Un mal comienzo

Meghan Quinn · Capítulo 1 de 24

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Un mal comienzo

Unmalcomienzo

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Título original: A Not so Meet Cute

Primera edición: septiembre de 2022

Copyright © 2021 by Meghan Quinn

© de la traducción: María José Losada Rey, 2022

© de esta edición: 2022, ediciones Pàmies, S. L.

C/ Mesena, 18

28033 Madrid

phoebe@phoebe.es

ISBN: 978-84-19301-32-1

BIC: FRD

Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®

Fotografía del modelo: CURAPhotography/Shutterstock

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ÍNDICE

PRÓLOGO

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EPÍLOGO

CONTENIDO ESPECIAL

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PRÓLOGO

LOTTIE

—Hola, guapa.

Mmm… No me gusta la alegría que noto en su voz.

Ni la sonrisa que veo en sus labios.

Tampoco que se haya excedido en la cantidad que se ha echado de ese perfume empalagoso; me ahoga.

—Hola, Angela —respondo con recelo mientras tomo asiento ante la mesa de su despacho.

Con un movimiento, se retira el brillante pelo rubio de los hombros y entrelaza las manos. Su lenguaje corporal transmite interés cuando se echa hacia delante.

—¿Cómo estás? —pregunta.

Me estiro la falda tubo de color rojo brillante antes de responder.

—Bien. Gracias.

—Me alegra oír eso. —Se reclina hacia atrás y me sonríe, pero no añade nada más.

Vale…, ¿qué coño está pasando?

Miro por encima del hombro a la fila de hombres trajeados, que, sentados en sillas y con carpetas en sus regazos, observan nuestra conversación.

Conozco a Angela desde el instituto. Hemos mantenido una de esas amistades intermitentes, en la que yo he sido la víctima de su camaradería un tanto veleta. Un día soy su mejor colega, al siguiente lo es Blair, que trabaja en finanzas, o Lauren, que tiene un puesto en ventas, y luego vuelve a tocarme su amistad. Todas nos vemos constantemente intercambiadas.

Siempre me he preguntado a quién le tocará ser su mejor amiga esta semana y, de alguna manera enfermiza y demente, contengo la respiración cuando me toca el Gordo.

«¿Por qué mantener una amistad tan tóxica?», te preguntarás.

Hay tres respuestas.

Para empezar, cuando conocí a Angela yo era más joven. No tenía ni idea de cómo demonios actuar mientras subía a su lado en una vibrante montaña rusa. Así que me agarré a la barandilla y me aferré a la vida, porque, francamente, salir con Angela era emocionante. Diferente. Atrevido, a veces.

En segundo lugar, cuando nos encontramos en la fase más intensa de nuestra amistad, se porta bien conmigo; de hecho, a su lado he pasado algunos de los mejores momentos de mi vida. Crecer en Beverly Hills siendo la chica pobre no se prestaba a disfrutar de muchas aventuras, pero, si ibas de la mano de una amiga rica que miraba más allá de tu cartera vacía y te acogía en su mundo, sí, era divertido. Llámame superficial, pero me lo pasé muy bien a su lado mientras estudiaba en el instituto, a pesar de los altibajos.

Y, por último, soy débil. No me gustan las confrontaciones, y las evito a toda costa, lo que me lleva a ofrecerme para todo y a acabar convertida en un felpudo al servicio de cualquiera.

—¿Angela? —susurro.

—¿Mmm…? —Sonríe.

—¿Puedo preguntarte por qué me has llamado y por qué parece que el FBI está en fila detrás de mí?

Angela echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada, posando la mano sobre la mía.

—¡Oh, Lottie! Dios, cómo voy a echar de menos tu humor…

—¿Echar de menos? —pregunto, con la espalda rígida—. ¿Qué quieres decir con «echar de menos»? ¿Te vas de vacaciones?

Por favor, que sea así. Por favor, que sea así. No puedo permitirme perder este trabajo.

—Claro.

¡Oh, gracias a Dios!

—Ken y yo nos vamos a Bora Bora. Tengo programada una sesión de bronceado en spray para dentro de diez minutos, así que tenemos que darnos prisa con esto.

Espera, ¿qué?

—¿Prisa con qué? —pregunto.

Su rostro jovial se vuelve más serio, ese tipo de seriedad que Angela no muestra muy a menudo. Porque sí, quizá sea la que está al mando en un

blog sobre estilo de vida, pero no es ella la que realiza el trabajo: lo hacen los demás. Así que nunca tiene que ponerse seria.

Se endereza, irguiéndose más con la mandíbula tensa, y clava los ojos en mí a través de sus espesas pestañas postizas.

—Lottie, eres la verdadera pionera de Angeloop. Tu maestría ante el teclado no ha sido igualada por nadie en la empresa, y el humor que aportas a este próspero blog, que es una máquina de hacer dinero, ha hecho realidad mi viaje a Bora Bora.

¿He oído bien? ¿Gracias a mí podrá irse de vacaciones?

—Pero, desafortunadamente, vamos a tener que despedirte.

Un momento, ¿qué?

¿Despedirme?

¿Quiere decir que ya no tiene trabajo para mí?

Rápidos como un rayo, tres de los hombres se acercan a mi espalda; dos de ellos me flanquean como si fueran guardias de seguridad. Mientras impiden que me mueva con sus anchos hombros, uno de ellos deja caer una carpeta en la mesa delante de mí y la abre para mostrarme un papel. Tengo la vista demasiado desenfocada como para leer siquiera lo que dice, pero intuyo que es una carta de despido.

—Firme aquí. —El hombre me tiende un bolígrafo.

—Espera, ¿qué? —Alejo la mano del hombre, pero vuelve a dejarla justo donde estaba—. ¿Estás despidiéndome?

Angela hace una mueca.

—Lottie, por favor, no me lo pongas más difícil. Tienes que ser consciente de lo que me ha costado tomar esta decisión. —Chasquea los dedos y aparece un asistente como por ensalmo. Angela se masajea la nuca—. Esta conversación me ha sacado de quicio. Agua, por favor. A temperatura ambiente. Con lima y limón, pero retira las rodajas antes de dármela. —Y, dicho eso, el asistente se aleja. Cuando Angela se vuelve, me ve y se lleva la mano al pecho—. ¡Oh, todavía estás aquí!

Aggg…

Sí.

—Angela, ¿qué está pasando? —pregunto, parpadeando un par de veces

—. Acabas de decir que te hago ganar mucho dinero…

—¿En serio? No recuerdo haber hecho tal declaración. Chicos, ¿he dicho algo así?

Todos niegan con la cabeza.

—¿Ves? Yo no he dicho eso.

Creo… Sí, mmm…, mmm, ¿lo hueles? ¡Es mi cerebro echando humo, trabajando horas extra, tratando de no perder la calma!

—Angela, ¿puedes explicarme por qué me despides? —pregunto, sosegada. Y quiero decir muy sosegada.

—Oh… —Se ríe—. Siempre has sido muy curiosa. —La asistente le trae a Angela el agua y desaparece corriendo, Angela da un largo sorbo por una pajita innecesaria antes de seguir hablando—. El viernes hace un año que estás aquí.

—Sí. Eso es.

—Bueno, pues, según tu contrato, después de un año, ya no recibes media paga, sino el salario completo. —Se encoge de hombros—. ¿Por qué pagarte más cuando puedo encontrar a alguien que haga tu trabajo por mucho menos dinero? Es pura estrategia comercial. Lo entiendes, ¿verdad?

—No, no lo entiendo. —Como elevo el tono de voz, dos grandes manos se posan en mis hombros en señal de advertencia. ¡Oh, por el amor de Dios!—. Angela, esta es mi vida, no un juego. Cuando me rogaste que trabajara para ti, me dijiste que este trabajo iba a cambiar mi vida.

—¿Y no ha sido así? —Extiende los brazos—. Angeloop ha sido un cambio de vida para todos nosotros. —Mira el reloj—. Oh, tengo que estar desnuda dentro de cinco minutos. El bronceado en spray está esperándome.

—Hace girar el dedo en dirección a los trajeados que están a mi lado—.

Lleváosla, chicos.

Dos pares de manos enormes me agarran y me ayudan a levantarme de la silla.

—No puedes decirlo en serio —digo, sin entender aún lo que está pasando

—. ¿Vas a hacer que los seguratas me saquen a rastras de tu despacho?

—No es una elección personal —dice Angela, que parece la imagen de la inocencia—. Es tu actitud hostil lo me obliga a llamar al servicio de seguridad.

—¿Hostil? —pregunto—. Solo soy hostil porque estás despidiéndome sin razón.

—Oh, cariño, no puedo creer que lo veas así —susurra con esa voz condescendiente que tiene—. No se trata de nada personal. Sabes que te quiero y que seguiremos tomando el brunch como todos los meses. Solo

son negocios. —Me lanza un beso—. Sigues siendo mi mejor amiga.

Ha perdido la puta cabeza.

Me empujan hacia la puerta, pero clavo en el suelo los tacones de mis Jimmy Choo de hace dos temporadas.

—Angela, en serio. No puedes despedirme.

Me mira, ladea la cabeza y se lleva la mano al corazón.

—Ohhh, mírate, luchando por tu trabajo. Dios, siempre has sido tan peleona… —Me lanza otro beso y se despide con la mano—. Te llamaré.

Ya me contarás entonces lo de tu horrible jefa. Ah…, y no te olvides de confirmar tu asistencia a la reunión del instituto. Faltan dos meses. Tenemos que saber quién viene y quién no.

De repente, me dejo invadir por la derrota, relajo los pies en estado de shock, mi cuerpo se vuelve flácido y me veo arrastrada por las axilas a través de las oficinas de Angeloop, el blog de estilo de vida más idiota y absurdo de internet, donde, para empezar, nunca he querido trabajar.

Mis compañeros me observan.

Los de seguridad no pierden el ritmo mientras me llevan a rastras para que atraviese la gran puerta de cristal.

Y antes de que pueda respirar otra vez más, me encuentro mirando el cartel —obscenamente grande— de Angeloop en la fachada del edificio, con una caja con mis pertenencias en las manos.

¿Cómo demonios hemos llegado a esto?

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