Tandem

Maria Barbal · Capítulo 25 de 34

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Tandem

Capítulo 3

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Elena entró en el local de la asociación de vecinos donde ensayaba la coral y enseguida se sucedieron las palabras de bienvenida, de alegría y de sorpresa. Hacía casi dos meses que no se pasaba por allí. Se había apuntado tras jubilarse para llenar un tiempo que hasta ese momento había tenido siempre ocupado y que de pronto se extendía ante ella como un camino amplio y bastante desolado. Pendiente de la relación con Armand, casi se había olvidado. De hecho, después de un trimestre apenas conocía a nadie, solo a Pilar, que hacía tiempo que formaba parte de la coral. Se acercó a ella tras excusarse diciendo que había estado muy ajetreada y que lamentaba haberse ausentado durante tanto tiempo.

En la coral se reunían jubilados de dos hornadas diferentes, con alguna excepción: personas vinculadas a la coral por trabajo, amor o familia. La hija del director, de veintipocos años, era la integrante más joven; además de cantar, tocaba el piano. Había también un grupito de cinco mujeres, todas ellas rondaban esplendorosamente los cuarenta. Y dos hombres también de esa edad. Elena, Pilar y otra mujer eran las más jóvenes dentro de los mayores. El resto estaba formado por personas de unos setenta años, bien conservadas y con una voz bonita y poco potente. Había dos que no habían cantado nunca antes ni entendían de música, y que iban allí más que nada para conocer gente. Completaba el grupo un venerable viejecito bastante sordo que cantaba siempre a destiempo y tres cabezas casi blancas que, siempre juntas, unían sus exiguas voces para dar más cuerpo al coro. El

director era un abogado con vocación musical, un hombre apasionado que animaba o echaba la bronca al grupo dependiendo de lo mucho o poco que desafinaran y de lo cerca que estuviera la siguiente actuación.

Tuvo la agradable sensación de que todo el mundo celebraba su vuelta.

El director se le acercó.

—Estoy contento de que hayas vuelto. Nos va muy bien contar con una voz más. Si conoces a alguien que entone bien... Sobre todo nos faltan hombres.

Ramir tenía buena voz. De niño había cantado de solista y en diferentes coros. Pilar y ella se miraron pero ninguna de las dos dijo nada.

—Te pondrás... Mira, ponte aquí. Venga, comencemos, que tenemos mucho trabajo. ¿Cómo te llamabas? Ahora no me viene...

—Elena. ¿Te acuerdas?, no tengo una voz demasiado...

—Tranquila, si pudieses practicar un poco en casa sería fantástico.

Pilar le contó que estaban preparando el concierto de final de curso y que Xavier estaba preocupado porque había algunas bajas y eran pocos. Una mujer, que era una soprano excelente, se había roto el fémur, y uno de los hombres había muerto hacía poco tras luchar contra un cáncer.

—Seguro que te acuerdas de él, se llamaba Jordi. Siempre llevaba ropa deportiva de colores vivos y estaba todo el rato bromeando... Era un gran excursionista.

Elena no caía.

Comenzaron. Estaban ensayando Amazing Grace, una especie de himno norteamericano, aterciopelado y emotivo. Elena se incorporó tímidamente.

Volvió la cabeza hacia donde se agrupaban los hombres. Solo eran siete, había el doble de mujeres. Recordó entonces quién era el que no habría de volver. Un hombre alto, de cara siempre sonrosada, cabellos rizados y unos ojos muy claros. A menudo había carcajadas a su alrededor, pese a que él se mantenía serio o con una sonrisa cómplice. ¡Claro que lo conocía! Era un poco mayor que ella, simpático y directo. Un día habían hecho juntos un

tramo del camino a casa. Elena notó que se le rompía la voz y no tuvo más remedio que quedarse en silencio. Ramir no le había preguntado a dónde iba ni con quién. Como si le dijera: haz lo que quieras, eres libre. O bien: a mí me da igual lo que hagas.

Cuando terminó el ensayo regresó a casa en compañía de Pilar. Se quedaron un rato hablando a la entrada de la casa de Elena.

—¿Quieres subir? A Ramir le gustará verte.

—Es muy tarde, no quiero molestaros.

—¡No molestas, sube un rato!

Elena había pensado que Pilar le preguntaría por Armand. No lo había hecho. Era discreta. Al verla, Ramir se levantó con rapidez de la silla y la saludó con amabilidad. Se conocían desde pequeños, sus padres eran amigos, y al cabo de los años, cuando Elena y Pilar coincidieron trabajando en la misma escuela, se reencontraron. Pilar había tenido pareja durante unos años, pero ahora vivía sola. Se había quedado en el barrio, como ellos; aun así, pensó Elena, debía de hacer tiempo que no se veía con Ramir.

Él le propuso que se quedara a cenar, se le veía animado. Durante la velada, algunos recuerdos de Pilar se deslizaron por la conversación como agua que goteara de hojas otoñales. De pronto, se había puesto a recitar unos versos de Ramir y le había preguntado si se había inspirado en los días de fiesta de la infancia. A Elena aquella mujer se le antojaba de pronto como una desconocida, no tenía ni idea de que hubiera leído los poemas de Ramir, y jamás habría sospechado que se supiera uno de memoria. Él ponía cara de satisfecho, una expresión que hacía tiempo que no había visto.

Continuaba publicando y, aunque Elena leía los poemas, ya no le sugería que cambiara ninguna palabra: los versos resbalaban por su mente y enseguida se perdían. Las presentaciones le parecían todas iguales. Cuando Pilar se marchó, Ramir volvió a ponerse delante de la pantalla y ella cogió el sueño enseguida.

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