Un mal comienzo
Unmalcomienzo-1
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HUXLEY
—¡Voy a asesinar a alguien, joder! —grito; lanzo la chaqueta del traje al despacho y doy un portazo.
—Parece que la reunión ha ido bien —comenta JP con ironía desde el ventanal de suelo a techo del despacho, donde está apoyado.
—Sí, parece que ha ido increíblemente bien —se ríe Breaker, tumbado en el sofá de cuero.
Ignorando el sarcasmo de mis hermanos, me tiro del pelo y me giro hacia la vista de Los Ángeles.
Es un día claro, la lluvia de la noche anterior ha eliminado parte de la nube de polución. Las palmeras se elevan hacia el cielo desde el borde de las carreteras, pero parecen pequeñas en comparación con el edificio donde se encuentra mi despacho, por encima del resto de la ciudad.
—¿Quieres hablar sobre ello? —pregunta JP, sentándose en una silla.
Me vuelvo hacia ellos; son mis hermanos, los dos idiotas que han estado a mi lado en las buenas y en las malas. Los que han soportado conmigo los altibajos de la vida. Los que lo han dejado todo para unirse a mí en esta alocada idea de liderar el mercado inmobiliario de Los Ángeles con el dinero que nos dejó nuestro padre al fallecer. Y hemos levantado este imperio juntos.
Pero las miradas de suficiencia que veo en sus rostros hacen que quiera echarlos de mi despacho.
—¿Os da la impresión de que quiero hablar de ello?
—No. —Breaker sonríe—. Pero, joder, como puedes imaginar, queremos oírlo todo.
¡Claro que sí! Porque fueron ellos los que me dijeron que no debía reunirme con Dave Toney.
Los que me dijeron que iba a ser una pérdida de tiempo.
Los que se rieron cuando les dije que tenía una reunión hoy con Toney.
Y los que se despidieron con un sarcástico «Buena suerte» cuando salí por la puerta.
Pero quería demostrarles que estaban equivocados.
Quería demostrarles que podía convencer a Dave Toney de que debía trabajar con Cane Enterprises.
( Spoiler: no lo he convencido).
Capitulo ante las miradas de mis hermanos, tomo asiento también y suelto un largo suspiro.
—Joder… —murmuro.
—Déjame adivinar: ¿no lo has encandilado con tu encanto? —pregunta Breaker—. Con lo agradable y simpático que eres…
—Toda esa mierda no debería tener importancia. —Doy un golpecito con el dedo en el reposabrazos de mi sillón de cuero—. Esto es un negocio, no un puto desfile de amistades y aduladores.
—Creo que este se perdió algunas clases en la universidad —le dice JP a Breaker—. ¿Fomentar las relaciones comerciales no abarcaba un curso entero? —Su sarcasmo me pone de los nervios.
—Creo que sí —responde Breaker.
—He ido y le he besado el culo, ¿qué más quieres?
—¿Te has puesto pintalabios? Estoy seguro de que a su novia no le hará gracia encontrar la huella de otros labios en su trasero. —Breaker sonríe.
—En este momento te odio. Te odio de verdad, joder.
—No nos gusta decirlo, pero te lo advertimos, hermanito —se regodea JP, mientras que Breaker suelta una carcajada—. Dave Toney no trabaja con cualquiera. Es un mundo aparte en esta ciudad. Son muchos los que han tratado de gestionar la gran cantidad de bienes raíces que posee, y todos han fracasado. ¿Por qué has pensado que tú serías diferente?
—¡Porque represento a Cane Enterprises! —grito—. Todo el mundo quiere trabajar con nosotros. Porque tenemos la mayor cartera inmobiliaria de Los Ángeles. Porque podemos convertir un edificio en ruinas en un negocio millonario en solo un año. Sabemos lo que hacemos, y Dave Toney, aunque tenga éxito, es propietario de unos terrenos muertos que están perjudicando el sector. Él lo sabe, yo lo sé, y quiero arrancarle esos terrenos de las manos.
JP se lleva los dedos a la barbilla, pensativo.
—¿Qué le has dicho exactamente? —pregunta—. Espero que no haya
sido eso. Porque, aunque tu pequeño discurso me haya puesto los pezones duros, dudo que él agradeciera tu tono.
Pongo los ojos en blanco.
—He dicho algo parecido.
—Eres consciente de que Dave Toney es un hombre orgulloso, ¿verdad?
—interviene Breaker—. Si vas por ahí insultándolo, no va a querer trabajar contigo.
—¡No lo he insultado! —grito—. Intentaba establecer una igualdad de condiciones, ya sabéis, que viera que soy un tipo bastante normal.
Mis dos hermanos hacen gestos burlones.
—Soy un tipo normal.
JP y Breaker intercambian miradas y se echan hacia delante, y sé lo que viene a continuación: el típico sermón que están deseando soltar. Les gusta hacerlo de vez en cuando.
—Sabes que te queremos, ¿verdad? —pregunta Breaker. Y así comienzan…
—Estamos aquí para apoyarte siempre que nos necesites —añade JP.
Me paso la mano por la cara.
—Dejad de joderme la vida…
—No eres normal. Eres cualquier cosa menos normal. Ninguno de nosotros lo es. Vivimos en Beverly Hills, nos invitan constantemente a estrenos y a fiestas de famosos, y hemos salido muchas veces en los titulares de Page Six. No hay nada normal en nosotros. Dave Toney, sí… Él es normal.
—¿Por qué cojones él sí lo es? —pregunto—. ¿Porque no lo invitan a fiestas de famosos?
Breaker niega con la cabeza.
—No, porque tiene los pies en la tierra. Porque es accesible. Podrías tomarte una cerveza con él en un bar sin sentirte intimidado. Tú eres todo lo contrario. Resultas llamativo.
—No soy llamativo.
JP señala mi reloj.
—Bonito Movado, ¿es nuevo?
Lo miro.
—Lo compré la semana pasada… —Levanto los ojos para encontrarme con las miradas cómplices de mis hermanos—. ¿No se me permite gastarme
el dinero ganado honradamente con el sudor de mi frente?
—Claro que sí —me tranquiliza JP—. La forma en que vives tu vida es completamente aceptable. La casa, el coche, el reloj…, te lo has ganado todo y con creces, pero si quieres conectar con Dave Toney, vas a tener que ponerte a otro nivel. Y eso no significa que te reprimas, porque él ya te tiene calado. Ya sabe que eres un tipo llamativo, pero tiene que verte bajo una luz diferente.
—Ohhh, me gusta cómo suena eso —apostilla Breaker—. Una luz diferente. Eso es lo que necesitas. —Se da un golpecito en la barbilla—.
Pero ¿cuál será esa luz?
Irritado, me levanto de la silla y recojo la chaqueta del traje del lugar donde la he tirado.
—Mientras vosotros dos, idiotas, pensáis qué puedo hacer al respecto, yo voy a comer.
—Ojalá Toney pudiera ser testigo de este momento, en el que Huxley Cane no le pide a su asistente que le traiga el almuerzo, sino que, como un hombre cualquiera, recorre las calles de Los Ángeles en busca de su propia comida… —elucubra JP.
Me pongo la chaqueta, a pesar del calor que hace fuera, e, ignorándolos, voy hacia la puerta.
—¿Podrías traerme algo? —me pide Breaker.
—Mándame un mensaje con lo que quieras —digo sin darme la vuelta.
—Con pepinillos. ¡Con muchos pepinillos! —grita JP mientras me acerco al ascensor por el pasillo de las oficinas. Por suerte, las puertas se abren ante mí, así que entro, pulso el botón del vestíbulo y me apoyo en la pared, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
Vas a tener que ponerte a otro nivel.
Ni siquiera sé qué significa eso. Soy un buen ejecutivo; he hecho tratos con mucha gente con la que me he llevado bien, pero también he negociado con personas que desprecio hasta el fondo de mi alma. La diferencia entre Dave Toney y yo es que me importa un carajo quién acepta mi dinero o de quién lo acepto yo. Los negocios son negocios, y si un trato es bueno, lo acepto y punto.
Hoy le he propuesto a Dave un negocio muy interesante; para ser sincero, mejor de lo que se merece. Y en lugar de estrecharme la mano y aceptarlo, se ha quedado sentado en el sillón de su oficina, rascándose la mejilla. «No
lo sé. Voy a tener que meditarlo», me ha dicho después de un rato.
Meditarlo.
Que tiene que meditar mi puta propuesta.
Nadie tiene que meditar los tratos que les ofrezco; los aceptan, y agradecen al mismísimo Jesucristo poder hacer negocios con Cane Enterprises.
Atravieso las puertas del ascensor, me abro paso por el ajetreado vestíbulo y salgo del edificio de oficinas en dirección al delicatessen que está al final de la calle, a dos manzanas. No suelo enviar a mi ayudante, Karla, a que me traiga comida, porque me hace sentir como un gilipollas —a pesar de lo que la gente pueda pensar de mí—, y así disfruto del tiempo que me lleva salir para respirar aire fresco. Bueno, estamos en Los Ángeles, así que hablar de
«aire fresco» es una exageración, pero me da un segundo para relajarme antes de volver a sentarme detrás del escritorio, donde controlo operaciones de miles de millones de dólares con el teclado.
Suena el teléfono en mi bolsillo y no me molesto en mirarlo, porque sé que son los pedidos de JP y Breaker. Ni siquiera sé por qué les he dicho que me envíen un mensaje, porque siempre toman lo mismo. Igual que yo. Un Philly cheesesteak con extra de champiñones. Y, por supuesto, con pepinillos. Es nuestro sándwich favorito. No lo comemos a menudo, pero, cuando vamos al deli, lo pedimos de forma habitual.
La acera está más transitada de lo normal. Es verano en Los Ángeles, lo que significa que los turistas están por todas partes, que los viajes en autobús para ver las casas de los famosos estarán a tope, y que conducir por la 101 va a suponer una pesadilla. Por suerte para mí, vivo a solo treinta minutos del despacho.
Cuando me acerco al delicatessen, un todoterreno negro que me resulta muy familiar se detiene delante. Al abrirse la puerta, veo que Dave Toney
—hablando del rey del Roma— sale del vehículo. ¿Qué probabilidades había de que ocurriera tal cosa?
Por lo que sea, parece que la suerte está de mi lado. Nada como un buen acercamiento para intentar asegurar un trato. Tal vez JP tenía razón y Dave Toney puede cambiar de opinión cuando me vea recoger el almuerzo. Esto supone, sin duda, un nivel diferente.
Me abrocho la chaqueta del traje y acelero el paso. Nunca pierdo la oportunidad de hacer negocios. Nunca. A medida que me acerco, me pilla
peligrosamente desprevenido una mano femenina que sale del vehículo detrás de Dave. Reduzco la marcha y me fijo en esa mano… Una mano pequeña con un anillo de compromiso MUY grande.
Mierda, ¿Dave Toney está comprometido?
Asumo que sí, ya que sostiene la mano de esa mujer.
Pero comprometido… Joder, ¿cómo se me ha pasado por alto ese detalle?
Normalmente soy consciente de que…
Mis pensamientos se detienen en seco, y parpadeo un par de veces cuando su prometida se gira y me ofrece una vista de perfil de su figura.
Santo Dios… ¡Joder!
Parece que el compromiso no es la mayor sorpresa del día.
Gracias al vestido ajustado que lleva y a su esbeltez, no me cabe duda de que la prometida de Dave Toney está embarazada.
Dave Toney, comprometido y con un bebé en camino. ¿Cómo…?
¿Cuándo…?
Se despide del conductor, cierra la puerta y mira hacia atrás el tiempo suficiente como para que establezcamos contacto visual. Arquea las cejas en señal de sorpresa y luego se da la vuelta y me saluda con la mano.
—Cane, no esperaba verte en la calle.
Ya, ninguno de los dos esperaba que volviéramos a vernos, pero no voy a dejar que la conmoción de este nuevo acontecimiento me perturbe.
Ha llegado la hora del espectáculo.
Sonrío.
—Estoy disfrutando del bochornoso sol de California mientras voy a buscar el almuerzo para mis hermanos y para mí. —Me acerco a él y le tiendo la mano, que estrecha brevemente—. Este deli se ha convertido en nuestro favorito. Todo lo que sirven está buenísimo.
—¿En serio? —pregunta Dave, sorprendido—. Eso me dice Ellie. Yo nunca he estado, pero me asegura que tienen los mejores pepinillos del mundo.
—A mis hermanos también les gustan los pepinillos. —Le tiendo la mano a su prometida—. Tú debes de ser Ellie.
—Joder, qué maleducado soy… — Dave se ríe, incómodo—. Sí, ella es Ellie. Ellie, este es Huxley Cane.
—Un placer conocerte —dije Ellie con un acento sureño muy dulce que he escuchado antes.
Le estrecho la mano brevemente.
—Déjame adivinar, ¿eres de Georgia?
Una sonrisa le ilumina la cara.
—Sí. ¿Se nota?
Sí, y eso es un buen augurio para mí.
—Mi abuela se ha autoproclamado siempre un «melocotón» de Georgia.
He pasado muchos veranos llenos de humedad en su porche, meciéndome en el balancín con ella mientras me ponía al corriente de los últimos cotilleos del pueblo.
—¿De verdad? ¿De dónde es?
—De Peachtree City.
Sus ojos se abren de par en par con deleite y se lleva la mano al pecho.
—Crecí en Fayetteville, al este de Peachtree. Vaya, qué pequeño es el mundo.
Sí. Sí, en efecto. Sobre todo, porque mi abuela reside en San Diego, y, en realidad, yo nunca he estado en Georgia, pero eso es algo que no necesitan saber. Tampoco tienen que saber que reconozco su acento porque salí con una chica de Peachtree City en la universidad. Al final, todo es una cuestión semántica.
Encantado con la pequeña incursión que estoy haciendo en el mundo de Dave, me vuelvo hacia él, solo para ser recibido por un hombre con una actitud muy territorial. Oh-oh… Tiene la mandíbula tensa y el ceño fruncido, y en sus ojos no se refleja ni pizca de humor por nuestro pequeño…, pequeñísimo mundo.
Ese tipo está prácticamente marcando su territorio con un gruñido de ira.
No me sorprendería que empezara a dar vueltas en torno a Ellie para orinar a su alrededor.
Dado lo que sabe de mí —que soy el tipo sexy y ligón que aparece en las páginas de Page Six, aunque no sea un título reciente, gracias a Dios—, debe de pensar que soy una amenaza. Algo que no soy. Es decir, quizá Ellie sea una rubia muy atractiva y tenga unos impresionantes ojos azules, pero está embarazada —una pesadilla— y comprometida, y eso la sitúa, por lo tanto, fuera del mercado.
Sin embargo, teniendo en cuenta lo que han dicho mis hermanos, es probable que Dave no lo considere así tratándose de mí.
Lo que significa que tengo que arreglar la situación con rapidez de la
mejor manera posible.
Pero ¿cómo…?
¿Cómo puedo hacerlo?
*Bombilla encendida*
¿Has visto ese brillante destello de luz? Sí, se me ha ocurrido una idea.
Puede que no sea inteligente por mi parte. Sí, sin duda, no es lo más inteligente que se me ha ocurrido, pero Dave parece estar más tenso con cada segundo que pasa, así que…
Allá voy…
Y no me lo pienso dos veces; famosas últimas palabras.
—Fayetteville, ¿eh? —Me humedezco los labios. Venga, voy…—. Vaya, qué locura. Creo que los padres de mi prometida son de Palmetto. ¿No está al norte?
Sí, «prometida». Ya he dicho que no era una idea inteligente, pero es la mejor que se me ha ocurrido.
—En efecto, Palmetto está al norte —asiente Ellie con mucha alegría, y Dave le rodea la cintura con la mano en un gesto protector.
—¿Prometida? —pregunta después de aclararse la garganta—. ¿Estás comprometido, Cane? —Hay un interés genuino en sus ojos, y la tensión que se estaba acumulando en sus hombros parece disiparse lentamente.
—Sí.
—Ay…, ¡qué sorpresa!
No puedo adivinar sus pensamientos. ¿Me cree? ¿Está poniéndome a prueba? ¿Estaré empeorando la situación de forma exponencial? Espero que no. No quiero perder este trato.
Me niego a que se me escape de las manos cuando estoy tan cerca de conseguirlo. Trabajar con esas propiedades sería muy beneficioso para nuestra cartera, en especial teniendo en cuenta lo que hemos planeado para ellas. Y conseguir un acuerdo con Dave Toney me haría sentir victorioso.
Mi mente empresarial toma el control, lo que hace que mi sentido común ondee al viento.
Así que, antes de que pueda cambiar de opinión sobre lo que está a punto de salir de mi boca, trago con fuerza.
—Sí, comprometido y… a la dulce espera.
En el momento en que esa mentira atraviesa mis labios, una sensación de asco se apodera de mí, porque, joder, sé lo mucho que se esfuerzan algunas
mujeres para quedarse embarazadas, y mentir sobre algo así…, joder, no me parece bien. Pero, como he dicho, el sentido común ha desaparecido de mi mente en este momento y estoy dejándome llevar por un instinto idiota.
—¿De verdad? —Ellie aplaude—. ¡Oh, Dios mío! —Se palmea la barriga
—. Nosotros también. Dave, ¿no te parece emocionante?
—Claro que sí. —La expresión de Dave pasa de novio inseguro y protector a… a una mirada que no había visto antes en él: compasiva.
Comprensiva.
Me atrevería a decir que amistosa.
Me meto las manos en los bolsillos del pantalón del traje para evitar moverlas, y adorno la mayor mentira de mi vida.
—Sí, mi abuela me la presentó en Peachtree. Fue uno de esos amores a primera vista.
Ellie junta las manos.
—¡Oooh, me encantan los flechazos!
Me encojo de hombros.
—Sí, y congeniamos con mucha rapidez. —Intento mirar hacia el cielo mientras pienso en mi imaginaria prometida embarazada y en lo mucho que
*gulp* la quiero—. Hemos recorrido el camino un poco al revés, con el embarazo primero, así que supongo que no hemos hecho nada bien, dados los tiempos que marca la sociedad.
—Lo mismo digo —conviene Dave, y lo veo, justo en sus ojos. Una nueva apreciación sobre mí. Esto es de lo que hablaban los chicos. Esto era lo que Dave necesitaba, verme como un «ser humano» más.
Y este soy yo, conociendo a Dave a un nuevo nivel. Conectando con él.
En este momento, no me ve como el hombre de negocios sexy que va a por todas, sino como alguien a quien puede invitar a tomar una cerveza y hablar de las preocupaciones que le surgen porque está a punto de ser padre.
Esta podría ser exactamente el tipo de relación que necesitaba. Un poco de charla, una mentirijilla que no va a hacer daño a nadie. No tiene por qué conocer a mi chica imaginaria. Ni siquiera necesita saber mucho sobre ella.
Así que la idea me parece mucho más atractiva.
Mmm…, tal vez esto no sea tan mala idea al final.
Tal vez es, en realidad, pura brillantez en su máxima expresión.
Recuerda mis palabras: mañana a estas horas me llamará, ya no dispuesto a meditar mi oferta, sino más bien dispuesto a aceptarla.
Huxley Cane, eres un genio.
—Dave, ¿no sería absolutamente genial que Huxley y su prometida vinieran a cenar?
Ahhh, ¿y ahora qué?
¿Cenar?
Ellie junta las manos.
—Sería guay poder hablar con gente en nuestra misma situación —
continúa, echándose hacia delante—. A la familia no le ha hecho mucha gracia que esperemos para casarnos hasta que nazca el bebé. Mis padres son bastante tradicionales.
El sudor me cubre el labio superior e intento mantener una expresión neutral.
Una cita para cenar.
Con mi «prometida».
¡Oh, joder!
Aborta, Cane. ¡ABORTA!
—Eso sería maravilloso —dice Dave con una sonrisa jovial.
¡JODER!
—¿Qué tal la noche del sábado? —continúa.
¿El sábado por la noche?
¡Joder! ¡Joder!
Es dentro de cuatro días.
Solo tendría cuatro malditos días para encontrar no solo una prometida, sino una prometida embarazada.
Huxley Cane, no eres un genio, eres un auténtico imbécil.
—Oh, dale un segundo para que lo hable con su chica —dice Ellie. Diría que gracias a Dios por las palabras de Ellie, pero la cita para cenar ha sido idea suya—. ¿Por qué no se lo confirmas a Dave y ya él me dice si podéis?
Me encanta cocinar. Podría preparar una comida sureña si queréis.
Mi mente ya está formulando excusas de por qué mi prometida y yo no podremos ir el sábado.
—Y tal vez podamos hablar un poco más del trato —agrega Dave con una sonrisa genuina.
Joder.
Joder. Joder. Joder.
Ahora no puedo decir que no. Correría el riesgo de echar a perder el
acuerdo.
Dios…
A pesar de que tengo la boca tan seca como la arena del desierto, trago saliva y asiento.
—Sí… —Se me quiebra la voz—. El sábado me parece bien.
—Genial. —Ellie aplaude—. Oh, ya estoy deseándolo. Voy a hacer acelgas al estilo sureño y la mejor tarta de melocotón del mundo. Dave te enviará la dirección.
—Perfecto —añado con una sonrisa temblorosa. ¿En qué demonios me estoy metiendo?
—¡Oh, cariño, vamos a llegar tarde! Tendremos que ir al deli después de clase, ¿no te importa? —pregunta Dave.
—Siempre que pueda pedir doble de pepinillos… —responde Ellie, y deposita un beso en los labios de Dave.
Aquel gesto me revuelve el estómago. No es que me parezcan repulsivos ni nada de eso, pero es un recordatorio descarnado del agujero que me acabo de cavar yo solito.
—Perfecto, nos vamos a clase de Lamaze: estamos aprendiendo la técnica del parto natural. Estamos en contacto —dice Dave con un gesto.
Les devuelvo el ademán, rezando para que no me tiemble la mano y, sin entrar en el deli, me doy la vuelta y regreso al despacho, con la mente centrada en cómo voy a resolver esta cagada.
Huxley Cane, eres un auténtico idiota.
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