aceptar, porque me pilló por sorpresa, pero ¿de orgullo? ¿Por qué de orgullo?
Pese a que se muere de ganas de hacerlo, no consigue escupir la uva, que le ha dejado restos de piel y pepitas entre los dientes.
—Una persona como tú, impecable en todo... ¡Y va y resulta que te sale un hijo gay!
—Quiero que sepas que, en esto, estoy de acuerdo con tu madre.
Elena se acalora. ¿En qué están de acuerdo? Ella acepta a Marc como es, aunque no supiera escucharlo cuando él finalmente quiso sincerarse, y está segura de que eso los ha separado. Ramir refunfuña que ni siquiera en este punto Elena quiere estar de acuerdo con él, mientras Marc afirma que estará encantado de presentarle a su pareja y olvidar el pasado.
—¿Un hombre?
Marc mira a los ojos a su padre.
—¡Un hombre, sí! ¡Un hombre que me ama y al que quiero con todo mi... ser!
—¡Cuando quieras!
Las palabras de Elena enardecen de nuevo a Ramir:
—¡Sí, ahora hazte la moderna!
Marc propone ir a comer algo juntos, tiene hambre, pero Ramir dice que ya ha tenido bastante de charlas.
—¡Venga, papá! ¿No te quejabas de que no sabías lo que le pasaba a mamá? Pues ahora ella te lo ha dicho y tú has podido responderle, y podéis seguir hablándolo.
De pronto, Elena se lleva las manos al rostro, intentando ocultar sus lágrimas. Poco después se levanta para ir a enjugárselas. Ramir comenta que las mujeres lo arreglan todo llorando, a lo que Marc le responde que a él las lágrimas no le asustan, son buenas, deshacen nudos de dolor.
—¿En la cárcel te sirven de algo este tipo de reflexiones?
—Aprendo más yo de los presos que ellos de mí.
—¿Y qué podrían enseñarte personas que han robado, violado o incluso matado?
Elena ha vuelto. Se ha tragado el espumarajo amargo que anegaba su boca y se ha lavado la cara. Se ha cambiado la blusa de manga larga por una camiseta.
—¿Vamos?
—Id vosotros. Yo me quedo.
—Papá, ven. Es importante que continuéis hablando.
—No lo sé.
—Cuando quieras te presento a Lluís.
—Yo esto tuyo necesito asimilarlo. Necesito asimilar lo de los dos.
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