Tandem
Capítulo 4
—
La primera contradicción en mi voluntad de no saber era que me hacía preguntas. Yo apenas tenía obligaciones. ¿Y ella? Al poco de vernos, se había arreglado el cabello de una manera que le resaltaba el contorno de la cara; tenía una barbilla pequeña y muy redonda. Se ponía vestidos que la favorecían y yo era consciente de que quería gustarme, pero enseguida comprendí que para ella aún era más importante gustarse a sí misma.
Tuve la impresión de que las clases de yoga de aquel trimestre se acababan de forma abrupta. Cuando la profesora nos dijo que quedaba una sola sesión tragué saliva. Yo no había fallado ni un solo día, pero, como podrá entenderse, por mucho que el yoga me fuese bien, su práctica se había convertido para mí en una cosa secundaria. Me di cuenta de que Elena y yo siempre habíamos quedado en la esquina de la calle de Sants con Olzinelles, que no sabía dónde vivía, que ni siquiera tenía su teléfono. De pronto me vi a mí mismo como un pardillo.
Me quedaba poco tiempo para conseguir una dirección, una cita, un teléfono, lo que fuera. Me pasó por la cabeza que, la próxima vez que viniera a mi piso, en lugar de quedarme remoloneando en la cama tras degustar la dulzura de su cuerpo, la acompañaría a casa. Pero eso implicaría actuar de una manera diferente de la habitual, y era posible que ella lo rechazara. Ya estaba decidido: justo después de que atravesara el umbral de la puerta con un adiós ligero, como solía hacer, yo me vestiría en pocos segundos y la seguiría.
Pero el día de la última clase, un martes resplandeciente, Elena no vino.
El aula estaba bañada por una luz primaveral y se respiraba el habitual bienestar, con el plus de lo conseguido durante el trimestre. Todo el rato confié en que acabaría viniendo. La imaginaba entrando, mirándome por un segundo y poniéndose donde hubiera espacio. Incluso me dio por pensar qué haría cuando estuviéramos a punto de realizar los saludos al sol. La profesora daba importancia a estas posturas, y las acostumbraba a proponer hacia el final de la sesión. El último ejercicio, si se puede llamar así, era la relajación. Ella no había aparecido. Yo me había convertido en un saco de nervios y la profesora se me acercó.
—¿Te puedo ayudar?
Cualquiera podía ayudarme. Estaba desesperado.
—No, no, estoy pendiente de un asunto y me noto tenso.
La joven me sonrió. Me pareció que lo hacía de una manera cómplice.
¿Se había dado cuenta de algo? Una ilusión surgió en mi interior. Sin razón alguna, me convencí de que Elena estaría esperándome en la calle y conseguí fingir que me relajaba.
Desde la acera observé cómo, en pocos instantes, pasaban transeúntes de todas las edades. Atravesé la calle de Sants y me dirigí a la pastelería Vives y al bar del primer día, caminando acera arriba y acera abajo. Al fin, regresé a casa como si un viento frío me hubiese aturdido. Elena estaba esperándome en la portería. La abracé muy fuerte y le dije que la amaba.
OceanofPDF.com