Tandem
Capítulo 8
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Marc iba creciendo, Elena había cambiado de escuela y en la segunda a la que fue a parar tenía como compañera a Pilar, que conocía a Ramir de casi toda la vida. Ella no le dio ningún tipo de importancia. Era una mujer eficiente y simpática.
Después Elena fue nombrada directora, y un compañero, el jefe de estudios, se enamoró de ella. Iker era más joven, con bastantes proyectos y estaba lleno de alegría. Le tomó cariño a Marc, a su especial fragilidad, y eso hizo que Elena y él se aproximaran más. Los compañeros los miraban y sonreían, como si alguien pudiera escoger entre enamorarse o no. Elena odiaba aquellas bocas sabias. Daba la impresión de que todos, incluida Pilar, sabían cómo acabaría aquello. Elena adivinaba sus suposiciones, estaban seguros de que ella e Iker... Con las reuniones por la tarde, ella y Marc llegaban a menudo tarde a casa y, cuando se encontraban con Ramir, él estaba delante del ordenador y no preguntaba nada ni se quejaba. Algunas veces, a Elena le parecía que él también sonreía como si estuviera al corriente de todo lo que, en medio de un mar agitado, navegaba dentro de ella. Fuese como fuese, en su pantalla casi nunca había versos.
Los niños, los programas y su hijo llenaban las horas y la vida de Elena casi por completo. Le inoculaban la savia de la eterna juventud, el interés por las cosas pequeñas e importantes, la alegría del sol y los sueños de la luna. Era mucho lo que tenía. Con ellos aprendía cada día. La tarea de llenar los agujeros vacíos la dejaba siempre para el día siguiente.
Pero Iker, ante la decisión de Elena, pidió el traslado después de llorar delante de ella. Ella lo había hecho y lo haría en casa, sola o encerrada en el lavabo como una adolescente, pero demostraría a sus compañeros que se equivocaban. No desertaba de su compromiso. Esperaba que de un momento a otro Ramir volviese a ser el poeta que la había enamorado.
Buscaba nuevos incentivos para la pareja que los dos formaban. Viajar, ir al teatro, al cine. Para ser sincera consigo misma, esperaba como quien espera un milagro. Marc necesitaba que alguien estuviese pendiente de él, y su padre se declaraba incapaz, pues el niño apenas le hacía caso, no mostraba ningún interés cuando él le leía o le proponía algún juego.
—Tú, Elena, tienes más mano.
Después vinieron unos años de desesperación domesticada. El pensamiento hurgaba dentro de la frustración aunque no se quedaba allí; ella se diluía en todo tipo de actividades.
¡Hacía tanto de todo aquello!
El tiempo se había burlado de Elena hasta que ella se había olvidado de que esperaba alguna cosa.
Al ver el piso abarrotado, lleno de polvo, desordenado, ella, como si conociese bien aquel espacio en el que Armand vivía, había abierto una ventana para dejar que el ruido contaminara la calma de la estancia y se había sentado en el sofá. Mientras él iba a buscar una bebida a la nevera, ella recordó el sueño que la había desvelado aquella mañana. Asistía a un funeral. Dentro de la caja, de madera sin barnizar, había visto el cuerpo de una chica: las mejillas rosadas, el cabello largo y bien peinado, los ojos cerrados. Parecía simplemente que estaba durmiendo. Ella no sabía quién era y, de pronto, sobresaltada, se había despertado.
Ante el interés de aquel compañero, casi un desconocido, sabía que de antes no le quedaba casi nada. Cuando él le había preguntado, toda la nostalgia por sus pequeños alumnos había llenado de lágrimas sus ojos, y él la había abrazado con dulzura y le había ido secando el rostro como si se
tratase de un juego gozoso y cálido. La había besado y ella, de pronto enarbolada, le había correspondido.
Al parecer, la sangre todavía corría por sus venas, Elena las había oído latir. No habían hablado de nada íntimo, como si no tuviesen alma. Eran dos cuerpos que se encontraban después del sol implacable y de la arena de un desierto, cada uno el suyo. Después de mucha sed.
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