Tandem

Maria Barbal · Capítulo 16 de 34

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III. Un viaje al sur de Inglaterra

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III

Un viaje al sur de Inglaterra

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Yo había escrito a mi hijo que nos reservase dos habitaciones en un hotel de Bournemouth. Si era posible, que no estuviese muy lejos de su casa. El largo tiempo de espera antes de que Antoni me respondiese me llevó a la convicción de que ir acompañado de Elena había contrariado sus previsiones. Seguramente eso estropeaba el plan de reconciliación que él debía de haber ideado con dificultades y trabajo. Con motivo del nacimiento de su hija, Antoni había hecho el esfuerzo de aceptarme de nuevo en su vida, aunque fuera de forma pasajera, y yo volvía a pifiarla presentándome con una desconocida. Pero para mí era vital que Elena me acompañase.

Finalmente recibí la respuesta. Annie había preparado ya una habitación con dos camas. Suponía él que yo no tendría inconveniente en dormir en el sofá del estudio y ceder el dormitorio a mi amiga. Le respondí que, si no era molestia, preferiríamos alojarnos los dos en la habitación doble. ¿Le resultaría extraño verme con alguien que no fuese su madre? Al cabo de un par de días me respondió que estaba todo a punto. Como entonces.

Remei había comprado una cuna blanca con barandillas, moderna. La de Antoni la había regalado tras unos años intentando sin éxito quedarse de nuevo embarazada. Todo estaba en su sitio. Las camisitas de niña, sin costuras ni botones. Recuerdo a Antoni tocándolas con incredulidad. ¿Tan

pequeña sería la hermanita? Remei también le enseñaba los vestiditos; creo que había cosido uno de cada color como después haría con mis chaquetas.

Uno blanco, uno rosa, uno azul cielo, uno verde... Cada uno tenía un motivo añadido: flores, animalillos, frutas... Bueno, la verdad es que no los recuerdo porque, aunque eran preciosos, llegué a odiarlos como si se tratase de harapos malolientes. El único que no le quité fue el rojo, porque todavía no estaba terminado y, en vez de guardarlo en el cajón, lo tenía en la caja de coser y no lo vi. Aquel no había quien se lo sacara de los dedos, se aferraba a él como un náufrago a un tronco mojado, lo mecía y, cuando lloraba, incluso se limpiaba la cara con él.

Yo le había dicho a Antoni que cuando naciera la niña en casa estaríamos empatados, dos hombres y dos mujeres, y que sería mucho más divertido, una de esas tonterías que se dicen sin pensar demasiado. Cuando todo estuvo a punto para el parto, Antoni se quedó con los abuelos. Mi suegra soltó otra de esas frases que estarían mejor retiradas en una caja fuerte. Le dijo que, cuando él se despertara al día siguiente, ya tendría una hermanita.

Sabía que le pondríamos Margarida.

Nació por cesárea, pero no sobrevivió. Era preciosa, muy clara de piel, rubita, con las facciones redondas. Nos dejó como hechizados, y Remei se trastocó cuando se la quitaron. Ninguna palabra, ninguna muestra de amor por mi parte, podía consolarla. Desde aquel instante se encerró en su pérdida, en su dolor, y escondió la llave.

Antoni, con ocho años, tuvo que prepararse para continuar con la vida de antes. Él, mamá y papá. Seguramente yo estaba en la misma situación que él. Pero, en vez de ser cuatro, nos quedamos los dos solos. Remei ya no estuvo nunca más presente. Y yo, tozudo, seguí creyendo que tarde o temprano respondería al amor del hijo, al amor que los dos nos teníamos y que no había dejado de crecer. En cualquier momento despertaría de aquella pesadilla, y, aunque lo hiciera convertida en una princesa triste, estaba convencido de que con el tiempo conseguiríamos que sonriera de nuevo.

Solo les hacía caso a los vestiditos de la niña. Los acariciaba, los abrazaba, lloraba sobre ellos, los lavaba y los planchaba. Nos había olvidado. Días y semanas esperando que se repusiera. Sin ser consciente de ello, yo me iba irritando. Transcurridos dos meses, tuve que admitir que todo continuaba igual y, al cabo de poco, perdí los estribos. Una mañana, cuando me disponía a acompañar a Antoni, cogí todos los vestiditos y, ya en la calle, los arrojé a una papelera. Aunque lo llevaba bien cogido de la mano, tras dar un tirón, nuestro hijo echó a correr y recorrió solo lo que quedaba para llegar a la escuela.

Debería haber reaccionado, pero tenía el orgullo herido. Mi amor no era suficiente para poner freno al dolor de mi mujer. Ella no hablaba, no reía, apenas se alimentaba; miraba hacia dentro como si su vida fuera un saco y estuviera contemplando los escombros del fondo. Casi nunca nos miraba ni a mí ni al niño. Buscaba los vestidos por toda la casa, sin llegar a preguntarnos nunca dónde estaban, y siempre acababa sentándose con cara de perplejidad. Creo que la desaparición de los vestidos no hizo sino empeorar su situación.

Habría sido mejor que nada estuviera a punto.

Tal como estaba previsto, el avión llegó a las once al pequeño aeropuerto de Bournemouth. Lo reducido del espacio hacía que todo resultara hogareño, cercano, incluido el rostro de mi hijo. Vi que se sorprendía ante los cambios. Desde la última vez que nos habíamos visto, la mayor parte de mi cabello se había vuelto blanco. Hacía muchos años que no nos reuníamos, ni siquiera quise contarlos. A diferencia de en el pasado, cuando me pasaba todo el día metido en un ascensor o en un sótano, yo tenía ahora el rostro bastante curtido porque pasaba más tiempo al aire libre, y seguro que me había encogido. Él era un hombre hecho y derecho. Creo que Elena les cayó bien desde el primer momento. Annie sonreía, y al entrar en el coche puso a

la niña en sus brazos. Margaret era un ser minúsculo de cinco semanas.

Antoni y yo nos pusimos delante, y él condujo desde el asiento de la derecha, como allí es preceptivo.

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