Un mal comienzo
Unmalcomienzo-16
16
LOTTIE
Pienso en la noche anterior, mirando fijamente el techo de mi habitación.
Habría dado algo por tener a Huxley de nuevo conmigo, por saborear sus labios una vez más, por sentir entre mis piernas su magnífica polla.
Gimo de frustración y me incorporo, sin molestarme en ajustarme el pareo que me he puesto antes de tumbarme en la cama. Si Huxley no me hubiera visto ya desnuda, me plantearía quitármelo, porque lo que me ha proporcionado apenas me cubre nada.
Esta mañana, cuando he bajado a la cocina a desayunar, él había salido a correr; al menos, eso decía la nota que había encima de la isla de la cocina.
Era una nota sencilla, sin nada especial: «Me he ido a correr». Así que, como el personal no trabaja los fines de semana, tengo su casa para mí sola.
Por eso, he cogido un parfait de yogur que Reign preparó ayer, lo he devorado y he trabajado un poco en la página web; más tarde me he pasado un buen rato haciéndome trenzas antes de ponerme una de las prendas de baño que me ha proporcionado Huxley. Me he decantado por una sencilla de color negro.
Necesito tomar el sol. Despejar la cabeza. Salir de esta habitación en la que recuerdo lo increíble que es sentir la barba incipiente de Huxley rozándome el interior de los muslos.
Los laterales del pareo a juego se abren cuando cojo las gafas de sol de la cómoda. Dejo el teléfono porque no quiero ninguna distracción, quiero que solo seamos el sol y yo, y voy a las escaleras.
Voy a la planta baja y echo un vistazo, compruebo que el espacio parece desierto, y luego me dirijo a la parte trasera de la casa, donde abro una de las enormes puertas correderas de cristal. Por supuesto, hay toallas dobladas y apiladas en un armario exterior, junto con cualquier otra cosa que pueda necesitarse para nadar: gafas, crema solar e incluso unas pinzas para la nariz.
Cojo una toalla del armario y la llevo a una de las tumbonas de rayas blancas y negras que bordean la piscina. Deshago las lazadas del pareo, dejo que la tela caiga al suelo y me cubro los ojos con las gafas de sol. El sol californiano es implacable, por lo que es fácil broncearse, lo que me hace pensar en… Miro a mi alrededor, aunque sé de sobra que estoy sola en esta casa increíblemente grande, así que llevo los brazos atrás y me desabrocho la parte superior del bikini. Hala, mírame, estoy haciendo topless . Muy bien. Me deleito con la forma en la que el sol me calienta inmediatamente los pezones.
¿Debo desnudarme por completo?
Echo un vistazo a mi alrededor una vez más y pienso: «¿por qué no?».
Me bajo la braguita del bikini y la dejo con la parte superior.
Estoy desnuda.
Y tan ricamente…
Hay una colchoneta blanca en la piscina que parece llamarme, así que me acerco al borde, la cojo y tiro de ella hacia las escaleras para subirme con cuidado. El agua fría contra mi piel caliente es un maravilloso contraste que mi cuerpo agradece. Una vez que me he acomodado, me ajusto las gafas y me dejo llevar por la maravillosa experiencia de flotar en el agua mientras el sol calienta mi piel desnuda.
Podría ser la primera vez que me baño desnuda.
Cierro los ojos y me recreo en la sutil brisa que corre entre las hojas de las palmeras, ofreciendo una relajante banda sonora al baño de media mañana.
Sí, esto es justo lo que necesitaba.
Tengo los ojos cerrados y estoy a punto de dormitar…
—¿Qué coño estás haciendo?
Huxley.
Y por el tono de su voz, no está contento.
Abro los ojos y levanto las gafas de sol para mirarlo. Está en el borde de la piscina, sin más ropa que unos pantalones cortos y unas zapatillas de deporte. Su ancho pecho desnudo está cubierto de sudor y tiene el pelo empapado, con mechones húmedos que se le pegan a la frente.
Dios, qué delicioso es…
Me muevo en la colchoneta; no soy nada tímida, y él ya lo ha visto todo.
—Estoy flotando.
—Estás desnuda.
—¿De verdad? —pregunto, mirando hacia abajo—. Anda, pues sí, lo estoy. —Y solo por el placer de hacerlo, separo las piernas a ambos lados de la colchoneta para sumergir los pies en el agua.
—¿Por qué?
Me vuelvo a colocar las gafas de sol sobre los ojos.
—Porque quería hacerlo. Porque ya me has visto desnuda. Y porque tu personal no trabaja los fines de semana. —Elevo la cabeza hacia el sol—.
Dios, me encanta bañarme desnuda. ¿Lo has probado alguna vez?
—No.
—¿De verdad? Tienes una piscina. Deberías probarlo al menos una vez.
—Le hago una seña con la mano—. Ven, acompáñame.
No dice nada, así que abro los ojos para ver qué está haciendo. Lo encuentro de pie en el borde, pero ahora tiene los puños cerrados.
Tiene que relajarse.
Este hombre es una bola de estrés reprimida, lista para explotar en cualquier momento. Ha tenido pequeños momentos aquí y allá en los que se ha permitido relajarse, pero aún no se ha liberado del todo. Tal vez, lenta pero segura, pueda ayudarlo a hacerlo.
—No muerdo. Te lo prometo. —Sumerjo los dedos en el agua y lo salpico. Levanto la mano y el agua gotea desde mis dedos hasta mis pechos.
Estoy tentada de rodearme el pezón, pero no busco que se excite, solo que se relaje.
Al ver que sigue sin moverse, suspiro llena de frustración y abandono la colchoneta para meterme en el agua fría. Mis pezones se endurecen de inmediato ante el impacto del cambio de temperatura, pero sigo adelante y llego a las escaleras.
Los ojos de Huxley se quedan clavados en mí, me atraviesan con tal intensidad que noto que me da un vuelco el corazón al acercarme a él.
Tomo su mano con mis dedos temblorosos, lo guío hasta una tumbona y lo obligo a sentarse. Como no protesta, me arrodillo frente a él y le quito las zapatillas deportivas y los calcetines. Siento su mirada sobre mí todo el tiempo, observando cada uno de mis movimientos. Cuando termino, me levanto y vuelvo a cogerle la mano entre las mías. Le dejo puestos los pantalones cortos, porque al ser deportivos puede nadar con ellos y, después de retirar del bolsillo el móvil y la cartera, lo guío hasta las escaleras de la piscina.
Para mi sorpresa, aunque no llevo nada encima, no me siento cohibida delante de él. Ni siquiera me siento como si estuviera desnuda. Me hace sentir cómoda en mi piel. A pesar de que no ha expresado su admiración por mi cuerpo tanto como debería, dada la confianza que tengo con él, no se trata de lo que dice, sino de cómo actúa cuando estoy expuesta a él. La forma en que sus ojos me recorren con desesperada gratitud. Su firmeza cuando pone sus manos sobre mí. Las órdenes dominantes que imparte cuando tenemos un momento de esos.
Por no hablar de que se pone increíblemente duro cada vez que disfrutamos de cierta intimidad.
Me meto en el agua y lo llevo conmigo. No protesta, así que sigo avanzando hasta llegar a la colchoneta, que es, sin duda, lo bastante grande para los dos.
—Sube —le digo, acercándola.
Examina la colchoneta y luego me mira a mí.
—¿Vas a acompañarme?
—Sí —respondo.
Se sube a la colchoneta y me ayuda a acomodarme. Con el peso extra, nos hundimos más, pero seguimos flotando, y solo se oye el chapoteo ocasional del agua contra el borde. Me pongo de frente a él, que está tumbado de espaldas con una mano detrás de la cabeza.
—¿Ves? No tienes que ponerte nervioso. ¿A que es agradable?
—Tengo el pantalón puesto —dice con la voz ronca.
Hago girar el dedo en su sien.
—Deja de darle vueltas a eso —digo.
—Estás desnuda.
—Eso no parecía importarte anoche.
Sus ojos se clavan en los míos.
—Estabas dentro de casa
—¿Temes que me vea alguien? —No puedo ocultar la sonrisa que me curva los labios.
—Sí —alega.
—Actúas como si te importara.
Sus ojos vuelven a dirigirse a los míos y me mira con intensidad durante unos segundos antes de girarse y mirarme de frente. Posa la mano en mi cadera y, con ese pequeño contacto posesivo, se me calienta todo el cuerpo.
—Me importa. —Me roza la piel con el pulgar—. Esto es solo para mis ojos.
Tuerzo la comisura de la boca hacia un lado, tratando de traspasar la línea con cautela.
—¿Mi cuerpo también forma parte del acuerdo? —pregunto—. No recuerdo bien esa parte.
Se humedece los labios y desliza la mano por mi costado, la baja por mi brazo y llega a mi pecho. Me pellizca un pezón, distraído, como si esto fuera lo que hace los sábados, retuerce mi pezón entre los dedos.
Pero la sensación que me produce su contacto es todo menos una distracción.
—¿Tuve o no tu coño en mi boca anoche? —Me pellizca el pezón, cierro los ojos y contengo la respiración un segundo.
—Sí —respondo.
—Entonces, eso significa que reclamé tu cuerpo. —Me pellizca de nuevo
—. ¿Entendido?
—Sí —respondo con un leve siseo.
—Perfecto. —Me suelta y no puedo evitar emitir un sonido de protesta.
Una leve sonrisa asoma a sus labios, y lo fulmino con la mirada.
—¿Crees que es divertido jugar así conmigo?
—No es divertido, es más bien tentador. Me incita a desear más. Verte así, desnuda en mi piscina, me incita a desear mucho más.
—¿Cómo qué? —indago, intrigada. Después de los últimos encuentros con él y de los orgasmos alucinantes que me ha hecho sentir, le dejaría hacer cualquier cosa. Y me refiero literalmente a cualquier cosa.
—Apoyarte contra el borde de la piscina, separarte las nalgas y devorarte.
Oh, Dios mío…
Se me tensan las piernas cuando un sordo latido se despierta entre ellas.
No puedo imaginar lo que se siente, pero me pregunto cuán bueno sería.
—¿Lo has hecho alguna vez? ¿Has hecho algo así antes en esta piscina?
Mira a un lado, evitando el contacto visual conmigo.
—Sí.
Por alguna razón, eso me decepciona. Sé que no debería importarme y que no tengo derecho a sentirme ultrajada en absoluto, pero una pequeña parte de mí habría deseado ser la primera mujer con la que estuvo aquí.
—¿En serio? ¿Y era buena? —pregunto, haciéndome la interesante.
Esta vez sus ojos se dirigen a los míos.
—No.
Bueno… eso… eeeh… me hace sonreír.
—Ajá —suelto, reprimiendo la sonrisa—. ¿Por qué no?
Vuelve a pasar los dedos por mi pecho y luego me roza el pezón con el pulgar.
—Era agresiva. Exagerada. Sobreactuaba como si tratara de impresionarme.
—Cuando debería hacer justo lo contrario.
Asiente, y me aprieta el pezón entre el pulgar y el índice. Se me escapa un gemidito de los labios. Soy incapaz de controlarme, de gestionar lo que me hace sentir. Es la primera vez en toda mi vida que puedo decir que, cuando miro a un hombre, lo único que quiero es sentir su boca en la mía, su mano entre mis piernas, su cuerpo dominando el mío.
A-todas-las-putas-horas.
—No me gusta que la gente finja —dice en voz baja, con los ojos fijos en mis pechos—. Quiero algo auténtico cuando me voy con una mujer a la cama.
—¿Crees que yo soy auténtica? —pregunto.
Me suelta el pezón y vuelve a mover la mano hacia mi cadera, que acaricia suavemente. Estoy excitada y quiero mucho más. Pero también ansío que se relaje, y eso es lo que parece estar haciendo.
—Sí, creo que lo eres. Me odias demasiado como para fingir que te doy placer. Si no te excitara, me lo harías saber.
Tiene razón en eso, pero hay algo en lo que no acierta del todo.
—Yo no te odio, Huxley.
—Pues disimulas muy bien —dice en voz baja. El tono de su voz es más burlón que acusador.
—A ver, hay momentos en los que te odio, no voy a engañarte. Pero no siento un odio general hacia ti. En realidad, te agradezco mucho lo que has hecho por mí.
—Es mutuo —dice, cerrando los ojos.
Su respiración se estabiliza y sus manos se relajan. ¿Está… echándose una siesta? ¿Conmigo desnuda al lado?
Cuando veo que no se mueve, que sigue tumbado, con los ojos cerrados y la mano sobre mí, me doy cuenta de que eso es exactamente lo que está
haciendo.
Y quizás, en otras circunstancias, me sentiría ofendida. Soy una mujer, estoy desnuda a su lado. Lo normal sería que quisiera aprovecharse de la situación, pero Huxley no necesita hacerlo. Puede quedarse tumbado aquí, tan feliz, sabiendo que no me moveré.
Y no me moveré porque el momento es cómodo. Natural.
Yo también cierro los ojos, suelto un profundo suspiro y dejo que la colchoneta nos desplace suavemente alrededor de la piscina. Las nubes esporádicas impiden que el sol nos queme la piel, lo que nos da la oportunidad de disfrutar de su calidez.
No sé cuánto tiempo permaneceremos así.
No puedo estar segura de cuánto tiempo echamos la siesta, pero me doy cuenta de que ya no estoy en la colchoneta cuando alguien me lleva por las escaleras de la casa de Huxley.
Abro los ojos y parpadeo un par de veces, sintiéndome como en una nebulosa.
—¿Qué pasa? —pregunto, confundida.
—No quería que te quemaras. Ha vuelto a salir el sol —susurra.
Al llevarme por el pasillo que conduce a nuestros dormitorios, casi espero que abra la puerta de su habitación de una patada, pero no lo hace. Abre la mía y me coloca en la cama poco a poco, luego coge las sábanas y las desliza por mi cuerpo desnudo. Cuando se endereza, se lleva la mano a la nuca y me mira.
—¿Te traigo algo? —pregunta.
Sorprendida por su actitud, niego con la cabeza.
—No, estoy… eeeh… estoy bien.
Asiente y da un paso atrás.
—Siento lo de antes.
—¿El qué? —pregunto.
—Haberte tocado así. No debería haberlo hecho. Me está costando mucho mantener la profesionalidad, sobre todo, cuando te veo desnuda. Me resulta muy difícil resistirme a ti, Lottie.
Ladeo la cabeza, tratando de entenderlo.
—¿Cuándo te has detenido para no tocarme?
—Trato de respetar lo que tenemos, no de joderlo.
—¿Sabes cómo puedes joderlo? —pregunto.
—¿Cómo?
—Cerrándote en ti mismo.
Se agarra el cuello con más fuerza.
—Intento abrirme, Lottie.
—Me he dado cuenta —replico—. Y valoro que te abras y hables conmigo. Que respondas a mis preguntas. Significa mucho para mí. Hace que esta situación sea más fácil y, sinceramente, me gusta conocerte, Huxley. Eres un tipo decente.
Frunce el ceño, pero al tiempo se le dibuja una sonrisa en los labios.
—¿Decente?
Sonrío.
—Sí, claro.
—Estoy seguro de que nadie me ha llamado nunca «decente».
—Qué pena. —Retiro las sábanas que me ha puesto encima y me levanto de la cama. Mientras voy al cuarto de baño, siento que sus ojos siguen cada uno de mis movimientos. Entro en el vestidor y cojo un par de pantaloncitos nuevos. No sé por qué quiere llamarlos así; la tela apenas me cubre el culo.
Busco una camiseta oversize, pero me acuerdo de que toda mi ropa está guardada. Vuelvo a salir con un gemido. Sus ojos me recorren inmediatamente de la cabeza a los pies. Es una mirada ardiente, que me recuerda que tal vez no haya hecho nada conmigo esta mañana, pero no me cabe duda de que quiere hacerlo.
—¿Me prestas una camiseta? —pregunto—. Quiero ponerme algo grande y cómodo.
—¿Quieres que te preste una de mis camisetas? —balbuce.
—Sí, ¿te importa?
Se le dilatan las pupilas y hace una pausa antes de responder. ¿Qué le pasa? Es solo una camiseta.
—Claro —dice cuando estoy a punto de burlarme de él. Se aparta de mí y se dirige a su habitación. Lo sigo, sin importarme en absoluto estar en topless. ¿Qué sentido tiene taparse ahora?
Va a los cajones de su cómoda y saca una camiseta negra y descolorida.
—No la pierdas. Es una de mis favoritas —me advierte antes de tendérmela.
Le arranco la camiseta raída de las manos y la desdoblo, lo que revela una foto de Creedence Clearwater Revival. Lo miro rápidamente.
—¿CCR? ¿Tienes una camiseta de CCR?
Asiente.
—Era uno de los grupos favoritos de mi padre. No tengo muchos recuerdos de mi padre, porque se divorció de mi madre cuando éramos pequeños, pero siempre incluyen a CCR tocando de fondo.
Me pongo la prenda y me encanta que huela a él.
Da un paso adelante y tira de la manga.
—Te queda enorme.
—Como a mí me gusta.
Vuelve a asentir.
—Sí, te queda muy bien.
Me abrazo a mí misma.
—Y es muy cómoda. Puede que te la robe.
Esa ceja juguetona suya se arquea de nuevo.
—Más vale que no.
—No deberías haber ofrecido esta camiseta si no querías que te la robara
—replico en broma. Me acerco a él, pero me agarra de la muñeca y me atrae hacia su pecho.
Me levanta la barbilla
—No me hagas quitártela ahora mismo —dice.
—¿Se supone que esto es una amenaza? A mí me parece más bien una recompensa.
Aprieta los labios; sus ojos buscan los míos, pero aparta la vista enseguida y yo espero su siguiente movimiento. Su respuesta. Pero no dice nada. Se limita a negar con la cabeza y a entrelazar sus dedos con los míos para llevarme de nuevo a la cocina; me conduce hasta la encimera y me sienta sobre la isla. La fría superficie me hace lanzar un chillido; luego se me acostumbra la piel.
—¿Qué quieres comer? —pregunta.
—Pensaba que no sabías cocinar.
—No sé —dice—. Pero soy capaz de hacer un sándwich.
—¿Me lo vas a hacer ahora? —Cruzo las piernas y apoyo las manos en la encimera—. ¿Qué tipo de sándwich? ¿Puede ser de queso a la plancha? ¿O
es pedir demasiado?
Me mira por encima del hombro.
—Es pedir demasiado.
Resoplo y me tapo la nariz al mismo tiempo.
—Pobre niño rico. Ni siquiera sabe hacer un sándwich de queso a la parrilla. Deja que te enseñe.
Salto de la encimera y voy a la nevera en busca de queso. La mantequilla está en una vasija y, cuando me giro, me encuentro a Huxley tendiéndome el pan.
Sé que los cacharros están en los armarios de la isla, así que abro una de las puertas y encuentro lo que ando buscando.
Cuando me vuelvo hacia los fogones, siento que Huxley se aprieta contra mí desde atrás.
—No te preocupes, no te voy a romper nada.
—No me preocupa que rompas algo —dice—. Espero que me enseñes.
Hago una pausa.
—¿De verdad que no sabes hacer queso a la parrilla?
—No lo he hecho nunca.
—¡Oh, Dios!, ¿por qué encuentro eso entrañable? —pregunto.
Noto su mano en la parte baja de la espalda mientras se mueve hacia mi otro lado.
—Tal vez porque es una debilidad y disfrutas viéndome vencerla.
Me río.
—Sí, me gusta ver al todopoderoso Huxley Cane mordiendo el polvo. —
Le doy un codazo, para que sepa que estoy bromeando. Y, cuando mira en mi dirección con una sonrisa, toda mi ansiedad se desvanece.
Con una simple mirada.
Solo necesita eso.
—Dime, ¿y qué se hace con esto? —Sostiene dos rebanadas de pan.
—Sí que es verdad que no sabes… —Enciendo la cocina, caliento la sartén y luego cojo un plato y un cuchillo—. ¿Sabes cómo untar mantequilla en el pan? —pregunto.
Me lanza una mirada burlona.
—No soy completamente inepto.
—Solo me aseguro. —Sonrío de oreja a oreja—. Unta con mantequilla un lado de cada rebanada.
Levanta la tapa de la mantequera y extiende la mantequilla por encima del pan. No lo hace con suavidad, ni mucho menos. De hecho, sus maneras son bastante torpes, lo que me parece adorable, y, en un momento dado,
atraviesa el pan con el cuchillo, lo que hace que parezca que estoy sentada en la primera fila de un anuncio publicitario horrible en el que no saben hacer cosas sencillas como cortar una loncha de queso.
Cuando ha terminado con la mantequilla, le paso el queso.
—Ponlo sobre el sándwich y, luego, con la mantequilla hacia fuera, pon el sándwich en la sartén.
—Es bastante fácil —comenta, aunque se mancha los dedos de mantequilla al intentar poner el sándwich en la sartén. Le doy un trozo de papel de cocina para que se limpie las manos—. ¿Ahora toca esperar?
—Sí. A fuego medio, cubrimos la sartén con la tapa para que el queso se derrita; luego lo dejaremos un minuto, más o menos.
Se queda mirando la sartén y luego se pasa la mano por el pelo.
—Es muy fácil. Ahora mismo parezco gilipollas.
Dejo escapar una sonora carcajada.
—No, solo… interesado, es todo. Si nadie te enseña, ¿cómo vas a saberlo?
—Podría preguntar.
—Lo has hecho. —Le acaricio el pecho desnudo—. Me has preguntado a mí. ¿No es una suerte que me tengas de profesora?
—Sí —dice, con la mirada seria.
Bueno…, está bien, entonces.
Ay…, déjame pensar en algo para no tener que sentirme como una flor marchita bajo la intensa mirada de este hombre.
Sonrío con torpeza y me acerco a la despensa para coger unas patatas fritas que vi allí el otro día, así como dos plátanos.
No sé a qué se debe ese cambio de actitud por su parte, pero me lo apunto porque se trata de un Huxley Cane con el que podría llevarme muy bien. Y
dado que es el hombre que durmió conmigo en una colchoneta en la piscina y luego me llevó arriba para descansar, creo que soy la Lottie Gardner con la que también podría llevarse bien.
—No sabe tan mal después de raspar las partes quemadas —comento, examinando el sándwich.
—Te das cuenta de que esto es culpa tuya, ¿verdad? —Da un bocado a su sándwich un poco quemado.
—¿Cómo que es culpa mía? —pregunto.
Estamos sentados en el comedor al aire libre; he puesto un pequeño tazón con patatas fritas en el medio, así como algunas verduras que ha dejado preparadas Reign. Debo decir que lo de tener un chef personal es bastante agradable, un lujo que echaré de menos cuando todo esto termine.
—Me dejaste a cargo mientras ibas al baño.
—Te dije que vigilaras el sándwich unos segundos para ver si se hacía y que lo retiraras del fuego. Pero subiste el fuego.
—Algo que la supervisora debería haber previsto.
Pongo los ojos en blanco y me recuesto en la silla.
—Sigue pensando eso, Hux.
Deja el sándwich y coge el agua. Se reclina también en la silla con indiferencia y mira hacia la piscina.
—¿Tienes alguna pregunta para mí hoy?
—Siempre tengo preguntas.
—Dispara —me anima, y parece más relajado de lo que nunca lo he visto.
Lo que significa que podría estar dispuesto a responder a algunas preguntas difíciles.
Voy a por ello.
Me froto las manos.
—¿Cuál fue tu primera impresión de mí? —pregunto.
Toma un sorbo de agua y mantiene la mirada al frente mientras habla.
—La primera impresión. Bueno, llevabas unos leggings y un sujetador deportivo que hacía que tus tetas parecieran increíbles. Era difícil no pensar de entrada en lo sexy que eres. —Me deja atónita con su mirada—. Pero luego me di cuenta de que eras una lunática.
Lo miro con la boca abierta, divertida, antes de darle un golpecito en el brazo.
—Y, aun así, me has pedido que sea tu falsa prometida.
Se rasca la mejilla.
—La desesperación lleva a la gente a cometer locuras.
—Qué encantador estás hoy. —Subo los pies a mi asiento y me abrazo las rodillas contra el pecho para ponerme más cómoda—. Venga, hazme una pregunta.
Me estudia con atención, ladeando la cabeza.
—¿Cómo es tu hombre ideal? —pregunta.
Lo miro con sorpresa. No esperaba ese tipo de pregunta de sus labios.
—Pareces flipada —comenta Huxley.
—Sí, no me lo esperaba. Estaba casi segura de que ibas a preguntarme cuál fue mi primera impresión de ti.
—Ya la sé. Has dicho bastantes cosas respecto a que te parecí un hombre diferente en la acera y en Chipotle.
Sí, lo he hecho.
—Es verdad. ¿Mi hombre ideal? Mmm… Nunca lo he pensado, en realidad. Sé que quiero a alguien que se preocupe por mí, como Jeff se preocupa por mi madre. Que piense que soy su reina y me trate como tal.
También me gustaría que se divirtiera conmigo. No tenemos que tenerlo todo en común, pero me encantaría poder soltarme, divertirme con él.
Además, debe ser un hombre con una cabeza bien amueblada. Apenas me mantengo a flote, no quiero tener que cuidar a nadie; no sé si me entiendes.
Asiente.
—Y luego, por supuesto, lo obvio: tiene que ser un empotrador en la cama. Ya he tenido mi cuota de malos amantes. He cumplido con la sociedad, así que debo terminar con alguien capaz de hacerme disfrutar sin apenas intentarlo.
—¿Eso es todo? —pregunta.
—Creo que sí. Me has pillado desprevenida. Estoy seguro de que hay otras cosas, ya sabes…, como celebrar mis victorias tanto como celebremos las suyas. El respeto… Lo de siempre.…
—¿Crees que alguna vez lo encontrarás?
—¿Es la segunda pregunta?
—Sí. —Se echa más hacia delante y apoya la barbilla en los dedos.
—¿Si lo encontraré? —Me encojo de hombros—. No lo sé. Tal vez, si tengo suerte. Nunca he sido una mujer romántica, así que no le doy mucha importancia a todo eso, pero sí que me gustaría tener algún día a mi lado a mi hombre ideal. He visto a mi madre sola y la he visto con alguien que la adora de verdad. Está mucho más feliz, más libre de estrés. Quiero eso para mí. No digo que lo necesite ahora, pero algún día… —Nuestras miradas se encuentran—. ¿Y tú? ¿Crees que algún día encontrarás a tu mujer ideal y sentarás la cabeza?
—Sí, creo que lo haré —dice sin vacilar.
—¿Quieres desarrollar esa respuesta?
Niega con la cabeza.
—No, así llega.
Pongo los ojos en blanco.
—Dios, eres exasperante.
Se ríe.
—No sé qué quieres que desarrolle. ¿Que si creo que la encontraré? Sí, claro que sí. No creo que esté preparado para ella, pero la vida no funciona así, no espera a que estés listo. Así que, cuando aparezca, lucharé para averiguar cómo hacerla feliz, para tratar de mantenerla a mi lado.
—Hazme caso: no seas un capullo con ella. —Le guiño un ojo—. Eso te dará una oportunidad.
—Lo tendré en cuenta.
Cansada, cierro el portátil de Kelsey y me tumbo en la cama. Como ayer me pasé buena parte del día sin hacer absolutamente nada, me he puesto a trabajar en algunas cosas hoy antes de ir a casa de Kelsey mañana por la mañana.
Pero he estado dedicándome a la página web durante unas tres horas y ya me he cansado. Necesito desconectar.
Vaya, se ha hecho de noche. ¿Qué hora será?
Cuando miro el móvil veo que solo son las cuatro de la tarde, así que echo un vistazo por la ventana y contemplo las nubes oscuras y los primeros signos de lluvia.
Es raro que llueva en California.
El móvil vibra y miro la pantalla.
Angela.
Cojo el teléfono con una rabia que me dilata las fosas nasales y lo desbloqueo para ver lo que tiene que decir. Sinceramente, no creo que sea tan ilusa como para pensar que puede mandarme un mensaje como si no hubiera hecho nada. De hecho, no entiendo por qué no he bloqueado ya su número.
Angela: Hola, guapa. No recibí tu respuesta para la reunión. ¿Significa eso que vendrás sola?
¿Por qué supone eso cuando llevo un pedrusco enorme de Huxley en el dedo?
Probablemente porque piensa que Huxley es demasiado bueno para mí.
Y sí, puede que tenga razón. No soy necesariamente la mujer que está buscando, aunque no me la haya descrito. Sé que no encajo en esta vida de alto nivel. No soy idiota, pero que Angela asuma…
¡Qué bruja desgraciada!
¿Debería molestarme en responder a su mensaje?
Si no lo hago, va a asumir que me ha cabreado y no quiero eso, así que le contesto con pura rabia.
Lottie: Lo siento, he estado muy ocupada con Huxley. Cuenta con nosotros dos.
Ya está, eso debería hacerla arder hasta sus raíces no precisamente rubias.
Sonriendo, me levanto de la cama —todavía con el albornoz de la ducha anterior— y voy al vestidor. Me pongo un pantalón corto de encaje y un sujetador a juego. Es uno de los conjuntos más cómodos, y hasta ahora me lo he puesto de todos los colores, además de este blanco.
El teléfono vibra de nuevo y leo el mensaje con rapidez, deseando ver el tipo de respuesta sarcástica que Angela tiene para mí.
Angela: Oh, ¿todavía estáis juntos? Ah…, me pareció haberlo visto con otra chica la otra noche.
¡Qué maldita arpía mentirosa!
No soy tan estúpida como para caer en esa mierda ni tan insegura como para cuestionar las intenciones de Huxley. Me ha dicho, sin tapujos, que solo estará conmigo mientras no concluyamos el contrato. Y, en cualquier caso, sé que cuando Huxley dice algo por negocios, lo hace en serio.
Entro en mi habitación y me paseo de un lado a otro mientras le devuelvo el mensaje, llena de furia.
Lottie: Qué graciosa…, ha estado conmigo todas las noches. ¿Intentas malmeter, Angela?
Ahí, que se enfrente a sus mentiras. Además, no tengo nada que perder.
Angela: ¿Por qué iba a querer hacer eso?
Me río a carcajadas. Debe de pensar que soy idiota perdida.
Y tal vez lo sea a sus ojos, ya que soy la idiota que la ha seguido y ha
estado a su disposición solo para que acabe dándome la espalda.
Pero ya no.
Lottie: Porque estás celosa.
Angela: ¿Celosa? ¿De ti? Oh, cariño, qué tontería…
Creo que nunca he despreciado a alguien tanto como a ella.
Estoy a punto de responderle cuando llaman a la puerta y Huxley entra.
Cuando me ve, sus ojos se llenan de calidez y me mira con atención antes de abrir de todo la puerta.
—¿Qué estás haciendo? —me pregunta. Creo que nunca lo he visto tan despreocupado. Con pantalones cortos y camiseta, y el pelo revuelto y sin afeitar. Tiene un aspecto delicioso.
—Intercambiando mensajes con Angela. ¿Sabías que la odio?
—Sí, lo sabía. —Se acerca a mí, me arranca el teléfono de la mano tensa y lo tira sobre la cama. Luego enlaza sus dedos con los míos y me guía hacia el pasillo.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto.
—Está lloviendo.
—Me he dado cuenta.
Se detiene un momento y me mira.
—Cuando te pregunté qué querrías si el mundo fuera perfecto, me dijiste que trabajar con tu hermana, dejar de vivir en casa de tu madre, devolvérsela a Angela, pagar el préstamo universitario y tener un lugar donde poder tumbarte bajo la lluvia sin que nadie te juzgara.
¿Se acordaba?
Me tira de la mano.
—Te dije que yo me encargaría de todo. He cumplido todo lo demás. Esto es lo último.
Me lleva por el pasillo, hacia el lado opuesto de la casa, hasta una puerta en la que nunca me había fijado. Cuando la abre, nos reciben unas escaleras.
—¿A dónde vamos? —pregunto mientras subimos.
No responde. Se limita a llevarme a arriba de todo y abre la puerta a una terraza que no conocía.
¿Qué coño…?
No es muy grande y no ha hecho nada en ese espacio. Solo hay cuatro muretes no muy altos para impedir caídas.
—Aquí tienes —dice—, es el lugar perfecto para tumbarse bajo la lluvia sin que nadie te juzgue, sin que nadie te moleste. —Señala con la cabeza el suelo cubierto de teca—. ¿Te sirve?
—Es perfecto. —Levanto la vista hacia él—. Gracias. Esto significa mucho para mí.
—De nada —responde en voz baja, y se hace a un lado para que yo pueda salir bajo la lluvia, justo cuando empieza a arreciar.
Cuando piso el exterior, abro los brazos, echo la cabeza hacia atrás y dejo que la lluvia me impregne la ropa y la piel. Cuando abro los ojos, le sonrío a Huxley, que me observa con atención, y le hago un gesto para que me acompañe.
No se corta y sale a mi lado bajo la lluvia. Le cojo las manos y lo hago girar. Se ríe por lo bajo, dejándome hacer el tonto con él.
—¿No te encanta la lluvia? —pregunto.
—No tanto como a ti.
—Está claro que no sabes valorarla. —Lo guío hasta el suelo y lo hago tumbarse a mi lado, manteniendo su mano entre las mías mientras la lluvia cae sobre nosotros—. El sonido, el olor, saber que no importa si te mojas…
¿No es la mejor sensación del mundo? —digo con los ojos cerrados.
No responde de inmediato, pero siento que inspira hondo.
—Nunca me he parado a sentir la lluvia. —Giro la cabeza, abro los ojos y lo encuentro mirándome fijamente—. Gracias.
Es sincero en este momento.
Auténtico.
No es el imbécil dominante que intenta controlarme.
No hay rastro del hombre que ha estado jugando a ser el protagonista de El Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
Es Huxley.
El hombre.
Y me hace sentir como si tuviera una bala en el pecho. Me gusta este lado suyo. Me gusta mucho más de lo que probablemente debería.
Seguimos tumbados juntos bajo la lluvia, dejando que nos empape hasta los huesos y se acumule en la superficie de la azotea. El repiqueteo del agua contra el suelo inunda el silencio y el olor a asfalto mojado nos envuelve.
Es pura perfección.
—¿Cuándo empezaste a hacer esto? —pregunta, volviéndose hacia mí.
Yo también me vuelvo hacia él. La lluvia ha amainado y ahora es más bien una llovizna.
—Cuando estaba en el instituto. Siempre me ha gustado la lluvia, sobre todo, porque aquí, en California, es raro que llueva. Me encantaba la sensación de estar inmerso en algo distinto a la vida cotidiana. En especial, cuando salía con Angela. A veces me sentía fuera de control. La lluvia me ayudaba a calmarme. Estar con Angela era a menudo como permanecer bajo una tormenta oscura e inoportuna. Pero la lluvia, por el contrario, era suave. Segura. Limpia.
Alarga la mano, me la ahueca sobre la mejilla y limpia unas gotas de agua con el pulgar. Es un gesto dulce e íntimo, y, en lugar de rehuirlo, ladeo la cabeza hacia su mano.
—¿Con qué frecuencia subes aquí?
—No muy a menudo —confiesa—. Habré venido una o dos veces. Pero cuando me dijiste que querías un lugar para tumbarte bajo la lluvia, supe exactamente a dónde te llevaría. ¿Te gusta? —pregunta, inseguro.
Asiento.
—Me gusta mucho. Le vendría bien algún mueble. —Me río entre dientes
—. Pero creo que es perfecto. Gracias.
Cuando no responde y sigue mirándome fijamente, aprovecho el momento para acercarme a él. El calor del día no se abre paso gracias a la lluvia, así que mi cuerpo está ligeramente frío, pero no lo suficiente como para obligarme a marcharme. Solo necesito un poco de calor.
Al notar mi intención, levanta el brazo y yo me acerco aún más hasta que me rodea la cintura con él y me lleva hacia su costado. Y, Dios mío, ¡qué bien huele! Como a ropa limpia y masculina, si es que eso tiene algún sentido.
—Debería haberte dicho que te pusieras algo de abrigo —comenta.
—No sabía que iba a salir bajo la lluvia, y esta es la ropa que me has proporcionado. —Lo miro—. Ya me he dado cuenta de que eres un pervertidillo.
Se ríe por lo bajo.
—No soy un pervertido.
—Mi vestidor está lleno de ropa escandalosa. Voy a empezar a abrir tus
cajones para apropiarme de tus camisetas.
—Coge lo que quieras. Todo te hace parecer sexy.
Me incorporo, con la mano en el pecho mientras lo miro fijamente.
—¿Eso ha sido un cumplido, Huxley?
—¿Quieres que vuelva a decirlo?
—No. —Niego con la cabeza y me llevo la mano al corazón—. Tengo que valorar este momento. Huxley Cane me ha lanzado un piropo. No creo que este instante pueda ser mejor.
—Puede —dice y me tira encima de él. En comparación con su alta y musculosa figura, me siento pequeña y menuda. Pone las dos manos en la parte baja de mi espalda y las desliza un centímetro por debajo de la cintura de mis pantalones cortos.
—¿Estás cómodo así? —le pregunto.
—Mucho —asegura.
—Y yo que pensaba que no te gustaría tener a una arpía encima.
Se ríe, y es un sonido hermoso.
—Puede que disfrute de la arpía más de lo que pensaba.
Esto hace que me incorpore del todo hasta sentarme encima de su regazo.
—¿Estás diciendo que disfrutas de mi compañía en lugar de despreciarla?
Me pone las manos en los muslos y las mueve más arriba hasta que conectan con el interior de mis caderas. Es un pequeño roce, pero tiene un gran impacto en mí: un rayo de lujuria me sube por la espalda.
—Nunca te he despreciado. Tienes que dejar de pensar eso. Solo te encuentro un poco irritante a veces.
Me río.
—Qué encantador eres…
—No sabía que tenía que encantarte. —Sus ojos destilan pura diversión
—. ¿Necesitas que te encante?
Hago como que me atuso el pelo mojado.
—No te vendría mal dedicarme un poco de tu encanto.
Se humedece los labios, aunque, con la lluvia, no debe de necesitarlo.
—¿Qué consideras «encanto»? ¿Palabras o acciones?
—Ambas cosas pueden servir.
Me mira el pecho y luego vuelve a contemplar mi cara.
—Entonces, si dijera que tus tetas me parecen muy sexis con ese top de encaje transparente, ¿te encantaría?
¿Es transparente?
Miro hacia abajo y veo la clara definición de mis pezones. Bueno, supongo que sí es transparente cuando está mojado.
—Creo que eso me encantaría al final, pero estoy segura de que puedes hacerlo mejor.
—¿Sí? —Sus dedos serpentean por mis costados hasta que se deslizan por debajo del top y tiran de él hacia arriba para sacármelo por la cabeza. Lanza la tela empapada a un lado y lleva las manos a mis muslos—. ¿Y ahora qué? ¿Estoy siendo encantador?
Estoy allí sentada, sobre su regazo, en topless, bajo la lluvia, y, para cualquier otra persona, Huxley podría definirse como un hombre cachondo.
Pero, Dios, con solo un parpadeo, podría encantarme hasta hacer que me deshiciera de los pantaloncitos.
—Por tu silencio y tu fuerte respiración, voy a tomar eso como un sí.
Es arrogante y está seguro de sí mismo. Es sexy, sí, pero también algo irritante. Y esa parte molesta provoca mi siguiente acción.
Apoyo la mano en su estómago y desplazo la pelvis sobre su regazo. Sus ojos juguetones se vuelven inmediatamente oscuros, seductores.
—¿Qué haces?
—Enseñándote lo que es de verdad el encanto. —Vuelvo a mover las caderas, y esta vez me recompensa poniéndose más duro debajo de mí.
Mentiría si dijera que no deseo sentir su polla dentro. Después de habérsela chupado en la ducha, no hay nada que me apetezca más que experimentar cómo me penetra una y otra vez. Pero también es un poco arriesgado y, aunque hemos hecho algunos progresos este fin de semana —
a pesar de que no estoy segura de en qué dirección, al menos está abriéndose conmigo—, no quiero presionarlo mucho, solo lo justo y necesario.
El agua me resbala por la cara y le sonrío.
—Verás, Huxley… —Rozo mi sexo sobre su erección en un movimiento continuo, encontrando el ritmo perfecto para los dos—. El encanto puede ofrecerse fácilmente en forma de sexo con ropa.
Suelta una carcajada justo antes de que la sonrisa más hermosa que he visto en mi vida ilumine su rostro. Dios, es guapísimo. Sexy y atractivo, sí, pero ahora mismo veo que también es un hombre muy guapo.
—No tenía ni idea de que el encanto pudiera explicarse de esta manera.
Siempre pensé que la traducción universal para el sexo con ropa era: «Oye, estoy caliente».
Anclo las manos en su estómago, lo que hace que mis pechos se aprieten uno contra otro.
—Puede significar ambas cosas.
Sin dejar de sonreír, se acerca a mis tetas y me pellizca los pezones con los dedos.
—Es bueno saberlo. —Luego envuelve mi pecho derecho con la mano, apretándolo, masajeándolo—. ¿Te he dicho alguna vez lo sexis que me parecen tus tetas?
—Mmm… —gimo, acelerando un poco el ritmo—. No me acuerdo. Tal vez. Pero vuelve a decírmelo.
—Son muy sexis, Lottie. Ni muy grandes ni muy pequeñas, con esos pezones siempre tensos que me piden que los acaricie. Podría pasarme horas jugando con ellas.
—Horas me parece excesivo. —Echo la cabeza hacia atrás cuando él se sienta y acerca la boca a mi pecho. Me chupa con fuerza un pezón y… eso es todo. El roce de su mandíbula en mi piel sensible, combinado con la sensación íntima de sus labios en la punta erizada de mi pecho, me hace sentir un loco desgarro de placer por toda la columna vertebral que llega hasta los dedos de mis pies.
—Son necesarias horas. —Mueve la boca hacia mi otro pecho y presta tanta atención a ese pezón como al otro.
Coloco la mano en la parte posterior de su cabeza y la mantengo en su sitio, sin querer que deje de hacer lo que está haciendo porque me ilumina, me hace sentir viva.
El repiqueteo de la lluvia que nos rodea intensifica el ambiente, y también la forma en que el agua recorre nuestros cuerpos, empapando nuestra ropa, nuestro pelo, nuestra piel. Es erótico. Lo único que podría mejorar esto sería que ambos estuviéramos completamente desnudos.
—Dios, Huxley —gimo cuando apresa el pezón con los dientes—. Quiero más.
Lo toma como una señal para tenderme de espaldas, para tumbarme sobre el suelo frío y húmedo de madera de teca. Su poderoso cuerpo se cierne sobre el mío e impide que la lluvia me caiga en la cara. Su pecho se mueve encima de mí, su pelo está empapado y su mirada es tan intensa por la
necesidad que separo las piernas.
Se coloca entre ellas, y su gran tamaño me obliga a hacer aún más espacio. Baja la pelvis hasta la mía y, cuando nos tocamos, una gratificación inmediata me golpea en el pecho.
Sí.
Es mucho mejor así.
Con su peso sobre mí.
Duro como una piedra.
Pero es él quien tiene el control, algo que me encanta cuando me toca.
Quiero que me posea, que sea el dueño de mi cuerpo y que me haga olvidar todo lo que nos rodea.
—Quiero que te quites los pantaloncitos —dice en tono torturado.
Se pasa la mano por el pelo, mojado por el agua, y se separa de mí solo lo suficiente para bajármelos. Lo ayudo levantando las caderas y, una vez fuera, los deja caer a un lado y vuelve a colocarse sobre mí.
Nunca he estado desnuda bajo la lluvia.
Y voy a ser sincera, puede que sea mi nueva cosa favorita.
Es emocionante.
Atrevida.
Erótica.
Huxley se cierne sobre mí, y lo único que nos separa son sus pantalones cortos, que no ocultan su enorme erección.
—Me encanta verte así —asegura—, sometiéndote a mí. Nunca he visto nada más sexy en mi vida. Esto, justo esto, tú desnuda, mojada, con las piernas abiertas, esperándome. —Se humedece los labios—. ¿Cuánto me deseas?
—Más de lo que me gustaría admitir —digo, colocando la mano en su nuca.
—¿Todavía me odias?
—No.
—¿Todavía quieres ayudarme?
—¿Acaso tengo otra opción? —pregunto, sin saber a dónde nos lleva este interrogatorio.
Clava la mirada en mí.
—Aunque no quiera admitirlo, siempre tienes otra opción. —Desliza su longitud a lo largo de mi excitado clítoris. ¡Oh, Dios, esto es demasiado
bueno! Me tiembla la mano en su cuello cuando se acerca a mi pecho y me lo acaricia con los dedos—. Si mañana me dices que quieres irte, romperé el contrato —dice, mirándome a los ojos.
Se aprieta contra mí.
—¿Qué? —Jadeo cuando empuja de nuevo, y de nuevo, y de nuevo—.
¡Oh, Dios! —gimo; su ritmo provoca placer en lo más profundo de mi ser
—. ¿Por qué?
—Porque —dice, moviéndose de nuevo. Capto la tensión en sus hombros.
Se está conteniendo. Por las gruesas venas de su cuello y la tensión de su mandíbula, podría darme más, quiere darme más—, aunque no lo creas, quiero que seas feliz. —Vuelve a embestir, mi espalda se arquea, me palpita todo el cuerpo—. No quiero atraparte. —Otro empujón. Dos más, no voy a necesitar más—. No quiero que te sientas atrapada… —Y se mueve una vez más.
—Sí, Dios, sí, Huxley. —Me agarro a él y respondo a sus embates con los míos. Estoy justo ahí, a punto. El placer se acumula en la base de mi columna vertebral y la sensación de euforia se acrecienta con cada roce de su erección contra mi clítoris.
Estoy al borde.
Dios, estoy tan cerca.
—Solo quiero que seas feliz —dice, y yo lo escucho.
Estoy oyendo todo lo que me dice, pero no lo tengo muy presente.
Sus palabras no tienen sentido, porque lo único en lo que puedo concentrarme es en mi próximo orgasmo y en las ganas que tengo de alcanzarlo. Quiero dejarme caer en él.
—¿Cuánto te falta? —le pregunto.
—Estoy a punto —gime.
—Entonces, córrete, haz que me corra. Más fuerte, Huxley.
Baja la mano hasta mis nalgas, me las agarra con fuerza y me pega completamente a él, intensificando la conexión. Eso es todo lo que necesito.
Un embate más y ya está.
Hasta el último gramo de placer se acumula, se enrosca en el centro de mi cuerpo, y estalla en millones de pedazos de gozo mientras me consumo en llamas bajo él.
—¡Oh, joder! —grito—. ¡Sí, Huxley!
—Dios —murmura, y se impulsa cada vez más fuerte hasta que se queda
quieto, gimiendo con fuerza, y se derrumba sobre mí.
Apoya su peso en el suelo con un brazo, pero agacha la cabeza y nuestras frentes se tocan. Es lo más cerca que han estado nuestras bocas en todo este tiempo, lo que me hace darme cuenta de que este hombre me ha llevado al clímax con los pantalones puestos, pero no ha posado los labios en los míos ni una sola vez.
¿Por qué?
Mis ojos buscan los suyos y lo sorprendo inspirando hondo antes de establecer contacto visual. La lluvia sigue cayendo sobre nosotros y, a lo lejos, oigo el estruendo de los truenos por primera vez desde que estamos aquí.
Huxley se limpia el agua de la cara y parpadea un par de veces.
—Deberíamos entrar.
—Sí —digo, sin aliento, sin dejar de mirarlo. La atracción entre nosotros es tan condenadamente fuerte que lo único que deseo es aferrarme a él y que me lleve a su cama.
Pero cuando se levanta y me ofrece su mano para ayudarme, noto un cambio en él. Vacilación. Inquietud.
Y no estoy segura de si eso es algo bueno o malo.
Huxley me empuja rápidamente hacia la puerta, la abre y me mete dentro.
Luego me da la ropa y me guía por las escaleras con cuidado, asegurándose de que no resbalemos. Cuando llegamos al pasillo, me coge de la mano y me lleva hacia los dormitorios. Tengo curiosidad por saber a dónde me llevará, ¿quizás a su ducha para que podamos entrar en calor?
Pero entonces se detiene frente a la puerta de mi habitación y me suelta la mano. Nuestro tiempo se ha acabado. Da un paso atrás, se lleva la mano a la nuca y recorre mi cuerpo desnudo con los ojos.
—Deberías darte una ducha para entrar en calor.
—Sí —respondo, incómoda.
—¿Necesitas algo?
A ti.
Que hablemos…
Algo de comprensión sobre lo que estamos haciendo.
Tal vez una breve recapitulación de las cosas que has dicho en la terraza.
—Creo que no —respondo.
Asiente
—Bien. Si quieres, puedo pedir algo para cenar.
Niego con la cabeza.
—No pasa nada. No tengo mucha hambre.
—Claro. —Da otro paso atrás, y mis esperanzas se desploman al verlo retroceder de nuevo.
¿Por qué?
¿Por qué lo hace?
¿Por qué da un gran salto hacia adelante para luego dar dos pasos hacia atrás?
¿Y por qué me importa?
Sí, lo sé… Lo sé.
Todo el mundo lo sabe. Porque, de alguna manera, de algún modo, he empezado a preocuparme por él.
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