Cineclub
Capítulo 7
Preparé un programa de películas sobre la quietud para que las viéramos. Se trataba de la forma de robar una escena al resto de los actores sin moverse. Por supuesto, empecé con Solo ante el peligro (1952). En las películas hay accidentes felices en los que todo parece encajar. El guión, el director y el reparto adecuados. Casablanca (1942) es uno de esos casos. El padrino (1972) otro; y también Solo ante el peligro. Un sheriff, Gary Cooper, se dispone a dejar el pueblo con su novia cuando se entera de que un tipo muy malo acaba de salir de la cárcel y, junto con tres amigos, se dirige a «pillan» al hombre que lo metió entre rejas. Vienen en el tren del mediodía. Cooper recorre todo el pueblo de un lado a otro intentando conseguir ayuda; todo el mundo tiene un buen motivo para decir que no. Al final, solo está él, una calle vacía y cuatro hombres con pistolas.
La película se rodó en la época en que los westerns normalmente se hacían en color y en su mayor parte presentaban a una especie de héroe magnánimo con barbilla de granito, más cerca de un personaje de dibujos animados que de un ser humano. De repente apareció Solo ante el peligro, rodada en austero blanco y negro, sin bonitas puestas de sol ni magníficas cordilleras; en lugar de ello, había un pequeño pueblo de aspecto bastante humilde. En el centro de la historia había otro elemento poco habitual: un hombre que tenía miedo a resultar herido y que lo mostraba.
Recordé a Jesse que la película se rodó a principios de los cincuenta y que se podía ver un paralelismo con la caza de brujas que estaba teniendo lugar en Hollywood en la misma época. La gente sospechosa de albergar simpatías por los comunistas se veía abandonada por sus amigos de la noche a la mañana.
Hoy día cuesta creer, pero cuando Solo ante el peligro se estrenó, toda clase de gente la recibió con piquetes. La criticaron por ser antiamericana. Se quejaban de que narraba una historia sobre un supuesto héroe que al final de la película abandona a los habitantes del pueblo y se marcha. El guionista de la cinta, Carl Foreman, se exilió en Inglaterra; había sido tachado de «simpatizante»; nadie quería contratarlo. Lloyd Bridges, que interpreta al joven cobarde, no volvió a trabajar durante dos años; fue tachado de «antiamericano».
Señalé que la película contiene elementos magníficos e ingeniosos en los que hay que reparar. Fíjate en la forma en que la película muestra las vías de tren vacías. Las vemos una y otra vez. Es un modo silencioso de crear una sensación de peligro sin acción. Cada vez que vemos esas vías nos recuerdan que el mal vendrá de esa dirección. Y lo mismo ocurre con los relojes. Tic, tac, tic, tac. Incluso se atrasan a medida que se aproxima el mediodía.
Y luego está Gary Cooper. Los actores que trabajaban con él a menudo se sorprendían de lo poco que hacía durante una escena. Parecía que no «actuara», que no hiciera nada en absoluto. Pero cuando uno ve su interpretación en pantalla, comprueba que deja en segundo plano a todos los demás. Los actores veían cómo sus interpretaciones desaparecían y quedaban oscurecidas por él.
—Fíjate hacia dónde van tus ojos durante sus escenas —le dije a Jesse—. Imagínate que eres un actor y tienes que intentar competir con eso.
Para no ponernos demasiado elevados, le mostré Asuntos sucios (1990), una estupenda película de entretenimiento. Richard Gere interpreta a un policía corrupto. Cuando llaman a testificar a un agente inestable (William Baldwin), vemos lo espléndido que Gere puede estar de villano. (Mejor que de protagonista.) Con esos ojillos, es Yago en el Departamento de Policía de Los Angeles. La quietud de Gere — y el autodominio moral que sugiere— es de un atractivo hipnótico. El espectador entiende que ese personaje se aferra incluso a su ex mujer. Y que cuando se siente amenazado, no hay nada por debajo de él. Le pedí a Jesse que se fijara en la escena en que, con unas pocas frases pronunciadas de forma despreocupada, incluso divertida, logra intensificar el horror sexual en la imaginación de Andy Garcia, el agente asignado para investigarlo.
—No te dejes engañar por su atractivo ni por su filosofía barata en los programas de televisión —dije—. Richard Gere es auténtico.
Pasamos a La zona muerta (1983), de David Cronenberg. Cristopher Walken encarna a un vidente solitario, tristísimo, un verdadero príncipe de la quietud. Luego El padrino II (1974). ¿Qué se puede decir del «Gran Al» Pacino? Posee el aire moderado y contenido de una anguila en la boca de una cueva. Atento a la magnífica escena en la que el senador pasa por alto la importancia de la segunda oferta de Pacino para obtener la licencia de un casino.
Le puse Bullitt (1968); se estrenó hace casi cuarenta años, pero todavía conserva la autoridad del acero inoxidable. Steve McQueen, con sus ojos azules, nunca estuvo más guapo. McQueen era un actor que entendía el valor de hacer muy poco; escuchaba con la excitante quietud de un gran protagonista. Saqué del sótano una antigua entrevista realizada al locuaz director canadiense Norman Jewison, que realizó tres películas con McQueen.
«Steve no era la clase de actor que podía salir al escenario con una silla y entretenerte —decía Jewison—. Era un actor de cine. Adoraba la cámara, y la cámara lo adoraba a él. Siempre era auténtico, en parte porque siempre se interpretaba a sí mismo. Le daba igual si le quitabas una frase. Mientras la cámara lo enfocara estaba contento, porque entendía que se trataba de un medio visual.»
McQueen tuvo una vida dura. Pasó un par de años en una residencia de menores para delincuentes juveniles. Después de estar una temporada con los marines, se fue a Nueva York y recibió clases de interpretación. En otras palabras, expliqué a Jesse, no era un tipo que se las daba de artista ni el director de ningún grupo de teatro. El talento, dije, no siempre aparece donde uno cree que debería aparecer.
Vimos El silencio de un hombre (1967) (Alain Delon), a Lauren Bacall en El sueño eterno (1946) y, por supuesto, al imponente Clint Eastwood (si estuviera más quieto, estaría muerto) en Por un puñado de dólares (1964). Uno podía dedicar mucho tiempo a Clint. Empecé diciendo cinco cosas que me encantan de él.
1. Me encanta cuando se dirige al hombre que hace los ataúdes levantando cuatro dedos
en Por un puñado de dólares y dice: «Quería decir cuatro cajas».
2. Me encanta —fue el crítico británico David Thomson quien lo señaló— que cuando
Clint estuvo al lado del príncipe Carlos en el National Film Theatre de Londres en 1993, todo el público tuvo claro quién era el verdadero príncipe.
3. Me encanta que cuando Clint dirige una película nunca dice: «Acción». Dice
tranquilamente y en voz baja: «Cuando estéis listos».
4. Me encanta ver cómo Clint se cae de su caballo en Sin perdón. 5. Me encanta la imagen de Clint en Harry el Sucio andando por una calle de San
Francisco con una pistola en una mano y un perrito caliente en la otra.
Comenté a Jesse la breve charla que mantuve una vez con William Goldman, quien escribió el guión de Dos hombres y un destino (1969), y más tarde el de Poder absoluto (1997), para Eastwood. Goldman lo adoraba. «Clint es el mejor —me dijo —. Un auténtico profesional en un mundo dominado por el ego. En un plató de una película de Eastwood —dijo—, vas a trabajar, haces tu trabajo y vuelves a casa; normalmente vuelves pronto a casa porque él quiere jugar al golf. Y come en la cafetería con el resto.»
Cuando en 1964 ofrecieron el guión de Por un puñado de dólares a Clint, ya llevaba un tiempo circulando. Charles Bronson lo rechazó; era el peor guión que había leído. James Coburn se negó a hacer la película porque se iba a rodar en Italia y había oído cosas malas de los directores italianos. Clint aceptó a cambio de unos honorarios de quince mil dólares, pero —y subrayé ese dato a Jesse— insistió en acortar el guión, pues creyó que sería más interesante si su personaje no hablaba.
—¿Se te ocurre por qué lo hizo? —dije.
—Claro. Te imaginas toda clase de cosas de un tío que no habla —dijo Jesse—. En cuanto abre la boca, encoge un par de tallas.
—Exacto.
Después de unos segundos de distracción, añadió:
—Estaría bien ser así en la vida real.
—¿Qué?
—No hablar tanto. Ser más misterioso. A las chicas les gusta.
—A algunas sí y a otras no —dije—. Tú eres hablador. A las mujeres también les encantan los hombres habladores.
Pasaron tres años antes de que Eastwood viera la película acabada. Para entonces prácticamente se había olvidado de ella. Invitó a unos amigos a una sala de proyección privada y dijo: «Seguramente será una mierda, pero vamos a echarle un vistazo».
Pocos minutos después de que empezara, uno de sus amigos dijo: «Eh, Clint, es muy buena». Por un puñado de dólares revitalizó el western, que por entonces se había convertido en una especie de asilo para estrellas de cine envejecidas.
Después de la película pedí a Jesse que me diera el gusto y dejara que revisáramos la escena de la cuerda de James Dean en Gigante. Dean está rodeado de astutos hombres de negocios que intentan hacer un trato con él; Rock Hudson pone mil doscientos dólares sobre la mesa. «¿Qué vas a hacer con todo ese dinero, Jed?» Todo el mundo se mueve y habla salvo Dean. El se limita a permanecer sentado.
—¿Quién acapara la atención en la escena? —pregunté—. ¿Quién la acapara en toda la película?
Incluso hice una incursión en la televisión: Edward James Olmos como el jefe de policía con traje negro de Corrupción en Miami (1984-1989).
—Es una serie estúpida e inverosímil, pero fíjate en Olmos, casi hace magia. Sin moverse, parece que esté en posesión de un secreto.
—¿Qué secreto?
—Esa es la ilusión de la quietud. No hay ningún secreto. Solo la implicación de un poseedor —dije. Estaba empezando a parecer un crítico de vinos.
Apagué el DVD.
—No me importaría ver el resto del episodio —dijo Jesse—. ¿Te molesta?
De modo que mientras los contratistas golpeaban, serraban y soldaban con soplete la segunda planta del bloque de pisos (que aumentaba de tamaño cada día) al otro lado de la calle, Jesse y yo vimos tres episodios seguidos de Corrupción en Miami. En un momento determinado, nuestra vecina Eleanor pasó pesadamente por delante de la ventana y echó un vistazo al interior. Me preguntaba qué pensaría al encontrarnos a los dos viendo la televisión un día tras otro. Experimenté una suerte de deseo ridículo de echar a correr tras ella y decirle: «No es la televisión; son películas». Me daba cuenta de que últimamente sentía una premura ocasional de lo menos atractiva por dar explicaciones en lo tocante a Jesse.
Desde el punto de la sala de estar donde me encontraba, vi a Rebecca Ng doblar la esquina en la parte superior del aparcamiento. Téjanos blancos, cazadora tejana blanca, camiseta verdosa, el pelo negro azabache arreglado. El equipo de obreros situados al pie del muro de la iglesia se hicieron señales entre ellos, y uno tras otro hallaron una forma de mirar a Rebecca cuando llegó a la altura de ellos. Una bandada gris de palomas se elevó y se fue revoloteando hacia el este.
Estaba repasando el nuevo cine alemán. Ese día nos tocaba Aguirre, la cólera de Dios (1972), de Werner Herzog. (Asegúrate de prepararlo para la escena en la que el conquistador compara sus dedos con una mancha de sangre de una roca.) A veces me enteraba de esas cosas media hora antes de poner la película. Jesse estaba fuera. Tenía resaca. No lo dijo, pero yo se lo había olido al subir la escalera. Uno de sus amigos, Morgan, había salido de la cárcel la noche anterior (treinta días, por agresión) y le había hecho una visita. Yo había tenido que echarlo de casa, con delicadeza, a las cuatro de la madrugada y mandar a Jesse a la cama.
Había una fina línea chez nous y algunos días me sentía como si estuviera haciendo retroceder el caos y la irresponsabilidad armado de un látigo y una silla. De hecho, parecía que por toda la casa estuviera creciendo una selva que amenazaba constantemente con sacar sus ramas por las ventanas, por debajo de la puerta, por el sótano. Había pasado más de un año desde que Jesse había dejado el instituto (ahora tenía diecisiete) y seguía sin haber ninguna señal de que fuera a subir la escalera para agarrar el mundo «por las solapas».
Aun así, teníamos el cineclub. Las tarjetas amarillas de la nevera, con los títulos tachados de todas las películas que habíamos visto, me aseguraban que, como mínimo, algo estaba ocurriendo. No me engañaba a mí mismo. Sabía que no le estaba dando una educación sistemática sobre cine. Eso no era lo importante. Podíamos habernos dedicado al submarinismo o a coleccionar sellos perfectamente. Las películas simplemente nos ofrecían la oportunidad de pasar tiempo juntos, cientos de horas, además de dar lugar a toda clase de temas de conversación: Rebecca, Zoloft, la seda dental, Vietnam, la impotencia, los cigarrillos.
Algunos días él me preguntaba por las personas a las que había entrevistado: ¿Cómo era George Harrison? (un tío majo, aunque al oír su acento de Liverpool cuesta no ponerse a saltar y a gritar: «Tú estuviste en los Beatles. ¡Debías de tener un montón de chicas!»); Ziggy Marley (el hijo de Bob; un gilipollas malhumorado); Harvey Keitel (un gran actor pero con un cerebro como un asado de cerdo crudo); Richard Gere (el clásico actor pseudointelectual que todavía no ha comprendido que la gente lo escucha porque es una estrella de cine y no porque sea una lumbrera); Jodie Foster (como intentar entrar a robar en Fort Knox); Dennis Hopper (un tipo estupendo, malhablado y divertido); Vanessa Redgrave (cálida, escultural, como hablar con la reina); el director inglés Steven Frears (otro británico que no sabe cómo dosificar el aftershave. No me extraña que las mujeres no quieran apoyar la cabeza en el regazo de esos tipos); Yoko Ono (una pesada quisquillosa que se pone a la defensiva y que al ser preguntada por los detalles de su último «proyecto» contesta: «¿Haría usted esa pregunta a Bruce Springsteen?»); Robert Altman (dicharachero, culto, tranquilo; no me extraña que los actores trabajaran para él por una miseria); el director estadounidense Oliver Stone (un hombre muy masculino, más inteligente que los guiones que escribe. «¿Guerra y paz? Dios santo, ¿qué clase de pregunta es esa? ¡Son las diez de la mañana!»).
Hablamos de los sesenta, los Beatles (demasiado a menudo, pero él me daba el gusto), la bebida; un poco más de Rebecca («¿Crees que me va a plantar?»), Adolf Hitler, Dachau, Richard Nixon, la infidelidad, Truman Capote, el desierto de Mojave, Suge Knight, las lesbianas, la cocaína, el glamour de la heroína, los Backstreet Boys (idea mía), los tatuajes, Johnny Carson, Tupac (idea suya), el sarcasmo, el levantamiento de pesas, las tallas pequeñas, los actores franceses y E.E. Cummings. ¡Qué época! Puede que estuviera esperando a tener trabajo, pero no estaba esperando a vivir la vida. Estaba allí, justo a mi lado, en la silla de mimbre. Sabía que era algo maravilloso mientras estaba ocurriendo, aunque comprendía, en cierto modo, que algún día tendría que acabar.
Hoy día, cuando vuelvo a la casa de Maggie como invitado a cenar, me detengo con bastante ternura en el porche. Sé que Jesse y yo saldremos más tarde, por la noche, pero no será exactamente lo mismo que por aquel entonces, en el cine-club. Curiosamente, el resto de la casa —la cocina, el dormitorio, la sala de estar y el cuarto de baño— no conservan rastros de mí. No siento ninguna resonancia ni ningún eco del tiempo que pasé allí. Solo en el porche.
Pero ¿por dónde iba? Ah, sí. La visita de Rebecca aquella bonita tarde de primavera.
Subió con paso ligero la escalera; Jesse se quedó sentado. Hubo un intercambio de palabras entre ellos; ella permaneció con las manos en los bolsillos de la cazadora y una expresión en el rostro como la de una azafata que cree que acaba de oír algo desagradable pero no está segura de haber escuchado bien. Una sonrisa educada pero prudente. Ocurría algo raro. A lo lejos se podía ver a uno de los obreros, inmóvil, agarrado al lado de una escalera, mirando en dirección a la casa.
Oí que la puerta se abría y los dos entraron.
—Hola, David —dijo Rebecca. Despreocupada, imperiosa. O al menos quería dar esa impresión—. ¿Qué tal estás hoy? —dijo. Volvió a pillarme por sorpresa.
—¿Que qué tal estoy? Pues veamos… Bien, creo. ¿Qué tal el instituto?
—Ahora tenemos unas pequeñas vacaciones, así que estoy trabajando en una tienda de ropa.
—Acabarás dominando el mundo, Rebecca.
—Simplemente me gusta tener mi propio dinero —dijo ella. (¿Era un ataque?) Jesse esperó detrás de ella.
—Me alegro de volver a verte, Rebecca.
—Yo también, David. —Nunca me llamaba señor Gilmour.
Y bajaron al sótano.
Subí a la segunda planta. Encendí el ordenador y me puse a buscar mensajes por tercera vez aquel día. Maggie era la última persona en la tierra que seguía teniendo una conexión a internet por la línea telefónica, de modo que siempre había que esperar y se oían zumbidos, pitidos y chirridos antes de que apareciera la pantalla.
Leí el periódico de la mañana por internet. Miré por las ventanas traseras y vi a nuestra vecina Eleanor cavando en su jardín con una azada. Se estaba preparando para la estación de plantar. Su cerezo había florecido. Al cabo de un rato, me dirigí a lo alto de la escalera. Oía un murmullo de conversación procedente del sótano. La voz de Rebecca, animada; luego la de él, extrañamente inexpresiva, demasiado imperturbable, como si estuviera intentando hablar desde el pecho, de forma artificial.
Entonces se hizo el silencio seguido de unos pasos en el suelo de abajo; dos pares de pies. Ningún diálogo. La puerta principal se abrió y se cerró con cuidado, como si alguien no quisiera molestarme. Cuando bajé vi a Jesse. Estaba inclinado hacia delante con expresión seria. A lo lejos distinguí una pequeña figura: Rebecca, que se retiraba al otro lado del aparcamiento. Los chicos del equipo de obreros tenían las cabezas giradas en dirección a ella.
Me senté y la silla crujió. Me quedé quieto por un momento. Luego dije:
—¿Qué pasa?
Jesse se volvió hacia mí con la mano levantada de forma que le tapaba los ojos. Me pregunté si había estado llorando.
—Acabamos de romper.
Eso era lo que me había estado temiendo. Un tipo nuevo con un coche y un piso de lujo, un corredor de bolsa, un joven abogado. Un público más adecuado para las aspiraciones profesionales de Rebecca.
—¿Qué ha dicho? —pregunté.
—Ha dicho que se iba a morir sin mí.
Por un instante pensé que le había entendido mal.
—¿Que ha dicho qué?
El lo repitió.
—¿Has plantado a Rebecca?
El asintió con la cabeza.
—¿Por qué?
—Supongo que porque ha venido a hablar de nuestra relación demasiadas veces.
Lo miré largamente; su tez pálida, sus ojos transparentes.
Al cabo de un rato dije:
—Siento preguntártelo, pero debo hacerlo. ¿Tienes resaca?
—Un poco, pero no tiene nada que ver con esto.
—Dios santo.
—En serio, papá, no tiene nada que ver.
Empecé con cautela.
—A lo largo de los años, Jesse, he aprendido que nunca es buena idea tomar una decisión sobre tu vida cuando hay alcohol de por medio. —El abrió la boca para hablar—. Ni siquiera cuando está presente de forma indirecta, como una resaca.
El miró a lo lejos.
—¿Hay algo que puedas hacer para arreglarlo? —dije.
—No quiero hacerlo.
Divisó al equipo de obreros. Fue como si su imagen reforzara algo en su interior.
—Está bien —dije—, déjame decir una cosa y luego puedes hacer lo que quieras, ¿vale?
—Vale.
—Cuando dejas a una mujer, ocurren cosas que crees que no van a tener importancia. Pero entonces, cuando realmente ocurren, resulta que importan mucho.
—¿Como que haya otros chicos?
—No quiero ser cruel, pero hay ciertos factores que tienes que tener en cuenta antes de cortar con alguien —dije—. Y uno de ellos, el más importante, suele ser que ella va a estar con otras personas. Y eso, créeme, puede ser una experiencia ingrata.
—¿Qué quiere decir «ingrata»?
—Desagradable. En este caso, terrible.
—Sé que Rebecca se va a echar otro novio, si es a lo que te refieres.
—¿Lo sabes? ¿De veras has pensado en ello?
—Sí.
—¿Puedo contarte una historia? ¿Te importa?
—No, no.
Parecía distraído. Dios mío, pensé. Esto solo es el principio.
—Tuve un amigo en la universidad —empecé a decir—. En realidad, tú lo conoces. Vive en la costa Oeste. Es Arthur Crammer.
—Arthur me cae bien.
—Sí, bueno, a mucha gente le cae bien Arthur. En parte, ese fue el problema. Una vez tuve una novia; fue hace mucho tiempo, tal vez era unos cuantos años mayor que tú ahora. Se llamaba Sally Buckman. Un día le dije a Arthur (era mi mejor amigo): «Creo que voy a romper con Sally». Y él dijo: «Ah, ¿sí?». A él le gustaba. Le parecía sexy. Y lo era.
»Le dije: “Si quieres ver a Sally después, por mí no hay problema”. Y así lo creía. Había terminado con ella. Así que unas semanas más tarde, quizá un mes, rompí con Sally Buckman y me fui a pasar el fin de semana a la cabaña que un amigo tenía al lado del lago. ¿Me estás escuchando?
—Sí.
Continué.
—Por aquel entonces, Arthur y yo tocábamos en un grupo de mala muerte. Yo tocaba la batería, y él cantaba y tocaba la armónica; no éramos precisamente las estrellas del rock que creíamos ser. Unos flacuchos irresistibles.
»El domingo por la noche volví a la ciudad, después de haber pasado el fin de semana en la cabaña hirviendo raíces de plantas de marihuana y colgándolas boca abajo sin echar de menos a Sally en lo más mínimo. En realidad, de vez en cuando me alegraba de que ella no estuviera allí.
»Fui directamente a un ensayo del grupo. Allí estaba Arthur. El encantador y simpático Arthur Crammer tocando la armónica, dando consejos al bajista, comportándose como un tipo estupendo. Comportándose como Arthur. Durante todo el ensayo no dejé de mirarlo, queriendo preguntarle: “¿Has visto a Sally mientras yo estaba fuera?”. Pero no tuve ocasión. Sin embargo, me estaba poniendo nervioso. Aquel asunto había pasado de despertarme curiosidad a darme miedo.
»El caso es que el ensayo terminó, el otro chico se marchó, y me quedé en el coche con Arthur. Al final, me volví hacia él y dije como quien no quiere la cosa: “¿Has visto a Sally este fin de semana?”. Y él soltó en un tono de lo más optimista: “Sí, la he visto”, como si fuera una pregunta interesante para la que él tuviera una respuesta interesante. Así que yo dije (y entonces las palabras salieron solas): “¿Hay algo entre vosotros?”. Y él dijo, todo solemne: “Sí, lo hay”.
»Te lo aseguro, Jesse. Fue como si alguien acelerara la película diez veces. El mundo iba a toda velocidad. Apenas podía carraspear. “Toma, fuma un cigarrillo”, dijo él. Lo que no hizo más que empeorar las cosas. Empecé a hablar muy rápido, a decir que por mí no había ningún problema, pero qué rara era la vida y qué deprisa cambiaban las cosas.
»Entonces le pedí que me llevara a casa de Sally. Me dejó delante de su piso en Brunswick Street. Todavía me acuerdo del número. Subí la escalera corriendo como si hubiera un incendio y llamé a la puerta. Toc, toc, toc. Sally apareció en la puerta con el camisón y con cara… ¿cómo decirlo?… de astuta timidez. En plan: “Ah, ¿había una bomba en el paquete que te mandé?”.
»De modo que volví con ella. La obligué a tirar las sábanas y a contarme todo lo que había pasado. ¿Hiciste esto, hiciste lo otro? Preguntas desagradables y respuestas igual de desagradables. —En ese punto Jesse se rió—. Tardé un mes más o menos en recordar lo pesada que era y entonces volví a dejarla. Esta vez para siempre. Pero cuando lo hice me aseguré de que Arthur estuviera fuera de la ciudad. Tenía la sensación de que ella iba a recurrir a sus viejos trucos y no quería que él anduviera cerca.
—¿Y lo hizo?
—Lo hizo. Se fijó en el chiflado de mi hermano y se lo tiró. Ella era un mal bicho, te lo aseguro, pero esa no es la cuestión. La cuestión es que a veces no sabes cómo te van a hacer sentir esas cosas hasta que es demasiado tarde. Es algo en lo que no te conviene precipitarte.
Eleanor salió al porche de su casa y tiró una botella de vino al cubo de reciclaje. Miró calle abajo, angustiada, como si viera algo allí que no le gustara, nubes de lluvia o gamberros, y luego nos vio a nosotros a pocos metros de distancia.
—Ah —dio un salto—, hola. Veo que estáis en vuestra oficina. —Sonrió furiosamente enseñando los dientes.
Jesse esperó hasta que se marchó.
—No creo que ninguno de mis amigos salga con Rebecca.
—La cuestión, Jesse, es que va a salir con alguien y, créeme, va a asegurarse de que te enteras. ¿Has pensado en ello?
—Creo que estaré mal un par de semanas, pero luego lo superaré —dijo él con su voz de adulto, un tono más bajo de lo normal.
—Está bien. Voy a decirte una última cosa y luego me voy a callar. Puedes arreglarlo. Puedes llamarla por teléfono ahora mismo y recuperarla y ahorrarte muchas preocupaciones. —Dejé que asimilara mis palabras—. A menos que realmente ya no te interese.
Una pausa momentánea.
—Ya no me interesa.
—¿Estás seguro?
El miró la iglesia con aire vacilante y las figuras que se movían al pie de ella. Creí que se lo estaba pensando mejor. Entonces dijo:
—¿Crees que ha sido poco masculino que haya llorado?
—¿Qué?
—Cuando hemos roto. Ella también ha llorado.
—Me lo imagino.
—Pero ¿no crees que me he portado como un crío o algo por el estilo?
—Creo que si no hubieras llorado, habría habido algo en ti que no va bien —dije —. Algo frío y bastante desagradable.
Pasó un coche.
—¿Has llorado alguna vez delante de una chica? —preguntó.
—La pregunta debería ser: ¿Hay alguna chica delante de la que no haya llorado? —dije.
Al oír su risa y ver, aunque solo fuera por un instante, que la tristeza desaparecía de sus facciones (como una ráfaga de viento que soplara las cenizas de una hermosa mesa), me sentí más liviano, como si se me hubieran pasado unas ligeras náuseas. Si pudiera conseguir que él siguiera así, pensé. Pero en el futuro veía imágenes de él despertándose a las tres de la madrugada y pensando en ella, un muro de cemento hacia el que aceleraba a ciegas.
Sin embargo, de momento no era así. De momento estábamos en el porche y su moral había salido del ataúd en el que se encontraba y al que volvería, como un fantasma, al anochecer.
Iba a volver a ponerle El último tango en París, pero no me pareció buena idea. La escena de la mantequilla podía provocarle toda clase de desafortunadas imaginaciones. Entonces, ¿qué? Tootsie (1982), demasiado romántica. Vania en la calle 42 (1994), demasiado rusa. Ran (1985), demasiado buena para arriesgarme a que no prestara atención. Al final di con ella: una película que hace que te entren ganas de coger una escopeta y pegar unos cuantos tiros en la puerta de tu propio coche. Una de esas películas que parecen decir: «A tomar por el culo con todo».
Introdujo Ladrón (1981), de Michael Mann, en el reproductor de DVD como si fuera un cargador de nueve milímetros. Comenzó la secuencia de los títulos (una de las mejores de la historia; dos tipos forzando una caja fuerte). La música es de Tangerine Dream; una banda sonora que parece agua corriendo por tuberías de cristal. Verde pastel, rosa eléctrico, azul fluorescente. Fíjate en cómo está rodada la maquinaria, dije, el amor con el que están iluminados y fotografiados los sopletes y los taladros; la cámara los enfoca con el ojo de un carpintero viendo sus herramientas.
James Caan, por supuesto. Nunca ha estado mejor. Atento al maravilloso momento en que entra en el despacho de un usurero para conseguir dinero y el hombre finge que no sabe de qué le está hablando. Fíjate en la pausa que hace Caan. Parece tan furioso que tuviera que respirar para soltar la frase. «Soy el último tipo en la tierra al que te conviene joder», dice.
—Abróchate el cinturón —dije—. Allá vamos.
Rebecca volvió al día siguiente por la tarde. Iba vestida con mucho estilo: camisa de seda negra con botoncitos dorados y tejanos negros. Estaba echando un último vistazo al postre antes de guardarlo bajo llave. Estuvieron sentados en el porche y hablaron brevemente. Yo empecé a hacer ruido con las cazuelas y las sartenes en la cocina, en la parte de atrás de la casa, y puse la radio alta. Creo que incluso estuve canturreando.
La conversación no duró mucho. Cuando entré sigilosamente en la sala de estar («Solo estoy limpiando el polvo»), contemplé un extraño espectáculo. Jesse estaba en su silla de mimbre en una actitud de malestar físico, como si estuviera esperando para ocupar el último asiento de un autobús, mientras que debajo de él, en la acera, una animada Rebecca (que ahora parecía vestida como una viuda negra) hablaba con un grupo de adolescentes, amigos de Jesse que habían venido de visita. Su actitud hacía pensar en un grácil y alegre desenfado, no en el semblante de alguien que acaba de perder su atractivo, y me di cuenta de que había algo peligroso en ella. Jesse lo había percibido y se había cansado de ello. Me sorprendí pensando que él era un espécimen más sano que yo. Yo no habría podido separarme de una chica tan hermosa, del placer cocainómano de tener una novia más guapa que las del resto. Mezquino, atroz, penoso. Lo sé.
Al poco rato el porche estaba plagado de adolescentes. Rebecca se había marchado. Llamé a Jesse para que entrara y cerré la puerta con cautela.
—Ten cuidado con lo que les dices a esos chicos, ¿vale?
Sus facciones pálidas me miraban. Olía en él el sudor de la emoción.
—¿Sabes lo que me ha dicho? Ha dicho: «No me volverás a ver nunca».
Yo le quité importancia.
—De acuerdo. Pero prométeme que tendrás cuidado con lo que dices.
—Claro, claro —dijo él rápidamente, pero por la forma en que lo dijo supe que ya había dicho demasiado.