Tandem

Maria Barbal · Capítulo 20 de 34

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Tandem

Capítulo 5

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Elena fue la primera en retirarse, como la noche anterior. Sus ojos redondos, cada uno encima de una luna oscura, sonreían apagadamente cuando dijo que necesitaba dormir. La corteza de árboles milenarios, el incansable oleaje, el pueblo, aquel hermoso día juntos no me habían dejado indiferente, pero yo todavía habría podido recorrer siete montañas más, pues había conseguido intercambiar algunas palabras con mi hijo sobre el pasado.

Había ocurrido después del pícnic. La niña descansaba en el cochecito, así que aproveché un momento en el que las mujeres continuaban con su animada cháchara para lanzarme al vacío. Mi hijo y yo comenzamos a pasear por los alrededores. De hecho, saqué el tema de una forma bastante torpe.

—Antoni, ¿tú te acuerdas de que tuviste una hermana?

Asintió con una sonrisa.

—Sí.

—Tu madre necesitaba atención profesional, pero yo estaba a oscuras.

—Sí, lo supongo.

—Te queríamos, pero la reacción de mamá me superó por completo.

—No te preocupes, ya ha pasado.

—Ahora veo con claridad hasta qué punto os fallé. Pensaba que el tiempo acabaría poniendo las cosas en su sitio y solo me preocupé de seguir sobreviviendo. Lo siento mucho, sobre todo por ti...

—Dejémoslo. Te agradezco que me hables de ello, pero ahora ya está superado y no tengo ganas...

—No quiero molestarte con recuerdos, pero necesitaba saber si lo tenías presente y si me puedes perdonar.

Antoni me agarró por los hombros y yo noté cómo me levantaba un poquito sobre el suelo. Está fuerte y es más alto que yo. Al instante, volví a aterrizar tras haber estado en el cielo por unos instantes.

—Yo mismo no sé qué haría si me ocurriese... Desde el nacimiento de la niña he pensado a menudo en ello.

Iba a desearle que pudiese tener aquella fantástica familia durante muchos años, pero me sorprendí guardando silencio mientras una sensación de calidez me inundaba el pecho. No había conseguido decirle lo que quería ni de la manera en que deseaba expresarlo, pero había hablado de un tema que llevaba años sumergido en mi interior, como un submarino ciego dentro del mar. Nos habíamos quedado un poco rezagados de las dos mujeres y, sin haberlo acordado, los dos caminamos más deprisa dejándonos guiar por sus voces.

Pensé que el tiempo posee unas extrañas cualidades. Lo sabe todo el mundo. Se dilata o se contrae a conveniencia. ¿De quién? Salta sobre los días, engulléndolos como si se tratara de un manjar al alcance de alguien hambriento. Frena de golpe haciendo descarrilar los vagones en un espacio deshabitado donde resistir tan solo una hora parece imposible.

La conversación con Antoni me había desvelado, y habría asegurado que el cuerpo de Elena daba señales de que no dormía, pero no podía estar seguro. Tenía ganas de abrazarla, pero, si bien suelo pecar de atrevimiento, en aquel ambiente no osé hacerlo. Dejé vagar mis pensamientos sin interferir en el sueño o los pensamientos de ella. Hacía rato que se había ido a la cama.

Y volví al gran tema de mi vida, pero la perspectiva ahora era diferente, la sentencia me asustaba. Juez y parte, me daba cuenta de que, en las

mismas circunstancias, habría vuelto a cometer el mismo error. La reacción de Remei a la muerte de su niña siempre me había parecido alejada de toda razón. Había abandonado a los dos vivos para seguir honrando la ausencia de una criatura que no había tenido tiempo de conocer. Aún ahora me topaba con las mismas ideas. Me había encontrado con la pared, y allí, aprisionado, había hecho y deshecho, sin defenderme ni escabullirme. ¿De quién? ¿Sin pedir ayuda a quién? Trabajaba mis horas y me hacía cargo del niño y de la casa. Antoni iba al colegio, a casa de los abuelos, de excursión... El niño se convirtió en un adolescente y después en un joven.

Se fue de casa a los dieciocho años. Yo creía que había hecho todo lo que podía, incluso un poco más, pero nada había tomado un buen camino.

Finalmente intenté recordar la Canción de Solveig. No lo conseguí, pero sí se me apareció la imagen de Annie, su cuello esbelto y claro enlazando y guiando las notas, la sonrisa de sus ojos buscando a Antoni, sus cabellos vaporosos y rubios como espigas. Y entonces debí de dormirme.

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