Tandem

Maria Barbal · Capítulo 30 de 34

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Tandem

Capítulo 2

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Nunca me gustaron los domingos. Durante los largos años de inacabables jornadas laborales, me parecía que la fiesta que clausuraba la semana también ahogaba la ilusión del tiempo libre que precedía al sábado y el domingo. Me sentía cada vez más asfixiado a medida que pasaban las horas que llevaban al atardecer y, enseguida, a la noche, la víspera del lunes.

A partir de entonces, sin embargo, el domingo se convertiría en la única luz que iluminaba el resto de la semana. Nos encontrábamos cuando yo llevaba ya rato midiendo la calle de Sants con mis pasos, mirando los escaparates sin fijarme en ellos, deteniéndome en los espacios estrechos bajo el vidrio transparente de los quioscos cerrados, donde se exhibían revistas que nunca compraría y que sin embargo miraba con atención.

Estar con Elena era lo único que me importaba. Ya que no podía hacer nada más, me contentaba con verla y tomarla de la mano. Era mejor no hablar, pues las palabras me rasguñaban con facilidad. Tras un tiempo de acuerdos y de libertad, un tiempo de felicidad, de pronto había condiciones.

Habían comenzado justamente después del viaje a Gran Bretaña, donde mi amor por ella se había hecho más grande al descubrir una faceta familiar que no esperaba y que me había servido para curar las heridas provocadas por la distancia entre mi hijo y yo. Había sentido cómo él y su familia aprobaban mi presente. Pero, como en el cuento de La Cenicienta, la carroza se había convertido en calabaza.

Aquel segundo domingo después del viaje, a Elena no le apetecía pasear y me propuso ir a sentarnos a «nuestra» cafetería. Estábamos en la calle Olzinelles, esquina con la calle de Sants. Yo tenía el piso como una patena, no había estado tan limpio y ordenado desde su inauguración, cuando Remei —entonces joven y llena de ilusión— y yo lo habíamos dejado como recién estrenado.

Al ir a sentarnos uno frente al otro, me dijo que no podría quedarse mucho rato porque su marido estaba enfermo. Al escucharla, yo también me sentí de golpe enfermo y me quedé callado, como si sus palabras hubiesen sido piedras lanzadas a un pozo con dos palmos de agua y fuera necesario prestar mucha atención para escuchar el impacto. De pronto, tuve ganas de levantarme e irme. La miré con una sonrisa pretendidamente burlona. La vi un poco ojerosa y me pareció que estaba más delgada. Intenté serenarme.

—¿No me dices nada?

—Solo puedo decirte que te amo, que te quiero a mi lado el tiempo que nos quede si estamos bien el uno con el otro.

Retiró la mano que le tenía agarrada. Me dijo que no sabía qué le pasaba.

Hablar con su marido y su hijo había hecho que se cuestionara su comportamiento en el pasado, ahora dudaba de si había actuado de la manera adecuada, de si había tomado las decisiones correctas.

—Está claro que deberías haber dejado a tu marido hace muchos años.

—Me he negado la felicidad más de una vez y lo cierto es que no sé por qué.

Y entonces me habló de un compañero de la escuela de quien se había enamorado. Ella, con una profunda pena, había dejado que se fuera de su lado.

—¿Y ahora quieres hacer lo mismo?

Ahora no era lo mismo que entonces. No, era peor y, en algún aspecto, mejor. Pero esto último nos lo habíamos callado el uno al otro.

—¡Vamos!

La gente del domingo por la tarde nos esperaba en la calle. Algunas parejas iban a divertirse a la sala de baile y gimnasio de la acera de enfrente. Chicas de cabello liso, morenas y rechonchas, caminaban sobre altos tacones rozando sus rodillas mientras con sus faldas estrechas marcaban decididas las curvas de sus cuerpos. Vista desde fuera, la vida se antojaba luminosa y amable mientras caminábamos vacilantes. Podíamos pasar por un matrimonio que se dirigía al cine de barrio a disfrutar de la tarde de fiesta con una película, o que, siguiendo su rutina, estaba a punto de entrar en el metro para ir a visitar a los nietos o a un pariente enfermo.

Fuera cual fuese nuestra apariencia mientras avanzábamos por la tarde en medio de la gente, no tenía ningún valor. Yo era un enamorado al que hacía poco le habían otorgado la gracia de recibir más oxígeno para respirar mejor, aunque ahora había de sacar fuerzas de flaqueza para enfrentarme a un cielo que parecía dispuesto a caer sobre mí y acabar conmigo. Solo sus abrazos podían salvarme.

Ya en el piso, el ramo de claveles rojos sobre la mesa nos alegraba la vista.

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