Tandem
II. Elena
—
II
Elena
OceanofPDF.com
—
1
Solo primavera y ya hacía calor.
Camisetas, pantalones frescos, vestidos, alguna falda. La ropa de verano estaba bien ordenada en el armario. Los colores vivos se combinaban con el blanco.
En el pasado, Elena había llevado piezas negras, grises, azul marino, que ahora permanecían olvidadas en el fondo de los estantes.
Pensó: demasiada ropa. Y enseguida: ¿adónde irá a parar todo esto cualquier día?
Un pensamiento similar acudía a su cabeza cada vez que se fijaba en los montones de discos, libros, películas y objetos que, durante los años de vida en común, ella y Ramir habían ido acumulando.
Discos que no volverá a escuchar. Libros que no tiene intención de leer.
Películas que no verá más. Objetos que, de tan callados, ha olvidado cómo y por qué un día la cautivaron.
Álbumes de fotos que ahora mismo no quiere mirar.
Cuando en alguna ocasión Elena había donado libros de pedagogía que no iba a volver a utilizar, Ramir le había dicho que no se le ocurriese sacar de casa ningún volumen de los suyos. Ya pondrían más estanterías, si hacía falta.
Estanterías que ahogarían paredes.
Elena sacó un montón de ropa de verano doblada y la llevó a la mesa del comedor; era la más espaciosa y no costaba demasiado apartar el cuenco de
la fruta. En sus manos claras y no muy grandes se transparentaban pequeñas ramificaciones azuladas que apuntaban hacia los dedos. Iban cogiendo las prendas una a una:
La blusa fucsia heredada de su madre, que no se ponía pero de la que no quería desprenderse.
Una de color calabaza, de un mercadillo, que le gustaba.
La que se había comprado en Italia, de seda. Blanca con un estampado de formas negras.
La blusa que le quedaba mejor, con una mezcla de verdes de mar deliciosos. La dejó aparte.
La pieza que no podía olvidar. Un vestido azul cielo con pequeñas flores de un tono más intenso. Con ella había ido a urgencias cuando Ramir tuvo el accidente. Se había limpiado las lágrimas con un extremo de la falda porque no llevaba pañuelo.
Pena y rabia.
Con las ropas de algodón y viscosa delante, los años y los días corrían por el pensamiento de Elena. Había devuelto piezas al armario. Había colocado los días felices y normales, y había dejado fuera un rato muy triste.
La blusa de colores verdes se la pondría para ir a la sesión de yoga, donde el chándal sustituía enseguida a la ropa de calle. Total, para ir a yoga... Sí. Total.
Delante del espejo se vio guapa. Se había lavado el pelo. Le vino a la mente el único hombre del grupo, y los ojos se le iluminaron por un instante. Era alto como ella, fuerte, de rostro curtido, y tenía una expresión seria, pero de vez en cuando sonreía y participaba de manera natural entre todas aquellas mujeres. Quizá solo se lo parecía, pero a menudo lo descubría mirándola. Quizá solo...
No había hablado nunca con él. Con la blusa la vería más... Se rio de sí misma, así, enfrentada a su cara y a su cuello. Se rio.
Con el chándal y los calcetines gruesos dentro de una bolsa de ropa, con el vestido triste de aquel lejano día del accidente en una de plástico transparente, entró en el estudio, donde Ramir estaba frente a la pantalla.
—Me voy.
—¿Adónde?
—A yoga.
—¡Ah, sí!
No la encontró más guapa. No le dijo te encuentro más guapa. No sabía si él había reparado en que aquella blusa le quedaba bien.
—Pues adiós.
Él levantó la cabeza y abrió la boca. Al bostezar, ella le vio los dientes y la lengua.
OceanofPDF.com