Cineclub

David Gilmour · Capítulo 9 de 17

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Capítulo 9

 

Al leer lo que he escrito me doy cuenta de que puede que dé la impresión de que tenía pocas ocupaciones en la vida aparte de ver películas y dar consejos a mi hijo. No era el caso. Para entonces estaba recibiendo un poco de trabajo: reseñas de libros, un documental que había que pulir, incluso la suplencia de un profesor durante unos cuantos días (algo desalentador, por supuesto, pero no la experiencia devastadora en términos de vanidad que había temido).

Vendí mi ático en la fábrica de azúcar y con el dinero que me dieron mi mujer y yo compramos una casa de estilo Victoriano en las afueras de Chinatown. Finalmente, Maggie volvió a casa. Qué felicidad; había pasado más de un año. Sin embargo, ella todavía sentía que Jesse necesitaba «vivir con un hombre». Yo también. Y mi mujer, afortunadamente, también. En una celebración familiar de Navidad, una tía diminuta con voz de gorrión, la directora de un instituto jubilada, me había dicho: «No te dejes engañar. Los adolescentes necesitan tanta atención como los recién nacidos. Solo que ellos la necesitan de sus padres».

Jesse nos siguió a Tina y a mí al otro lado de la ciudad con tres bolsas de basura industriales llenas de ropa y docenas de compactos sin estuche. Se instaló en el cuarto azul del tercer piso, desde donde se podía ver hasta el lago. Era la mejor habitación de la casa, la más tranquila y la mejor ventilada. Le compré una reproducción del cuadro de John Waterhouse en el que aparecen unas doncellas desnudas nadando en un estanque y lo colgué en la pared entre pósters de Eminem (un tipo poco atractivo, todo sea dicho), Al Pacino con un puro (El precio del poder) y un matón con una media en la cabeza apuntándote con una pistola de nueve milímetros a la cara, cuyo pie rezaba: «Saluda a los chicos malos».

De hecho, cuando escribo esto, me encuentro pasillo abajo, a pocos metros de distancia de la habitación azul de Jesse, ahora vacía, con una de sus camisetas desechadas colgada en la parte trasera de la puerta. Hoy día la habitación está más ordenada: hay un DVD de Chungking Express colocado en su mesita de noche junto con Middlemarch (todavía sin leer) Fulgor de muerte, de Elmore Leonard (por lo menos no lo ha vendido). Los cosacos, de Tolstói (idea mía). Malos tragos, de Anthony Bourdain, que dejó allí la última vez que él y su novia pasaron la noche. La presencia de esos objetos me resulta reconfortante, como si él todavía estuviera allí, al menos en espíritu; como si fuera a volver algún día.

Sin embargo, y no quiero ponerme sensiblero en este punto, algunas noches paso por delante de su habitación camino de mi estudio y echo una ojeada al interior. La luz de la luna cae sobre su cama, en la habitación reina un gran silencio, y me cuesta creer que se haya ido. Íbamos a incorporar otras cosas a la habitación: otras reproducciones, otra pinza de la ropa para la pared. Pero el tiempo se agotó.

Otoño en Chinatown; las hojas se teñían de rojo en los gigantescos bosques al norte de la ciudad. Se veían guantes en las manos de las mujeres que pasaban en bicicleta por delante de nuestra casa. Jesse consiguió un trabajo de media jornada atendiendo el teléfono para un par de indeseables especializados en telemarketing que recaudaban dinero para una «revista de bomberos».

Un día, a media tarde, me pasé por «la oficina», un tugurio cutre con seis o siete cubículos en los que había un chico blanco de la calle, un paquistaní, una mujer gorda con una lata de Coca-Cola delante, todos atendiendo los teléfonos. Dios mío, pensé. Esta es la empresa en la que lo he dejado caer. Este es su futuro.

Y allí estaba él, justo al fondo, con el teléfono en la oreja y la voz ronca de engatusar a personas mayores, enfermos convalecientes en casa e ingenuos a la hora de la cena. Se notaba que se le daban bien las ventas por teléfono. Mantenía a las personas al teléfono, las cautivaba, les hacía reír y las engañaba hasta que soltaban la pasta.

Los jefes también estaban allí: un enano con una cazadora amarilla y su zalamero socio, un guapo ex presidiario llamado Dale. Me presenté. Jesse era su mejor chico, dijeron. El número uno de la «plataforma». Detrás de nosotros oía fragmentos de inglés apenas comprensible, una voz de Europa del Este con un acento tan marcado que parecía de una comedia de situación; de otro cubículo salía un acento bengalí; luego la voz nasal de una mujer, interrumpida por el sonido de alguien sorbiendo trocitos de hielo por una pajita. Sonaba como una pala cavando cemento.

Jesse se acercó con ese andar airoso que tenía cuando estaba contento, mirando a un lado y a otro.

—Vamos a charlar fuera —dijo.

Lo que significaba que no quería que hablara con los jefes ni que hiciera preguntas sobre la «revista de bomberos», como «¿Hay algún ejemplar que pueda ver?». (No lo había.)

Esa misma noche lo llevé a cenar a Le Paradis. (Si yo era adicto a algo, no era al alcohol ni a la cocaína ni a las revistas de chicas, sino a comer en restaurantes incluso cuando estaba sin blanca.)

—¿Has visto alguna vez esa revista de bomberos? —pregunté.

El masticó su filete a la plancha con la boca abierta por un instante. Tal vez fuera porque la siesta de esa tarde me había sentado mal, pero el simple hecho de que él comiera con la boca abierta después de haberle dicho miles de veces que no lo hiciera me sumió en un estado de desesperación e irritabilidad.

—Jesse —dije—, por favor.

—¿Qué? —dijo él.

Hice un gesto bastante ordinario con los labios.

Normalmente él se habría reído (aunque no fuera divertido), se hubiera disculpado y hubiera pasado a otra cosa, pero esa noche vaciló. Vi cómo su cara palidecía levemente. Bajó la vista a su plato como si estuviera tomando una decisión, una decisión difícil, para poder dominar una sensación física. Entonces dijo simplemente:

—Está bien.

Pero todavía se podía notar la tensión en el aire. Parecía que yo hubiera abierto la caja de Pandora y luego la hubiera cerrado.

—Si no quieres que corrija tus modales a la mesa… —empecé a decir.

—No pasa nada —dijo él, quitándole importancia.

No me miró. Dios mío, pensé, me he burlado de él. Lo había herido en su orgullo al poner aquella estúpida cara. Por un momento, los dos nos quedamos quietos, él masticando y mirando su plato, y yo mirándolo a él con una determinación cada vez más frágil.

—Jesse —dije suavemente.

—¿Qué?

El alzó la vista, no como un hijo mira a su padre, sino más bien como Al Pacino mira a un gilipollas. En algún punto determinado habíamos pasado una fase. El estaba harto de tenerme miedo y quería que yo lo supiera. De hecho, el equilibrio se estaba viendo alterado de forma todavía más dramática. Su desagrado me estaba intimidando.

—¿Quieres salir a fumar un cigarrillo y calmarte? —dije.

—Estoy bien.

—Lo que he hecho ha sido ordinario. Lo siento.

—No pasa nada.

—Quiero que me perdones, ¿vale?

Él no contestó. Estaba pensando en otra cosa.

—¿Vale? —repetí suavemente.

—Vale. Hecho.

—¿Qué pasa? —pregunté todavía más suavemente.

Él estaba balanceando su servilleta con la mano, rozando con ella un punto de la mesa de un lado a otro. ¿Estaba acordándose de la escena en la que James Dean jugueteaba con la cuerda? ¿Pensaba decir que no a todo lo que yo le preguntara?

—A veces creo que me influyes demasiado —dijo.

—¿En qué sentido?

—No creo que otros chicos se queden tan… —buscó la palabra adecuada— paralizados después de tener una pelea con sus padres. Algunos los mandan a tomar por el culo.

—Yo no quiero que a nosotros nos pase eso nunca —dije casi sin aliento.

—Yo tampoco. Pero ¿no debería dejarme influir menos por ti?

—¿Te dejas influir por mí?

—Por eso no me meto en líos. Me da pánico que te enfades conmigo.

Esa no era la conversación que yo tenía en mente cuando lo había invitado a salir a cenar a un restaurante que no me podía permitir.

—¿Qué es lo que te da pánico? Nunca te he pegado. Nunca te he… —Me detuve.

—Soy como un niño. —Sus ojos se llenaron de lágrimas de frustración—. No debería estar tan nervioso delante de ti.

Dejé mi tenedor. Noté que el color se desvanecía de mi cara.

—Tienes más poder sobre mí del que crees —dije.

—Ah, ¿sí?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Ahora mismo, por ejemplo.

—¿Crees que tú tienes demasiado poder sobre mí? —dijo él.

Me estaba costando recobrar el aliento.

—Creo que quieres que tenga buena opinión de ti —dije.

—¿No crees que soy un crío que te tiene miedo?

—Jesse, mides un metro noventa y cinco. Podrías… perdona mi lenguaje… darme de hostias cuando quisieras.

—¿Crees que podría hacerlo?

—Sé que sí.

Algo se relajó en todo su cuerpo.

—Quiero ese cigarrillo ahora —dijo, y salió.

Vi cómo se movía de acá para allá al otro lado de la puertaventana; al cabo de un rato volvió a entrar y dijo algo al camarero, que se rió, y a continuación atravesó la sala, mientras una universitaria morena lo observaba atentamente. Me fijé en que estaba contento, mirando a un lado y otro, dando saltitos al andar, cogiendo su servilleta y limpiándose la boca. Le he dado todo lo que necesita de momento, pensé, pero no tardará en necesitar más.

—¿Podemos hablar de la revista de bomberos? —dije.

—Claro —dijo él al tiempo que se servía otra copa de vino. (Normalmente era yo quien lo servía.)—. Me encanta este restaurante —dijo—. Si fuera rico, creo que cenaría aquí todas las noches.

 

Definitivamente, las cosas estaban cambiando entre nosotros. Sabía que en un futuro no muy lejano íbamos a tener un tiroteo y yo iba a perder. Como el resto de los padres de todos los tiempos. Por ese motivo elegí nuestra siguiente película.

¿Recuerdas estas palabras?: «Sé lo que estás pensando: si disparé las seis balas o solo cinco. La verdad es que, con todo este ajetreo, también yo he perdido la cuenta. Pero siendo este un Magnum 44, el mejor revólver del mundo, capaz de volarte los sesos de un tiro, ¿no crees que deberías pensar que eres afortunado? ¿Verdad que sí, vago?».

Cuando el Señor llame a Clint Eastwood a su seno, ese discurso aparecerá en los noticiarios de todo el mundo: Harry el Sucio mirando por encima del cañón de su arma a un atracador de un banco y cantándole las cuarenta. Esa película —por no decir ese discurso— lanzó a Clint Eastwood a la primera fila de actores protagonistas estadounidenses, junto a John Wayne y Marlon Brando. Dos años más tarde, en 1973, un guionista telefoneó a Clint Eastwood y le dijo que había estado leyendo sobre los escuadrones de la muerte de Brasil, unos policías inconformistas que mataban a criminales sin molestarse en llevarlos a los tribunales. ¿Y si Harry el Sucio descubría la presencia de escuadrones de la muerte en el Departamento de Policía de Los Ángeles? La cinta se titularía Harry el Fuerte.

Cuando la película se estrenó al año siguiente durante la época de vacaciones, vendió todavía más entradas que Harry el Sucio, de hecho, reportó más dinero a la Warner Brothers en sus primeras semanas de exhibición que cualquier otra película en toda su historia.

Harry el Fuerte es con mucho la mejor de las secuelas de Harry el Sucio y cimentó la relación amorosa entre el público y el revólver capaz de «volar el motor de un coche a cien metros».

—Pero no te la estoy poniendo por eso —dije a Jesse.

—¿No? —dijo.

Detuve la película en mitad de un fotograma, cerca del principio, en el que el inspector Harry Callahan el Sucio baja de la acera de una calle soleada de San Francisco y se acerca al coche de la víctima de un asesinato, cuyo cuerpo está dentro con una grave herida de cabeza. Detrás de Eastwood, en la acera, hay un hombre con el pelo largo y barba.

—¿Lo reconoces? —dije.

—No.

—Es mi hermano —dije.

Era realmente mi hermano, que casualmente pasaba por San Francisco cuando se estaba rodando la película. Había ido hacia el oeste en coche presa de un frenesí para ingresar en una secta religiosa; no recuerdo cuál. Pero cuando llamó a la puerta, no le dejaron entrar. De modo que compró una entrada para asistir a la grabación en directo de The Merv Griffin Show. Luego, con la misma rapidez con que había llegado, volvió a Toronto. Pero en algún momento de ese día, coincidió con el rodaje de una película.

—Es tu tío —dije.

Los dos escudriñamos la pantalla; tras el pelo y la barba desgreñada había un joven atractivo de veinticinco años que se parecía a Kris Kristofferson.

—¿Lo he visto alguna vez? —preguntó Jesse.

—Una vez, cuando eras pequeño, apareció en la puerta. Quería algo. Recuerdo que te mandé que volvieras a entrar en casa.

—¿Por qué?

Miré la pantalla de nuevo.

—Porque mi hermano tenía un don especial para causar problemas entre las personas —dije—. No quería que te envenenara los oídos cuando tenías catorce años y estabas dispuesto a oír cosas malas sobre mí. Así que te lo oculté.

A continuación, retomamos la película donde la habíamos dejado; el fotograma congelado se desvaneció, la película avanzó y mi hermano desapareció de la pantalla.

—Pero ese no es el único motivo —dije—. El verdadero motivo es que cuando yo era más pequeño que él, me daba un miedo de muerte. Y uno acaba odiando a la gente que le da miedo. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

—Sí.

—No quiero que a nosotros nos pase lo mismo —dije—. Por favor.

Solo ese «por favor» logró más que cien disculpas o explicaciones.

 

No había revista de bomberos; era una estafa. Unas semanas más tarde, cuando Jesse fue a «trabajar», el local estaba cerrado y Dale y el enano habían desaparecido. Le timaron unos cientos de dólares, pero a él no pareció importarle. El trabajo había cumplido su función: sus primeros pasos en la ruptura de la dependencia respecto a sus padres. (Creo que comprendió de forma intuitiva que la dependencia económica cimenta la dependencia emocional.)

Había trabajos peores y al poco tiempo encontró uno. Otro puesto de telemarketing, esta vez consistente en vender tarjetas de crédito a familias pobres de los estados del sudeste: Georgia, Tennessee, Alabama y Mississippi. Esta vez no me invitó a conocer al jefe. Algunas noches, cuando volvía a casa con la voz destrozada de hablar y fumar, yo lo interrogaba. Le decía:

—Explícame por qué MasterCard confiaría la venta de tarjetas de crédito a una panda de chicos con gorras de béisbol. No lo entiendo.

—Yo tampoco, papá —decía él—, pero funciona.

Mientras tanto no hubo señales de Rebecca; ni encuentros en una discoteca, ni en la calle, ni llamadas de teléfono, nada. Era como si ella hubiera desarrollado una especie de radar que la advertía cuando Jesse estaba cerca y simplemente desaparecía. Había cumplido su palabra al decir «No me volverás a ver nunca».

Una noche me desperté sin ningún motivo especial. Mi mujer dormía a mi lado con una expresión en el rostro como si estuviera intentando resolver un problema matemático mentalmente. Del todo despierto y un tanto inquieto, miré por la ventana. Había un círculo de niebla alrededor de la luna. Me puse la bata y bajé la escalera. En el sofá había un estuche vacío de un DVD. Jesse debía de haber llegado tarde y haber visto una película antes de irse a la cama. Me acerqué al aparato para ver de qué se trataba, pero a medida que me aproximaba sentí una especie de presentimiento, como si estuviera cruzando una línea y me estuviera adentrando en una zona peligrosa y fuera a encontrarme algo que no me iba a gustar. Una espantosa película pornográfica, quizá; algo que reforzara mi confianza en la efectividad de la educación que estaba impartiendo.

Pero la perversidad, la irritación, una sensación de impaciencia supervisora, no sé lo que fue, superó mi cautela y extraje la bandeja. ¿Y qué es lo que salió? No lo que yo esperaba. Se trataba de una pequeña película hongkonesa Chungking Express (1994), que había puesto a Jesse meses antes. Imágenes de una chica asiática flaca como un palo bailando a solas en el piso de un extraño. ¿Cuál era la canción que se oía? Ah, sí, California Dreamin’, el éxito de The Mamas and the Papas, que sonaba nuevo y emocionante como no lo había hecho en los sesenta.

Experimenté un estado de alerta peculiar, un tirón en la manga, como si estuviera mirando algo pero fuera incapaz de reconocer lo que era. Como los sellos de gran valor que aparecen en Treinta y nueve escalones (1935) de Hitchcock. ¿De qué se trataba?

En algún lugar de la casa oía un sonido muy tenue, un chasquido. Subí la escalera; el sonido aumentó; luego llegué a la tercera planta. Iba a llamar a la puerta de la habitación de Jesse —uno no entra en el cuarto de un joven en plena noche sin avisar— cuando lo vi por la rendija de la puerta.

—¿Jesse? —susurré.

No hubo respuesta. La habitación estaba bañada de luz verde, y Jesse se encontraba ante el ordenador de espaldas a mí. Un zumbido de insectos salía de los auriculares que llevaba puestos. Estaba escribiendo a alguien. Un momento privado, clic, clic, clic, clic, clic, pero muy solitario, a las cuatro de la madrugada, escribiendo a otro chico a cientos de kilómetros de distancia. ¿De qué hablaban? ¿De rap, de sexo, de suicidio? Una vez más, lo vi en el fondo de un pozo reluciente, todo de ladrillo y argamasa, sin ninguna forma de salir (demasiado resbaladizo), ni de atravesarlo (demasiado duro); una eternidad esperando a que algo apareciera en lo alto: una nube, una cara, una cuerda colgando.

Y de repente comprendí por qué me había llamado la atención aquella película en concreto Chungking Express. Porque la hermosa chica que aparecía en ella le recordaba a Rebecca, y ver la película era en cierto modo como estar con ella.

Bajé la escalera y me fui a dormir. Tuve unos sueños terribles. Un chico en un pozo húmedo, esperando.

El no se levantó hasta que lo llamé por tercera vez al día siguiente por la tarde. Subí la escalera y le sacudí ligeramente el hombro. Estaba profundamente dormido. Tardó veinte minutos en bajar. Caían pétalos de los árboles a la luz del sol de media tarde. Parecía un paisaje marino, como si estuviéramos debajo del agua, con todos aquellos tonos dorados y verdes. Unas zapatillas de deporte (una travesura) colgaban del cable de alta tensión que había en lo alto. Había más calle abajo. Un chico con una camiseta roja pasó montado en una bicicleta, esquivando rápidamente los pequeños montones de hojas. Jesse tenía un aspecto lánguido.

Iba a decir: «Creo que deberías empezar a ir al gimnasio», pero no lo hice.

Él sacó un cigarrillo.

—Por favor, antes de desayunar, no.

Se inclinó hacia delante, balanceando la cabeza ligeramente de un lado a otro.

—¿Crees que debería llamar a Rebecca? —dijo.

—¿Sigues pensando en ella?

(Una pregunta estúpida.)

—Cada segundo del día. Creo que he cometido un gran error.

Al cabo de un momento dije:

—Creo que Rebecca era muy conflictiva y te marchaste antes de que la casa se incendiara.

Advertí que él quería un cigarrillo y que no iba a concentrarse hasta que se fumara uno.

—Enciéndelo si te apetece —dije—. Sabes que me sienta mal.

Una vez que estuvo más tranquilo tras haberse llenado los pulmones de humo (su piel parecía todavía más gris), dijo:

—¿Va a durar siempre?

—¿El qué?

—Que eche de menos a Rebecca.

Pensé en Paula Moors, un antiguo amor que yo había tenido; había perdido casi diez kilos en dos semanas por culpa de ella.

—Durará hasta que encuentres a alguien que te guste tanto como ella —dije.

—¿Y no bastará con otra novia?

—No.

—¿Y si simplemente es una buena persona, como dice mamá?

El comentario —con las correspondientes implicaciones de que una «buena» chica pudiera lograr que Jesse olvidara su anhelo sexual por Rebecca— reflejaba una parte de Maggie que resultaba al mismo tiempo encantadora y desesperante. Se trataba de una mujer que había dado clases en un instituto de una pequeña comunidad agrícola de Saskatchewan, que a los veinticinco años había decidido que quería ser actriz; que había dejado su trabajo, se había despedido de su familia entre lágrimas en una estación de tren y había ido a Toronto —a más de tres mil kilómetros de distancia — para hacer realidad su sueño.

Cuando la conocí aparecía en un musical punk con el pelo verde. Sin embargo, cuando hablaba con nuestro hijo de su vida, sobre todo de su «futuro», se olvidaba de todo aquello y se convertía en una consejera increíblemente ingenua. («Tal vez deberías ir a un campamento este verano.») Su preocupación, su inquietud por el bienestar de Jesse, anestesiaba su inteligencia, que normalmente era intuitiva y considerable.

Lo que mejor hacía por él, lo hacía con ejemplos, transmitiendo una amabilidad democrática, concediendo el beneficio de la duda, a diferencia de su padre, a veces demasiado precipitado en su reprobatoria forma de expresarse.

En una palabra, ella ablandaba su alma.

—Tu madre tiene buenas intenciones —dije—, pero se equivoca en eso.

—¿Crees que estoy colgado de Rebecca? —dijo él.

—Literalmente, no.

—¿Y si nunca encuentro a alguien que me atraiga tanto?

Volví a pensar en Paula Moors y su marcha de efecto adelgazante; era una morena con los dientes ligeramente torcidos, la clase de imperfección que puede conferir a una mujer un misterioso atractivo sexual. Dios, cómo la echaba de menos. La añoraba. Tenía fantasías grotescas que me obligaban a cambiarme de camiseta en mitad de la noche.

—¿Te acuerdas de Paula? —dije—. Tenías diez años cuando se marchó.

—Solía leerme cuentos.

—Yo creía que estaría obsesionado con ella el resto de mi vida, estuviera con quien estuviera. Que siempre pensaría: «Sí, pero no es Paula».

—¿Y…?

Elegí las palabras con detenimiento; no quería entrar en detalles escabrosos.

—No ocurrió con la primera mujer, ni con la segunda, ni con la tercera. Pero cuando pasó, cuando se dio la química adecuada y las cosas salieron bien, no volví a pensar en Paula.

—Estuviste hecho polvo durante un tiempo.

—¿Te acuerdas de aquello? —dije.

—Sí.

—¿Qué recuerdas?

—Me acuerdo de que te quedabas dormido en el sofá después de cenar.

—Tomaba somníferos —dije—. Un gran error. —Pausa—. Tuviste que meterte tú solo en la cama unas cuantas veces, ¿verdad?

Pensé en aquella horrible primavera, la luz demasiado brillante del sol, yo caminando por el parque como un esqueleto, y Jesse lanzándome tímidas miradas. Una vez me cogió de la mano y me dijo: «Empiezas a sentirte mejor, ¿verdad, papá?». Un niño de diez años cuidando de su padre. Cielo santo.

—Soy como el personaje de El último tango en París —dijo Jesse—. Preguntándose si su mujer hacía con el tío de la bata de abajo las mismas cosas que con él. —Noté que me miraba de forma vacilante, sin saber si continuar—. ¿Crees que tengo razón? —preguntó.

Sabía en lo que él estaba pensando.

—No creo que merezca la pena pensar en eso —dije.

Pero él necesitaba más. Sus ojos escudriñaron mi rostro como si estuviera buscando un punto muy pequeño. Recordé las noches tumbado en la cama obligándome a visualizar las imágenes más pornográficas posibles: Paula haciendo esto, Paula haciendo lo otro. Lo hacía para embotar mis terminaciones nerviosas, para correr hasta la meta, hasta el punto en que me importara un bledo lo que ella hacía con sus dedos o lo que se metía en la boca, etc.

—Olvidarse de una mujer lleva su tiempo, Jesse. Es como dejarse crecer las uñas. Puedes hacer lo que quieras: tomar pastillas, salir con otras chicas, ir al gimnasio, no ir al gimnasio, beber, no beber, no importa. No se llega al otro lado un segundo antes.

Él miró al otro lado de la calle; nuestros vecinos chinos estaban trabajando en el jardín gritándose entre ellos.

—Debería haber esperado hasta tener otra novia —dijo.

—Puede que ella te hubiera dejado primero. Piensa en eso.

Él se quedó mirando al frente un rato, con sus largos codos apoyados en las rodillas, imaginándose Dios sabe qué.

—¿Qué te parece si la llamo por teléfono?

Abrí la boca para contestar. Recordé haberme despertado temprano una mañana de febrero gris después de que Paula se hubiera marchado, mientras la nieve húmeda se deslizaba por la ventana, y haber pensado que me iba a volver loco ante el día interminable que tenía por delante. Estás en terreno delicado. Pisa con cuidado.

—Sabes lo que te hará, ¿no? —dije.

—¿Qué?

—Te castigará. Te atraerá más y más, y cuando creas que lo has conseguido, le pondrá fin.

—¿Tú crees?

—No es tonta, Jesse. Sabrá exactamente lo que quieres. Y no te lo dará.

—Solo quiero oír su voz.

—Lo dudo —dije, pero entonces miré sus facciones tristes, la monotonía que parecía haberse apoderado de todo su cuerpo, y dije en voz baja—: Creo que te arrepentirás si vuelves a empezar con ella. Ya casi estás en la meta.

—¿Qué meta?

—A la que tienes que llegar para olvidarte de ella.

—No, no lo estoy. Ni siquiera me he acercado.

—Has llegado más lejos de lo que crees.

—¿Y tú cómo lo sabes? No quiero ser maleducado, papá, pero ¿cómo lo sabes?

—Porque yo lo he hecho tres millones de veces. Por eso lo sé —dije bruscamente.

—No me voy a olvidar de ella nunca —dijo él, abandonándose a la desesperación.

Noté un picor irritante, casi como el sudor, en la piel; no porque él me estuviera cuestionando, sino porque estaba triste y yo no podía hacer nada para aliviarlo de su pesar. Eso hizo que me enfadara con él, como al querer pegar a un niño que se ha caído y se ha hecho daño. El me lanzó una mirada, una de esas miradas que yo recordaba de años antes, una mirada de preocupación que decía: «Oh, no, se está poniendo furioso conmigo».

—Es como alguien que deja de fumar —dije—. Pasa un mes, se emborracha y piensa: ¿Qué coño? Cuando va por la mitad del segundo cigarrillo, se acuerda de por qué lo dejó. Pero ya ha vuelto a fumar. Así que le quedan unos diez mil cigarrillos más o menos para volver a llegar exactamente al mismo punto en el que estaba antes de encenderlo.

Jesse me posó la mano en el hombro torpemente, con ternura, y dijo:

—Tampoco puedo dejar de fumar, papá.