Un mal comienzo
Unmalcomienzo-5
5
HUXLEY
—Dave Toney al teléfono —anuncia Karla llamando al marco de la puerta de mi despacho.
—Pásamelo —digo antes de mirar a JP.—. ¿Me dejas un poco de privacidad, por favor?
Niega con la cabeza.
—Prefiero estar presente en esta conversación. —Me doy cuenta de que no está bromeando al ver que no se mueve.
Descuelgo el teléfono poniendo los ojos en blanco.
—Dave, me alegra saber de ti —respondo con tono despreocupado—.
¿Cómo estás?
—Muy bien. Anoche estuve hablando con Ellie y se ha empeñado en que averigüe si tu prometida tiene alguna alergia o aversión a la comida. Desde que se quedó embarazada, Ellie no puede ni ver las patatas fritas. Le dan asco. Con las de bolsa no le pasa, pero las que se fríen en casa le repugnan; no lo entiendo, pero es lo que hay.
Gran cuestión.
Ojalá yo supiera eso de mi prometida.
Bueno, si esto fuera una realidad alternativa y de verdad estuviera comprometido con una mujer embarazada, yo también entendería que tuviera algún tipo de antojo, que hubiera algo que no soportara, pero como no tengo una prometida embarazada, no puedo dar una respuesta empática.
Sigo contando con Lottie, aunque todavía no he tenido noticias suyas. Sé que entregaron las flores porque pedí un acuse de recibo, así que debería haber sabido algo de ella. Al menos, eso piensa mi lado más narcisista. Así que voy a seguir esperando, porque pude notar que estaba interesada.
Necesita ayuda, por lo que solo debo encontrar la manera correcta de convencerla. Tampoco me importa demasiado jugar sucio para conseguir lo que quiero. Algo obvio, dado el aprieto en el que me encuentro.
Así que, en lugar de responder sobre las alergias, voy a limitarme al tema de los antojos, porque puedo sugerir algo que sé que comerá, y eso garantizará que no va a tomar algo a lo que podría tener una reacción alérgica.
—No tiene ninguna alergia que yo sepa. Gracias a Dios, no ha tenido ninguna reacción alérgica durante el tiempo que hemos estado juntos, una suerte para mí.
Dave se ríe.
—Hablando de cosas que pueden echar a perder una cita…
Es enfermizo lo jovial que suena este hombre. Y lo relajado que parece.
Es como si hubiera estado por ahí, haciendo negocios con un palo metido en el culo, y luego se entera de que tengo una prometida embarazada y de repente es don Papá Feliz de la Vida, que se pasea por Felicilandia con sus New Balance 409.
—Sí, no nos ha pasado eso. Por fortuna. Pero ahora mismo tiene antojo de burritos. Tuve que comprarle ayer uno en Chipotle. —No es mentira, de verdad. Y se metió esa cosa viscosa en la boca.
—¡Qué locura! A Ellie también se le ha antojado Chipotle últimamente.
Anoche fuimos a cenar allí. Quizá deberíamos asegurarnos y centrarnos en eso. Ya sé que Ellie comentó que haría comida sureña, pero ha estado agotada últimamente y esto podría resultarle más fácil. ¿Sabes qué es lo que más le gusta a tu chica de Chipotle?
Eso sí.
Sonrío y, por primera vez desde que he cogido el teléfono, recuerdo que JP está sentado frente a mí. Tiene los brazos cruzados, una pierna apoyada sobre la otra y una enorme sonrisa en la cara; parece disfrutar demasiado de que sude la gota gorda bajo su mirada.
—Sí, lo sé —respondo, dándole la espalda—. Le gusta el menú burrito. —
JP se ríe a mi espalda. A la mierda—. Ya sabes: pollo, frijoles negros, lechuga, y le gusta ponerle mucho guacamole. Siempre parece preocupada porque cuesta más, pero ya sabes… —Trago saliva—. «Lo que mi nena quiere mi nena lo consigue».
JP resopla.
Noto que me sube por la nuca un escalofrío por la vergüenza que siento.
Se van a meter mucho conmigo por todo esto.
—Perfecto —dice Dave. Lo repite despacio, como si estuviera anotándolo
—. ¿Y qué te gusta a ti?
En esto se ha convertido mi vida, en darle a otro hombre mi pedido de Chipotle, pero no es cualquier hombre, sino el tipo con el que quiero hacer negocios. Pero ya no hablamos de negocios ni somos tiburones en la oficina, no, estamos compartiendo pedidos de Chipotle.
Le indico mis preferencias.
—¿Os gustan las patatas fritas de bolsa? —pregunta.
—Me encantan —confieso. De hecho, la noche pasada pensaba llevarme la bolsa de patatas fritas a casa y comérmelas solo en mi habitación mientras miraba la piscina, viendo la vida pasar. Pero Lottie se las agenció como regalo de despedida antes de que pudiera detenerla. Debería haberme irritado, pero en realidad me divirtió. Ninguna mujer me ha hecho ese tipo de cosas antes.
—Genial. Entonces, me aseguraré de tener un montón. Ahora mismo, Ellie tiene antojo de salado, así que sé que esas serán de su agrado. ¿Estás seguro de que te parece bien esta cena? Es probable que a Ellie le horrorice que pidamos comida rápida para compartirla con nuestros invitados, pero también sé cómo son las embarazadas.
—Créeme, a Lottie le encantará.
—Lottie. Me gusta su nombre —comenta Dave—. Es la primera vez que lo dices. ¿Es el diminutivo de Charlotte?
—De Leiselotte, en realidad. —Siento la mirada ardiente de JP sobre mí, y sé que en su cerebro dan vueltas un millón de preguntas.
—Un nombre precioso —asegura Dave—. Estoy deseando conocerla. ¿Os va bien el sábado a las seis?
No.
No nos va nada bien. En realidad, no estaría mal si dispusiera de más tiempo para encontrar a alguien un poco más estable que la chica a la que intento convencer, pero no puedo permitirme ese tiempo. Necesito causar buena impresión lo antes posible para poder conseguir ese trato que Dave parece haber olvidado de momento.
—Perfecto. Nos vemos entonces.
—Genial.
Me doy la vuelta en la silla y cuelgo el teléfono de forma despreocupada, ignorando por completo a JP. Muevo el ratón encima del escritorio para poner en marcha el ordenador y voy directamente a la bandeja de entrada,
donde me siento más cómodo.
JP no dice nada. Solo me mira con intensidad. Pasan unos minutos en los que mis nervios se tensan cada vez más hasta que exploto.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Nada. No he dicho nada.
Me vuelvo hacia su irritante sonrisa.
—No tienes que hablar. Lo dices con los ojos, con la mirada.
—Me siento fascinado, eso es todo. Porque no solo has mentido sobre todo este asunto de la prometida embarazada, sino que ahora también has cavado una fosa aún mayor al darle a Dave un nombre, pero no solo un nombre, nooo…, su nombre completo. Y un pedido de Chipotle. ¡Qué cojones tienes, tío! ¡Qué cojones! Sobre todo porque la chica no ha dicho que sí.
—Lo hará —aseguro.
—¿Sí? ¿Estás seguro?
—Sí. Conozco su debilidad y, si tengo que usarla, lo haré.
—Esa es justo la manera perfecta de conseguir que alguien haga algo por ti. Amenazas. —JP aplaude—. En serio, Hux, los tienes cuadrados. —Se levanta de la silla—. Creo que lo más inteligente habría sido confesar que mentiste. —Se abrocha la chaqueta del traje—. Rezo para que no lo eches todo a perder. Hemos trabajado mucho para montar la empresa.
—¿Crees que no lo sé? —pregunto—. Por eso voy a hacer todo lo que sea necesario para salvarla, para hacer esto bien.
—Más te vale —dice JP—. Y será mejor que Lottie esté en esa cena contigo, porque dudo mucho que acepten que finjas que está enferma. Solo retrasarás la cita.
Tiene razón, esa era una opción, pero conozco a Dave lo suficiente como para entender su necesidad de impresionarme. Quiere conocer a mi prometida, y va a seguir intentándolo hasta que lo consiga.
—Buena suerte, hermanito. Vas a necesitarla. —JP sale de mi despacho, y yo me reclino en el sillón.
—Joder… —murmuro, dejando salir parte de mi frustración contenida.
Miro con intensidad el escritorio mientras planifico mi próximo movimiento. Está claro que enviar flores no ha funcionado, lo que significa que voy a tener que jugar sucio.
Me odiará, pero me da igual. Mientras consiga que venga a cenar y no me
deje en ridículo, lo demás no me importa.
Voy a hacer una gilipollez, y cualquier persona que me vea estará de acuerdo. Pero cuando la desesperación llama a la puerta, se responde como se puede.
Con una enorme caja de bombones en la mano, porque, sinceramente, no sé lo que les gusta a las mujeres y nunca he hecho esto antes, subo por el corto camino que lleva a la puerta de Lottie. Vive en una casita no muy grande, con el jardín impecable, justo enfrente de The Flats. La casa debe de valer ahora una fortuna con esa parcela tan bonita, justo al lado de un barrio rico.
Llamo al timbre y contengo la respiración.
—Ya voy yo, mamá —oigo decir a Lottie justo antes de que se abra la puerta. Lleva unos pantalones cortos de algodón y una camiseta de los Rolling Stones. Se ha recogido el pelo para apartarlo de la cara y me mira con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—Hola, cariño —la saludo con una sonrisa diabólica—. Te he echado de menos.
—¿Qué coño haces aquí? —pregunta entre dientes.
—¿No vas a invitarme a entrar?
—No…, no voy a hacerlo —replica con un tono insolente. Parece que tengo mucho trabajo por delante.
—Lottie, ¿quién es? —pregunta una voz femenina desde el interior de la casa.
—¡Nadie! —grita Lottie. Presiento que está a punto de cerrarme la puerta en las narices, así que doy un paso adelante y me sitúo en el umbral para impedirle que me despache sin más.
—¿Nadie? ¿Así es como tratas a tu prometido? —pregunto—. Y yo pensando que significaba mucho más para ti…
—Estás loco —susurra—. ¿Cómo has sabido dónde vivo? ¿Me has espiado? ¿Tienes a alguien siguiéndome, vigilando todos mis movimientos?
Sé que los millonarios podéis hacer cosas así. Sé el tipo de poder que tienes.
Intento contener la sonrisa.
—Fuiste tú la que escribió su dirección en mi móvil —explico—. Estaba en el historial de búsquedas.
—Ah… —asiente lentamente—. Es verdad, queda almacenado.
Dios.
—Lottie, el postre está… listo. Bueno, bueno, hola… —En vista del gran parecido entre Lottie y la mujer que está a su lado, doy por hecho que es su madre—. ¿Y quién eres tú?
Antes de que Lottie pueda decir algo, le tiendo la mano.
—Huxley, señora —me presento—. Soy el novio de Lottie.
—¡¿El novio?! —exclama su madre, sorprendida, volviéndose hacia ella
—. ¿Desde cuándo tienes novio?
—Desde hace tres meses —respondo una vez más—. Lo hemos mantenido en secreto. Queríamos conocernos más antes de anunciarlo públicamente. Sobre todo porque mi trabajo conlleva muchas responsabilidades.
—¡Guau, vaya sorpresa…! Ni siquiera sabía que Lottie estaba saliendo con alguien, pero qué maravillosa noticia. —Me estrecha la mano—. Soy Maura.
Le aprieto un poco los dedos.
—Huxley. Es un placer conocerte.
—Huxley, oh, qué nombre tan maravilloso. Por favor, entra. Estábamos a punto de tomar el postre, y me encantaría que te unieras a nosotros.
Le doy los bombones.
—Quizá pueda añadirlos al postre —sugiero, pero antes de que Maura pueda cogerlos, Lottie me los arrebata de la mano.
—Esto es mío —dice con una mirada voraz en sus ojos.
Su madre se ríe.
—No te interpongas entre Lottie y los bombones. Pondré otro plato para nuestro invitado. Adelante, entra, Huxley.
Y eso es lo que hago. Entro en aquella pintoresca pero hogareña casita y me quito la chaqueta del traje negro. Me desabrocho los botones de los puños de la camisa y me remango a la altura de los codos mirando a Lottie, que me estudia con intensidad, con las pupilas llenas de odio.
—Hola, cariño —vuelvo a decir, esta vez con una sonrisa.
—Has perdido completamente la cabeza —asegura en voz baja—. ¿Qué crees que estás haciendo?
—Jugando sucio. Traté de ir de frente, pero no aceptaste, así que aquí estoy, jugando sucio.
—¿Qué te hace pensar que voy a seguirte el juego? —Levanta la barbilla.
—Que sé que no tienes trabajo y que no quieres que tu madre lo sepa.
Se pone lívida y, en este momento, me siento un poco mal. Es obvio que Lottie está pasando un momento difícil; la vi luchar con su conciencia en Chipotle mientras trataba de averiguar qué hacer. La respeté por eso. Pero no tengo tiempo para que llegue a un acuerdo con su conciencia, y, sinceramente, no me siento tan mal como para poner punto final a la farsa.
En especial, porque yo la necesito a ella más que ella a mí.
—¿Vas a chantajearme?
—No, solo uso las herramientas a mi alcance para ayudarme a conseguir lo que quiero, y no actúes como si tú no me necesitaras.
—No sé yo… Por eso no te he llamado, psicópata —me suelta.
—Yo también te he echado de menos, cariño —digo un poco más alto, riéndome.
—¿Por qué no venís aquí? —dice Maura desde la cocina.
Sonriendo, me echo hacia delante y cojo la mano de Lottie. Intenta zafarse de mí, pero la tengo agarrada con fuerza suficiente como para que no se vaya a ninguna parte. Me agacho hacia ella.
—Te juro que haré que esto valga la pena —le susurro al oído.
Cuando me alejo, sus ojos se cruzan sorprendidos con los míos durante un breve segundo antes de que tire de ella hacia la cocina.
Su madre se gira y coloca un bol más en la pequeña mesa con capacidad para cuatro personas. La mesa está junto a un ventanal enorme, que ofrece una buena vista del bien cuidado jardín trasero. Unos cuantos árboles y un viejo muro de estuco ofrecen privacidad frente a los estrechos barrios vecinos.
—Jeff trabaja hasta tarde esta noche, así que Lottie y yo queríamos aprovechar para tomar un helado, ya que él es intolerante a la lactosa.
Supongo que Jeff es su marido.
—Creo que Lottie lo ha mencionado —comento, siguiéndole el juego—.
No estoy seguro de lo que haría si fuera intolerante a la lactosa. Me gusta demasiado el helado.
—Yo también —comparte Maura—. Agradezco que mi sistema digestivo pueda soportarlo. Por favor, siéntate.
Primero aparto una silla para Lottie. Tal vez no tenga mucha experiencia en salir con mujeres, pero sí tengo modales, y ofrecerle una silla a tu chica
es un gesto muy dulce. Por la mirada de Maura, doy por hecho que está de acuerdo. Cuando Lottie se acomoda, yo también me siento y cojo mi cuchara.
—Vaya, me siento un privilegiado —digo—. Tiene un aspecto increíble.
—Pues aprovecha, como Lottie y yo. Espero que no seas alérgico a los frutos secos; debería haberte preguntado antes.
—No lo soy. —Revuelvo el contenido del bol—. ¿Qué lleva?
—Helado de vainilla, caramelo caliente, cacahuetes picados, un chorrito de zumo de cereza, nata montada y toppings de chocolate y cerezas.
—Qué bueno… Gracias. —Hundo la cuchara en el helado, cojo una gran porción y me la meto en la boca. Joder, está delicioso. No recuerdo la última vez que tomé helado, pero lo echaba de menos—. Está muy bueno.
Lottie se me queda mirando, como si no pudiera creer que me encuentre aquí, tomando helado en la cocina de su madre, como si no pasara nada.
Pero eso es exactamente lo que está ocurriendo.
Ojalá pudiera escuchar sus pensamientos…
En mi opinión, ha entrado en bucle y solo se dice «Voy a matarlo» una y otra vez.
—Lottie, ¿no quieres helado? —pregunta su madre.
Aprieto la mano contra su muslo.
—Es posible que esté en shock —la disculpo—. No sé si estaba preparada para hablarte de mí. Supuse que no había nadie en casa cuando me envió el mensaje, así que pensé en pasarme. —Le aprieto el muslo—. Lo siento, cariño. Ya no podemos guardar el secreto.
—Cariño, ¿qué te preocupa? —le pregunta su madre.
Los dos miramos a Lottie, que parece un ciervo cegado por los faros de un coche.
—Mi reputación —improviso, cubriéndola—. No es la mejor, pero no es culpa mía. No sé si has oído hablar de Cane Enterprises.
La expresión de Maura es de pura sorpresa.
—¿Huxley Cane? ¿Tú eres Huxley Cane?
Miro a Lottie con rapidez, y parece que no sabe de qué va esto.
Interesante.
—Sí. Y aunque en Page Six les guste informar de que llevo a una chica diferente del brazo cada noche, eso no es cierto. No te creas nada de lo que leas en la prensa rosa. Menos mal que hace tiempo que no me mencionan,
porque sería un gran obstáculo en mi historia con Lottie.
—Oh, nunca me creo los cotilleos de los famosos a no ser que vengan de la propia Hoda Kotb. —Maura agita la mano en señal de rechazo.
Lottie recupera por fin el habla.
—Mamá, siempre te has creído lo que dicen las revistas de cotilleo. El otro día me dijiste que Jennifer Aniston había tenido trillizos y se los había vendido a Will Arnett.
Maura se ríe nerviosa.
—Era una broma. —Se aclara la garganta—. Ahora que lo pienso, ¿por esto has sido tan evasiva sobre la mudanza? —le pregunta Maura a Lottie
—. ¿Porque estás pensando en mudarte con Huxley?
¡Oh, joder…!
—¿Qué te hace pensar eso? —responde Lottie, molesta.
—Porque cuando busqué apartamentos cerca de Kelsey no había ninguno disponible. Llevas días evitando ese tema, y no sé…, descubrir que tienes novio me hace pensar que podrías estar pensando en mudarte con él. —
Maura se gira hacia mí—. No me malinterpretes: nos encanta tener a Lottie aquí, pero también estamos encantados con su ascenso y que pueda tener su propio hogar por fin.
Interesante. Entonces, sí necesita un lugar para quedarse; algo que no comentó el otro día. Además, no le han ofrecido un ascenso, sino que la han despedido y no quiere que lo sepa su madre.
Creo que tengo a Lottie justo donde quiero.
Maura me lanza una sonrisa socarrona.
—Jeff y yo tenemos muchas ganas de pasearnos desnudos por la casa.
—¡Mamá! —dice Lottie con la cara roja.
Me echo hacia delante y le guiño un ojo.
—Entiendo perfectamente lo que quieres decir. —Me aclaro la garganta
—. Le he pedido que se mude conmigo, pero estoy esperando su respuesta.
—¿En serio? —pregunta Maura, con la emoción brillando en sus ojos—.
Oh, guau, eso es genial. Cariño, ¿vas a aceptar?
Los dos miramos a Lottie, que tiene la boca llena de helado. Ella nos observa a los dos, y sé que quiere asesinarme, porque si las miradas mataran, estaría a dos metros bajo tierra.
Traga con cautela.
—No estoy segura. Está más colado por mí que yo por él. —Y después de
decir tal cosa, se mete más helado en la boca.
—Lottie. ¿Cómo has podido soltar algo así? —pregunta Maura, horrorizada—. Y justo delante de él, además —añade con un susurro.
—Ah, solo está bromeando —intervengo, quitándole hierro a sus palabras
—. En realidad, ha sido la primera en decir «Te quiero».
Maura abre los ojos de par en par.
—Vaya, no… No lo sabía. —Se vuelve hacia Lottie—. Me duele que hayas pensado que no podías confiar en mí. —Oh, joder. Su madre no puede estar triste.
—Eso es culpa mía —la disculpo con rapidez—. Le he pedido que no se lo dijera a nadie. Quería mantener todo en secreto. Lottie quería contároslo a Jeff y a ti, pero le insistí en que no lo hiciera. Por favor, no te enfades con ella. Si debes recriminárselo a alguien, debería ser a mí.
Con esas palabras consigo una mirada más tierna de Lottie, pero no dura mucho. Al instante se concentra de nuevo en el helado y se mete un poco más en la boca.
—Te agradezco que seas sincero conmigo, Huxley. —Dios, si Maura supiera—. Y bien… —Apoya las manos en la mesa—. ¿Cómo os conocisteis?
—Estábamos paseando —digo, aunque no sea eso lo que le conté a Dave.
Dios, la bola de nieve es cada vez más grande. Al menos es cierto que los dos estábamos paseando—. Se perdió y la ayudé a encontrar el camino de regreso a casa, pero antes de que se fuera sabía que necesitaba su número.
No podía dejar de mirarla. Esos ojos verdes suyos me tienen hipnotizado.
Lottie me mira de reojo con cierta sorpresa. Sí, presto atención a los detalles, y recordaría sus ojos aunque solo hubieran coincidido con los míos un instante.
—Qué dulce… Lottie, ¿no dices nada?
No dice nada porque sigo interviniendo antes de que pueda decir algo. Y
es que, aunque sé que necesita que la cubra, no estoy totalmente seguro de que no se le vaya la olla y nos descubra.
—Estoy observando a Huxley —comenta—. Veo cómo encaja en mi entorno. —Revuelve la cuchara en su bol—. No estoy segura de si encaja o no.
—Por favor, disculpa a mi hija, al parecer no tiene filtro. ¡Lottie, es tu novio!
Maura es una buena mujer.
—No pasa nada, Maura. Estoy acostumbrado a que me toque las pelotas a menudo, y perdona mi lenguaje.
—Oh, no te molestes en excusarte, no creas que somos el colmo de la corrección. Y supongo que ella ha copiado esa actitud de mí; también tiendo a dejar a Jeff en evidencia.
—Eso hace que la relación sea mucho más divertida, en especial porque por la noche se acurruca conmigo para abrazarme y me besa con esos dulces labios. En ese momento, todo vale la pena porque sé que mi chica me quiere. Que me quiere de verdad.
Y el Oscar es para…
Lottie se levanta de la mesa con el bol en la mano.
—Ya he terminado. Huxley, ven, que quiero enseñarte mi habitación.
—Menuda excusa —me burlo, y me llevo un poco de helado a la boca. Al notar que ella me mira fijamente, me levanto de mi asiento—. Maura, ¿me perdonas? Mi novia quiere pasar un ratito a solas conmigo. ¿Dejo mi bol en el fregadero?
Me hace un gesto con la mano.
—No, ya me encargo de esto, vosotros dos atended a vuestras cosas.
—Gracias. —Cojo a Lottie de la mano y dejo que me guíe por el pasillo hasta la última habitación de la izquierda. Abre la puerta, me empuja dentro y cierra detrás de mí.
Observo la habitación, pequeña pero completamente decorada. Pósteres de grupos de rock se extienden por todas las paredes. Desde los Beatles, pasando por la ELO, hasta Boston, todos los estilos musicales están representados allí, incluso hay información en el techo. No ha hecho la cama, hay ropa en el suelo y veo una mancha de maquillaje en el tocador junto a otros productos para la cara. Me siento como si me hubiera transportado dos décadas atrás en el tiempo y hubiera aterrizado en la habitación de alguna de mis novias. Desorden, todo lo que le gusta pegado en las paredes y, aunque no sea un dormitorio oscuro, hay una guirnalda de luces leds rodeando la puerta. Esta chica no es mucho más joven que yo, pero lo parece.
—Tengo que volver a preguntártelo: ¿cuántos años tienes? —repito, volviéndome hacia ella. Me recibe una mujer de aspecto muy enfadado: brazos cruzados, mandíbula tensa, golpeteo de pies en el suelo.
Joder, Lottie lleva la palabra «asesinato» escrita en los ojos.
—¿Qué cojones estás haciendo aquí?
—Trataremos ese tema dentro de un segundo. Antes necesito saber cuántos años tienes.
Pone los ojos en blanco.
—No te preocupes, nene, tengo veintiocho años. No hace falta que llames a tus abogados. —Pasa a mi lado, lo que hace que nuestros hombros se rocen, y se acerca a la cama deshecha para sentarse. Las sábanas están estampadas con pequeños corazones, mientras que el edredón es de terciopelo negro. Intento entender a esta chica, pero no consigo clasificarla.
Tiene un poco de todo.
Pósteres de rock. Sábanas de corazones.
Actitud hosca. Preocupación por sus padres.
Gruñe desde el otro lado de la mesa. Engulle cualquier cosa que se le ponga delante.
—Ahora cuéntame qué coño crees que estás haciendo —insiste.
—Te estoy haciendo un favor. —Me meto las manos en los bolsillos del pantalón.
—¿Puedes explicarme por qué mentirle a mi madre es hacerme un favor?
Ella se cree que estamos saliendo.
—Gracias a mi impecable actuación. Por tu parte, tienes que hacer algunos ajustes.
Ya no puede fruncir el ceño con más intensidad. No te pases con las bromas, tío; no está predispuesta ahora mismo.
—¿No te dije en Chipotle que no estaba interesada?
—Estás interesada —la corrijo—, pero también estás asustada. No sé qué te acojonó, pero noté un cambio en tu actitud. Sabía que no querías poner fin a esto; solo necesitas un poco de estímulo. Por eso te envié las flores, para estimularte.
—Ya. ¿Y cómo describirías lo de hoy?
—Lo de hoy es una patada en el culo.
—Pues no necesito una patada en el culo. Al contrario que tú.
—Ah, ¿en serio? —digo, burlón, sintiéndome un poco engreído ante mis bazas—. Porque, por lo que parece, tu madre está contando los segundos para que te vayas de esta casa. También parece creer que pronto te ofrecerán un ascenso, cuando, en realidad, te has quedado en paro. ¿Podrías decirme
por qué piensa eso?
Lottie mueve los ojos de un lado a otro, pero no me responde.
Dirijo el pulgar hacia la puerta.
—¿O debo ir a preguntarle yo mismo? —Me muevo para salir y ella se levanta de un salto de la cama y me retiene de la mano, tirando de mí hacia atrás.
—No le digas nada a mi madre. —Se sienta en la cama y se deja caer hacia atrás. Dios, ¿por qué me mandas esta pesadilla?
—No tiene por qué ser un mal sueño —intervengo—. Podría ser muy fácil. Podemos ayudarnos mutuamente, pero, por alguna razón, no lo permites.
—Porque eres una completo desconocido —sisea—. ¿Quieres que sea tu prometida, que viva contigo y que esté a tu disposición? Pero yo tengo una vida, no tengo tiempo para jugar a las casitas con un millonario.
—Esto no es un juego para mí —asegura—. La he cagado a lo grande y estoy tratando de solucionarlo, para todos. Y no tendrás que estar a mi disposición, solo acompañarme a algunas cenas, tal vez algún fin de semana, solo hasta que pueda firmar el acuerdo, y luego puedes mandarme a la mierda.
—¿Y qué obtengo yo a cambio? —pregunta, apoyándose en los codos para incorporarse.
—Lo que quieras —digo, porque he llegado a ese punto. Quiero que sepa que el límite está en el cielo, porque aún no he mencionado lo del embarazo
—. ¿Necesitas un lugar para quedarte? Vivo en una casa con siete habitaciones. ¿Necesitas pareja para ir a ese encuentro del instituto? Soy tu hombre. ¿Necesitas que llame a tu exjefa para que le quede claro que ha cometido un gran error al despedirte? Cuenta conmigo. ¿Quieres un trabajo? Puedo ayudarte a encontrar uno.
—No quiero trabajar para ti —dice ella—. Lo que quiero en realidad es…
—Su voz se apaga mientras niega con la cabeza y mira hacia la ventana.
Oh, quiere algo. Puedo verlo en sus ojos ensimismados. Es un deseo, una esperanza…, hay algo detrás de esos ojos sensuales, algo que quiere de verdad.
Aprovecho la oportunidad para sentarme junto a ella en la cama. Este podría ser un momento decisivo para mí, en el que puedo traspasar ese duro exterior suyo.
—¿Qué quieres, Lottie? Créeme, puedo hacer que suceda casi cualquier cosa.
Curva los labios hacia un lado mientras evita el contacto visual conmigo.
Por la forma en que frunce el ceño, sé que se lo está pensando, que está considerando decírmelo. Pero en vez de presionarla, espero.
Y espero.
Hasta que…
—Quiero estar en posición de ayudar a mi hermana —confiesa en voz baja—. Quiero sentirme realizada con mi carrera, valorada, y sé que lo lograré trabajando con Kelsey. Es mi persona especial, mi mejor amiga, y colaborar con ella sería un sueño. —Me mira—. Pero ella no puede permitirse contratarme, y yo necesito ingresar dinero.
—¿A qué se dedica? —Me agrada la vulnerabilidad de su voz. Cuando no se esconde detrás de la mordacidad y el sarcasmo, es la persona más desinteresada que he conocido. Aquí estoy yo, con la proverbial lámpara de Aladino, mientras ella quiere ayudar a su hermana. Verdadero altruismo, vaya.
—Tiene su propia empresa de organización. ¿Sabes The Home Edit? Pues algo así, pero de forma sostenible.
—¿Qué es The Home Edit? —pregunto, confuso. ¿Me he perdido algo?
—Agh, hombres —murmura—. The Home Edit es un programa de televisión para organizar tu casa —explica—, y consiste en reducir tus pertenencias al mínimo y asegurarte de que vives una vida organizada en lugar de caótica. Convierten las despensas en refugios, los frigoríficos en obras maestras. Es espectacular. Kelsey está a punto de llegar más allá y ser algo más que un reality show, pero le cuesta mantener el ritmo de la parte administrativa. Ahí es donde entraría yo.
—Entiendo. —La miro fijamente—. ¿Sabes? Tengo muchas conexiones.
Incluso a mis hermanos les vendría bien que alguien entrara en sus casas y se las organizara. También a las oficinas les vendría bien una revisión.
Puedo asegurarme de que el negocio de tu hermana no solo sea conocido por gente que se gastaría mucho dinero en sus servicios, sino que también puedo hacer que prospere.
—No queremos caridad.
—No es caridad. No pienso decirle a la gente que la contrate, pero, si quieres llegar a algún lado en los negocios, Lottie, tienes que saber que las
conexiones lo significan todo. A veces, solo necesitas a una persona. Una persona que encienda la llama, porque esa persona puede conocer a cinco personas, y esas cinco pueden conocer a cinco más, y así es como un negocio crece al principio, de boca en boca. Yo soy esa primera persona, y conozco a más de cinco personas.
—¿Qué quieres decir?
—Que quiero ayudarte. — ¿Cómo puedo conseguir que me crea?—. ¿Qué te parece esto?: tú finges ser mi prometida y vas a estas reuniones de negocios conmigo; a cambio, puedes quedarte en mi casa…
—No voy a ir a vivir contigo. Puedo mudarme con Kelsey. Ni se te ocurra pensar que voy a trasladarme con un extraño al que no conozco.
—Vale. Tú aceptas el trabajo con Kelsey y te mudas con ella, y yo os ayudo con algunos contactos.
Lo medita, torciendo la boca.
—Y ya que estamos… —añado, carraspeando—, si pudieras estar embarazada, sería ideal.
—¿Qué? —dice ella, sentándose de golpe—. ¿Has perdido la cabeza? No voy a permitir que me dejes embarazada.
—Joder, no, no quería decir eso. Solo que finjas estar embarazada. Que lo finjas. No voy a follar contigo ni nada de eso.
Frunce el ceño.
—¿Por qué demonios quieres que finja que estoy embarazada?
—Porque le dije al tipo con el que quiero firmar el contrato que estás embarazada.
—¿Por qué? ¿Por qué le has dicho eso?
Suspiro y me llevo la mano a la nuca.
—Su prometida está embarazada. Estaba tratando de llegar a él.
—¿Inventándote que también estás prometido y a punto de ser padre?
Vaya, Huxley, sí que estás metido en un buen lío, ¿no?
—Sí. Por eso te necesito. Así que, ya sabes, Lottie… —Extiendo los brazos—. Dime lo que quieres y es tuyo.
—No sé lo que quiero.
—De acuerdo. —Me levanto de la cama y me pongo a pasear por su habitación—. En un mundo perfecto, ¿qué estarías haciendo ahora mismo?
—La miro con intensidad y levanto el dedo—. Trabajar con tu hermana,
¿verdad?
Asiente.
—No vivirías con tu madre y con Jeff.
Vuelve a asentir.
—Le demostrarías un par de cosas a esa jefa tuya, la que te despidió.
—Una amiga de toda la vida que ha sido tóxica desde el principio. Me encantaría metérsela doblada.
Me río.
—Vale, eso se puede apañar. ¿Qué más?
—¿En un mundo perfecto? —pregunta dubitativa.
—En un mundo perfecto.
Se pasa los dientes por el centro del labio inferior.
—Bueno, estaría trabajando con mi hermana, no viviría en casa de mi madre, podría vengarme de Angela, habría devuelto el préstamo universitario y, cada vez que llueva, tendría un lugar donde pudiera tumbarme bajo la lluvia sin que nadie me juzgara.
—Hecho —respondo.
—¿Qué? —pregunta ella con escepticismo.
—Da todo por hecho. Yo me ocuparé de todo. Te ayudaré con el negocio de tu hermana para que puedas trabajar para ella. Irás a vivir con ella, así que eso cubre la vivienda, trazaremos un plan perfecto para que Angela aprenda un par de cosas, pagaré el préstamo universitario y conozco el lugar perfecto para tenderte a solas bajo la lluvia.
Niega con la cabeza.
—No vas a cancelar mi préstamo universitario.
—¿Por qué? —pregunto.
—Porque no soy una prostituta.
Me rasco la nuca.
—No recuerdo haber dicho que te pagaría por follar conmigo.
—Y no lo has hecho, pero todo es… raro. Quieres pagarme por ser tu acompañante.
—En primer lugar, no serás una acompañante. Olvídate de ese término,
¿entendido? En segundo lugar, esto no se trata de mí, se trata de nosotros.
Es un trato. Un acuerdo. Una transacción entre dos personas. Los dos llegamos a un trato justo, e intercambiamos servicios, eso es todo. Nada más. Créeme, estoy dispuesto a pagar mucho dinero para convencerte de que formes parte del equipo. Estoy seguro de que tu préstamo no es para
tanto. ¿Cuánto debes?
Hace una mueca.
—Treinta mil dólares.
Curvo la comisura de la boca un poco hacia arriba.
—Calderilla, Lottie.
Abre los ojos de par en par.
—¿Tengo una deuda de treinta mil dólares y tú dices que es calderilla?
—Cuando digo que tengo miles de millones, es que los tengo.
Me mira confusa.
—¿Por qué me cuentas esto? —dice—. Podría hacerte chantaje o algo.
—Posiblemente, pero no creo que lo hagas. No pareces ser ese tipo de persona.
—No lo soy —asegura ella, desinflada—. Ojalá lo fuera; haría que esto resultara mucho más fácil.
Me río.
—Me alegro de que no seas alguien que recurra a la extorsión. Es un buen augurio para mí. —Me quedo ahí, con las manos en los bolsillos. Con la cabeza gacha, solo levanto los ojos para mirarla—. Di que sí.
Aprieta los labios.
—¿Cómo sé que cumplirás con tu parte?
—Haré que mis abogados redacten un contrato. Es así de fácil.
Todavía parece insegura. Se mira las manos.
—No sé qué hacer.
—Dime por qué tienes dudas —la presiono. Para que siga adelante con esto, tiene que admitir qué la retiene.
—Es que no me parece que esté bien. Ya sé que era yo la que buscaba un marido rico para resolver todos mis problemas, pero ahora que es medianamente posible, me parece mal. He trabajado con ahínco por todo lo que he ganado; esto me parece un regalo, y no está bien.
Puedo entender ese sentimiento. Si no fuera por mi padre, no tendríamos el negocio que tenemos hoy.
—Entiendo que te sientas orgullosa de todo lo que has tenido que trabajar para conseguir lo que tienes en la vida. Lo entiendo muy bien. Pero ¿sabes cómo empezamos nuestro negocio?
Niega con la cabeza.
—Sinceramente, no sé nada de ti.
—Bueno, fue con una idea y el dinero del seguro por el fallecimiento de mi padre. Sin ese dinero, no estaríamos donde estamos hoy. Sí, el trabajo duro, las metas y las decisiones bien pensadas aumentaron ese dinero, pero necesitábamos ese impulso, esa ayuda. Ese punto de partida. Todo el mundo necesita un comienzo fuerte y un impulso de vez en cuando. No veas esto como un regalo, Lottie, míralo como un impulso.
—Supongo que tiene sentido. —Sus ojos se clavan en los míos—. Puede que me estés ofreciendo el trato de tu vida, pero necesito que sepas algo. —
Se levanta de la cama y, aunque soy por lo menos treinta centímetros más alto que ella, se acerca a mí con aire intimidante—. No te deberé nada más que lo que firme. Y la trampa que me has puesto hoy es muy ruin, y no volverás a hacer nada parecido. Chantajearme y poner la verdad en mi contra es una cagada, y no me gustas demasiado por eso.
—Tienes razón —digo—. Pero me niego a disculparme por lo que he hecho. —Su mirada se centra en mí—. Nunca me disculpo a menos que me arrepienta de algo. No me arrepiento de esto. Como hombre de negocios, tomo las mejores decisiones para conseguir mis objetivos.
—¿Así que esto es una transacción comercial?
—Nada más que eso.
—Vale —dice, y luego señala la puerta—. Ya puedes irte.
Niego con la cabeza.
—Buen intento, Lottie, pero voy a necesitar cierta información antes de irme, información que incluye tu número de teléfono, la dirección de tu hermana, tu talla y el número que calzas.
—¿Para qué necesitas todo eso?
Me acerco un poco más y le doy un tirón a la vieja camiseta rockera que lleva puesta.
—No es que no me parezcas sexy, pero vas a necesitar ropa un poco más cara si vas a ser mi prometida. —Le levanto la barbilla con el dedo índice
—. Además, voy a necesitar la talla del anillo. Mi novia va a llevar un buen pedrusco.
Traga saliva.
—De acuerdo, y yo voy a necesitar saber el tamaño de tu polla antes de que te vayas.
—¿Para qué necesitas saber eso? —pregunto.
—Porque —replica con una sonrisa— tengo que saber si tengo que actuar
como una prometida feliz o como una prometida verdaderamente satisfecha.
Joder, qué ovarios tiene esta chica. ¿Cuándo fue la última vez que mantuve una conversación tan sincera y directa con una mujer?
Noto que se me calienta la nuca.
—Créeme, estás condenadamente satisfecha.
Se encoge de hombros.
—Supongo que tendré que fiarme de tu palabra.
Se acerca a su mesita de noche, saca un bolígrafo y un papel y empieza a anotar cosas. Me paseo por su desordenada habitación.
—Si tu hermana es especialista en organización, ¿cómo es que tu habitación es un desastre?
—Ha intentado ayudarme, pero soy una causa perdida. Alégrate de no tener que vivir conmigo.
Quizá seas una causa perdida para tu hermana, pero podrías ser mi victoria.
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