Cineclub

David Gilmour · Capítulo 14 de 17

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Capítulo 14

 

Volvió a casa unas semanas más tarde, una época fría en la que el viento soplaba por nuestra calle de arriba abajo como un atracador; esperaba a que salieras y entonces, cuando estabas lejos de casa, te agarraba del cuello y te daba una bofetada. Me acuerdo de esos primeros días con mucha claridad: Jesse sentado en el exterior en una silla de mimbre mirando al vacío, moviendo los mismos muebles gastados dentro de su cabeza, tratando de hallar una clave para que todo fuera menos espantoso, una salida del inaceptable presente.

Yo me quedaba sentado con él. El cielo era de un color gris cemento como si fuera una extensión de la calle, como si ambos coincidieran en algún punto muy lejano del horizonte. Le conté todas las experiencias terribles que había tenido: Daphne en el segundo curso de secundaria (la primera chica que me hizo llorar), Barbara en el instituto (me plantó en una noria), Raissa en la universidad («¡Te quería, cielo, de verdad!»); media docena de puñaladas asestadas de cerca.

Le conté esas historias con empeño y entusiasmo; lo importante era que había sobrevivido a todas. Había sobrevivido a ellas hasta el punto de que me resultaba divertido hablar del tema, del horror que me habían provocado y de la «desesperación del momento».

Le conté esas historias porque —e intenté meterle esa idea en la cabeza— quería que comprendiera que ninguna de esas muñecas con un punzón de hielo, esas chicas y mujeres que me habían hecho llorar y retorcerme como un gusano bajo una lupa, era alguien con quien yo debía seguir.

—Tenían razón, Jesse. Al final tenían razón al dejarme. Yo no era el tipo adecuado para ellas.

—¿Crees que Chloë tenía razón al dejarme, papá?

Error. No había contado con el coche que se metió en ese camino.

A veces él escuchaba como un hombre sumergido bajo el agua que respiraba por una caña; como si su supervivencia dependiera de que oyera la historia, del oxígeno que le proporcionaba. Otras veces —y tenía que andarme con cuidado— podían provocarle terribles fantasías.

Era como si él tuviera un cristal roto en el pie; no podía pensar en otra cosa.

—Siento hablar de esto constantemente —decía, y a continuación hablaba del tema un poco más.

Lo que no le dije era que lo más probable era que la situación empeorara mucho antes de que mejorara, antes de que cayera en esa zona idílica del presente, cuando uno se despierta pensando: «Hum, creo que tengo una ampolla en el talón. Veamos. ¡Vaya, pues sí! La tengo. ¡Qué delicia! ¿Quién lo hubiera dicho?».

Debía tener cuidado con las películas que elegía. Pero incluso entonces, incluso cuando elegía una que no tenía nada que ver con el sexo o la traición (no hay muchas de ese tipo, me temo), advertía que él empleaba la pantalla como una especie de trampolín para sus tristes ensueños, que al orientar sus ojos en esa dirección podía hacerme creer que estaba ocupado, cuando en realidad estaba moviéndose por el interior de su cabeza como un ladrón en una mansión. A veces le oía gemir de dolor por culpa de lo que encontraba.

—¿Todo va bien por ahí? —decía yo.

Él movía su cuerpo alto en el sofá.

—Estoy bien.

Le ofrecí otro bombazo de los tesoros enterrados, algo así como dar un postre a un niño antes del primer plato. Cualquier cosa para desviar su atención de su destructiva imaginación. Cualquier cosa para hacerle reír.

Le puse Ishtar (1987). He recibido una pulla detrás de otra por culpa de esta película, pero sigo en mis trece. Todo el mundo está de acuerdo en que la trama se tambalea después de que los dos músicos fracasados, Warren Beatty y Dustin Hoffman, llegan al desértico reino de Ishtar y se ven enredados en los asuntos políticos locales. Pero antes y después hay grandes joyas cómicas, como cuando Warren y Dustin lucen unas pequeñas cintas en el pelo y se ponen a cantar a voz en grito. Una maravilla, Ishtar es una excelente película fallida que se vio agarrotada desde el principio porque un sector malhumorado de la prensa se cansó de que Warren tuviera tantas novias guapas.

Sin embargo, no ayudó a Jesse. Podría haberle puesto perfectamente un documental sobre una fábrica de clavos.

Durante las siguientes semanas vimos muchos tesoros enterrados. Yo percibía la agitación de Jesse a mi lado en el sofá; era como si su cuerpo se enroscara, como un animal esperando en la oscuridad. A veces yo paraba la película y decía:

—¿Quieres seguir viéndola?

—Claro —decía él al tiempo que salía del trance.

Hay una anécdota sobre Elmore Leonard que siempre me ha gustado. Durante los años cincuenta trabajó como redactor publicitario para Chevrolet. Con el fin de dar con un eslogan llamativo para su línea de camionetas, Leonard salió a entrevistar a las personas que conducían esos vehículos. Un hombre dijo: «Es imposible que la muy hija de puta se gaste. Al final te hartas de mirarla y te compras otra».

Los ejecutivos de Chevrolet se rieron cuando Leonard les presentó la idea, pero dijeron que no, gracias; no era precisamente lo que ellos tenían pensado para las vallas publicitarias del país. Pero era exactamente el tipo de lenguaje que apareció en las obras de Leonard una década más tarde, cuando se dedicó a las novelas policíacas. Captaba la sensación de vulgaridad sin ser vulgar.

¿Recuerdas una escena de la película Cómo conquistar Hollywood (1995)? Cuando a Chili Palmer le birlan un abrigo caro en un restaurante, no dice: «Eh, ¿dónde está mi chaqueta? Me costó cuatrocientos pavos». En lugar de ello, lleva al dueño aparte y dice: «¿Ves una cazadora de cuero negra, larga, con las solapas como una chaqueta de traje? Si no la ves, me debes trescientos setenta y nueve dólares». Es un diálogo clásico de Elmore Leonard. Divertido y preciso.

¿Y qué hay de este fragmento de la novela de suspenso Riding the Rap (1995)? El jefe de policía Raylan Givens acaba de encontrarse con dos delincuentes desprevenidos en pleno robo de un coche. Leonard describe lo que ocurre a continuación de la siguiente forma: «Givens apuntó con la escopeta a los dos hombres e hizo algo que todo representante de la ley sabía que garantizaba atención y respeto. Deslizó el cargador de la escopeta de atrás adelante, y aquel duro sonido metálico, mejor que si hubiera tocado un silbato, hizo que los dos hombres se giraran y vieran que se les había acabado el negocio».

Se han rodado muchas películas basadas en novelas de Elmore Leonard. Un hombre (1967), con Paul Newman. Mr. Majestyk (1974), Jugar duro (1985), con Burt Reynolds. 52, vive o muere (1986). La mayoría de las veces, esas primeras películas no plasmaban el humor negro ni los extraordinarios diálogos de Leonard. Hizo falta una generación de nuevos cineastas más jóvenes para corregir ese aspecto. Quentin Tarantino realizó una película estupenda, aunque ligeramente larga, titulado Jackie Brown (1997). Cómo conquistar Hollywood captó el tono de Elmore Leonard; también merece la pena apuntar en passant que fue la estrella de la película, John Travolta, quien insistió en que los diálogos de la novela se usaran en el filme.

Y en 1998 llego Un romance muy peligroso, de Steven Soderbergh, con George Clooney y Jennifer López. A los críticos les encantó, pero tuvo poca recaudación y, la triste historia de siempre, desapareció muy rápidamente. Fue una lástima porque fue una de las mejores películas de ese año. Es un clásico de los tesoros enterrados, y por ese motivo la elegí para Jesse.

Antes de que empezáramos a verla le pedí que estuviera atento a un actor llamado Steve Zhan. Interpreta a una especie de perdedor colocado llamado Glen. No sé si llega a eclipsar a Jennifer López y a George Clooney, pero poco le falta. Se trata de un actor desconocido —un graduado de Harvard, por cierto—, que ni siquiera consiguió que le hicieran una prueba para la película y tuvo que grabar su propio vídeo y enviárselo al director. Soderbergh vio quince segundos de la cinta y dijo: «Ya tenemos a nuestro hombre».

Una vez más, no sé cuánto metraje de la película «vio» realmente Jesse. Parecía que entrara y saliera de la historia, y creo que se alegró cuando terminó; salió pitando escaleras arriba.

Entonces di con ella: una película tan buena que dejó a Jesse tan estupefacto que durante unas horas pareció que dejara de pensar en Chloë por completo.

Años antes, un día de verano que paseaba por Yonge Street, me encontré con un viejo amigo. Hacía tiempo que no nos veíamos y decidimos ver una película en el acto, la mejor forma de ir al cine. Nos acercamos a un cine próximo en el que proyectaban seis películas.

—Tienes que ver esta —dijo él—. Tienes que verla.

Y eso hicimos. Amor a quemarropa (1993) es una película cuya visión resulta casi insoportable. Una cinta que solo te deberías permitir ver cada seis meses. Quentin Tarantino escribió el guión, que trata de la cocaína, el asesinato y el amor adolescente, cuando tenía veinticinco años. Fue su primer guión. Durante cinco años lo paseó por todas partes sin éxito. Tenía un tipo de frescura que los directores de los estudios confundían con la «chapucería». No fue hasta que dirigió Reservoir Dogs (1992), cuando tuvo voz y voto, que el director británico Tony Scott aceptó llevarlo a la pantalla.

Amor a quemarropa contiene un encuentro de ocho o nueve minutos entre Dennis Hopper y Christopher Walken, que, en mi opinión, puede que sea la mejor escena aislada de la película. (Sé que solo se tiene ocasión de decir eso una vez y lo he reservado.) Resulta estimulante ver lo que pueden hacer los buenos actores cuando tienen la «arquitectura» de unos magníficos diálogos bajo sus pies. También se nota el placer de cada uno de ellos ante el trabajo del otro. Están luciéndose. Sentado en el cine a oscuras, cuando la escena empezó y Christopher Walken anunció: «Soy el Anticristo», mi amigo se inclinó hacia delante y susurró:

—Allá vamos.

La película tiene otros alicientes considerables: un histriónico Gary Oldman encarnando a un traficante de droga con rastas; un hombre tan familiarizado con la violencia que es capaz, como comentó Jesse, de «tomar comida china con pabilos segundos antes de que estalle». También aparece Brad Pitt interpretando a un porrero de California, Val Kilmer como el fantasma de Elvis Presley… y la lista sigue y sigue.

Le dije a Jesse que esperara a la declaración de amor final de la película, cuando Christian Slater y Patricia Arquette están retozando en una playa mexicana y el sol se está poniendo en medio de unas resplandecientes nubes de color dorado y rojo sangre. Entonces la voz de ella dice: «Eres genial, eres genial, eres genial».

Esa última escena le hizo sentirse bien. Le proporcionó una especie de estímulo privado, como si allí fuera hubiera una chica hermosa que fuera a encontrarlo una noche en un bar mientras sonaba la canción adecuada. «Eres genial.»

Más tarde nos acurrucamos con nuestros abrigos, mientras caía la primera nevada en forma de destellos relucientes que se desvanecían al tocar el suelo.

—Nunca me gustó ver películas con Chloë —dijo Jesse—. No soportaba los comentarios que hacía.

—No puedes estar con una mujer con la que no puedes ir al cine —dije (como si fuera el abuelo Walton)—. ¿Qué clase de comentarios hacía?

El observó cómo caía la nieve por un momento; a la luz de las farolas, sus ojos parecían muy brillantes, como el cristal.

—Comentarios estúpidos. Intentaba ser provocativa. Era parte de su rollo de joven profesional.

—Suena bastante aburrido.

—Lo es cuando estás viendo una película que te gusta mucho. No quieres que alguien intente hacerse el «interesante». Solo quieres que la película le guste. ¿Sabes lo que dijo una vez? Dijo que la Lolita de Stanley Kubrick era mejor que la de Adrián Lyne. —Movió la cabeza con gesto de incredulidad y se encorvó hacia delante. Por un momento me recordó a un joven soldado—. Eso no puede ser —dijo—. La Lolita de Adrián Lyne es una obra maestra.

—Lo es.

—Le puse El padrino —dijo—. Pero justo antes de que empezáramos le dije: «No quiero oír ninguna crítica a esta película, ¿vale?».

—¿Qué dijo ella?

—Dijo que estaba siendo «dominante». Que ella tenía derecho a dar su opinión.

—¿Y qué dijiste tú?

—Que sobre El padrino no tenía derecho.

—¿Y qué pasó entonces?

—Discutimos, supongo —dijo con cansancio. (Todas las ideas llevan a Roma.) Parecía que ahora la nieve caía más fuerte; daba vueltas y se arremolinaba a la luz de las farolas; se veía contra los faros de los coches que circulaban por nuestra calle—, yo solo quería que le gustara. Así de simple.

—No sé qué decirte, Jesse. No me parece un romance de ensueño. No puedes ir al cine con ella porque te fastidia; no puedes ir a dar un paseo porque te aburre.

El sacudió la cabeza.

—Es curioso —dijo un momento después—. Ahora no me acuerdo de nada de eso. Solo me acuerdo de los buenos momentos.

Mi mujer salió; la luz del porche se encendió. Se oyó un crujido de patas de silla sobre la madera. La conversación se interrumpió y luego se reanudó. Ella sabía que no debía marcharse. Al cabo de un rato, los dejé a los dos solos. Me pareció que ella podría decirle algo que le hiciera sentirse mejor.

 

Tina no había sido precisamente una juerguista en sus años mozos de universidad. Yo sabía que ella podía aportar una nueva perspectiva al asunto de Morgan, pero tenía la sensación de que debía ausentarme por la anécdota a la que daría lugar. Miré desde la sala de estar en un momento determinado; estaban sentados muy cerca el uno del otro. Ella estaba hablando; él estaba escuchando. Entonces, para mi sorpresa, oí algo que no esperaba: un sonido de risas; se estaban riendo.

Se convirtió en una especie de ritual que al final del día los dos se retiraran al porche a fumar un cigarrillo y charlar un rato. Yo nunca los acompañaba; era algo privado, y me consolaba saber que Jesse tenía a una mujer mayor (con una experiencia impresionante) con la que hablar. Sabía que ella le contaba cosas que seguramente yo desconocía de sus años de universidad, o sus posteriores «años de fiesta», como ella los llamaba. Jamás averigüé de qué hablaban los dos. Hay puertas que es mejor dejar cerradas.

Gracias a mis tarjetas amarillas, veo que me planteé volver a ponerle ¡Qué bello es vivir!, pero, temiendo que él viera a Chloë en el papel de Donna Reed, me eché atrás en el último momento y le puse Un soplo en el corazón (1971). Era reacio a mostrarle una película de arte y ensayo francesa —sabía que él quería divertirse—, pero era una película tan buena que me pareció que merecía la pena intentarlo.

Al igual que Los cuatrocientos golpes, Un soplo en el corazón, de Louis Malle, trata del hecho de hacerse mayor, de la extraña incomodidad, la vida interior de extravagante riqueza que experimentan los jóvenes al principio de la edad adulta. Se trata de un período de extraordinaria vulnerabilidad al que a los escritores les gusta volver; supongo que porque es una época en que las cosas dejan profunda mella en uno y en que el cemento todavía está blando.

El chico de Un soplo en el corazón parece llevar esa vulnerabilidad en el cuerpo: los hombros ligeramente redondeados, los brazos larguiruchos, sus andares de jirafa con los que se abre camino a sacudidas en el mundo. La película transmite una sensación de nostalgia tremenda, como si el guionista, Louis Malle, estuviera escribiendo sobre una época de su vida en que fue muy feliz y no se percató de ello hasta años más tarde. También se trata de una película que refleja los pequeños detalles de la adolescencia con tan buen ojo que todo resulta muy familiar; se producen momentos fugaces de reconocimiento, como si el espectador también hubiera crecido en una familia francesa, en un pequeño pueblo de los años cincuenta.

Y qué decir del clímax. Cuesta creer que alguien acabara una película como Louis Malle decidió acabar esta. No diré más; solo añadiré que de vez en cuando ocurre un acontecimiento en tu vida que te recuerda que por muy bien que creas que conoces a alguien, aunque creas que puedes explicar todos los momentos importantes de tu vida, no solo no es así, sino que es imposible.

—¡Santo Dios! —dijo Jesse al tiempo que me miraba primero con incredulidad, luego con una diversión teñida de incomodidad y luego con admiración—. ¡Eso sí que es un director con cojones!

Mientras veíamos esos tesoros enterrados y Jesse hacía comentarios aquí y allá, me sorprendió de nuevo lo mucho que había aprendido de cine durante los últimos tres años. No es que a él le importara mucho; creo que lo habría cambiado todo por poder hablar por teléfono.

—¿Sabes? —dije cuando la película terminó—. Te has convertido en todo un crítico de cine consumado.

—¿Sí? —dijo él distraídamente.

—Sabes más de cine que yo cuando trabajaba de crítico para la CBC.

—¿Sí? —No parecía muy interesado. (¿Por qué nunca queremos dedicarnos a las cosas que se nos dan bien?)

—Podrías ser crítico de cine —dije.

—Solo sé de lo que me gusta. Nada más.

Al cabo de un rato breve dije con suavidad:

—Compláceme un momento, ¿vale?

—De acuerdo.

—Sin pensarlo, ¿puedes decirme tres innovaciones que aparecieron con la nueva ola francesa?

El parpadeó ligeramente y se incorporó.

—Hum… ¿Presupuestos bajos…?

—Sí.

—¿Uso fluido de la cámara…?

—Sí.

—¿Los rodajes en las calles en lugar de en los estudios…?

—¿Puedes decirme el nombre de tres directores de la nueva ola? —dije.

—Truffaut, Goddard y Eric Rohmer.

(Ya le estaba cogiendo el gusto.)

—¿Cuál es la expresión francesa para referirse a la nueva ola?

—Nouvelle vague.

—¿Cuál es tu escena favorita de Los pájaros, de Hitchcock?

—La escena en la que se ve un árbol vacío por encima del hombro del protagonista y la siguiente vez que se ve está lleno de pájaros.

—¿Por qué es tan buena?

—Porque indica al público que va a pasar algo malo.

—¿Y cómo se llama eso?

—Suspense —dijo—. Como el hecho de que Hitchcock hiciera construir una segunda escalera en Encadenados.

Lo dijo recitándolo; su seguridad llena de indiferencia le agradaba. Por un momento tuve la sensación de que estaba fantaseando que había una tercera persona en la habitación y Chloë lo estaba oyendo todo.

—¿Quién era el director de fotografía favorito de Bergman?

—Está chupado. Sven Nykvist.

—¿Qué película de Woody Allen fotografió Nykvist?

—En realidad fotografió dos, Delitos y faltas y Otra mujer.

—¿En qué consistía una buena película según Howard Hawks?

—En tres buenas escenas y ninguna mala.

—En Ciudadano Kane un hombre describe algo que vio en un muelle de Nueva Jersey cincuenta años antes. ¿De qué se trata?

—De una mujer con una sombrilla.

—Ultima pregunta. Si aciertas, te invito a cenar. Dime los nombres de tres directores del movimiento del nuevo Hollywood.

El extendió el índice.

—Francis Coppola —pausa—, Martin Scorsese —pausa más larga—, Brian de Palma.

Un momento más tarde dije:

—¿Ves a lo que me refería?

 

Esa conversación debió de introducir una nota estimulante en el ambiente porque esa misma noche, más tarde, metió un CD-ROM en mi ordenador.

—Está sin pulir —dijo a modo de introducción.

Era una canción que había compuesto en el norte una de aquellas noches que el viento soplaba en los cristales, cuando Chloë se había ido y no había vuelto. Empezaba con un violín que interpretaba la misma frase una y otra vez; luego se introducía el ritmo, el bajo y la batería, y luego su voz.

La mayoría de nosotros creemos que nuestros hijos son genios incluso cuando no lo son (pegamos sus pequeños dibujos emborronados en la nevera como si fueran picassos), pero hace tan solo unos días escuché esa canción, Angels, mucho después de que hubiera pasado aquella tontería de Chloë, y puedo decir lo siguiente: había algo extraordinario en ese mensaje dirigido a una joven infiel. Se apreciaba una seguridad en el modo de cantar que parecía proceder de una persona que no era el chico que compartía el sofá conmigo en ese momento y recitaba la letra moviendo mudamente los labios.

Sin embargo, no fue eso lo que más me impresionó. El gran cambio se advertía en la letra. Tan pronto vilipendiaba a la destinataria como le rogaba algo. Era dura, hiriente, obscena, como si el compositor se hubiera dado la vuelta a sí mismo como un pez. Pero, por primera vez, también era sincera; nada de chorradas sobre crecer en el gueto o la avaricia empresarial o tener que abrirse paso entre las agujas y los condones del patio de su infancia. «Angels» era auténtica, como si alguien le hubiera arrancado una capa de piel y hubiera grabado su grito.

Al oír la canción me di cuenta —con alivio, por extraño que parezca, y no con inquietud— de que él tenía más talento que yo. Talento natural. Había sido la angustia por Chloë la que lo había dejado al descubierto. Ella había erradicado el infantilismo de sus letras.

Cuando se apagaron la voz del compacto y el violín plañidero (era como una sierra moviéndose de un lado a otro, una herida siendo pinchada y palpada), dijo:

—¿Qué te parece?

Lenta, pensativamente, para que él pudiera paladearlo, dije:

—Creo que tienes talento para dar y tomar.

Se levantó de un salto exactamente como había hecho la vez que le había preguntado si quería dejar el instituto.

—No está mal, ¿verdad? —dijo con entusiasmo.

Ah, puede que esta sea la forma de que supere lo de Chloë, pensé.

 

Esa noche volví a casa tarde. El porche estaba a oscuras; no lo vi hasta que casi estuve encima de él.

—Santo Dios —dije—. Me has dado un susto.

Detrás de él, a través de la ventana, vi que Tina estaba moviéndose en la cocina radiantemente iluminada y entré para saludarla.

Normalmente, Jesse, sediento de conversación, me habría seguido hasta la casa parloteando de esto y aquello. A veces incluso se había plantado delante del cuarto de baño hablando a través de la puerta. Comenté las noticias agradables del día con mi mujer (un trabajo aquí, un trabajo allá, por todas partes trabajo) y volví a salir al exterior. Encendí la luz. Jesse estiró el cuello para verme con una sonrisa tensa dibujada en los labios.

Me senté sin hacer ruido a su lado.

—¿Te acuerdas de lo que tenía miedo que pasara? —dijo.

—Sí.

—Pues ha pasado.

Un amigo le había llamado y le había dado la noticia por teléfono.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Cómo sabes que es Morgan?

—Porque se lo ha contado a mi amigo.

—¿El que te lo ha contado a ti?

—Sí.

—Dios santo. ¿Por qué habrá hecho algo así?

—Porque ella todavía le gusta.

—Me refiero a por qué te lo habrá contado tu amigo.

—Porque es amigo mío.

La china del otro lado de la calle salió con una escoba y empezó a barrer vigorosamente su escalera. Yo apenas me atrevía a mirar a Jesse.

—Creo que está cometiendo un terrible error —dije con impotencia.

La escoba siguió barriendo, mientras la pequeña mujer sacudía su pequeña cabeza como un pájaro.

—Ya no aceptaré que vuelva nunca —dijo—. Nunca.

Se levantó sigilosamente de la silla y empezó a bajar la escalera del porche, y mientras lo hacía me fijé en sus orejas. Estaban coloradas, como si hubiera estado inclinado hacia delante en su silla frotándoselas. Había algo en sus orejas coloradas y su forma de alejarse —como si no tuviera a donde ir, como si toda tarea, toda acción humana, excepto ella, fuera inútil, un aparcamiento vacío que se extendiera hasta el horizonte— que me encogió el corazón e hizo que me entraran ganas de gritarle.

 

Me disponía a ponerle una película de Jean-Pierre Melville, pero él prefirió ver Chungking Express. Fue a buscarla a su habitación de arriba.

—¿Te importa? —dijo—. Quiero ver algo de antes de Chloë.

Pero en mitad de la película, cuando «California Dreamin’» se elevaba de la pantalla y la chica delgada como un junco daba vueltas y bailaba por el piso, la quitó.

—No está dando resultado —dijo—. Creía que me inspiraría.

—¿Cómo iba a inspirarte?

—Ya sabes: me olvidé de Rebecca; ahora me voy a olvidar de Chloë.

—¿Sí?

—Pero no puedo volver a ese punto. No me acuerdo de cómo eran las cosas cuando me gustaba Rebecca. La película solo hace que piense en Chloë. Es demasiado romántica. Está haciendo que me suden las manos.

Al día siguiente no volvió a casa por la noche y dejó un mensaje bastante tenso y solemne en el contestador automático en el que afirmaba que iba a quedarse a pasar la noche en el «estudio». Yo no había estado nunca en ese sitio, pero sabía que era pequeño y que allí «no cabían ni cuatro gatos». De modo que ¿dónde iba a dormir exactamente Jesse? Y, por otra parte, estaba el tono de voz, su impropio gravitas. La voz de un joven confesando que va a robar un coche.

Esa noche dormí agitadamente. Cerca de las ocho de la mañana, molesto todavía, llamé al móvil de Jesse; dejé un mensaje en el que decía que esperaba que estuviera bien y que llamara a su padre cuando tuviera ocasión. Y, a continuación, sin venir a cuento, añadí que sabía que se sentía fatal, pero que cualquier tipo de droga, la cocaína en especial, acabaría llevándolo al hospital. Y tal vez matándolo.

—Esta vez no te escaquees —dije paseándome de un lado a otro en la sala de estar vacía, mientras el sol salpicaba de manchas el porche—. No hay atajos.

Soné pomposo y nada convincente, pero cuando colgué el teléfono me sentía más tranquilo; a pesar de lo ridículo que había resultado, por lo menos lo había dicho.

Veinte minutos más tarde llamó. Era raro que estuviera levantado tan pronto. Y, sin embargo, allí estaba, hablando con una voz un tanto grave y cautelosa, como si alguien le estuviera apuntando con una pistola u observándolo muy de cerca mientras hablaba conmigo.

—¿Va todo bien? —dije.

—Sí, sí, en serio.

—No parece que estés tan bien.

Ese comentario le provocó un resoplido de irritación.

—Estoy pasando por algo bastante desagradable.

—Lo sé, Jesse —dije. Pausa. El no intervino—. Bueno, ¿te veremos esta noche?

—Puede que estemos ensayando —dijo.

—Sí, bueno, pero me gustaría verte después. Ven a tomar una copa de vino con Tina.

—Haré lo que pueda —dijo.

Haré lo que pueda. (No estoy pidiendo una donación voluntaria en el banco de sangre, hijito.)

Me dio la impresión de que no debía castigarlo, de que él estaba lejos, muy lejos, y de que la correa que lo sujetaba se había vuelto misteriosamente fina. Sumamente frágil. Me despedí.

Fue un día extrañamente hermoso, de un sol cegador, con los árboles sin hojas y las nubes que atravesaban el cielo rápidamente. Un día irreal.

Primera hora de la tarde. El teléfono volvió a sonar. Una voz apagada. Desprovista de inflexiones.

—Siento haberte mentido —dijo. Pausa—. Anoche tomé drogas. Estoy en el hospital. Creí que me había dado un infarto. Se me durmió la mano izquierda, así que llamé a una ambulancia.

—Joder. Por el amor de Dios —fue todo lo que logré decir.

—Lo siento, papá.

—¿Dónde estás?

Dijo el nombre del hospital.

—¿Y dónde coño está eso?

Oí que tapaba el teléfono. Volvió a ponerse y me dio la dirección.

—¿Estás en la sala de espera? —dije.

—No, estoy con las enfermeras. En la cama.

—No te muevas de donde estás.

Momentos más tarde, mientras me vestía, llamó su madre; estaba ensayando una obra en la misma calle, más abajo. ¿Podía venir a comer?

Recogí a Maggie con el coche de Tina y fuimos al hospital aquella tarde radiante; aparcamos el coche; recorrimos cinco kilómetros de pasillos; hablamos con alguien en el mostrador de recepción de urgencias; las puertas se abrieron deslizándose; pasamos por delante de un grupo de enfermeras bromistas, médicos rutinarios y auxiliares sanitarios con uniforme azul, giramos a la izquierda y luego a la derecha hasta la cama número 24. Allí estaba. Más blanco que la muerte. Con los ojos como el mármol, los labios ennegrecidos y llenos de costras y las uñas mugrientas. Un monitor cardíaco pitaba sobre su cabeza.

Su madre le besó la frente con ternura. Yo lo observé con frialdad. Miré el monitor cardíaco.

—¿Qué han dicho los médicos? —dije. No podía tocarlo.

—Han dicho que el corazón me iba muy deprisa, pero que no fue un infarto.

—¿Han dicho que no fue un infarto?

—Creen que no.

—¿Lo creen o lo saben?

Su madre me lanzó una mirada de reproche. Posé la mano en la pierna de Jesse.

—Hiciste bien llamando a una ambulancia. —Estuve a punto de decir: «Espero no tener que pagarla», aunque me detuve a tiempo.

Entonces rompió a llorar; alzó la vista hacia el techo blanco que tenía sobre la cabeza, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.

—Ha ganado —dijo.

—¿Quién?

—Chloë. Ha ganado. Está con su ex novio pasándoselo en grande mientras yo estoy aquí, en el puto hospital. Ha ganado.

Sentí como si un par de fuertes dedos me tiraran del corazón. Creí que me iba a desmayar. Me senté.

—La vida es muy larga, Jesse. No sabes quién va a ganar esta ronda.

—¿Cómo ha podido pasar esto? —dijo sollozando—. ¿Cómo ha podido pasar esto?

Noté que me empezaba a temblar el pecho. Pensé: Por favor, Dios, que no llore más.

—Llamó a ese tío y se lo folló —dijo mirándome con tal dolor que tuve que apartar la vista.

—Sé que todo parece un poco desolador.

—Sí —dijo él llorando—. Parece muy desolador. No soporto dormir ni cerrar los ojos. No que quito ninguna de esas imágenes de la cabeza.

Se va a morir por esto, pensé.

—Si todo parece así, es en gran parte por culpa de la cocaína, cielo. Te deja sin defensas. Hace que las cosas parezcan todavía peor de lo que son.

Qué palabras tan vanas, qué palabras tan dolorosa, tan odiosamente inútiles. Como pétalos de flor en el camino de un bulldozer.

—¿De veras? —dijo él, y su curioso tono de voz, como un hombre que alarga la mano para coger un chaleco salvavidas, me empujó a seguir adelante.

Estuve hablando durante quince minutos; su madre no apartó la vista de su cara en ningún momento; hablé y hablé y hablé, y dije todo lo que pude; me sentía como si estuviera tanteando en una habitación a oscuras, registrando con los dedos aquí y allá, en el bolsillo, en ese cajón, bajo esa prenda de ropa, junto a la lámpara, buscando a tientas la combinación adecuada de palabras que volviera a provocar ese «¿De veras?» y el alivio momentáneo que había traído consigo.

—Puedes olvidarte de esa chica, pero no podrás olvidarte de ella con la cocaína —dije.

—Lo sé —dijo él.

Acababan de llegar al estudio para ensayar, comenzó a decir. Durante todo el día había tenido la sensación de que Jack sabía algo, de que se lo estaba ocultando. Tal vez Chloë le había estado engañando desde el principio; tal vez Morgan era el mejor… Da igual.

De modo que dijo: «¿Te estás callando algo?».

Jack, cuya novia conocía vagamente a Chloë, dijo que no; Jesse le insistió un poco más. No, no sabía nada nuevo, solo lo que ya le había contado cinco veces: que ella había llamado a Morgan, que él había tomado un autobús y había ido a Kingston; que habían pasado la noche en su piso escuchando música «muy chula». Y luego ella se lo había follado. Eso era todo lo que sabía, de verdad.

Entonces alguien sacó la cocaína. Y luego habían pasado siete horas, todo el mundo estaba dormido, y Jesse de rodillas buscando entre las hebras de la alfombra la coca que se hubiera podido caer de la mesa. Luego el brazo se le quedó dormido; salió al exterior resplandeciente, la luz del sol relucía en los coches, y encontró un bar abierto; dijo que necesitaba llamar a una ambulancia; el camarero dijo: «Aquí no hacemos esas cosas».

Así que fue a una cabina, casi era mediodía, todo pasaba por delante de él muy deprisa, todo daba mucho miedo, y marcó el teléfono de emergencias. Se sentó en el bordillo y esperó; la ambulancia llegó; lo metieron en la parte de atrás. Miró por la ventanilla trasera mientras lo llevaban al hospital; veía cómo las calles soleadas desaparecían tras él; una enfermera le preguntó qué había tomado; le pidió el número de teléfono de sus padres; él dijo que no.

—Y entonces me rendí —dijo—. Me rendí y se lo conté todo.

Por un momento nadie dijo nada; nos quedamos mirando a nuestro hijo pálido, que se tapaba la cara con la mano.

—Fue lo único que le pedí que no hiciera —dijo—. Lo único. ¿Por qué lo hizo? —En sus facciones pálidas e infantiles se podía ver lo que estaba pensando: «Ella le hizo esto, él le hizo aquello».

—Se ha portado fatal —dije.

Entró el doctor, un joven italiano con perilla y bigote muy serio.

—¿Serás sincero con el doctor si estamos delante? —dije a Jesse.

—Eso es importante —dijo el doctor, como si alguien acabara de contar un chiste ingenioso—, ser sincero.

Jesse dijo que sí. El doctor hizo unas preguntas; le auscultó el corazón y la espalda.

—A tu cuerpo no le gusta la cocaína —dijo con una sonrisa—. Tampoco parece que le guste el tabaco.

Se enderezó.

—No sufriste un infarto —dijo.

Explicó algo que fui incapaz de entender cerrando una mano para simular un corazón que se para.

—Pero te diré algo. Cuando alguien de tu edad viene aquí con un infarto, siempre es por la cocaína. Siempre.

Luego el doctor se fue; tres horas más tarde nosotros también nos fuimos; dejé a su madre en el metro. Llevé a Jesse de vuelta a mi casa. Justo cuando paramos en la entrada, empezó a sollozar de nuevo.

—Echo mucho de menos a esa chica —dijo—. Mucho.

Entonces yo también rompí a llorar.

—Haría cualquier cosa por ayudarte, cualquier cosa.

Y los dos nos quedamos quietos sollozando.