Tandem
I. Armand
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TÁNDEM
Maria Barbal
Traducción de Manuel Pérez Subirana
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I
Armand
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1
Siempre nos falta alguna cosa, y cuando yo descubrí a Elena a mí me faltaba casi todo. Me limitaba a existir.
Era un día de primavera arisca, de esos de finales de marzo, cuando en Barcelona sopla el viento y refresca pero hacia mediodía hay que empezar a quitarse la ropa porque el calor ha penetrado ya en los cuerpos despistados.
No suelo llevar americana, soy de los que prefieren la elasticidad del punto, y además Remei, en los últimos tiempos, se entretenía tejiendo chaquetas.
Tengo cuatro, de colores diferentes. No, no murió de cáncer. No fue ninguna larga enfermedad. Una tarde, justo después de empezar la que habría sido la quinta pieza, y tras anunciarlo diciéndome que aún no tenía ninguna chaqueta de color verde, me dijo me duele la mollera, así mismo, y se llevó la mano a la cabeza como un niño pequeño. Al cabo de nada estiró los pies y expiró; las agujas, con las que ya había tejido algunas hileras, se deslizaron por su falda, y yo corrí a llamar a emergencias, desorientado y confuso. Era la primera vez que veía morir a alguien, y justamente le tocó a Remei, la persona de quien me había enamorado hacía ya demasiado tiempo.
Para empezar a hablar del encuentro con Elena he escrito sobre la primavera y he recalado en Remei. No era mi intención. Ni mucho menos.
Empezaré de nuevo.
A causa de mi dolor de espalda y porque le dije que dormía mal, el médico me había aconsejado que practicara yoga, así que me apunté a un
grupo de iniciación en el Centro Cívico de Cotxeres, en el barrio de Sants, donde vivo. En mi primera sesión, me di cuenta de que era el único hombre entre al menos una docena de mujeres. No era lo ideal, pero, a mi edad, esa situación, que años atrás me habría resultado incómoda, ahora apenas me afectó e incluso acabé encontrándome a gusto.
Cuando una mañana Elena me preguntó si había sido padre de la Escuela Estrella, adonde ella había llevado a su hijo cuando era pequeño, yo casi no recordaba que en un tiempo lejano había sido padre. Debo aclarar que mi hijo está vivo, o eso tengo entendido, pero hace años que vive en Gran Bretaña y desde el día del entierro de Remei no lo he vuelto a ver ni tampoco me ha escrito. Elena me dijo que recordaba a una niña, llamada Sílvia, con la que su hijo Marc siempre quería jugar, pero que era uno o dos cursos más pequeña. Comprendí que me tomaba por el padre de la tal Sílvia. Según ella, un día habíamos ido al zoológico con los niños en compañía de otros padres y madres. Mientras me hablaba, yo veía un rostro lleno de luz y unos ojos bonitos que evitaban el cara a cara.
No acostumbro a mentir, pero el instinto me sopló que, si le confesaba que no era el padre de ninguna Sílvia, adiós muy buenas. Ahora comprendo que inicié así una especie de camino en falso que podría haber tenido consecuencias, pero, como ya he dicho al principio, yo estaba muy necesitado. Creo que la mentira me favoreció de algún modo, pues, tal como me veo, habría sido difícil que mi físico le pareciera interesante sin ser alguien que le resultase conocido. Hay que decir que yo ya me había fijado en Elena, pues entre todas las mujeres del grupo no era de las más mayores y su cuerpo, bien colmado y proporcionado, me resultaba atractivo. De una forma natural, parecía bastante más joven de lo que era en realidad.
A la salida la seguí a cierta distancia sin ningún propósito en concreto, quizá esperando que el azar se mostrase benévolo y me permitiese volver a hablar con ella. Tras caminar un rato junto a otra de las mujeres del grupo
de yoga, Elena se despidió de ella y entró en una cafetería. Yo, alarmado ante aquella nueva oportunidad, pasé de largo y caminé un buen tramo de la calle de Sants en dirección a la plaza de España, mirando los escaparates como si necesitase alguna cosa. De pronto me recriminé, empecé a insultarme. No era más que un carcamal, y nunca tendría nada porque no me atrevía a dar ni un paso para conseguirlo. Cuando estuve del todo indignado, di media vuelta y regresé al bar. Allí estaba ella, tomando café, y al acercarme me pareció que, totalmente absorta, acababa de decir una palabra en voz alta.
Siempre me han atraído las mujeres que, en lugar de tomar café con leche, toman café solo. Elena no mostró sorpresa alguna ante mi aparición y empezó a hablar de nuevo de su Marc. Yo, por mi parte, me inventé la vida de una Sílvia que, según planeé, sería mi hija durante un rato y a la que después borraría del mapa.
Así pues, Elena me habló de su hijo. En aquel entonces se dedicaba a la enseñanza, que era a lo que se había dedicado ella, y vivía solo y se veían poco. Por lo que respecta a Antoni, lleva unos diez años en el extranjero.
Desde hace tres vive en Bournemouth, una ciudad costera del sur, frente a la isla de Wight, y no parece que tenga intención de regresar.
—Sílvia vive en Alemania.
Tenía que vivir en otro país, no sé por qué lo decidí así, pero ya estaba dicho. Escogí Alemania, y concretamente Colonia, porque había estado allí.
Cuando ella me respondió con una pregunta y no supe qué contestar, pude percibir el silencio, pero me pareció una sensación tolerable, incluso bonita, y me quedé un momento como encantado. No repitió la pregunta, parecía como si también ella se sintiera bien sin decir nada. Para entonces, yo ya me había hecho una idea de qué tipo de persona era Elena y estaba un poco aturdido. Lo más curioso era que en la cafetería todo el mundo parecía haberse puesto de acuerdo en interrumpir sus conversaciones. Tras girarme para comprobar si estaba ocurriendo algo extraordinario, le solté:
—Si tienes un hijo que vale tanto, ¿por qué estás tan triste?
Sus ojos entre verde y tostado claro se nublaron. Entonces no estaba seguro, los veía verdes y, al instante siguiente, mientras se erguía, del color que tienen algunas hojas al ser teñidas por el otoño.
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