Un mal comienzo

Meghan Quinn · Capítulo 4 de 24

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Un mal comienzo

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HUXLEY

JP se masajea las sienes con los dedos.

—Espera, espera… Deja que me aclare. —Me mira—. ¿Te has encontrado con Dave Toney en la calle y le has dicho que estabas comprometido con una chica de Georgia y que está embarazada?

Me humedezco los labios.

—Eso es bastante preciso.

Estamos sentados en el porche de casa, con unas cervezas en la mano, mientras les doy a mis hermanos la noticia de que no solo la he jodido, sino que la he jodido del todo. No se lo conté ayer después de ver a Dave en la calle, porque, sinceramente, necesitaba tiempo para procesar en qué demonios me había metido. Ahora que he tenido más de veinticuatro horas para pensar en ello, me doy cuenta de que sí: voy a necesitar la ayuda de mis hermanos para salir de esta.

Breaker apoya la cerveza en el reposabrazos de la silla.

—¿En qué demonios estabas pensando? —pregunta.

Me encojo de hombros.

—Vi una oportunidad y la aproveché sin pensármelo dos veces.

—Decir que tu inexistente prometida está embarazada no es aprovechar la oportunidad, es un puto error. Tío, tienes que cenar con ellos dentro de tres días.

Me agarro el pelo y empiezo a tirar de él.

—Lo sé. Joder, ¿qué voy a hacer?

—Mmm…, dile la verdad, que eres un mentiroso —sugiere JP.

—Claro, claro, porque eso va a ayudar a que consigamos el contrato. —

Pongo los ojos en blanco—. No puedo hacerlo. Si le digo que le he mentido, nuestra reputación se irá a la mierda. Nadie querrá trabajar con nosotros.

—¿No podías haber pensado en eso antes de inventarte un bebé y una

prometida? —pregunta Breaker—. Joder, tío.

Sí, lo sé.

Anoche no pude dormir porque lo único en lo que pensaba era en cómo diablos iba a salir de esta situación. Y, sinceramente, no tengo ni idea de lo que me pasó.

La propiedad de Dave Toney puede suponer una gran ganancia para nosotros, en especial si pongo en práctica la idea que tengo en la cabeza, pero tampoco es como si este acuerdo fuera a convertirse en el ser o no ser de la empresa. Creo que hay una parte de mí que necesita conseguir lo que no puedo tener. Y eso, en este momento, son esas propiedades. Tengo la mira puesta en ellas y, al parecer, estoy dispuesto a casi cualquier cosa para asegurármelas.

Incluso aunque eso signifique poner en juego nuestra empresa.

Y eso me revolvió el estómago a las tres de la mañana. Mis hermanos y yo hemos convertido Cane Enterprises en el negocio que es hoy con mucho trabajo, muchos aciertos y mucha reinversión.

Ese pequeño error de cálculo podría echar a perder todo ese trabajo duro, en especial, si se corre la voz.

—¿Tienes alguna amiga soltera? —pregunta Breaker.

—Apenas tengo tiempo para salir con vosotros dos; ¿de verdad crees que tengo tiempo para cultivar la amistad con una mujer?

—Tranquilo… —Breaker levanta las manos—. No te pongas de uñas conmigo. El que ha tenido esta gran idea has sido tú.

Suspirando, me levanto de la silla y dejo la cerveza en la mesa.

—¿Qué haces? —pregunta JP.

—Voy a dar un paseo. Necesito aclararme la cabeza.

—Perfecto —responde Breaker, poniéndose de pie también—. Mientras tanto, voy a pedir comida. ¿Y sabes qué? También voy a pedir un puto helado, porque este es un momento para tomar helado.

—De cookies y nata. Tengo antojo —dice JP, y ambos entran en casa.

Bajo los pocos escalones que hay desde el porche hasta la acera y salgo a la calle. Utilizo la puerta de la verja, en lugar de abrir el portón, y luego giro a la derecha.

Son más de las seis. He llegado a casa temprano; no podía soportar estar sentado en el despacho durante más tiempo del necesario porque en la pantalla de mi ordenador, en grandes letras en negrita, había una invitación

en el correo para cenar en casa de Dave Toney con su señora. Sí…, su señora.

Era un maldito recordatorio de qué forma perdí la puta cabeza ayer. A los treinta y cinco años, un hombre debería poseer la capacidad de permanecer más templado, pero no es el caso. La presión me afecta mucho.

Quizá sea porque todavía siento la necesidad de ser el mejor. Cumplir treinta y cinco años me ha hecho darme cuenta de que todavía soy joven y de que tengo mucho potencial, y si sigo haciendo las operaciones de negocios como las estoy haciendo, podríamos convertirnos fácilmente en los millonarios más jóvenes del sector.

El dinero no debería ser lo que me motivara, pero, joder, el prestigio que me da sí lo es.

Me masajeo la nuca, frustrado. Probablemente mi padre me esté mirando y riéndose a carcajadas, convencido de que esta vez me he metido en un lío tremendo. Cuando crecía, aunque era el mayor, también era el más alborotador, el que siempre sobrepasaba los límites. No tenía la típica personalidad de un primogénito, sino que traspasaba esos límites una y otra vez y me aventuraba hasta que me encontraba entre la espada y la pared, y mi padre se sentaba a mirar y se reía mientras yo intentaba salir del lío que fuera. Siempre lo lograba, pero esta vez no estoy tan seguro de poder hacerlo.

He conseguido hacer bastantes milagros, pero encontrar a una mujer que se enamore de mí, acepte mi propuesta y se quede embarazada en tres días me parece un poco exagerado.

Ojalá me cayera en el regazo una chica dispuesta a fingir conmigo.

Alguien, quien fuera…

Doblo la esquina y casi me llevo por delante a una joven morena.

—Oh, perdón… —me disculpo mientras la agarro por los brazos para evitar que se caiga al césped.

—¡Oye, mira por dónde vas! —me suelta, y se aleja.

—Dios, perdona, ¿eh? —digo, levantando las manos—. Ha sido un accidente.

Recupera el equilibrio y se atusa la larga coleta castaña. La evalúo con rapidez. Es bajita, menuda, su cabeza apenas me llega a la barbilla. Su piel posee ese brillo californiano que indica que tiene tiempo para ir a la playa o a la piscina, y la firmeza de sus brazos me hace creer que también tiene

tiempo para ir al gimnasio. Probablemente sea un ama de casa de paseo, tratando de tomar el aire antes de que su marido llegue a casa después de una larga jornada en la oficina.

Pero cuando se vuelve hacia mí, joder… Siento como un golpe en el pecho cuando sus ojos verdes se encuentran con los míos. Son de un color aguamarina tan claro que casi sorprende que esas espesas pestañas negras sean naturales.

¡Joder!

Me recorre con la mirada de arriba abajo hasta que la clava en la mía, pero esta vez no me mira de forma hostil, sino con mucha frustración.

—Lo siento, es que…, aggg…, me he perdido. Y no debería decirle a un completo desconocido que estoy perdida y sola porque eso es una invitación a aprovecharse de mí. Pero me he quedado sin batería y no puedo recordar por dónde volver.

—¿No vives por aquí?

—Llevo unos leggings de hace cuatro años de una tienda de aeropuerto —

se burla—. Créeme, no vivo por aquí. —Y luego, como si recordara algo, cambia de tercio—. Eeeh…, quiero decir, soy de aquí. Es que… Soy elegante y todas esas cosas. —Hunde los hombros con un profundo suspiro y se pone las manos en las caderas—. ¿A quién quiero engañar? Esto ha sido una idea estúpida, y ahora estoy perdida y hambrienta, y mi madre va a llamar a la policía como no vuelva a casa pronto.

Oh, mierda, pero ¿qué edad tiene esta chica? He supuesto que era lo bastante mayor como para fijarme en ella, pero si su madre está preocupada…

—Mañana hay clase, entiendo que esté preocupada —comento—. Te dejo el teléfono por si quieres llamar.

Ella se yergue cuanto puede.

—¿Clase? ¿Cuántos años crees que tengo?

Me masajeo la nuca.

—No lo sé. Has dicho que tu madre está preocupada.

—Porque es una madre sobreprotectora y yo una fracasada de veintiocho años que se pierde en un barrio rico mientras intenta encontrar un marido millonario.

—¿Qué? —Me río.

—Sí. —Cruza los brazos, lo que hace que se alcen unos pechos ya

elevados por un espectacular sujetador deportivo—. Hoy he tratado de buscar un marido rico. Sin embargo, no soy una cazafortunas ni nada parecido, por si eso es lo que estás pensando. Solo quiero vengarme en una reunión del instituto. Ya te imaginas…

—No estoy familiarizado con la necesidad de encontrar un marido rico.

—Entonces, ¿no eres gay?

Elevo las cejas hasta la línea del nacimiento del pelo. Esta chica no se guarda nada.

—¿Parezco gay?

—Si quieres establecer estereotipos, entonces no, pareces más bien uno de esos gilipollas alfa que encuentras en una sala de juntas. Es por el corte de pelo y el reloj.

Miro mi reloj y luego a ella. El reloj es muy caro.

—Entiendo lo del alfa en la sala de juntas, pero ¿por qué gilipollas?

Me estudia con detenimiento, frunciendo la nariz.

—Por tu colonia. Huele demasiado bien. Los chicos buenos nunca huelen tan bien.

—Como fruto de esta breve conversación, voy a suponer que no has encontrado interesados en tu búsqueda de un marido rico.

—No. —Lo dice secamente—. En realidad, eres el primer tipo con el que me encuentro hoy. Imagínate. Aunque he recibido muchas miradas críticas de mujeres.

—Probablemente sea porque llevas unos leggings de hace cuatro temporadas de una tienda de aeropuerto —bromeo.

—Sí, puede ser por eso. —Ladea la cabeza—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro —respondo, disfrutando en cierto modo de este extraño encuentro.

—Eres rico, ¿verdad? —Al ver que no respondo, pone los ojos en blanco

—. No voy a sacar la lima de uñas e intentar apuñalarte, si eso es lo que te preocupa. Es que he leído un artículo sobre cómo pescar a un tipo rico y me parece que alguna de las sugerencias era errónea.

Me meto las manos en los bolsillos.

—Tengo algo de dinero —confieso como si nada.

Ella resopla.

—Ya, claro que lo tienes. —Niega con la cabeza—. Vale, estás forrado,

vamos, porque es obvio. Lo que quiero saber es: ¿a los ricos les gustan las trenzas?

—¿Las trenzas? —repito, confundido.

—Ya sabes. —Se señala un lado de la cabeza, donde una pequeña trenza surca su cabeza antes de fundirse con la coleta—. Trenzas. ¿Te gusta esta?

—Eeeh…, ¿sí? No es que me entusiasme, pero tampoco me desagrada.

—Lo sabía —susurra, chasqueando los dedos—. Ese artículo era un fraude total. Me di cuenta por los millones de anuncios que aparecían en la página cada vez que me desplazaba hacia abajo. Me han engañado otra vez.

—¿Quiero saber…?

—Probablemente no.

Me balanceo sobre los talones.

—Así que estás buscando un novio rico, ¿eh?

Me mira con escepticismo.

—Sí.

—¿Sabes?, estoy soltero.

Lo sé, lo sé. ¿En qué coño estás pensando, Huxley? Es una chica con la que has tropezado en la calle, y que está buscando un novio rico. Por lo que sabes, podría ser una cazafortunas. Podría ser una delincuente. Podría ser un anzuelo para que pase alguien con una furgoneta y te secuestre. Ya ha pasado antes por este barrio.

Y, por la forma en que los leggings se ajustan a su vientre plano, es más que lógico suponer que no está embarazada, lo que hace que mi plan sea mucho peor. Pero no veo ninguna otra opción por el momento.

Está soltera y es mujer, los dos únicos requisitos que busco en este momento.

Todavía con aspecto escéptico, cruza los brazos sobre el pecho.

—Estás soltero.

—Sí. Solterísimo.

—Y me lo dices porque…

Sí, ¿por qué le dices eso, Huxley? ¿Por qué le dices a una completa desconocida que estás soltero, con la intención de utilizarla en tu beneficio?

Porque ella parece necesitar ayuda, igual que yo, y si algo he aprendido de los negocios es que los acuerdos comerciales pueden llegar muy lejos si se hacen bien y si pueden beneficiar a ambas partes.

Y ella y yo podríamos tener un negocio en ciernes.

—¿Sabes?, creo que deberíamos ir a comer algo.

No se mueve, ni siquiera parpadea.

—Vale, ¿qué clase de pervertido eres?

—¿Perdón? —pregunto.

Me hace un gesto con el dedo.

—Te he dicho que estoy buscando un novio rico. Deberías huir. Deberías llamar a la policía para que me escolte hasta salir de este barrio, para que vuelva a la modesta casita de mi madre. No tendrías que pedirme que vaya a comer contigo. Así que, dime, ¿cuál es tu juego, tío?

Es valiente, franca, diferente a cualquier chica que haya conocido antes, eso seguro. Y tiene razón. Debería tener miedo; parece tener el tipo de tenacidad que pondría a un hombre de rodillas, pero también resulta una candidata cualificada para lo que estoy buscando, y dentro de tres días tengo una cita para cenar. Estoy dispuesto a tirar los dados a ver qué sale.

—No estoy jugando…

—No me mientas. — Guau, sí que dice las cosas como son—. Quiero saber cuál es tu objetivo final.

—Vale —respondo, viendo el rumbo que toma esto—. Puede que necesite una falsa prometida. —Me reservo lo del embarazo por el momento.

—¿Una falsa prometida? —pregunta—. ¿Para qué?

Echo un vistazo a nuestro entorno.

—No suelo hablar de negocios en medio del barrio. Si te interesa hablar de esto, ¿por qué no nos vemos en el Chipotle del cruce de Santa Mónica y Beverly dentro de una hora?

—¿En el Chipotle? —pregunta, estupefacta—. Eres rico, supuestamente,

¿y ahí es donde quieres quedar para cenar?

—Me gustan los burritos —digo, encogiéndome de hombros—. Además, en otro sitio no van a permitir la entrada a alguien que lleva leggings de hace cuatro temporadas y un sujetador deportivo. —A pesar de que el sujetador deportivo hace que sus tetas parezcan increíbles.

No responde de inmediato, se toma su tiempo.

—Es lógico —dice por fin—. ¿Te importaría decirme cómo puedo llegar a mi casa para ponerme algo más adecuado para ir al Chipotle?

—Claro. —Saco el móvil y abro la app Google Maps. Le tiendo mi teléfono y dejo que se las arregle sola—. Me llamo Huxley, por cierto.

Sus ojos buscan los míos.

—Huxley, ¿eh?, es un nombre interesante. ¿Se inspiraron en Huckleberry Finn?

—No, que yo sepa. Y tú eres… —pregunto cuando vuelve su atención al teléfono.

—Lottie —responde, mirando el teléfono para orientarse mientras busca las calles.

—Lottie.

Me mira con una ceja arqueada.

—En realidad, es el diminutivo de Leiselotte. Pero nadie, y quiero decir nadie, me llama así. Ni siquiera mis padres. —Me señala—. Y ni se te ocurra llamarme así. ¿Entendido?

Levanto las manos para defenderme.

—Entendido.

—Vale. —Me devuelve el teléfono—. Ya sé por dónde tengo que ir. Estoy a dos kilómetros de casa.

—¿Puede que tardes como una hora?

—¿Crees que voy a ir arrastrándome?

Qué apasionada…

Qué feroz…

—No, es solo que no estoy seguro de cuánto tiempo te va a llevar, ya sabes…, ducharte.

Frunce el ceño.

—¿Estás insinuando que apesto?

Dios…

Me paso la mano por la cara.

—No, es que… No sé lo que tienes que hacer para prepararte.

Levanta una mano.

—Créeme, no me llevará mucho tiempo. No tengo que impresionar a nadie. —Da un paso atrás—. En el Chipotle, dentro una hora. —Me señala

—. Pagas tú.

Y entonces se pone a correr y, por alguna razón, mantengo los ojos clavados en su trasero con forma de corazón.

Negocio. Oportunidad. Cane. En eso es en lo que tengo que centrarme, porque la pequeña Señorita Nadie Me Llama Leiselotte podría ser justo la mujer que necesito. Inteligente. De ingenio rápido.

Y está desesperada…

—¿Qué quieres decir con que te vas? —pregunta JP desde la mesa del comedor—. ¿Y por qué estás vestido así?

—¿Así cómo? —pregunto, ajustándome los puños de la camisa.

—Como si tuvieras una cita —responde Breaker antes de darle un sorbo a la cerveza.

—Porque la tengo.

Mis dos hermanos se echan hacia delante en sus sillas y apoyan las cervezas en la mesa del comedor de madera de sándalo, a la que no tengo ningún apego. La diseñadora la compró porque va con la decoración que es apropiada para mí.

—¿Qué quieres decir con que vas a tener una cita? —pregunta JP—.

Estabas concentrado en intentar salir del lío que has montado con Dave Toney. Has ido a dar un paseo ¿y ahora tienes una cita?

—Sí —replico mientras me pongo los zapatos.

—¿Con quién? —pregunta Breaker.

—Con una chica con la que me he chocado en la calle. Estaba buscando un novio rico. Resulta que yo soy rico. Por lo tanto, lo nuestro podría funcionar perfectamente.

—¿Qué? —balbuce JP, incrédulo—. Espera un momento… Has conocido a una chica en la calle, te ha dicho como si tal cosa que está buscando un novio rico ¿y ahora tienes una cita con ella?

Termino de atarme el zapato, me pongo de pie y me ajusto los pantalones de color gris pizarra.

—Sí. —Están a punto de abrir la boca cuando los inmovilizo con una mirada acerada—. ¿Tenéis alguna idea mejor? ¿Tenéis a alguna otra mujer haciendo cola para el trabajo?

—¿Vas a darle trabajo? —pregunta JP.

—Es consciente de que necesito una prometida falsa.

—No sé yo —interviene Breaker—. Esto de salir con alguien que no conoces me parece una idea muy mala.

Le lanzo una mirada llena de confusión.

—Hermanito, de eso van las citas, de salir con alguien que no conoces.

—Pero esto es diferente. Ella quiere un novio rico, tú necesitas una prometida falsa; ¿quién te dice que no va a aprovecharse de ti? ¿Cómo sabes que no aceptará lo que le propongas, pero luego hará una barbaridad como ir a los medios y joder nuestra reputación?

Meto el teléfono en el bolsillo.

—Por eso pagamos a nuestros abogados una cantidad indecente de dinero, para que puedan redactar contratos que impidan que eso ocurra —les recuerdo—. Escuchad, no le he dicho mi apellido, y tampoco ha parecido reconocerme, así que voy a tantearla para ver si está interesada —digo al ver que Breaker sigue pareciendo incómodo—. Si es así, le diré a Harvey que redacte un acuerdo de confidencialidad, así como un contrato para que ambos lo firmemos.

—No sé —vacila Breaker, recostándose en su silla—. Me parece demasiado arriesgado.

—Entonces, dime qué debo hacer. ¿Tienes otro plan de acción? —

pregunto, con los brazos en jarras.

—Dile a Dave que tu prometida no está disponible este fin de semana.

Que estará fuera las dos semanas próximas. Así que tenéis que posponer la cita para cenar. Aunque, para empezar, yo no habría mentido —insiste Breaker.

—Es demasiado tarde para eso —replico, enfadado, cogiendo las llaves.

Por no hablar de que quiero que el trato esté firmado cuanto antes. No quiero esperar otras dos semanas porque no estaré más cerca de encontrar una falsa prometida—. Ya volveré —digo de camino al garaje—. Cerrad con llave si os vais.

No me gusta admitir que tienen razón, que esto es una locura, una estupidez increíblemente arriesgada, pero yo mismo me he cavado la fosa, así que bien puedo meterme en ella.

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