Un mal comienzo
Unmalcomienzo-8
8
LOTTIE
Lo odio.
Lo odio con todas mis fuerzas.
Allí estaba yo, haciendo de tripas corazón, preocupándome por la diferencia entre las espinacas congeladas y las frescas mientras Ellie me ponía al tanto de las albóndigas de espinacas que le gustan a Dave. La escuché con una sonrisa, respondí con preguntas reflexivas e incluso me deleité intercambiando direcciones de correo para que me envíe, como ella ha dicho, «Todas las recetas».
¿Y qué obtengo al final de la noche de Huxley?
¿Estás pensando en un «Gracias»?
¿Quizá en un «Buen trabajo»?
No busco una celebración de mis logros, pero agradecería un poco de amabilidad.
Sin embargo, parece que la amabilidad no forma parte del repertorio de Huxley Cane.
Vale. No pasa nada. Porque ¿adivinas qué? Ahora sé qué esperar.
Nada.
No debo esperar nada de él.
El silencio llena el coche mientras nos dirigimos a Beverly Hills. Huxley vuela por las calles, con una mano en el volante y la otra en la palanca de cambios, haciendo caso omiso de todos los límites de velocidad indicados en los laterales de la carretera. Y cuando le echo un vistazo, me fijo en lo tensa que está su mano sobre el pomo de cuero finamente trabajado, en el acero de su mandíbula y en las arrugas de su frente. ¿Por qué demonios está tan irritado? Hoy soy yo la que ha pasado por el aro.
Él ha estado allí sentado sin decir nada.
Cabreada con él, mantengo la mirada al frente hasta que reduce la velocidad. Nos detenemos delante de un enorme portón de madera. Aprieta
un botón en el salpicadero del coche y la verja se abre lentamente hacia la derecha, plegándose hacia un muro de piedra blanca cubierto de enredaderas. Por supuesto.
Ahhh, este debe de ser su hogar, su dulce hogar. Me había imaginado que tenía una mansión ostentosa con pilares, fuentes demasiado grandes con adornos de oro y mármol por todas partes, incluso en las paredes, porque puede permitírselo, pero cuando giramos en el camino de entrada, me sorprende mucho la casa que aparece ante mis ojos. Es una edificación blanca de estilo playero, con marcos negros en las ventanas; hay grandes apliques de aspecto sureño que flanquean los lados de la puerta principal y un sencillo tejadillo de chapa negra.
Esto no me lo esperaba.
Es elegante.
Moderna.
Con estilo.
Solo tiene de ostentoso el tamaño.
Huxley aparca el coche y alguien se acerca a la puerta de su coche para abrirla.
—Señor Cane, bienvenido a casa.
—Gracias, André. —Huxley le tiende las llaves—. ¿Todo listo?
—Sí, señor.
—Gracias por quedarte hasta tarde. Puedes irte a casa.
—Antes aparcaré su coche en el garaje y lo enchufaré a la corriente. Que tenga una buena noche.
—Igualmente —dice Huxley.
Disculpa que se me descuelgue tanto la mandíbula, pero… ¿cómo es que a André le habla como a una persona normal y a mí no?
Huxley me abre la puerta y me tiende la mano, pero, como ya no estamos bajo la mirada atenta de Dave y Ellie, ignoro su ayuda e intento volver a cerrar, algo que me impide su mano al agarrar la parte superior de la puerta del coche.
—¿Qué demonios haces? —pregunta.
—Puedo abrir y cerrar la puerta yo misma.
Se agacha hacia mí.
—Tengo personal en la casa que nos verá juntos —susurra—, así que tienes que actuar como si fueras mi prometida.
—Eeeh… ¿perdón? —suelto—. Eso no era parte del trato.
—¿Has leído todo el contrato?
Ese contrato olvidado de Dios. ¿Cuántas veces va a volver a darme la lata con él?
—Por supuesto que sí.
Pero no lo he hecho.
En realidad, ¿quién lee la letra pequeña de los contratos hoy en día? Los abogados. Yo me dediqué a las partes importantes, o al menos eso creía. Sí, había una sección sobre el personal, pero la pasé por alto. Pensé que se trataba de qué clase de personas trabajan para él, no sé…, que tengan que ser amables. Algo así.
—Entonces, ya conoces esa sección. André es mi mano derecha, sabe de nuestro acuerdo, pero es el único.
—¿No has hecho que tu personal firme un acuerdo de confidencialidad?
—pregunto.
—Sí, pero a veces cuentan cosas… Hemos despedido a algunos integrantes del servicio por dar chivatazos a los medios de comunicación, así que todavía no confío plenamente en todos los miembros en activo.
—Me parece una estupidez —Acepto su mano de mala gana— permitir que unos extraños entren en tu casa y te cuiden, pero no confiar en ellos. Sí, muy inteligente por tu parte.
—Confío en muy poca gente.
—¿Confías en mí? —indago mientras nos acercamos a la gran entrada. La puerta negra me parece increíblemente intimidante a pesar de la maceta con flores que da la bienvenida.
—No —responde sin pensarlo.
—Vaya, eso es… Eso es jodido.
—Apenas te conozco. ¿Por qué iba a confiar en ti? —Abre la puerta de entrada y me recibe un amplio vestíbulo, con suelos claros, paredes blancas y un camino recto hasta la parte trasera de la casa, donde las puertas correderas de cristal más grandes que he visto nunca dan acceso a una piscina iluminada y a un jardín increíble con suficiente follaje para bloquear la vista a las propiedades vecinas. Me pone la mano en la espalda—. Tienes que ganarte mi confianza —añade.
Lo miro de reojo.
—No soy la única que necesita ganarse la confianza de alguien —replico.
—Serías una mujer de negocios horrible si ofrecieras tu confianza de inmediato. Te respeto más por hacer que me la gane.
—¡Oh, vaya! Me he ganado tu respeto —digo en tono sarcástico mientras entro en la casa. Observo la decoración impersonal y la calculada colocación de cada objeto. Grandes jarrones, cuencos de aspecto elegante y plantas nutren la falta de personalidad de la que hablo. Probablemente, Huxley ni siquiera sepa que existen la mitad de estos adornos.
Después del vestíbulo, la casa se abre a un salón gigantesco con techos abovedados de tablillas blancas y vigas de madera ligeramente manchadas.
La casa no tiene ningún color, solo está decorada con variaciones de blanco, algún toque negro y verde aquí y allá, y alguna planta que estoy segura de que no se molesta en regar. La cocina es enorme. La isla atraviesa toda la longitud de la estancia, con encimeras de mármol y tiradores negros, pero la parte superior y la inferior alrededor de las paredes de la cocina son blancas, con electrodomésticos modernos de color negro. Es una cocina de ensueño, y estoy segura de que si Kelsey viera esta casa, se le caería la baba.
—Puedes utilizar la cocina para lo que gustes. El cocinero me prepara las comidas y las deja en la nevera. Si tienes alguna petición, házmelo saber y me aseguraré de que dispongas de ella.
—Puedo hacerme mi propia comida.
—¿Necesito recordarte que eres mi prometida?
Me vuelvo hacia él y me sorprendo al verlo con las manos en los bolsillos; un aspecto algo vulnerable, mientras me enseña su casa.
—Falsa prometida —le susurro en voz baja.
Ignora mi comentario.
—No hay nada prohibido —añade—. Lo que es mío es tuyo.
—Ah, ¿así que no me vas a amenazar para que me aleje del ala oeste?
Frunce el ceño, confundido.
—Ya sabes, como en La Bella y la Bestia.
—¿Me estás comparando con Bestia?
—No del todo. Él tenía más modales cuando trataba con su cautiva.
—No le veo la gracia.
—Interesante —comento y me acerco a la nevera. Abro una de sus enormes puertas. Y tal y como ha dicho, hay comidas preparadas dentro con las fechas marcadas en la parte superior. Joder, qué clase de cosas puede
conseguir el dinero… —. Te gustan las coles de Bruselas, ¿verdad? —
pregunto, viendo un montón de tuppers con ellas.
—Para ti, son muy buenas.
—Eso me han dicho. —Cierro la nevera—. ¿Dónde está mi habitación?
—pregunto. Y entonces me doy cuenta—. Eh, espera…, ¿vamos a tener que compartir habitación? —Levanto la mano—. Porque por eso no paso. De ninguna manera voy a compartir la cama contigo. Necesito mi propio espacio.
—Por aquí —comenta, yendo hacia la escalera que hay al lado del gran salón.
—Esa no es una respuesta. ¿Vamos a dormir en la misma cama? Porque, te lo advierto ahora mismo, no querrás hacerlo. Me gusta dormir desnuda.
—Eso no supone un problema —murmura, subiendo las escaleras.
—¿Eso ha sido un cumplido? —pregunto, pasando por detrás de él—.
¿Estás diciendo que tengo un buen cuerpo? Espera…, eso da igual. No seas pervertido.
—No soy un pervertido. Tú has sacado el tema de los desnudos.
—Estaba tratando de decirte por qué no soy una buena compañera en la cama. —Hago una pausa—. Espera, no he querido decir eso —rectifico—.
Soy muy buena compañera en la cama. Sé cómo conseguir que un hombre roce el cielo con mis manos. Las han llamado hacedoras de milagros. De verdad, soy una compañera óptima en el aspecto sexual. Increíble para alcanzar el clímax, en caso de que te lo estés preguntando.
—No lo hacía.
—Bueno, yo sí. Y me siento muy cómoda con mi sexualidad. Soy aventurera. Pero cuando se trata de dormir, no hablo de sexo, sino de dormir, es cuando las cosas se tuercen. Me muevo mucho. Duermo atravesada en la cama. Doy patadas a diestro y siniestro y no me acurruco.
Así que ya sabes: compartir la cama y la habitación conmigo no es una buena idea.
Al llegar al final de la escalera, gira a la derecha y se dirige a un largo pasillo.
—¿Me has oído?
—Te he oído.
Me pongo a su altura.
—Entonces, ¿por qué no me respondes?
—Porque tu incesante parloteo me molesta.
—Vaya, pero qué gilipollas eres —digo mientras abre una puerta a la izquierda.
Entro en la habitación y me quedo inmediatamente extasiada ante la moderna cama de cuatro postes, sobre la que recae la luz, que se ha convertido en el punto de atención de la estancia con sus suaves sábanas blancas y sus mullidas almohadas. A los pies, hay un banco con cojines, y frente a ella veo una chimenea con dos sillas negras modernas de mediados del siglo XX orientadas hacia las llamas. A la derecha hay un cuarto de baño enorme, que estoy segura de que está revestido de mármol, como la cocina.
Pero lo que más me llama la atención es la cómoda colocada bajo la gran ventana que da al patio delantero. Porque encima de ella están mis tres consoladores. El rosa, el morado y el pene con ventosa que compré hace poco.
Dios mío, ¿qué hacen ahí? ¿Y quién demonios los ha tocado?
Miro a Huxley y, por desgracia para mí, él también está mirando mi colección de placer.
—¿El servicio ha abierto mis maletas?
—En efecto —dice.
—Parece que se han encontrado con mis juguetes femeninos.
—¿Así es como los llamas? —pregunta.
—Podría decir «consoladores», si eso te hace sentir más cómodo.
Aunque, probablemente, no sea un buen presagio para ti que los tenga, ¿eh?
—Le doy un codazo—. Ya sabes, se supone que debes mantenerme satisfecha.
—No es nada nuevo para ellos. Saben que tengo juguetes.
Eeeh… ¿qué? ¿He oído bien? ¿Huxley Cane tiene juguetes? Hablando de un giro en la trama…
—¿Qué? ¿En dónde?—Miro a mi alrededor—. ¿Los escondes en la mesilla de noche? —Me acerco a una y la abro, sin encontrar absolutamente nada.
—Esta no es mi habitación.
Me pongo de pie.
—Espera, entonces, ¿no vamos a compartir habitación?
—No. Mi habitación está al otro lado del pasillo.
—Entiendo. —Me cruzo de brazos—. ¿Y qué pensará tu personal de eso?
—Han sido informados de que intentamos permanecer célibes antes de la boda.
Se me escapa un fuerte resoplido y me tapo la nariz.
—Estoy segura de que eso les ha hecho mucha gracia.
—¿Por qué es gracioso? —pregunta.
—Ya sabes… —Le hago un gesto con la mano—. ¿Es que no traes mujeres a casa?
—No.
—Ah… —digo pensativa—. Bueno, supongo que eso es bueno para mí.
Además, así no tienes que fingir que tu salchichita no me molesta.
Acorta la distancia entre nosotros con pasos decididos y dominantes. Deja caer la mano justo encima de mi clavícula y me agarra con fuerza, apretando los dedos en la parte posterior de mi hombro. Esa posición no solo exige mi atención, sino que me deja sin aliento.
—Vamos a aclarar una cosa —dice, amenazante—. No tengo una salchichita, nunca la he tenido y nunca la tendré. Y he firmado un contrato contigo. Eso significa que yo te pertenezco y tú me perteneces hasta que se cumplan todas las obligaciones dentro de nuestro acuerdo. ¿Lo has entendido?
Sus palabras me atraviesan, el significado es fuerte y conmovedor.
No va a mirar a nadie más, no va a follar con nadie hasta que pongamos fin a nuestro acuerdo, eso es lo que me está diciendo, y no debería tener ningún efecto sobre mí. Pero, por alguna razón, me produce un escalofrío, un escalofrío intenso.
Irritado por mi silencio, se acerca más hasta que se detiene a un palmo de mí. Me desliza la mano por el cuello y me levanta la barbilla con el pulgar, lo que me obliga a mirarlo a los ojos.
—¿Lo has entendido, Lottie?
Dios, estar tan cerca de él, verme obligada a mirar a esos ojos siniestros y dominantes… En este momento, me doy cuenta de lo mucho que me juego.
Porque, aunque su personalidad no habla más que de arrogancia —y nunca podría imaginarme enamorada de un hombre con una necesidad tan incesante de imponer su autoridad—, no puedo evitar sentir algo cuando me habla con tanta convicción, cuando me reclama con sus manos.
Trago saliva.
—Nada de hombres. Entendido.
—Te seré fiel; exijo el mismo respeto.
—Actúas como si tuviera cientos de hombres haciendo cola en la puerta para sacar a pasear mi trasero sexy. Créeme, no tienes de qué preocuparte.
—Le doy una palmadita en el pecho, tratando de aligerar la tensión, y me alejo un poco para poder recuperar el aliento.
Eso ha sido… Guau… Algo para recordar: cuando domina un sitio, domina mi atención, domina todos mis movimientos, y puedo verme ahogada por su presencia. No hay duda de ello.
Me acerco a mis consoladores y los cojo de uno en uno para inspeccionarlos. Aunque Huxley es un hombre atroz con una actitud infame, me resulta increíblemente sexy, y la forma en que me ha hablado hace un momento, con ese tono alfa, ha sido muy sugerente.
Adelante, échame la bronca.
Sé que no debería pensar que es atractivo, sobre todo, después de nuestras recientes interacciones, pero, aggg…, esos ojos profundos y seductores, la forma en que se cierne sobre mí, el tono ronco de su voz… Sí, me está haciendo sentir todo tipo de cosas que requerirán la ayuda de uno de mis amiguitos.
Tal vez use el consolador púrpura esta noche. Me encanta el movimiento giratorio que hace. Aunque el de la ventosa me llama, pero es mejor usarlo en la ducha. Por eso lo he comprado, para poder satisfacerme desde atrás, una de mis posiciones favoritas.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta Huxley mientras mira cómo paso la mano por mi consolador púrpura.
A pesar de todo, creo que es divertido ponerlo a prueba.
—Decidiendo con qué quiero follar esta noche. Ya sabes, como mi prometido es célibe y todo eso, necesito satisfacerme de alguna manera. Tu personal seguramente entenderá las circunstancias. —Cojo el consolador con ventosa y paso la mano por la punta—. Dios, me encanta desde atrás, sin embargo, estoy demasiado cansada para darme una ducha ahora mismo.
—Levanto el púrpura—. Parece que Thor y yo vamos a divertirnos esta noche.
Miro a Huxley, y me recompensa con la mandíbula apretada y una mirada furiosa.
Perfecto.
La venganza es mía.
No quiero dar a entender que esté buenísima, ni que provoque a este tipo a cada paso que doy, pero sé algo de hombres. Seas quien seas, si estás acariciando un consolador delante de un hombre, va a pensar en sexo. Y
cuando piensan en sexo, se excitan. Y si un imbécil excitado tiene que irse a la cama solo, me siento satisfecha.
Espero que sufra…, aunque solo sea para equilibrar la balanza por el agravio que he experimentado esta noche.
—El desayuno es a las siete y media de la mañana. Asegúrate de estar.
—¡¿A las siete y media?! —exclamo—. Es domingo.
—Tenemos mucho que discutir. —Y dicho eso, cierra la puerta. Lo oigo entrar en su propia habitación al otro lado del pasillo y cerrar su puerta de golpe.
Alguien necesita ayuda para gestionar sus problemas de control de la ira.
Tal vez me equivoque, tal vez sí me trata como Bestia trató a Bella.
—Una invitación habría estado mejor, y no una exigencia —murmuro, y dejo a Thor en la cama.
Me acerco al armario y descubro que no hay ni una sola prenda mía allí colgada. Todo es ropa de diseño, desde vestidos vaporosos hasta ropa de noche ajustada, pasando por blusas y vaqueros. Y también muchos zapatos.
Vale, eso me parece bien, porque…
—¡Dios mío! —susurro, cogiendo un zapato y apretándolo contra mi pecho—. Un Louboutin. Cielo santo. —Lo vuelvo a dejar en el suelo con cuidado y le hago una pequeña caricia—. Eres precioso. Recuérdalo siempre, sobre todo cuando te estropee con mis descuidados pies, porque a veces me muevo como un cervatillo recién nacido.
Abro los cajones del armario y… ¡Oh, vaya! Cojo un tanga blanco de encaje y lo pongo a la luz.
—Esto es un montón de… nada. —Miro hacia abajo y abro otro cajón para encontrar sujetadores a juego—. ¿De verdad importa tanto mi ropa interior? —Bueno, si la colada me la hace su personal, probablemente no quiera que encuentren prendas desparejadas por ahí.
Me irrita lo minucioso que ha conseguido ser en tan poco tiempo.
Vuelvo a meter las prendas en los cajones y luego busco el pijama, que no aparece por ninguna parte. Cuanto más rebusco en los cajones, más cuenta me doy de una cosa en particular: hay mucha lencería, pero ni rastro de mis prendas oversize o de mis camisetas de grupos de rock; ha desaparecido
cualquier rastro de mi personalidad.
Levanto un conjunto de seda de dos piezas: unos pantalones cortos que estoy segura de que apenas me cubren las nalgas y un top a juego. ¿Esto es lo que espera que me ponga?
Con la ropa en la mano, atravieso la habitación, salgo por la puerta y cruzo el pasillo para llamar a su puerta.
—¡Tengo que hablar contigo! —grito.
Tarda unos segundos, pero, cuando abre la puerta de golpe, me tira de la mano y me hace girar contra la pared antes de cerrar.
Se queda allí de pie, sin nada más que unos pantalones cortos de pijama; su pecho inmaculadamente musculoso sube y baja mientras me mira con intensidad; tiene un cuerpo dominante, grande, ardiente.
Alguien pasa mucho tiempo en el gimnasio, y se llama Huxley Cane, porque… guau. Solo… guau.
¿Quién podía imaginar que los pectorales podían ser tan compactos?
Apuesto algo a que botan cuando corre.
—¿Por qué demonios estabas gritando?
Ahhh…
¿Qué me ha preguntado?
Lo siento, pero me siento un poco distraída por el dios pagano que tengo delante. Sí, es fácil ver que se trata de un hombre atractivo. Mentiría si dijera que no. Pero nunca había sido consciente de que escondía mucho más debajo de las camisas. Y quiero decir… mucho más.
Pectorales marcados y planos, hombros tallados, bíceps que parecen de mármol cincelado. Tiene la complexión de un surfista, puro músculo desde el cuello hacia abajo, hasta sus abdominales perfectamente definidos y la V
marcada en sus oblicuos. Y como la vida no es justa, los bóxers se ciñen a su cintura justo por encima de la cinturilla de los pantalones cortos.
Es oficial: mi falso prometido es un auténtico macizo.
Lástima que sea el mayor imbécil que he conocido en mi vida.
—¿Qué demonios quieres? —repite, todavía enfadado.
Ah, sí. Se supone que debo estar irritada con él.
Con una mano en la cadera, levanto la negligé.
—¿Esperas que me ponga esto? —pregunto.
Posa los ojos en la seda negra que tengo en la mano y luego vuelve a mirarme.
—¿Hay algún problema?
—No es un pijama.
—Pensaba que dormías desnuda, ¿qué más da?
—Eeeh… No voy a dormir desnuda en la casa de un extraño.
—Entonces, lo que tienes en la mano debería ser adecuado.
Entrecierro los ojos.
—¿Dónde está mi ropa?
—En un almacén.
—¿Por qué?
Se pasa la mano por la cara.
—Porque no era adecuada para el papel que tienes que desempeñar. Ya hemos discutido esto. ¿Por qué sacas el tema cuando estoy tratando de prepararme para ir a la cama?
—Porque pensaba que tendría al menos parte de mi ropa.
—No es necesario: me he asegurado de que tengas todo lo que necesitas.
Ahora, si eso es todo, me gustaría dormir un poco.
¿Podría ser más idiota?
Es posible.
Creo que esto es solo la punta del iceberg. Apuesto algo a que podría ser mucho más gilipollas, lo que, por supuesto, hace que me pregunte hasta dónde podría presionarlo. Parece que dispongo de tiempo para averiguarlo.
—Eres espantoso, ¿lo sabías? —digo, estrujando mi pijama nuevo.
—Tú tampoco eres una joyita.
A pesar de que es por lo menos treinta centímetros más alto que yo, me acerco a él, y elevo la cabeza para mirarlo.
—Espero que tengas una noche de insomnio.
—Dulces pesadillas —me responde con tal nivel de sarcasmo que creo que he encontrado la horma de mi zapato.
Lo que no sabe es que no es el único que puede jugar sucio.
Puede que tenga un acuerdo contractual con ese hombre, pero estoy segura que puedo hacer que su vida se convierta en una película de terror. Y
eso es exactamente lo que planeo hacer.
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