Un mal comienzo

Meghan Quinn · Capítulo 5 de 24

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Un mal comienzo

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LOTTIE

LOTTIE: ¡¡¡DIOS MÍO, KELSEY!!!

Kelsey: ¿Qué? ¿Se han enterado mamá y Jeff? Te juro que yo no he dicho nada.

Lottie: No, he encontrado a un millonario.

Kelsey: Eeeh…, ¿qué?

Lottie: No tengo mucho tiempo. He puesto el teléfono a cargar y he quedado con él dentro de veinticinco minutos en el Chipotle que hay al final de la calle. Y, sí, he encontrado a un ricachón.

Kelsey: Espera. ¿Qué quieres decir con que has encontrado a un millonario? ¿Qué estabas haciendo?

Lottie: ** Emoji de pecho hinchado** Me he perdido mientras estaba de paseo, y entonces, BAM, ha llegado un ricachón para solucionarme la papeleta. ¿No te dije que podría encontrar uno paseando por The Flats?

Kelsey: Estás de coña…

Lottie: No, te lo juro. Estoy poniéndome un poco de rímel mientras intento decidir si voy de sport o me pongo un vestido veraniego. Sinceramente, no tengo ninguna necesidad de impresionarlo, es él quien quiere discutir las cosas.

Kelsey: ¿Discutir las cosas? ¿Qué significa eso? ¿Por qué no contestas al teléfono cuando te llamo? Necesito saber qué demonios está pasando.

Lottie: No puedo hablar. No quiero que mamá y Jeff me oigan. Este tipo está buscando una prometida falsa. Nos viene de perlas a los dos.

Kelsey: ¿Qué? Lottie, ¿estás escuchándote? ¿De verdad crees que esto es seguro?

¿Has encontrado a un desconocido en una acera y resulta que está buscando a una falsa prometida? ¿No ves que es demasiada coincidencia?

Lottie: Una suerte, ¿verdad?

Kelsey: Oh, Dios mío… Acabará asesinándote.

Lottie: Qué va… Ese tío ha quedado conmigo en Chipotle. No va a asesinarme en un sitio donde tienes que pagar más por el guacamole extra.

Kelsey: ¿Qué tiene que ver el guacamole con todo esto?

Lottie: Nada, pero quiero que se sepa que pienso que cobrar más por el guacamole extra es una barbaridad. Bueno, te dejo, tengo que irme. Voy a pie y no quiero aparecer sudando, quiero tomarme mi tiempo. Te enviaré un mensaje cuando haya terminado.

Kelsey: ¡Lottie! Sé que estás desesperada, pero esto no es mejor que decir la verdad a mamá y a Jeff. Olvídate del orgullo y cuéntaselo todo. Quedar con un extraño para cenar no es la mejor forma de solucionarlo.

Lottie: La gente queda con extraños todo el tiempo para compartir la cena. En eso consisten las citas.

Kelsey: ¡No estás saliendo con él!

Lottie: Todavía no. Te enviaré un mensaje más tarde, hermanita. Te quiero.

Sí, es una estupidez.

Lo admito.

Kelsey tiene razón al preocuparse porque esta situación grita «Peligro» a voces, pero me gusta pensar que se me da bien juzgar el carácter ajeno, y ese hombre no me ha transmitido por sus vibraciones que sea un asesino. Al contrario, sus ojos reflejaban la misma desesperación que los míos. Me necesita, igual que yo a él. Y eso es exactamente lo que uno precisa para montar una farsa: la necesidad mutua.

Ahora bien, mi madre no ha criado a una idiota, y por supuesto que me haré la dura, porque, sí, mudarme de casa de Jeff y de mi madre es el objetivo final, así como encontrar un nuevo empleo e ir del brazo de un macizo a la reunión del instituto, pero también quiero enterarme de lo que este tipo tiene que decir. Voy a tantearlo y, si la oferta o la historia no son lo suficientemente buenas, ciao, baby!

Me gustaría conservar mi orgullo, pero no a cambio de mi alma.

Doblo la esquina y encuentro el Chipotle al otro lado de la calle. Se me revuelve el estómago solo con ver el edificio blanco con ese logotipo de un pimiento rojo chamuscado. En todo caso, será una comida gratis. Menú burrito, allá voy.

Al llegar a casa, me he duchado lo más rápido que he podido, me he

recogido el pelo en un moño apretado y me he puesto unos vaqueros cortos y una sencilla camiseta de Aerosmith. Los he combinado con unas pulseras y mi par favorito de Birkenstocks —los compré en Thrifty Shopper, donde se puede encontrar ropa usada de gente rica a precios superbaratos— y he salido.

He cargado el teléfono el tiempo suficiente como para poder hacer una llamada si necesito una excusa para largarme rápidamente o si me secuestra.

Pero ahora que estoy cruzando la calle, casi a punto de entrar, noto que un pequeño ataque de nervios me bloquea la boca del estómago.

Casi todo el tiempo presumo de ser muy valiente, pero hay momentos en los que esa valentía flaquea y sale a relucir mi vulnerabilidad. En este instante estoy experimentando destellos de eso.

Cuando llego al otro lado de la calle, inspiro hondo y me acerco al restaurante, donde enseguida veo a Huxley. Es difícil no hacerlo.

Admito que es un hombre extremadamente atractivo. Es alto, debe de medir al menos uno ochenta, su piel muestra un bronceado dorado y tiene el pelo de un hermoso tono castaño —sí, he dicho hermoso—. Además, están esos ojos oscuros y penetrantes que parecen poder cortar a cualquier ser humano por la mitad, ya sea en la sala de juntas o en la calle. En este momento, está mirando el teléfono, con una pierna apoyada en la pared, y lleva unos pantalones de color gris oscuro y una camisa azul claro que se ciñe perfectamente a su torso. Va remangado hasta los codos y —hola, pecho lobo— lleva los dos botones superiores de la camisa desabrochados, mostrando una pequeña porción de piel masculina. No es tanta como para ser hortera, pero sí la suficiente como para despertar mi interés. Tampoco es que haya venido aquí porque lo considere una cita potencial, pero debo tener en cuenta el factor sexy en esta transacción. Y…

Es muy guapo.

Seguro que haría babear a Angela.

Aparta los ojos un instante de su teléfono y, cuando me descubre, siento que recorre mi cuerpo de forma peligrosa, que contempla hasta el último centímetro de mí. Cuando por fin se encuentran nuestros ojos, se aparta de la pared y se acerca a mí mientras guarda el teléfono en el bolsillo.

—Aquí estás —dice.

—¿Te preocupaba que te dejara plantado?

—Un poco —admite, pero la confianza que desprende no decae, como si

sintiera cierta inquietud pero supiera que yo iba a venir de todos modos. Me señala el mostrador con la cabeza—. ¿Pedimos y luego vamos al grano?

—Eso sería ideal para mi estómago.

Nos ponemos en la cola y él me deja pasar primero —punto para él por ser caballeroso— y pido el burrito con pollo, frijoles negros y verduras que tanto me gusta. Y, como paga él, indico que pongan guacamole extra.

Huxley me sigue con un burrito de carne, frijoles pintos, sin arroz y toneladas de lechuga y salsa. Sin guacamole. ¿No le gusta el guacamole o es que no está dispuesto a pagar el extra? Una pregunta para la eternidad.

Cuando llegamos a la caja registradora, coge cerveza para los dos, así como una bolsa de patatas fritas y salsa, y luego paga. Cuando veo que saca una tarjeta Amex Black y se la tiende a la dependienta, se esfuma la ansiedad que siento por que no sea millonario. Parece que lo es… No mentía sobre ser rico. Es bueno saberlo.

Con la comida y las bebidas en la mano, Huxley localiza una mesa alta cerca de la ventana que nos ofrece la suficiente intimidad como para sentirme cómoda para el tipo de conversación que nos espera.

—Dada la falta de guacamole de tu burrito, voy a suponer que no te gusta mucho —digo una vez sentados.

Niega con la cabeza.

—Es demasiado viscoso para mí. No puedo soportar su textura.

—¿Eres de California?

Asiente.

—Sí, he nacido en Santa Mónica.

—Fascinante —comento, dándole un suave repaso—. Creo que nunca había conocido a un californiano nativo al que no le gustara el guacamole.

—Soy la anomalía. Mis hermanos piensan que soy raro, así que no eres la única que tiene esa opinión sobre mí.

—No creo que seas raro, solo… interesante. Además, no has pedido arroz.

—Tampoco me gusta mucho el arroz. —Me mira mientras desenvuelve el burrito—. ¿Quieres analizar algo más de mi pedido?

—Has elegido cerveza en lugar de un refresco. O estás muy nervioso o eres el tipo de persona a la que no le da vergüenza pedir una bebida alcohólica en un restaurante de comida rápida.

—No sé lo que se siente al estar nervioso —dice con una voz tan directa y monótona que lo creo. No estoy segura de que conozca esa emoción, dada

la rapidez y brusquedad de su respuesta rápida—. Tampoco siento vergüenza. Es un desperdicio de energía mental.

Cojo el tenedor y remuevo el bol de mi burrito mientras él da su primer bocado.

—Ahh, ya entiendo cómo eres.

Termina de masticar y traga.

—Ah, ¿sí? Por favor, instrúyeme sobre mi carácter —dice, después de pasarse la servilleta por la boca.

—Eres uno de esos hombres poderosos.

—¿Hombres poderosos? —pregunta, con la ceja arqueada.

—Ya sabes, esos sobre los que lees, los que tienen éxito y hacen una dieta de mierda. Leen un libro de autoayuda a la semana, hacen ejercicio todos los días, son tiburones en la sala de juntas y beben tanta agua que su vejiga no sabe hacer pis amarillo.

—Tardo una semana y media en leer un libro de autoayuda, pero solo cuando sale una nueva temporada de The Challenge —dice con el burrito a medio camino de su boca.

Luego da un mordisco y, sinceramente, dada la falta de expresiones faciales, no puedo saber si está hablando en serio o no. Puedo comprobar sus conocimientos al respecto.

—¿Ves The Challenge?

Asiente lentamente.

—Con CT a muerte.

Vale, vale, no te asustes, Lottie.

Jo…, pero ¡CT!

—Es el hombre de mis sueños —digo antes de poder detenerme—.

Marcado acento de Boston, pasado problemático, musculoso incluso en su época de padre y con un buen pedazo de culo. Lo adoro. ¿A ti también te gusta por eso?

—Sí. No me canso de su culo prieto —replica, limpiándose la boca.

Mira tú, si le gusta bromear… Eso me agrada. Me hace sentir cómoda.

—Sabía que eras un hombre de culos.

—¿Por qué?

—Tienes ese tipo de mirada intensa en los ojos que grita «Tío de culos».

—No sabía que se podía saber por la mirada de alguien que a uno le gustan los culos —comenta, llevándose la cerveza a los labios.

—Pues es evidente.

—Interesante… —Toma un poco más de cerveza y la deja en la mesa—.

Porque los culos son sexys y todo eso, pero a mí me van los cuellos.

—¿Los cuellos? —repito, con el tenedor lleno a medio camino de mi boca

—. ¿Te gusta asfixiar a la gente?

—No, pero para mí poder abrazar a tu chica por la nuca tiene algo sexy, posesivo…

—Posesivo, ¿no? —pregunto, tanteándolo.

—Soy de reclamar lo que es mío.

—Interesante. Si ese es el caso, ¿por qué estás buscando una falsa prometida? Reclamar lo que es tuyo parece una reacción intensa, algo que no se toma a la ligera.

—No me lo tomo a la ligera. Por eso no he podido encontrar a la persona adecuada, porque me tomo en serio mi vida de pareja, o la falta de ella. No voy a perder el tiempo con alguien si no siento un fuerte instinto para reclamarla.

—Supongo que tiene sentido. —Lo estudio—. Entonces, ¿por qué necesitas una prometida falsa? Yo ya te he dicho que necesito a alguien que finja ser mi novio en una reunión. ¿Qué te motiva a ti?

—Ya llegaremos a eso —me interrumpe—. Primero quiero saber más sobre ti. Necesito sentirme cómodo contigo antes de decirte lo que me hace falta.

—Vale, siempre y cuando yo también pueda hacerte preguntas.

—Pregunta por pregunta. ¿Te parece bien?

Qué sorpresa, se compromete con facilidad. No da esa sensación, y menos después de todo eso sobre la posesión. Confieso que ese detalle en concreto me hace sentir una auténtica excitación, aunque no es que esté buscando salir con él ni nada por el estilo.

—Me parece bien. Pregunta tú primero.

—¿A qué te dedicas? —Le da un gran mordisco a su burrito y, para ser un hombre con «clase», está masticando a fondo la comida.

—Ahora mismo estoy entre dos trabajos…

—Así que estás en paro —concluye, y yo me pongo a la defensiva.

—No por elección propia.

—Entonces, ¿te han despedido? —Arquea una ceja de forma interrogativa.

Hincho el pecho.

—De hecho, sí, me despidieron, y no porque no estuviera haciendo bien mi trabajo, sino porque la idiota de mi jefa cree que puede conseguir que lo haga otra persona por menos dinero. Espero que quiebre —añado con una sonrisa siniestra.

Suelta una risita.

—Me parece una mala gestión.

—Se podría decir que sí. Mi jefa era una de mis mejores amigas de la infancia. Una amistad volátil y muy tóxica. Se la adora y se la odia en el lapso de un minuto. De hecho, cuando me despidió, me dijo que no era algo personal y, luego, al día siguiente, me preguntó si podía ayudarla a organizar la reunión del instituto, ya sabes, ahora que tengo mucho tiempo libre.

Hace una mueca de dolor.

—Brutal.

—Sí. Es hija de Satanás.

—Parece que te ha hecho un favor.

Niego con la cabeza.

—Me ha jodido la vida. —Sonrío—. Pero podemos hablar de eso más tarde. Me toca hacer una pregunta. ¿A qué te dedicas?

—Al sector inmobiliario —responde simplemente.

—¿Eso es todo? ¿No vas a decir nada más?

Da un sorbo a su cerveza.

—Lo siento, no tengo una historia trágica de por qué estoy en paro.

—¿Estás burlándote de mí?

Se pone a mi nivel, y sus ojos conectan directamente con los míos.

—Quiero que aceptes ser mi falsa prometida. ¿De verdad crees que me burlaría de ti?

—Supongo que no.

—Siguiente pregunta. ¿Mantienes con alguien una relación romántica? —

pregunta.

—Si fuera así, no estaría tratando de encontrar a alguien para ir a la reunión, ¿verdad? —Doy otro mordisco a mi burrito y deseo no estar tratando de ser delicada delante este tipo porque el pollo está buenísimo y quiero metérmelo en la boca ya.

—¿Eso es un no? Tengo que oírtelo decir.

Menuda mierda.

—No. No tengo ninguna relación romántica con nadie. —Hago un gesto hacia mi cuerpo—. Hace ochenta y cuatro años que no se tocan estos pechos —digo, imitando la voz de la anciana de Titanic.

Sonríe y asiente.

—Bien.

—¿Y tú? —contraataco—. Parece una pregunta estúpida, ya que estás buscando una falsa prometida, pero quién sabe. Tal vez te has visto envuelto en algún negocio de drogas que se ha torcido y necesitas una falsa prometida para salir de la situación en lugar de echar a tu mujer a los lobos, así que buscas a una inocente paseante del barrio para usarla como señuelo.

Atraerla con promesas de guacamole extra y colonia con buen olor.

Se limpia la boca y se reclina en su silla antes de tirar la servilleta sobre la mesa, mirándome como si yo lo divirtiera.

—Temo saber qué más pasa por esa cabeza tuya.

—Créeme, es un lugar en el que no quieres perderte. —Sonrío y me meto más pollo en la boca.

Dulces dioses del Chipotle, hoy os habéis superado. Un beso al chef.

—Eso parece. Y para responder a tu pregunta, no, no estoy saliendo con nadie. No tengo tiempo.

—Oooh, un adicto al trabajo, ¿eh? Un hombre casado con su trabajo siempre es un buen partido para una dama soltera.

—No he conocido a nadie capaz de alejarme de mi trabajo. —Se termina el burrito, y, si fuera mi hermana, ahora mismo chocaría los cinco con él por haberse terminado ya la comida. Me ha impresionado.

—Entonces, dices que si encuentras a la mujer… o al hombre adecuado…

—Mujer —aclara, antes de dar un sorbo a la cerveza.

—Solo me aseguro. Nunca se puede seguir el instinto en estos temas. Si encontraras a la mujer adecuada, ¿volverías a casa antes?

—Si encontrara a la mujer adecuada, estaría mucho más interesado en follar con ella sobre todas las superficies de mi casa que en contestar correos monótonos o en salir de copas con algún cliente.

Bueno…, de acuerdo.

Eso es…, bueno, eso es información.

—Así que te gusta follar. Es bueno saberlo —concluyo torpemente, asintiendo.

—¿A ti no te gusta follar? —pregunta, y creo que nunca he conocido a alguien como él. Atrevido, descarado, dominante, pero también dotado de un lado juguetón si consigues que aflore.

—Bueno, ya sabes…, como han pasado ochenta y cuatro años, no puedo recordar ninguna experiencia que me recuerde lo placentero que era.

Asiente despacio, pero después no dice nada. En lugar de eso, me estudia, y me siento desnuda bajo esa fuerte mirada, como si me despojara de todo con cada aliento que tomo.

Dios mío…

—¿Es mi turno para preguntar? He perdido la cuenta —digo.

—Claro. Pregunta.

Asiento, pero se me queda la mente en blanco, porque lo único en lo que puedo pensar es en la forma en que me mira, como si fuera de los que no toman prisioneros. Sus pupilas son controladoras, casi una pesadilla.

Firmes, inquebrantables; dice la verdad con su mirada, destruye con ella. La incipiente capa de vello oscuro que le cubre la mandíbula lo hace parecer más intimidante, y la forma en que ha colocado la mano despreocupadamente sobre la mesa, casi como si reclamara ese espacio, me desconcierta, y no se me ocurre nada que preguntarle.

—¿Por qué no haces una pregunta tú? —sugiero, justo antes de meterme un enorme bocado de comida en la boca.

—¿Te sientes cómoda conmigo?

No esperaba esa pregunta, aunque debería haberlo hecho, ya que parece decir lo que piensa. No se puede eludir la verdad con él.

Termino de masticar y trago.

—Sé que no debería sentirme cómoda cerca de ti —digo—. Representas todo aquello sobre lo que mi madre me ha advertido. Un macho alfa adicto al trabajo que parece conseguir todo lo que quiere. Dominante, que no se guarda nada, intimidante. No pareces un hombre de familia ni tienes escrito

«novio atento» en la frente, pero también veo en ti ese aire que te hace parecer digno de confianza, y no estoy segura de si eso me resulta reconfortante o aterrador.

—Tomaré eso como un sí. —Se echa hacia delante sobre la mesa y se come una patata frita, la primera. Ninguno de los dos las ha tocado, demasiado absortos en la conversación.

—Voy a necesitar que te sientas cómoda conmigo, Lottie. Voy a necesitar

tu confianza.

—Te das cuenta de que la confianza se gana, ¿verdad? —pregunto.

Asiente.

—Sí, pero voy a necesitar que estés abierta a ello. Mis intenciones son puras. Retorcidas, pero puras. Al venir a esta reunión, sabía que iba a pedirte mucho, pero necesito asegurarme de que estás dispuesta antes de poner todas mis cartas sobre la mesa.

Huy…

Ahora estoy muy intrigada. Es decir, ya estaba intrigada antes —y, por supuesto, he conseguido una comida gratis—, pero casi parece enseñar un ligero indicio de vulnerabilidad, algo que no estoy segura de que un hombre como Huxley muestre muy a menudo.

—¿Estás abierta a ello, Lottie?

Dejo el tenedor y me limpio la boca con la servilleta.

—Estoy en paro, vivo con mi madre y no tengo nada a mi favor en este momento. Estoy abierta a cualquier cosa que se me presente.

Asiente y se echa aún más hacia delante.

—La he cagado a fondo y tengo que tratar de salvar los muebles.

—Oooh…, un hombre que sabe cuándo se equivoca. Ya te has ganado mi corazón.

No sonríe. Al contrario, se pone más serio.

—Esta cagada podría costarme mi reputación, y no solo la mía, sino también la de mis hermanos y la de la empresa que hemos construido juntos.

—¿Qué has hecho? —me intereso, echándome también hacia delante. Al venir a esta cena, no se me ocurrió que iba a enterarme de algunos chismes, pero estoy dispuesta a ello.

—La versión corta es que estaba tratando de conseguir un acuerdo. El tipo con el que intentaba trabajar no picaba, y mis hermanos me aseguraron que era porque no podía conectar conmigo en un plano personal. Me encontré con él en la calle después de la reunión; conocí a su prometida y, antes de darme cuenta, le había dicho que yo también estaba comprometido.

Hago una mueca.

—Hablaste antes de que tu cerebro pudiera pensar.

—Sí, se podría decir que sí. Continúo: nos invitó a mí y a mi prometida a cenar, y es la primera vez que me propone algo así. El problema es que la

cena es el sábado.

—Ya, eso sí que te pone en un aprieto, ¿no?

—Podría decirse que sí. —Sus ojos se clavan en los míos—. Ahí es donde entras tú.

—¿Quieres que vaya a esa cena contigo y que me haga pasar por tu prometida?

—Sí, pero también necesito que continúes con la farsa hasta que cierre el trato.

—¿Cuánto tiempo tardará en cerrarse el trato?

Se encoge de hombros.

—Podría ser una semana, podría ser más.

Asiento lentamente, pensando en ello.

—¿En qué consistiría la farsa? ¿Voy a tener que ser tu Julia Roberts?

—¿Julia Roberts? —pregunta él, confundido.

—Ya sabes. Pretty Woman. Richard Gere contrata a Julia Roberts para que esté a su disposición en todas sus reuniones de negocios importantes. ¿No has visto la película?

Niega con la cabeza.

—No.

—Bueno, básicamente se muda a su hotel con él y lo acompaña adonde necesita.

—No tendrías que mudarte conmigo —aclara. Maldita sea, y yo que quería marcharme de casa de mi madre. Aunque no pensaba mudarme con un completo extraño; no estoy tan loca—. Pero necesito que estés disponible cuando me hagas falta.

—Ya veo. —Cruzo los brazos sobre el pecho—. ¿Y crees que podría hacer eso teniendo en cuenta que no tengo trabajo?

—Tengo contactos. Podría conseguirte un empleo.

Levanto la mano para hacerlo callar.

—No necesito trabajo por caridad. Prefiero labrarme mi propia carrera.

—Y te respeto por ello. —Tensa la mandíbula—. Si no puedo conseguirte un trabajo, ¿qué puedo darte a cambio? Después de todo, esto sería una transacción comercial.

Sería preferible un refugio.

Si me diera dinero para pagar el préstamo universitario, sería lo más, pero nunca pediré eso.

Acompañarme a la fiesta de reencuentro del instituto es lo único que puede ofrecerme en realidad, pero ¿será suficiente? Tampoco es que resuelva mucho. Solo me da una ventaja superficial. No acaba con mi problema de dinero ni me ofrece una solución para poder mudarme de la casa de mi madre.

Sinceramente, ¿en qué estaba pensando al buscar un marido rico? ¿Cuál era el objetivo final?

Cuanto más lo pienso, más cuenta me doy de que no supone un objetivo final. Esto ha sido…, joder, esto ha sido una distracción.

—No estoy segura —digo.

—Puedo acompañarte a la reunión, actuar como si estuviéramos enamorados, lo que quieras. —Noto la desesperación en su voz.

—Ni siquiera sé si iré —comento—. ¿Sabes?, no creo que esto sea lo mejor para mí. Tengo que pagar las cuotas del préstamo universitario, así que no creo que vaya a poder estar a disposición de alguien cuando debería buscar trabajo. —Me reclino en la silla y clavo los ojos en la mesa—. Dios,

¿en qué estaba pensando al venir? Trabajo…, eso es lo que tengo que hacer, buscar trabajo, no preocuparme por una estúpida reunión del instituto. —

Miro a Huxley, que ahora frunce el ceño de pura consternación—. Ha sido un error. Lo siento.

Me levanto de la mesa.

—Espera —dice Huxley—. Seguro que se nos ocurre algo que nos beneficie a los dos.

Niego con la cabeza. En definitiva, esta sería otra situación en la que un millonario consigue lo que quiere utilizando a una persona pobre. Aunque esté mintiendo a mi madre y a Jeff, odio mentir.

Tienes el intelecto para ser más, para encontrar un trabajo con tus habilidades.

—Sé que voy a parecer demasiado orgullosa, pero no creo que deba aceptar limosnas. Tengo que descubrir qué hacer con mi vida. —Miro la bolsa de patatas fritas y la cojo de la mesa—. Aunque no tanto como para no aceptar comida gratis. —Le doy una palmadita a la bolsa—. Gracias por esto y gracias por su tiempo. Que tenga un buen día, señor.

Y luego me giro sobre mis talones y me voy. Solo aguanto hasta llegar al paso de cebra para meter la mano en la bolsa y llevarme una patata frita a la boca. La sal de lima es mi único consuelo en este momento.

LOTTIE: Estoy viva.

Kelsey: Bueno, gracias a Dios. No sé si atreverme a preguntar… ¿Ya estás comprometida?

Lottie: No. Ha resultado tentador, pero tengo que concentrarme en mi carrera. Eso es lo que me va a sacar de esta pesadilla: no hacer el papel de novia falsa.

Kelsey: ¿Sabes…? Quizá no sería tan malo…

Lottie: Tienes que estar de coña. ¿Te has vuelto loca?

Kelsey: He estado pensando mientras cenabas que tal vez podrías hacer el papel de novia falsa y trabajar para mí al mismo tiempo. Estoy a punto de expandirme y me vendría muy bien tu ayuda en la parte administrativa. Podré pagarte dentro de nada, y podrías vivir conmigo durante unas semanas. Conseguiríamos que funcionara. Y podría ayudarte.

Lottie: Sí, estás loca. No pasa nada, cariño. Descansa bien esta noche y llámame por la mañana. Te quiero.

Kelsey: Lo digo en serio.

Lottie: Buenas noches.

—Hola, cielo. ¿Qué tal todo en el trabajo? —me pregunta mi madre desde la cocina, donde está preparando la cena.

Me toca fingir que estoy agotada después de un duro día tratando con Angela.

—Lo mismo de siempre —respondo.

—¿Todavía no te ha dicho nada del ascenso?

Trago saliva.

—No.

Me siento ante la isla de la cocina y observo cómo mi madre revuelve el contenido de la olla, una salsa de espaguetis que afirma que es casera, aunque sé que no lo es. Asegura que añade sus propias especias, lo que la convierte en casera, pero los tarros de Prego vacíos al lado del fregadero sugieren lo contrario.

—Bueno, estoy segura de que pronto te lo dirá. ¿Y la búsqueda de apartamento? ¿Cómo va eso?

Sí, lo entiendo, mamá. Quieres que me vaya.

—He visto un estudio precioso cerca de Kelsey. Me lo estoy pensando. —

La mentira atraviesa mis labios, impecable.

—Oh, sería maravilloso…, ¿te imaginas viviendo cerca de tu hermana?

—Sí —murmuro justo cuando Jeff aparece por la puerta principal desde el jardín que ha estado cuidando.

—Lottie, ¿te importaría explicarme esto? —me dice, mostrándome un ramo enorme de rosas rojas.

¿Qué coño es eso?

—¿Son para mí? —pregunto.

Asiente.

—Sí, llevan tu nombre.

—Oh…, tal vez Angela quiera darte así la noticia del ascenso.

Dios, ¿por qué solo piensan en lo mismo?

Me bajo del taburete, le quito el ramo a Jeff y lo dejo sobre la mesa. Cojo el pequeño sobre blanco del soporte y extraigo la tarjeta. Está escrita con una letra muy varonil —inclinada y casi ilegible—. «Por favor, reconsidéralo. H», y debajo hay un número de teléfono.

¿Cómo coño ha sabido dónde vivo?

Sé que los millonarios tienen acceso a cosas que nosotros los plebeyos no imaginamos, pero ese hombre ni siquiera sabe mi apellido, no tiene información suficiente sobre mí para haberme localizado.

—¿De quién son? —se interesa mi madre, acercándose por detrás de mí.

Aprieto el sobre contra mi pecho.

—De nadie —replico con rapidez; cojo las flores y corro a mi habitación.

Cierro la puerta y, de nuevo, me deslizo hasta el suelo, con las flores en la mano.

¿Qué coño debo hacer?

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