Tandem
Capítulo 3
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Después de cenar —habíamos comenzado a las siete—, Annie dijo que le apetecía cantar para nosotros. El afán de mi hijo por ahorrar palabras nos deparaba una sorpresa: su mujer es cantante profesional. Me descubrí conteniendo la respiración mientras escuchaba su preciosa voz. De vez en cuando, observaba la luz que se reflejaba en la cara de Elena. En cuanto a la de Antoni, creí ver en ella que su mujer lo volvía a enamorar perdidamente.
Quién sabe si, más que a nosotros dos, la actuación iba dirigida sobre todo a él. Si mi corazón hubiese sido el de Antoni, habría latido como el de un enamorado primerizo y hubiera deseado irme a la cama cuanto antes.
Pero fue Elena la primera en retirarse. Dijo que necesitaba dormir.
Después, con la excusa de que a la niña le tocaba comer, Annie nos deseó buenas noches. Tenía una expresión dulce. Cuando nos quedamos solos, Antoni me esquivaba la mirada. Supe que no me perdonaba y, sin que él mostrara demasiado interés, le conté que hasta aquella noche no había sabido que el hijo de Elena era maestro y trabajaba en una cárcel. Creo que Antoni celebró que me enterara de aquello al mismo tiempo que ellos dos.
Justo después de que Elena acabara de hablar de Marc, Annie había dicho que cantaría.
Lo que solo yo sabía era que, mientras la joven cantaba, había dejado de ver a mi hijo tal como era en ese momento y lo había recordado de niño, con su inmensa alegría, las ganas de pasárselo bien mientras todo nos sonreía.
—¿Qué canción ha cantado Annie?
—Se llama Canción de Solveig. Es de un compositor noruego, Edvard Grieg.
Después de mucho tiempo, comprendía perfectamente que el niño que había sido Antoni no pudiese perdonar mi disgusto sin explicación ni mi arrebato. A la muerte de la hermanita, se había sumado el hecho de que Remei quedase devastada por la pena. Pero mi responsabilidad como adulto aún me pesaba. Me di cuenta de que seguía en falso con mi hijo y que, o bien le pedía perdón pronto, o bien desaparecía para siempre de su vida, como un fracasado.
Me levanté a las ocho, procurando no despertar a Elena, a la que había oído moverse en su cama durante toda la noche. Annie me recibió en la cocina con una sonrisa. Entre sus brazos, la niña resplandecía con la piel clarísima; me la pasó y me dijo que Antoni había salido a correr como cada mañana. Sirvió té para los dos.
Yo no me atrevía a moverme. Estuve conteniendo la respiración hasta que solté un suspiro. Annie dejó entonces a la pequeña en un capazo y me miró.
—Sé que le fallé, pero no sé cómo decírselo.
—Así, tal como ha sonado ahora, irá bien.
Ella conocía nuestra historia y estaba de acuerdo conmigo. De nuevo me di cuenta de que era algo urgente, no podía dejar pasar más tiempo.
—Si os parece bien, os llevaremos a un sitio que nos gusta mucho. Se llama Tyneham. No está lejos. En la Costa Jurásica, al este de Lulworth Cove.
Yo solo pensaba en hablar con Antoni. En ese momento oí que Elena entraba en el lavabo. Saber que la tenía a mi lado me calmó un poco.
—Me parece muy bien.
—Antoni os contará mejor lo que allí pasó, pero solo por el paisaje ya vale la pena.
Fui a ordenar la habitación y, cuando salí, mientras Elena acababa de arreglarse, mi hijo ya se había metido en la ducha. De nuevo me moría por un cigarrillo, después de veinte años de haber dejado de fumar.
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