Cineclub
Capítulo 12
Y entonces salió el sol. Fue justo después de una película de Kurosawa. Debió de ser Ran. Jesse se mostró más interesado de lo normal, le encantaron las escenas bélicas y la decapitación de la amante traidora; la escena final en la que el ciego se dirige dando traspiés al borde del precipicio lo dejó aturdido.
Durante los últimos días el comportamiento de Jesse había cambiado. Tenía el entusiasmo característico de un joven que espera algo con impaciencia. Algo bastante próximo. Me preguntaba si era el tiempo, los hermosos días de la primavera, los días amarillos, el olor a tierra húmeda, la despedida del lúgubre invierno que le había levantado el ánimo de forma tan clara. Intuía que fuera lo que fuese, era algo privado; y sin embargo, al mismo tiempo, él se moría de ganas de hablar de ello. Sabía que una pregunta directa le asustaría, le haría esconderse, de modo que tenía que actuar pasivamente; tenía que esperar el momento en que una sola mirada mía le llamara la atención y le sacara la historia como si fuera un anzuelo.
Nos quedamos sentados en el porche, mientras el humo de Ran se dispersaba lentamente; los pájaros piaban, nuestra vecina china estaba trabajando en su jardín metiendo los palos para sus parras y sus misteriosos frutos; rondaba los ochenta y llevaba unas preciosas chaquetas de seda. En lo alto, el sol redondo brillaba implacablemente en aquella temporada irreal.
—El problema de marzo —dije en un tono lo más apagado posible— es que piensas que el invierno ha acabado. Por muchos años que hayas vivido aquí, sigues cometiendo el mismo error. —Vi que Jesse apenas estaba escuchando, de modo que continué—. Te dices: «Ya está, hemos dejado atrás el invierno». Y apenas han salido esas palabras de tu boca, ¿sabes qué pasa?
El no contestó.
—Te diré lo que pasa. Empieza a nevar. Y nieva y nieva y nieva.
—Tengo una nueva novia —dijo.
—La primavera es una época complicada —dije. (Me estaba aburriendo hasta a mí mismo.)
—¿Te acuerdas de la historia que me contaste de Arthur Crammer, tu viejo amigo? —dijo—. El que te quitó a una de tus novias.
Me aclaré la garganta.
—No es que tenga importancia, hijo, porque fue hace muchos años, pero no me la quitó exactamente. Yo la cedí antes de estar listo, eso es todo.
—Lo sé, lo sé —dijo él. (¿Estaba ocultando una sonrisa?)—. Pero me ha pasado más o menos lo mismo. —Me preguntó si me acordaba de su amigo Morgan.
—¿Tu amigo del trabajo?
—El de la gorra de béisbol.
—Ah, sí, ese.
—Tenía una novia, Chloë Stanton-McCabe; habían estado juntos desde el instituto. El no le daba ninguna importancia. Yo solía decirle: «Deberías tener cuidado con ella, Morgan. Es muy guapa». Y él me decía —en ese punto imitó una voz de zoquete—: «Sí, lo que tú digas».
Asentí con la cabeza.
—Va a la Universidad de Kingston. Estudia económicas.
—¿Y está con Morgan?
—Morgan es un tío enrollado —dijo rápidamente (y con azoramiento)—. El caso es que hará un año rompieron. Unos días después, Jack, el que tocaba en mi grupo…
—Otro chico con gorra de béisbol.
—No, ese es Morgan.
—Es broma.
—Jack es el de las mejillas coloradas.
—Lo sé, lo sé. Continúa.
—Jack me llamó por teléfono una noche y me dijo que había conocido a una chica en un bar, Chloë Stanton-McCabe, y que había estado hablando de mí sin parar, de lo mono que era, de lo divertido que era… De todo.
—¿Sí?
—Y lo extraño, papá, es que cuando me fui a la cama esa noche me quedé tumbado a oscuras preguntándome cómo sería estar con ella, estar casado con ella. Apenas la conocía. La había visto en fiestas y en unos cuantos bares, pero nada especial, y nunca sola.
—Debiste de alegrarte cuando recibiste esa llamada de repente.
—Me alegré, desde luego. Pero una semana más tarde, ella y Morgan volvieron a juntarse. Fue un poco decepcionante, pero no demasiado. Me quedaban otras chicas. Pero sí, fue decepcionante. Mucho, la verdad.
Miró al otro lado de la calle; en el segundo piso había unas sábanas y unos pantalones cortos de niño colgados de un tendedero improvisado. Se podía oler la brisa cálida que subía de la calle.
Jesse prosiguió.
—Un día después del trabajo, Morgan, que estaba un poco borracho, dijo: «Mi novia estuvo enamorada de ti durante, qué sé yo, una semana», y se rió como si todo fuera una broma. Yo también me reí.
»Después de eso vi a Chloë unas cuantas veces; coqueteaba bastante, pero todavía estaba con Morgan. Yo estaba en el bar y notaba una mano por detrás. Cuando me giraba, veía a esa chica rubia alejándose de mí. Una vez le pregunté a Morgan qué tal le sentaría si la invitaba a salir, y dijo: «Vale, no me importa. Solo me gusta acostarme con ella, nada más». Aunque no es la palabra que él utilizó.
—Me lo imagino.
—Pero tuve mucho cuidado de no tirarle los tejos. No quería que Morgan se riera de mí y dijera: «Ni siquiera me interesa. Te la puedes quedar».
—Estupendo.
—Bueno. —Miró al otro lado de la calle como para armarse de valor, para adquirir la serenidad necesaria para hacer justicia a aquel nuevo episodio—. La semana pasada entré en un bar de Queen Street. Fue como esa escena de Malas calles. Me acababa de duchar y de lavar el pelo, llevaba ropa nueva y me sentía muy bien. Cuando entré en el bar estaba sonando una canción que me gusta mucho y sentí que podía conseguir todo lo que quisiera en el mundo. Y allí estaba Chloë, que había vuelto para el fin de semana. Estaba sentada detrás de una mesa con sus amigas y todas dijeron: «¡Oooh, Chloë, mira quién está ahí!».
»Así que me acerqué, le di un beso en la mejilla y dije: “Hola, Chloë”. Pero no me quedé. Me fui al final de la barra y me tomé una copa solo. Al poco rato, ella se acercó y dijo: “Sal a fumar un cigarrillo conmigo”.
»Salimos. Nos quedamos en la barandilla de enfrente del bar y le dije, así, sin más: “Me encantaría besarte”.
»Y ella dijo: “¿De veras?”.
»“Sí”, dije yo.
»Y entonces ella dijo: “¿Y Morgan?”.
»“Yo me ocuparé de Morgan”, dije yo.
—¿Y lo descubrió?
—Se lo dije al día siguiente. Él dijo —Jesse bajó el tono de voz una octava—: «Da igual, no me importa». Pero esa noche salimos a tomar una cerveza después del trabajo y él se puso como una cuba muy rápido y dijo: «Te crees muy malo porque ahora estás con Chloë, ¿verdad?».
»Pero a la mañana siguiente me llamó. Estaba bastante triste, aunque también fue bastante valiente, y dijo: “Mira, tío, solo me hace sentir un poco raro que estés con ella”.
»Y yo dije: “Sí, a mí también”.
Encendió un cigarrillo sujetándolo en el otro lado de la silla.
—Menuda historia —dije (la ropa limpia se agitaba con la suave brisa).
El se recostó mirando al frente, imaginándose Dios sabe qué: clases de preparación para el parto con Chloë, una gira con Eminem…
—¿Te imaginas que Morgan y yo sobrevivimos a esto? Me refiero a nuestra amistad. Tú y Arthur Crammer sobrevivisteis.
—Tengo que ser sincero contigo, Jesse. Las mujeres pueden ser un deporte sangriento.
—¿Qué quieres decir? —dijo él.
Quería hablar de Chloë Stanton-McCabe un poco más. Había contado la historia demasiado rápido.
Fue un buen verano para los dos. Conseguí trabajo aquí y allá (parecía que la cosa estaba adquiriendo fuerza): unas cuantas apariciones como invitado en televisión, un viaje a Halifax para un programa de radio sobre libros, otra entrevista a David Cronenberg, un artículo para una revista masculina que me obligó a viajar a Manhattan. No llegaba a cubrir gastos —salía más dinero del que entraba—, pero ya no tenía la sensación de que estaba perdiendo dinero, de que algo triste, incluso trágico, me aguardaba al cabo de cinco años.
Y entonces ocurrió algo que fue como el punto que se coloca al final de una frase. Me hizo sentir que mi mala suerte había tocado a su fin. A los ojos de un extraño, no era gran cosa. Me invitaron a escribir una crítica de cine para un periódico de tirada nacional. El sueldo era bajo, era un trabajo temporal, pero —cómo explicarlo— era algo que siempre había deseado hacer. A veces esas cosas tienen un atractivo que supera largamente su verdadero valor, como un académico que quiere dar una conferencia en la Sorbona o un actor que quiere aparecer en una película con Marlon Brando. (A lo mejor es una película terrible. En realidad no importa.)
Jesse estaba haciendo el turno de noche. Seguía trabajando de pinche, lavando y cortando verduras, limpiando calamares, pero a veces le dejaban trabajar en la parrilla, que para él tenía el mismo atractivo desproporcionado que para mí la crítica de cine. Esas cosas son de una tremenda arbitrariedad.
Los chicos de la parrilla son duros, muy machos; les gusta sudar y maldecir y beber y trabajar una cantidad de horas insoportable y hablar de «los chochitos» y «los vagos que viven de la seguridad social». Ahora Jesse era uno de ellos. Le gustaba quedarse sentado con la ropa blanca de trabajo después de su turno —era su momento favorito— fumando cigarrillos y repasando la noche: que si habían cogido una buena curda poco después de las nueve (un montón de clientes había llegado de golpe), que si habían puesto a una camarera en el «banquillo» (habían retrasado sus pedidos). No convenía jugar con los chicos de blanco.
En la cocina —en todas las cocinas, según él— circulaban una especie de bromas extrañas y pseudogays consistentes en que los chicos se llamaban «maricas» entre ellos, comentaban a quién le daban por el culo, etc., etc. Lo único que no se podían llamar era «gilipollas». Eso era serio; un verdadero insulto.
A él le gustaba que Chloë lo recogiera después de trabajar; aquella Marilyn Monroe con un piercing de diamante en la nariz. Todos los chicos andaban cerca y se fijaban.
—¿Te gusta? —me preguntó una noche, con la cara muy cerca de la mía.
—Sí —dije.
—Estás dudando.
—No, en absoluto. Creo que es estupenda.
—¿Sí?
—Sí.
Meditó un momento.
—Si corta conmigo, ¿dirías lo mismo?
—Me pondría de tu parte.
—¿Qué quieres decir?
—Que diría cualquier cosa que te hiciera sentirte mejor.
Pausa.
—¿Crees que va a cortar conmigo?
—Dios santo, Jesse.
Seguíamos viendo películas, pero no con tanta frecuencia. Quizá dos a la semana, a veces menos. Era como si el mundo nos estuviera echando de la sala de estar, y yo tenía la sensación de que algo preciado estaba llegando a su fin natural Fin du jeu. La conclusión.
Presenté un programa de «Tesoros enterrados».
Le puse Quiz Show (El dilema) (1994), de Robert Redford, que mejora y se vuelve más rica con cada nuevo visionado. Es la historia de un profesor de universidad guapo y encantador, Charles Van Doren (Ralph Fiennes), que se ve envuelto en los escándalos de los concursos de televisión de los cincuenta en los que los concursantes recibían las respuestas por adelantado. Al igual que el tongo en el campeonato de béisbol de 1919, fue una puñalada en el corazón del público estadounidense ingenuo pero confiado. El hecho de que uno de sus niños bonitos —e hijo de un preeminente erudito, Mark Van Doren (interpretado por el gran Paul Scofield)— estuviera implicado en el caso hizo la herida más dolorosa.
Como El gran Gatsby, Quiz Show (El dilema) te adentra en un mundo mortalmente resbaladizo, pero lo presenta como algo tan bonito que entiendes por qué la gente acude allí y por qué decide quedarse. Hice reparar a Jesse en la estupenda química existente entre Rob Morrow, que interpreta al investigador del Congreso, y Ralph Fiennes, que dice que sí en una ocasión a algo a lo que debería haber dicho que no.
Parte del mejor trabajo interpretativo de la película, los momentos más intensos, proviene de los ojos de Ralph Fiennes. (En algunas escenas, incluso parece que lleve maquillaje adicional en los ojos.) Recomendé a Jesse que esperara al diálogo en que alguien pregunta a Fiennes cómo le iría al «honrado Abe Lincoln» en un concurso de televisión. Fíjate en lo que hace Fiennes con los ojos. Fíjate en cómo se mueven cuando está hablando con Rob Morrow: tienen una cualidad reveladora; no para de mirar al joven como si estuviera diciendo en voz baja para sus adentros: «¿Cuánto sabe? ¿Cuánto sabe?».
Hay una secuencia en la que están jugando al póquer. Fiennes hace su apuesta, y Morrow dice: «Sé que estás mintiendo». Casi se puede oír el corazón de Fiennes latiendo cuando responde con un aire que raya en la paranoia: «Quieres decir que me estoy tirando un farol. La expresión es “tirar un farol”». Recuerda al Raskólnikov de Crimen y castigo, de Dostoievski.
—¿Alguna vez echas de menos salir por la televisión? —preguntó Jesse cuando terminó la película.
—A veces —dije.
Expliqué que echaba de menos el dinero, pero que lo que realmente echaba de menos era tener una docena de conversaciones superficiales de treinta segundos con personas que apenas conocía.
—Eso te puede alegrar el día —dije—, lo creas o no.
—Pero ¿realmente echas de menos salir por televisión?
—No. Nunca lo echo de menos. ¿Y tú?
—¿Si echo de menos tener un padre que sale por televisión? No, no lo echo de menos. Ni siquiera pienso en ello.
Y tras decir aquello se levantó y subió la escalera; su porte, la despreocupación de sus movimientos —al menos por el momento— ya no eran los de un adolescente.
Más tesoros enterrados. Cómo comer tarta de plátano recién salida de la nevera. (Para qué molestarse en coger un plato. El último deber (1973).
—Te doy cinco razones por las que nos encanta Jack Nicholson —dije.
1. Porque como él dice: «Llegar a lo más alto no es difícil. Lo difícil es mantenerse allí».
Jack lleva treinta y cinco años haciendo películas. Nadie puede tener «suerte» o fingir durante tanto tiempo. Hay que ser grande.
2. Me encanta que Jack Nicholson interprete a un detective —durante una parte
importante del metraje de Chinatown— con una venda en la nariz.
3. Me encanta el momento de El resplandor en el que Jack pilla a su mujer leyendo las
demenciales páginas de su novela y le pregunta: «¿Te gusta?».
4. Me encanta que Jack esperara hasta los cincuenta para dedicarse al golf. 5. Me encanta cuando Jack golpea con la pistola contra la barra en El último deber y dice:
«Yo soy la puta patrulla costera».
Algunos críticos opinan que la mejor interpretación que Jack Nicholson ha realizado en toda su carrera es la de El último deber. Interpreta a «Badass» Buddusky, un marinero que fuma puros y escupe obscenidades —un tipo muy excitable— y que recibe la misión de escoltar a un chico por el país hasta la cárcel. Jack quiere que el muchacho se lo pase bien, que «se emborrache y eche un polvo» antes de que empiece su condena.
Cuando la película se estrenó, Roger Ebert escribió que Nicholson «compone un personaje tan completo y complejo que dejamos de pensar en la película y nos limitamos a mirar para ver lo que hará a continuación». Algunas películas elevan los tacos a la categoría de arte. ¿Te acuerdas del sargento de artillería de La chaqueta metálica (1987)? Al igual que los huevos, los improperios pueden adoptar muchas variaciones, y en El último deber se oyen muchos de ellos. Los ejecutivos del estudio querían suavizar el guión antes del rodaje. Les horrorizaba la gran cantidad de palabrotas y sospechaban, con toda la razón, que Jack Nicholson iba a escupirlas con especial regocijo. Un ejecutivo de Columbia recuerda: «En los primeros siete minutos aparecían 342 tacos. En Columbia no podíamos permitir esa clase de lenguaje ni podíamos permitir el sexo».
Robert Towne (Chinatown, 1974), autor del guión, dijo: «Si hacías el amor para Columbia Pictures, tenía que ser a trescientos metros de distancia. Pero las películas se estaban abriendo y era la oportunidad de escribir cómo hablaban realmente los marineros. El director del estudio me hizo sentarme y me dijo: “Bob, ¿no serían más efectivos veinte hijos de puta que cuarenta?”. Y yo le dije: “No, así es como habla la gente cuando no puede actuar. Se ponen a parir”». Towne se mantuvo en sus trece. Nicholson le respaldó, y como era la estrella más grande del momento, el tema quedó zanjado.
Elegir películas para la gente es un asunto peliagudo. En cierto sentido, es igual de revelador que escribir una carta a alguien. Muestra lo que uno piensa, lo que le emociona, a veces incluso puede mostrar cómo piensa uno que el mundo lo ve a él. De modo que cuando recomiendas encarecidamente una película, cuando dices: «Es para morirse de risa. Te va a encantar», y al día siguiente te ve un amigo y te dice con el ceño fruncido: «¿Eso te pareció gracioso?», la experiencia es asquerosa.
Recuerdo que una vez recomendé Ishtar (1987) a una mujer que me gustaba mucho solo para que me lanzara aquella mirada la próxima vez que la viera. Oh, decía la mirada, así eres tú.
De modo que con los años he aprendido a mantener la boca cerrada en los videoclubes cuando me muero de ganas de hacer recomendaciones a completos extraños, cuando deseo arrebatarles la película que tienen en las manos y asegurarles, ante sus caras de sorpresa, que esa otra película, la de allí, es una elección mejor. Sin embargo, tengo unas cuantas películas de reserva, cintas que he recomendado y que nunca jamás han sido mal recibidas. El gato conoce al asesino (1977) es una de ellas. Fue la siguiente que elegí.
Se trata de un sencillo thriller sobre un detective privado achacoso (Art Carney) y una vidente joven y chiflada (Lily Tomlin) que se ven envueltos en una serie de asesinatos en Los Angeles. Aunque la película tiene casi cuarenta años, prácticamente nadie la ha visto. Pero cuando lo hacen, al menos las personas a las que les he hablado de ella, todas responden con una especie de sorpresa y gratitud gozosa. En algunos casos, creo que incluso ha movido a ciertos individuos reconsiderar lo que pensaban de mí personalmente.
Cuando estaba preparando El gato conoce al asesino para Jesse, me topé con la crítica original de la película que Pauline Kael escribió en 1977 en el New Yorker. Le encantó, pero no acababa de situarla. «No es exactamente un thriller —escribió—; es una película única, un poema de amor y odio a la sordidez.»
El confidente pasó sin pena ni gloria en 1973. Todavía se puede encontrar en los videoclubes; no necesariamente en los pequeños videoclubes especializados donde alquilan películas de terror finlandesas. La dirigió Peter Yates (Bullitt), pero el verdadero motivo que la hace digna de ser vista es Robert Mitchum, ese genio de mirada soñolienta, que interpreta al ladrón de poca monta Eddie Coyle. Todos conocemos a alguien como Eddie, un tipo que ha nacido para tomar la decisión equivocada. El tío Vania en versión delincuente reincidente.
A medida que pasa el tiempo, parece que Robert Mitchum mejora cada vez más: ese pecho fuerte y grueso, esa voz grave, esa forma de moverse por una película con la facilidad de un gato que se cuela en una cena. Tenía mucho talento y sin embargo, curiosamente, le producía una especie de placer intimidante negarlo. «Tengo tres expresiones —solía decir—: mirada a la derecha, mirada a la izquierda y mirada al frente.» Charles Laughton, que lo dirigió en La noche del cazador, decía que esa actitud hosca e indiferente era una farsa. Robert Mitchum, decía, era culto, gentil, amable, un hombre que hablaba de maravilla y que habría interpretado a Macbeth mejor que cualquier actor vivo. Mitchum lo expresaba de otra forma: «La diferencia entre otros actores y yo es que yo he pasado más tiempo en la cárcel».
Sin embargo, cuando veíamos esas películas, a veces tenía la sensación de que ahora Jesse estaba presente por respeto. A los treinta minutos de empezar a vez Recuerdos de una estrella (1980), de Woody Allen, supe por su postura, la reveladora inclinación de su codo, que la película le aburría y empecé a sospechar que la estaba viendo por mí, para hacerme compañía.
—¿A que no sabes quién fue el director de fotografía de Recuerdos de una estrella? —dije.
—¿Quién?
—El Príncipe de las Tinieblas.
—¿Gordon Willis?
—El mismo que fotografió El padrino.
—El mismo que fotografió Klute —recitó él distraídamente.
Tras una pausa diplomática, dije con suavidad:
—Creo que no fotografió Klute.
—Fue él.
—Te apuesto cinco pavos a que Gordon Willis no fotografió Klute.
Ganó con elegancia, sin regodearse, y levantó el trasero del sofá para meterse el dinero en el bolsillo trasero sin mirarme a los ojos.
—Siempre he creído que Michael Ballhaus fue el director de fotografía de Klute —dije tímidamente.
—Ya veo —dijo él—. A lo mejor estás pensando en las primeras películas de Fassbinder. Tienen una textura un poco granulada.
Me lo quedé mirando hasta que alzó la vista.
—¿Qué? —dijo, sabiendo perfectamente lo que era ese «qué».