Tandem

Maria Barbal · Capítulo 7 de 34

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Tandem

Capítulo 6

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Por muy extraño que me pareciese, Elena había dicho, muy seria, que no sabía si podría ir pero que le apetecía viajar. Yo esperaba un no rotundo como respuesta. Había razones de sobra para no acudir conmigo al bautizo de mi nieta, a la casa de mi hijo; cada una de ellas era consistente, pero yo aún no conocía bien a aquella mujer. Elena parecía ser libre y haber borrado de su vida las explicaciones. Empezaba a intrigarme cómo lo había conseguido. ¿Tenía un secreto?

Como si hubiese invocado la respuesta, aquel día me encontré con una excompañera de yoga, a la que había visto a menudo hablando con Elena.

Se llamaba Pilar, y enseguida la relacioné con el nombre que había dado como excusa el primer día que vino a casa. Para mi sorpresa, me preguntó por ella.

—No te extrañes, intuí que había algo entre vosotros porque en tres ocasiones os vi salir juntos de clase. No podía ser casualidad. Además, una de las veces había en vuestros rostros una expresión muy especial. Yo hace años que conozco a Elena, incluso durante un tiempo trabajamos en la misma escuela.

—Entonces... ¿tienes un rato? Me gustaría saber más de ella, no habla casi nunca de la familia, de su pasado. Solo sé que era profesora de párvulos y que tiene un hijo que se llama Marc.

—Y tiene un marido, también.

No era un reproche, pero sí una suspicacia.

—Me lo imaginaba. ¿Tomamos algo, Pilar?

—Te llamas Armand, ¿verdad?

—Sí.

Entramos en un bar de la calle Riego. La mayoría de los que íbamos al centro cívico éramos del barrio, y supuse que Pilar vivía cerca de allí. Era una mujer delgada, alta, con el pelo negro muy corto. Tenía una figura juvenil, un poco masculina, siempre llevaba pantalones y blusas camiseras.

En yoga, había observado que era una de las alumnas más flexibles. Pidió un té verde. Yo, un café.

—¿Qué quieres saber?

Me puse a reír, pues estuve a punto de responderle con una única palabra: «Todo».

—¿Vive con el marido?

—¡Sí, claro!

—Pero ¿se entienden bien?

—Eso... Yo...

—Bueno, lo que quieras decirme.

—Él es una persona muy interesante. De apariencia..., yo diría que es un hombre guapo. Es poeta, y muy bueno, pero últimamente tiene problemas para publicar.

—Ya, ya entiendo. Pero están juntos.

—Sí. Me temo que Elena no debe de haber pensado nunca en separarse.

—No, claro. Pero ¿él a qué se dedica? ¿O se dedicaba?

—Se gana la vida como crítico de poesía y de arte, traduce del francés.

Es una persona culta, y antes escribía y publicaba en bastantes revistas y periódicos.

De repente, me encontraba con un marco para mi aventura. Elena y yo no estábamos solos en el mundo. Los otros podían vernos. Para empezar, una compañera había descubierto nuestra relación. Decir que me sentía abrumado describiría bastante bien la situación.

Gracias a lo que Elena había callado yo había saboreado la esperanza, la alegría de volver a vivir, pero ahora, de pronto, entendía que, de alguna forma, no tenía derecho a ello. Existía un marido, alguien a quien ella no dejaría. Me sentí ridículo por haberme olvidado del entorno, por haber pensado que, si no se mencionaban, los hechos y las personas no existían.

Enseguida reaccioné. No, no era ridículo por olvidar, lo era por lo que acababa de pensar.

¿Y qué, si había otro hombre? Nosotros estábamos bien juntos.

En mis oídos desgastados había resonado el antiguo canto de las prohibiciones, algo que me había alimentado de niño, de adolescente y de adulto. Sí, muy ridículo. Toda la vida resistiéndome a crecer, toda la vida sin dar un paso que fuera solo mío. Toda la miserable vida, Elena, ¿y tú pretendías rescatarme con tu cuerpo? ¿Con tu silencio?

—Sospecho que ninguno de los dos ha sido feliz, pero, ya sabes, una ruptura cuesta.

Pilar me había hablado como si quisiera recordarme que no estaba solo en la cafetería, quizá porque se había dado cuenta de que sus palabras me habían dejado aturdido.

¿Por qué? ¿Por qué había preguntado? ¿Por qué había querido saber más?

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