Un mal comienzo
Unmalcomienzo-18
18
HUXLEY
—Te agarras al reposabrazos con demasiada fuerza. ¿Estás nerviosa?
Lottie aparta la vista de la ventana.
—Es que nunca he ido en un avión tan pequeño. Es diferente —explica.
Está sentada frente a mí; tiene un aspecto muy sexy, con unos vaqueros cortos y la camiseta vintage; se la ha anudado en la espalda para enseñarme cinco centímetros de vientre, y ese maldito sombrero está haciendo cosas a mi libido que nunca habría esperado. Cuando ha bajado las escaleras con ese atuendo, he sabido que me esperaba una larga noche de miradas apreciativas y que albergaba la secreta esperanza de que, cuando estuviéramos en el concierto, me dejara abrazarla.
—¿Quieres que hagamos algo para distraerte?
Arquea una ceja y yo pongo los ojos en blanco.
—No me refería a eso. —Llevo la mano al panel lateral de mi asiento y saco un bloc de notas y un bolígrafo. Como hay una mesa entre nosotros, disponemos del espacio perfecto para jugar—. ¿Jugamos al ahorcado?
—¿Ese es el membrete de Huxley Cane?
—Solo de Cane Enterprises.
—Dios, eres muy rico.
Me río.
—Sí, lo soy. Entonces, ¿qué te parece? ¿Quieres jugar?
Hace crujir sus dedos en una demostración de confianza.
—Te aseguro que soy una experta.
—Sí, ya, supongo que tendremos que verlo.
Dibujo el tablero de juego y luego pongo los espacios en el papel para la palabra elegida.
Lottie se toma su tiempo para estudiar el papel. Sus ojos se clavan en los míos, luego en el papel y de nuevo en los míos. Se reclina en su silla y cruza los brazos.
—Coño.
Los ojos casi se me salen de las órbitas.
—¿Qué?
Da un golpecito en el papel.
—Esa es la palabra. Coño. Tengo razón, ¿no?
¿Cómo es posible que…?
Ella se ríe.
—Estoy en lo cierto. Ya te he dicho que soy buena. —Me quita el papel y rellena los espacios en blanco—. ¿Te he dejado impresionado?
—Aterrado.
La risa que sale de sus labios es tan sexy que siento la tentación de cogerla por encima de la mesa y ponerla en mi regazo, donde pueda besarla hasta dejarla sin sentido. Joder, quiero volver a probar sus labios, lo deseo de una forma desesperada. Pero, por primera vez en mi vida cuando se trata de una mujer que me gusta, me siento inseguro. No hemos tenido el mejor historial para llevarnos bien ni nuestra relación ha estado hasta ahora llena de facilidades. Ha sido tensa, incómoda a veces, totalmente falsa. Esa no es forma de empezar una relación, lo que me hace preguntarme si ella querrá algo conmigo. Aunque estoy seguro de que había felicidad en su expresión cuando preguntó si era una cita. Así que espero que sí.
Marca algunos espacios en el papel.
—Bien, es tu turno.
Estudio la palabra de siete letras. La miro a ella. Luego vuelvo a mirar el papel mientras me acaricio la barbilla
—O —digo.
Sus ojos se dirigen a los míos, se iluminan con humor al marcar la O
como primera y última letra.
—R —añado, ya con una amplia sonrisa.
—Ya la sabes. —Me lanza el bolígrafo.
—Orgasmo. No eres la única a la que se le da bien el juego —digo, y pone los ojos en blanco.
—Parece que ambos somos un poco guarretes. —Se lleva la mano al pecho—. Yo soy una inculta. ¿Cuál es tu excusa?
—¿Inculta? —Me río—. ¿Por qué crees que eres inculta?
Se frota los dedos.
—Nunca hemos tenido mucho dinero.
—El dinero no tiene nada que ver. Algunos de los más ricos son unos cerdos incultos. Y completamente imbéciles. El dinero no tiene nada que ver.
—Oh, entonces, dime, ¿qué te convierte en una persona culta?
—Tu corazón. Tu mente. Tu alma. No tiene nada que ver con el estatus sino con la persona que eres.
Pensativa, ladea la cabeza.
—Entonces, basándote en esos criterios, ¿dirías que soy culta?
—Bueno, tu corazón es hermoso —empiezo después de darle vueltas a la cuestión—. Tu alma está manchada de negro, pero, en general, eres bondadosa, y, bueno, tu mente… Tu mente sí está llena de mierda.
Me mira con la boca abierta, divertida; se levanta de su asiento y carga hacia mí. No me inmuto. Cuando estira la mano para tocarme con una uña rosada, se la cojo y tiro de ella para que se siente en mi regazo.
Ella lucha de forma juguetona conmigo, pinchándome con el dedo por todo el pecho.
—Te voy a mostrar mi alma negra.
Me río y me apodero de sus manos, que le inmovilizo a los costados.
—Suéltame de una vez. Estoy intentando demostrarte algo.
—¿Qué vas a hacer? ¿Matarme con un dedo?
—Llegar a la muerte me parece un poco extremo, ¿no crees, Huxley? —
Arquea una ceja—. Eres muy dramático.
—Tú eres la que ha empezado a usar los dedos. ¿Cómo voy a saber lo que estás haciendo?
—Así que tu primera sospecha es que voy a clavártelos hasta la muerte…
Hasta la muerte, Huxley.
Me encojo de hombros.
—Al principio albergabas un fuerte odio hacia mí.
—Sí, al principio, pero ya no.
Mis labios se curvan en una sonrisa.
—Ya no, ¿eh?
Pone los ojos en blanco e intenta bajarse de mi regazo.
—No estoy aquí para aumentar tu ego.
La mantengo firmemente sujeta.
—Nunca esperaría que lo hicieras. Ahora, caparlo, eso es otra cosa.
—Alguien tiene que mantenerte con los pies en la tierra.
—Y tú lo haces muy bien.
—¿Dirías que soy la mejor en eso?
Le suelto las manos y apoyo la palma en su muslo. No se escapa, se queda en su sitio, lo que me gusta, joder.
—Existe una dura competencia entre mis hermanos y tú, pero creo que tú los superas.
—Llevaré mi medalla con honor.
—Señor Cane. —La voz del piloto suena por el altavoz—. Vamos a aterrizar en breve. Por favor, tomen asiento y abróchense el cinturón.
Acaricio la pierna de Lottie.
—¿Preparada?
Niega con la cabeza.
—No lo creo, pero no parece que tenga tiempo para prepararme. —Antes de bajarse de mi regazo, alarga la mano y me acaricia la mejilla. Sus rasgos faciales se vuelven tiernos y entrañables—. Si me olvido de decirlo a lo largo de esta noche, gracias, Huxley. Muchas gracias por esto. Estás haciendo realidad un sueño —dice.
Coloco la mano sobre la suya y me la llevo a la boca para besarle la palma.
—De nada, Lottie.
—Estoy sudando.
—¿Qué? —Me río—. ¿Qué quieres decir con que estás sudando?
Estamos en la cola, esperando para entrar en la sala de conciertos, y esto es lo primero que me dice desde que hemos salido del coche, una vez que nos terminamos los dónuts. Hemos compartido una hamburguesa con patatas fritas en Killer Burger —la hamburguesa de mantequilla de cacahuete—, antes de dirigirnos a Voodoo Doughnut, donde hemos elegido un dónut cada uno, aunque los hemos dividido para poder probar los dos.
Idea de Lottie. Luego, desde que nos hemos acabado los dónuts, se ha quedado callada. Le he hecho una pregunta, pero no ha contestado; ha seguido mirando por la ventanilla. No sabía que estaba pasando por su cabeza, así que he optado por dejarla en paz.
Me agarra muy fuerte la mano y se echa hacia mí.
—Estoy muy excitada, Hux —dice—. Estoy sudando. Estoy nerviosa. No
sé ni qué hacer.
Me gusta cuando me llama Hux. Suena bien viniendo de sus labios.
—¿Vas a comportarte como una groupie?
—Claro —dice con confianza—. Y si no lo esperabas, está claro que no me conoces en absoluto. Y espero que tú también te pongas en el mismo plan.
—Voy a preparar un grito femenino.
Se ríe.
—Lo que daría por oírlo. —Las puertas se abren y la multitud avanza a medida que la gente comienza a entrar en el edificio Art Déco.
—¿Quieres hacerte una foto con el cartel antes de entrar? —pregunto.
Está nerviosa, así que podría decir que no.
—Oh, qué buena idea —responde ella.
Gracias, Dios.
Saco el teléfono del bolsillo y lo pongo en modo cámara. Lottie se aprieta contra mi costado y me pone la mano en el pecho mientras yo muevo el móvil para captar mi altura, la suya y el cartel del concierto que hay sobre nosotros.
—Te enviaré la mejor en un mensaje —le digo después de sacar varias.
—Por favor, hazlo. Quiero enviarle una a mi madre. Va a flipar.
—¿También es fan de Fleetwood Mac? —Me guardo el teléfono mientras nos acercamos al edificio.
—Sí. Ella fue la que me dio a conocer su música y, básicamente, toda la música que me gusta.
—Si lo hubiera sabido, también la habría invitado.
—Qué va, es mejor así, poniéndola celosa. —Lottie sonríe, y joder, Me gusta esa sonrisa. Estoy obsesionado con esa sonrisa.
Estoy obsesionado con ella.
—Eres la hija del año.
—Creo que sí. —Me empuja con el hombro—. ¿Y tus hermanos? ¿Están celosos?
—No saben que estoy aquí.
—¿De verdad? —pregunta, sorprendida—. ¿No se lo has dicho?
Niego con la cabeza.
—No.
—¿No querías que supieran que venías conmigo? —pregunta después de
hacer una pausa.
Le agarro la mano con más fuerza para aliviar las dudas que puedan surgir en su cabeza.
—No quería escuchar sus quejas.
—¿Qué quieres decir? —pregunta ella, confusa.
Este no es el lugar en el que quiero mantener una conversación sobre ese tema, entre una multitud de gente, pero, por suerte, estamos en la primera fila, así que puedo retrasar la respuesta mientras le doy las entradas al portero. Una vez escaneadas, pasamos a la sala de conciertos. Por fuera, destaca por encima del resto; hay unas columnas de estilo gótico que rodean la marquesina, pero por dentro está decorada con papel pintado de color dorado del suelo al techo. Los pilares que rodean el vestíbulo lucen un polvoriento tono azul celeste, mientras que los suelos son de azulejos de colores, probablemente originales de su época de construcción.
Impresionante. Art Déco en su máxima expresión.
—¿Quieres beber algo? —Le pregunto cuando nos acercamos a un puesto de comida.
—Eh, claro —responde en voz baja, y sé que el cambio en su estado de ánimo se debe a la pregunta que ha hecho y que se ha quedado sin respuesta.
La guío entre la multitud y encuentro un puesto que acaba de abrir. Pido una cerveza para cada uno y, con las bebidas en la mano, la llevo hasta nuestros asientos, que están en la primera fila del patio de butacas, en el centro. La mejor vista, en mi opinión. Lo bastante cerca, pero no tanto como para que tengamos que estirar el cuello.
—Vaya, son unos asientos estupendos —comenta.
—Sí, me gustan.
Toma asiento y, una vez que se ha acomodado, le doy una cerveza y me siento también, asegurándome de girarme hacia ella. Todo el mundo está buscando sus sitios, así que aprovecho la oportunidad para explicarle la respuesta.
Solo espero que quiera lo mismo que yo, porque estoy a punto de exponerme, de poner mi vida personal por encima de los negocios, y eso me resulta condenadamente aterrador. ¿Y si ella no siente lo mismo por mí? ¿Y
si he estado malinterpretándola todo este tiempo? No puedo seguir viviendo con la incógnita, así que solo hay una forma de averiguarlo.
Dejo mi bebida en el portavasos y le tiendo la mano, que me deja coger sin protestar. Me llevo sus nudillos a los labios y le doy un suave beso. Sus mejillas se tiñen de rosa mientras me sonríe.
—Mis hermanos eran escépticos sobre nuestra situación. —La miro a los ojos—. Me aseguraron que no había forma de que pudiera mantener este acuerdo en un plano estrictamente profesional. —Me rasco la mejilla, a punto de tener un ataque de nervios. Dios, hombre, dilo—. Tenían razón.
Después de pasar la primera noche con Ellie y Dave, supe que eras diferente. Y después, cuando te alcancé en el pasillo y pude ver cómo te deshacías en mis dedos, estuve jodido. Traté de negarlo, de ignorarlo, pero mi necesidad de ti ha crecido demasiado, Lottie. —Inspiro hondo—. Quiero más de ti. Y sé que esto pulveriza la línea que traza el acuerdo entre nosotros, pero no puedo fingir que no siento algo por ti, porque sería mentira. Me gustas, Lottie. Me gustas mucho.
—No esperaba que me dijeras eso. —Inspira hondo.
Joder, ella no siente lo mismo.
Se levanta de la silla, y me da pánico que esté a punto de irse, pero no hace eso: deja su cerveza en el portavasos y se sienta en mi regazo. Me pone la mano en la nuca y juega con los cortos mechones de mi pelo.
—Tú también me gustas mucho, Huxley. Y quiero que sepas lo doloroso que es para mí admitirlo.
Me río, lleno de alivio.
Me acaricia la mejilla.
—Me has conquistado poco a poco con tu corazón, algo que nunca pensé que diría. Teniendo en cuenta cómo empezaron las cosas, no estaba segura de que hubiera un corazón en ese poderoso pecho, pero ahora sé que lo estabas escondiendo.
—Porque no quería que me conocieras. Quería que pensaras que era frío, sin alma, un hombre que vive para su trabajo, nada más.
Se ríe.
—Bueno, en eso has hecho un buen trabajo, pero, por desgracia para ti, hay gente en mi vida a la que le gusta señalar lo bueno que hay en ti. Y lo hicieron. Quise negarlo, quise pensar que no era cierto, que tu alma no solo estaba manchada de negro, sino impregnada de lodo. Estaba equivocada. —
Mueve la cabeza y deja escapar una risa corta—. Dios, pensaba que no te gustaba nada, que tal vez solo era un juguete para ti.
—¿Por qué demonios has pensado eso? —pregunto.
Tímidamente, mueve la mano por encima de mi camisa.
—Porque este fin de semana, cuando intimamos, no me besaste —
confiesa.
Pero tenía una razón.
Le levanto la barbilla para que se vea obligada a mirarme a los ojos.
—Porque sabía que, si lo hacía, no sería capaz de parar. —Me humedezco los labios, acercándome—. Y, sinceramente, no estaba seguro de que quisieras que te besara.
—Sí, quiero —dice, jadeante—. Creo que nunca he deseado algo tanto como que me beses. —Su mano cae sobre mi mejilla—. Has dominado mi cuerpo, Huxley, ahora quiero que domines mi boca.
Ya no hay forma de negarme eso a mí mismo, no después de esa confesión, no después de la forma en que ella se me está acercando.
No, quiero esto. La quiero a ella.
Esto podría ir en contra de todo lo que he dicho desde el principio, pero parece que es inevitable. Ya no podemos negar nuestra atracción, nuestra necesidad, nuestro anhelo.
Ha quedado al descubierto y voy a aprovecharme de ello.
Coloco con suavidad la mano en el lateral de su cuello y, con el pulgar, le levanto la barbilla justo antes de bajar mi boca a la suya.
Es un beso sencillo pero con mucho poder, lleno de contención y desesperación.
Y ahora que no estoy delante de mis hermanos ni de Dave, no tengo que convertir el beso en un espectáculo, puedo disfrutar.
Disfrutar de lo maravillosamente suaves que son sus labios.
Disfrutar de la firmeza con la que me sujeta la mejilla, manteniéndome quieto, enseñándome cuánto más quiere de mí.
Disfrutar de los suaves ruidos que salen de sus labios cuando necesita recuperar el aliento.
Mi boca se mueve por la suya, explorándola lentamente. Su lengua se desliza por mis labios y yo los separo para permitir que haga lo mismo. Al principio, su lengua acaricia la mía con cautela, pero cuando la agarro con más fuerza, el tímido beso se vuelve más desesperado y, antes de que me dé cuenta, nos estamos besando, en las butacas, esperando a que empiece el concierto.
Su mano serpentea por detrás de mi cabeza y me sube hasta el pelo, mientras que yo muevo la otra mano hasta su caja torácica, justo debajo de sus pechos. Siento la tentación de tocarla, de aumentar la temperatura entre nosotros, pero justo cuando empiezo a mover la mano, un acorde de guitarra suena por los altavoces.
Nos separamos justo a tiempo para ver que Fleetwood Mac está subiendo al escenario.
¿Qué?
¿No hay teloneros?
¿No hay anuncios?
¿Ya está aquí?
Toda la sala estalla en vítores y mi agradable sesión de besos termina en el momento en que Lottie salta de mi regazo y sube las manos al aire, saltando y vitoreando.
Todavía sentado en mi asiento, me doy unos segundos para recomponerme antes de unirme a ella.
Lottie, ella es…, joder, es especial. Y lo supe desde la primera vez que me rechazó. Entonces estaba necesitada, pero solo pensaba en su hermana. No quería que sus padres se sintieran decepcionados con ella, así que también se preocupaba por ellos. Se enfrentó a mí en lo que merecía ser discutido y, aunque intenté negarlo desde el principio, no creo que exista ni una posibilidad de que sea capaz de dejarla ir.
Y eso significa una cosa: tengo que hacer que esto funcione. Quiero salir con Lottie, hacerla sentir especial, porque eso es lo que es: especial. Y
sospecho que ella no tiene ni idea gracias a su «amiga» Angela.
Me levanto de la silla, la rodeo con el brazo y le pongo la mano en el estómago, manteniéndola cerca de mí justo cuando empiezan a sonar los acordes de Dreams. Lottie me mira, con lágrimas en los ojos. Me coge por la nuca, me acerca a ella y me besa apasionadamente en los labios, convirtiéndome en un maldito desesperado que quiere mucho más.
—Gracias, Huxley. Muchas gracias —dice cuando se aparta.
Le doy un ligero beso en la punta de la nariz.
—De nada, Lottie.
Con la sonrisa aún en la cara, se vuelve y se relaja entre mis brazos.
Y mientras está actuando Fleetwood Mac, Lottie no se aparta de mi lado, no se aleja. Se balancea conmigo al ritmo de la música mientras cantamos
juntos, dejando que la noche se apodere de nosotros. Y aunque he asistido a muchos conciertos antes —tener un avión privado lo hace muy fácil—, este se convierte en uno de mis favoritos.
Y todo se debe a la chica que tengo entre mis brazos.
—Señor Cane, pueden quitarse los cinturones de seguridad si lo desean —
dice el piloto por el altavoz.
Lottie está acurrucada en su asiento y me mira fijamente, con la mayor sonrisa que he visto en su cara.
—¿Qué? —pregunto, sin poder soportarlo más—. ¿Por qué sigues mirándome?
—Porque ahora puedo.
—No sabía que antes hubiera una norma que te prohibiera hacerlo.
Ladea la cabeza. Se ha deshecho del sombrero en cuanto hemos regresado al avión y se ha atado el pelo en una coleta para que no le moleste.
—La había cuando todo lo que me decías una y otra vez era «contrato, contrato, contrato».
Me río.
—Tenía el escudo protector levantado. No puedes culparme por eso.
—No eras así cuando salimos por primera vez al Chipotle.
—Porque no sabía el efecto que tendrías en mí —admito—. Una vez que me di cuenta de que eras una tentación que no podía permitirme, me cerré en banda.
—Ya veo —murmura; se levanta de su asiento y se acerca a mí—. ¿Y qué soy ahora? ¿Sigo siendo una tentación?
—Sin duda —respondo.
Mueve el dedo sobre mi hombro.
—Pero ¿puedes tenerme ahora?
—Dímelo tú —replico.
Sonriendo, me coge la mano entre las suyas y me hace levantar del sillón para ir a la parte trasera del avión. La detengo en la puerta del dormitorio que ocupa la cola.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto.
—¿Qué crees que estoy haciendo? —dice; empuja la puerta y camina hacia atrás, sonriendo y tirando de mí.
—Lottie, no tienes que hacerlo.
—Lo dices como si fuera una tarea. —Me empuja al interior del dormitorio y cierra la puerta. Sus manos van al borde de mi camiseta y me la pasa por la cabeza antes de dejarla caer al suelo—. Ya sé que no tengo que hacer nada. —Sus manos caen sobre mi pecho—. Pero, Dios, Huxley, quiero sentirte dentro de mí.
Y, de pronto, se me pone dura.
—Desde la noche en la que me hiciste correrme en tus dedos, he querido saber cómo sería correrme en tu polla.
—Joder —murmuro.
Baja los dedos por mi pecho hasta la cintura de mis vaqueros. Me desabrocha los pantalones, pero, en lugar de bajármelos, me los deja colgando en la cintura y levanta las manos por encima de la cabeza.
—Desvísteme, Hux.
Con la piel ardiendo de lujuria por esta mujer, agarro el bajo de su camiseta y se la quito por la cabeza. La dejo caer junto con la mía y me quedo mirando el sujetador negro transparente que lleva. Sus pezones están fruncidos y empujan contra el encaje; su respiración acelerada al compás de su pecho, que sube y baja rápidamente.
Sin apartar los ojos de los míos, me coge las manos y las pone en el cierre delantero del sujetador. No me molesto en mirar el cierre mientras lo desabrocho. Sus pechos pugnan contra la prenda ya abierta, y ella deja que se deslice por sus brazos hasta el suelo.
Alargo la mano y paso el pulgar por uno de sus pezones.
—Tienes las tetas más sexis que he visto nunca. Podría pasar horas adorándolas. —Bajo la mano por su estómago hasta llegar al cierre de los vaqueros cortos. Desabrocho el botón y los dejo caer al suelo para dejarla solo con un tanga negro de encaje—. Pero me reservo ese placer para otro día. Ahora… Ahora necesito estar dentro de ti. —Le doy la vuelta y hago que apoye la mitad superior de su cuerpo sobre la cama, lo que deja que la mitad inferior quede arqueada para mí. Agarro los laterales del tanga y los deslizo hacia abajo por sus piernas hasta que queda desnuda por completo.
Paso la mano por sus nalgas y me deleito con su cuerpo.
—Eres muy sexy, joder. —Le aprieto el culo y luego le doy una ligera palmada, lo que arranca un gemido de lo más profundo de su garganta—. Si metiera la mano entre tus piernas ahora mismo, ¿te encontraría mojada, lista
para mí?
—Sí —gime, arqueando el trasero hacia mi mano.
—Entonces, sepáralas más.
Y lo hace, abre las piernas y sube el culo.
Deslizo el pulgar hasta llegar a donde está más excitada, donde me recompensan sus resbaladizos pliegues.
—Qué bien… —digo, acariciando su clítoris con dos dedos. Cierra los puños arrugando el edredón entre los dedos.
—No juegues conmigo, Huxley.
—¿De verdad crees que jugaría contigo a estas alturas? Tengo la polla dura como una piedra al verte así. No estoy para juegos.
—Enséñame lo duro que estás.
Eso es fácil. Me bajo los vaqueros y los calzoncillos, y me los quito, junto con los calcetines. Mi erección se lanza hacia arriba, dura, preparada. La agarro por la base y doy un paso adelante para pasar la punta por su resbaladiza excitación.
—¡Oh, Dios mío! —Y se aferra el edredón con más fuerza—. Huxley, te quiero dentro de mí. Ahora mismo.
Yo también la deseo. La deseo con todas mis fuerzas. Pero quiero verla.
La cojo por las caderas y la hago girar sobre la cama para que quede boca arriba. Sube por las sábanas, ofreciéndome espacio, así que también me subo al colchón y me acerco a la cabecera con ella. Me espera con las piernas y los brazos abiertos, así que me dejo caer sobre ella y apoyo mi cuerpo en los antebrazos, que acunan su cabeza.
—Eres preciosa, Lottie. No estoy seguro de habértelo dicho nunca, pero lo eres. Eres impresionante, joder.
Sus ojos se vuelven tiernos y acerca la palma de la mano a mi mejilla.
—Gracias —susurra antes de que la bese.
Con un ligero movimiento, mueve los labios contra los míos tentadora y burlona, dándome un poco de su deliciosa boca, pero no es suficiente.
Gruño de frustración, lo que hace que ella sonría y se aparte aún más.
—Bésame, Lottie. Déjame probar tu boca.
—Parece como si llevaras mucho tiempo deseándolo.
Acerco la mano a su cara para hacer deslizar el dedo sobre su mejilla.
—Y es así. Ahora déjame disfrutar, joder.
Su sonrisa se vuelve aún más grande y me tira del cuello para que mi boca
se abalance sobre la suya. Entonces, me apodero de sus labios, reclamándolos con mis besos.
Mi boca se mueve sobre la suya con una intensidad salvaje, suplicándole más, pero saboreándola cada momento.
Desplaza la mano a la parte posterior de mi cabeza. Le separo los labios con la lengua para que nuestras lenguas choquen en una pasión ardiente.
Nuestro beso, antes tranquilo y pausado, se ha convertido en algo frenético, completamente carnal. Me sujeta la cabeza con más fuerza. Llevo la mano a su mandíbula y mantengo su boca inmovilizada para llevar el control en el beso.
Porque me estoy cayendo.
En este momento, entre sus piernas abiertas y mi erección apoyada en su sexo, con nuestras manos agarradas con fuerza, con nuestras bocas reclamándose mutuamente… Estoy perdiendo el dominio sobre mí mismo.
Puedo sentirlo en mis huesos.
No es lo que esperaba.
Pero es todo lo que quiero.
Aparto la boca, le beso la barbilla, luego la mandíbula, bajo por el cuello hasta la clavícula. Su cuerpo se mueve bajo el mío y yo desciendo hacia sus pechos, deslizando la lengua por su piel hasta encontrar un pezón. Le masajeo un pecho mientras me meto el otro en la boca, succionándolo con fuerza.
—Sí —susurra—. Sí, Huxley.
Me tira del pelo y mis dientes le marcan el pezón. Cuando la mordisqueo, se le escapa un siseo, seguido de un gemido prolongado.
—Estoy empapada —susurra, y luego coge mi mano y la lleva entre sus pliegues—. Tócame. Siente lo mojada que estoy por tu culpa.
Deslizo un dedo por su coño, y, joder, tiene razón. Está chorreando.
Alzo sus pechos, y sus ojos se conectan con los míos.
—Te deseo —dice bajito—. Por favor, Huxley.
—Soy todo tuyo, cariño —confieso, y le doy un dulce y suave beso en la boca.
Sus piernas se separan todavía más, así que aprovecho para bajar la mano por su pierna y levantársela con cuidado hasta dejarla apoyada en mi hombro.
—¿Estás bien? —pregunto, queriendo asegurarme de que está cómoda.
—Sí, muy bien.
—Genial —digo; me agarro la erección y acaricio su entrada con ella.
Arquea sus caderas hacia mí, y yo sonrío por su impaciencia.
Diablos, si estoy igual de impaciente.
Muevo las caderas hacia delante y bajo solo un centímetro.
Pero ese centímetro es todo lo necesario.
Su calor me absorbe y me hundo más, sin darle tiempo a adaptarse.
—Joder —murmuro—, eres perfecta para mí. —Inspiro hondo—. ¿Estás bien? —pregunto.
—Más —es todo lo que dice—. Quiero más, Huxley.
Ya con luz verde, la penetro hasta el fondo, incapaz de seguir conteniéndome. Grita, se le cierran los ojos y se arquea hacia mí.
Aprovecho la ocasión para acercar la boca a su pecho de nuevo, queriendo asegurarme de que está lo más relajada posible, porque no voy a poder contenerme mucho tiempo. Siento demasiado placer.
Con la necesidad de percibir cada instante, empujo lentamente dentro de ella, mientras mi boca juega con sus tensos pezones.
—Eres muy grande. —Deja escapar una respiración profunda. Esto la relaja, y soy capaz de hundirme más.
—Cariño, necesitas relajarte un poco más, estás tensa.
—Entonces, bésame de nuevo —dice, tirando de mi barbilla con un dedo.
No voy automáticamente a sus labios, sino que paseo la lengua a lo largo de su piel y lamo su cuello y su mandíbula, dejando un camino de placer a mi paso. Soy dueño de cada centímetro de ella. Cuando llego a su boca, no pierdo tiempo y enredo nuestras lenguas.
Y siento que se relaja aún más.
Joder. Vuelvo a embestir, y la penetro más profundamente, tanto que mi visión se nubla.
—Sí —susurra contra mis labios.
Con las bocas conectadas, acelero el ritmo y empujo más fuerte, más rápido.
—Nunca ha sido tan bueno —admito mientras mi ritmo se vuelve frenético—. Nunca en toda mi vida.
—¡Me pasa lo mismo! —grita, arquea más la espalda y su pierna se tensa alrededor de mi hombro—. Oh, Dios, estoy a punto. Más, Hux.
Estoy cerca. Muy cerca. Y es tan bueno…
Bajo su pierna de mi hombro y le cojo los muslos para que los abra más.
—Mantén las piernas muy separadas.
Lo hace, y yo me apoyo en el colchón y la penetro con más fuerza.
Mis caderas son implacables. Empujan una y otra y otra vez.
El placer se incrementa.
Mi cuerpo empieza a levitar cuando la primera oleada del orgasmo se dispara por mi columna vertebral.
—Joder, Lottie. Voy a…
—Sí —gime; su coño se ciñe alrededor de mi polla—. Estás haciendo que me corra. ¡Oh, Dios, Huxley!
Con un grito de placer absoluto, tan fuerte que estoy casi seguro de que los pilotos nos han oído, se corre sobre mi polla, y aprovecho sus espasmos para llegar al límite mientras ella jadea en una dulce agonía.
Se me tensan las pelotas y, con un último impulso de mis caderas, el orgasmo me atraviesa como una bola de demolición que surca mi caja torácica.
Me quedo sin aliento.
Me estremezco hasta el fondo mientras me corro en su interior.
Las largas ondas de placer me recorren de arriba abajo la columna vertebral y me derrumbo sobre ella.
Me rodea la espalda con los brazos y me acaricia suavemente los hombros mientras ambos recuperamos el aliento. Después de unos segundos, me levanto un poco, lo suficiente como para no cargar todo mi peso encima de ella, y alzo la mano para rozarle la mejilla con el pulgar.
—¿Estás bien? —pregunto, preocupado por haber sido demasiado brusco.
—Estoy genial —responde con una sonrisa saciada. Se levanta y me da otro beso en los labios—. Nunca he estado mejor, Huxley.
Y parece que es así. Ojos brillantes. Sonrisa satisfecha. Cuerpo relajado.
—¿Podemos quedarnos aquí tumbados un segundo? —pregunta.
—Todo el tiempo que quieras. Déjame ir a buscar algo para limpiarnos.
—Le doy un beso más en los labios y me separo de ella. Por suerte, hay un cuarto de baño junto al dormitorio, así que entro allí, me limpio con rapidez y mojo una toalla para ella. Cuando me giro para volver al dormitorio, la descubro de pie en la puerta del baño, con mi camiseta puesta.
¡Joder!
Está muy guapa con el pelo revuelto y suelto, y con una expresión de
satisfacción en la cara.
Le tiendo la toalla.
—Ten —le digo.
Me pone la mano en el pecho, me besa la mandíbula y luego coge la toalla y se va al baño. Le dejo un poco de intimidad mientras me pongo los calzoncillos, luego me meto en la cama y subo las sábanas. Falta una hora para que tengamos que volver a nuestros asientos.
Al cabo de unos minutos, sale del baño, muy sexy con mi camiseta, y se mete en la cama a mi lado. Levanto el brazo y ella se acurruca contra mí, apoya la cabeza en mi hombro y coloca la mano en mi pecho desnudo. La rodeo con el brazo para estrecharla con fuerza.
Y así, sin más, soy un hombre cazado.
Y, joder, estoy encantado.
Esto es lo que quiero.
Ella, entre mis brazos.
Exactamente así.
Es como si las últimas semanas hubieran sido los preliminares más intensos de mi vida, porque el resultado final, tener a Lottie entre mis brazos, es lo mejor que podría pasar.
—Estoy tomando la píldora —comenta con un susurro.
—Me lo imaginaba —respondo, acariciándole el pelo.
—No quiero que pienses que estoy tratando de cazarte.
—Nunca pensaría tal cosa. Tienes demasiado orgullo para hacer algo así.
—Cierto. —Se ríe—. Pero pensé que deberías saberlo de todos modos.
—Gracias. —La beso en la frente y cierro los ojos.
Hay unos instantes de silencio.
—¿Puedo preguntarte algo? —dice.
—Lo que quieras —respondo. Creo que nunca he estado tan cómodo, tan despreocupado, como en este momento.
—Cuando has dicho que «Nunca ha sido así», ¿lo decías en serio?
—Joder, sí —digo con sinceridad—. No mentiría sobre eso.
Se levanta y abro los ojos para encontrarla mirándome fijamente.
—¿Estás diciendo que soy la mejor con la que has estado?
Me río.
—¿Quieres medallas?
No es una mentira, es la mejor, sin lugar a dudas. Y sé que mucho de eso
tiene que ver con esta conexión que siento hacia ella.
—No me importaría colgarme alguna.
Le hago cosquillas en el costado y se retuerce contra mí, riendo.
—Después de todo lo que me has hecho pasar, diría que me merezco una medallita.
—Llámalo fortalecimiento de carácter.
Pone los ojos en blanco.
—Qué idea tan de hombre de negocios.
—Acostúmbrate. Ahora sales con un hombre de negocios.
Arquea la ceja en forma interrogativa.
—Ah, ¿estamos saliendo?
—Claro —respondo—. ¿Qué coño crees que significa esta noche?
—¿Una noche de ensueño con mi falso prometido? —Sonríe.
—¿Es así como quieres verlo?
Joder. Espero que no.
Niega con la cabeza.
—No, no quiero volver a lo que sea que hayamos tenido. Ha sido muy estresante. —Tiene razón. Ha sido estresante. No solo tenía que hacer mi trabajo con normalidad, sino que también sentía una enorme presión por ser alguien que no soy con ella. No soy un imbécil sin corazón. Soy introvertido; me cuesta mostrar mi interior. Soy protector. Y, sin embargo, de alguna manera, ella ha logrado sacar a la superficie las partes más profundas de mí. Pero, gracias a Dios, no me lo echa en cara. Quiere más de mí… y yo quiero que lo tenga. De buena gana. Con gratitud.
—Entonces, estamos saliendo.
Hace una pausa, como si pensara en ello durante un segundo, y luego se ríe.
—Nunca se me ha ocurrido pensar que saldría con mi falso prometido, pero tampoco había imaginado nunca que haría la mitad de las cosas que he hecho desde que te conocí.
—Y aún no hemos empezado.
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