Tandem

Maria Barbal · Capítulo 29 de 34

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V. Decisiones

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Decisiones

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Había pasado otra larga jornada sin ver a Elena tras nuestra llegada de Bournemouth. Ante mi insistencia, nos encontramos en la entrada del mercado de Hostafrancs. Ella lo quiso así, aunque yo hubiera preferido mi piso sin polvo, con el suelo recién fregado, un ramo de claveles rojos sobre la mesa y las sábanas nuevas.

La encontré diferente, como si hubiéramos pasado una temporada sin vernos. Su cara pálida guardaba un secreto entre el cerco de los ojos y la boca, algo que ella retenía para que no se le escapara. Observé que se esforzaba por parecer animada y natural como cuando paseábamos encandilados —entonces de forma espontánea— por la ciudad inglesa en la que vivía mi hijo. Sospechaba que intentaba disimular algo que no iba a gustarme: desde hace tiempo poseo olfato de detective. Tras un rato dando vueltas, hablando con dificultad entre el ajetreo de los clientes y bajo la cruda iluminación de los tenderetes, y una vez compradas las cerezas que ella tanto deseaba, le tiré de la mano y la llevé a la calle. Pese al estallido de la luz natural y de las bocinas de los coches, cuando no de sus frenos, empecé a respirar mejor.

—¡Vamos a casa!

Ella prefería tomar un café en «nuestra cafetería», la del primer día, donde la había encontrado. Le di recuerdos de Antoni y Annie, y ella me sonrió con aquellos labios vivaces que yo deseaba besar. Me dijo que

habían sido unos días muy hermosos: aquel paisaje cautivador, la joven y feliz pareja, la ternura que despertaba la pequeña.

No pude aguantarme más. Le pregunté directamente cuáles eran entonces los peros. ¿Qué estaba pasando?

—Parece que te estés despidiendo.

Me miró a los ojos, cosa que hasta ese momento había hecho solo de pasada, y desvió enseguida su mirada hacia otra parte.

Su tono era serio. Los días lejos de Barcelona le habían permitido reflexionar. Se había dado cuenta de que había sido injusta con su hijo, me dijo. Quizá también con Ramir. No íbamos bien. Al oír el nombre del marido sentí una punzada aguda en el pecho. Pese a que entonces hizo una pausa, enseguida continuó. Ella es así. Al final siempre acaba adornando cualquier situación que pueda resultar molesta. Me sonrió y me dijo que en Inglaterra había sido muy feliz, que siempre estaría en deuda conmigo por aquella maravillosa visita a Tyneham.

—¿Pero...?

Había pensado en la escuela desde otro punto de vista, prosiguió como si no me hubiera oído. Y el caso es que se había dado cuenta de que no había pasado el duelo por la pérdida de su querido trabajo. La jubilación era para siempre. Ya no volvería a ver las caritas de aquellos pequeños que la miraban confiados.

—Ahora tienes la mía, no es tan pequeña y es mucho más fea, no se puede comparar con la de los niños, ya lo sé, pero te juro que te miro con toda la confianza del mundo.

Elena sonrió, y al hacerlo su mentón se estiró como si fuera una barca de pesca. Sus ojos parecían desmentir la sombra que asomaba bajo ellos. A menudo me pasa que, cuando me pongo serio al hablar, hago reír a quien me escucha. Me pareció que así estaba todavía más guapa y no quería que dijera nada. Le agarré la mano. Justo entonces dejaron los cafés sobre la mesa y se la solté.

Una pesada carga había caído sobre mí con un fuerte golpe. Por suerte añadió:

—No me gustaría perderte.

Pero el daño ya estaba hecho. Estallé. Era yo el que la estaba perdiendo sin saber por qué, le dije. Debería haberme mordido la lengua; las sombras cubrieron de nuevo su mirada. Pero yo llevaba demasiado tiempo callado y tenía miedo. Elena me había salvado la vida. Había pensado que ella lo sabía, que lo había comprendido desde el primer momento, pero ahora me daba cuenta de que no era así. Ella no entendía que durante años me había arrastrado por el mundo para sobrevivir. En aquel preciso momento comprendí que la señora Culpa se había apoderado de ella y amenazaba con separarla de mí.

—¿Qué pasa?

—Necesito tiempo, pensar a solas.

Tiempo era lo único que no nos sobraba. ¿A solas? No me convenía para nada. Le hice prometer que nos veríamos aunque solo fuera un día a la semana. Si llego a saber que me diría que sí, le pido tres citas como mínimo. Le dejé escoger el día, también la hora y el lugar, aunque no pude evitarlo y le dije que me parecía que la opción más cómoda era mi piso.

Sentenció que sería en la calle de Sants con Olzinelles, el domingo a las cinco: el día y la hora de las sirvientas de antes.

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