Cineclub
Capítulo 10
Tan solo unos días más tarde cené con Maggie. Había ido en bicicleta a su casa en Greektown a media tarde, pero después de cenar, después del vino, no tenía el más mínimo deseo de arriesgarme a volver haciendo eses por el puente hasta la ciudad. De modo que me subí al metro remolcando la bicicleta.
El trayecto hasta casa no era largo, de unos diez o doce minutos, pero lo había hecho tantas veces que me resultaba insoportablemente lento y me arrepentí de no haber llevado un libro para leer. Contemplé mi reflejo en la ventana, los pasajeros que iban y venían, los túneles que pasaban a gran velocidad, y ¿a quién vi de repente si no a Paula Moors? Estaba sentada al otro lado, unas cinco o seis hileras hacia el fondo del vagón. No sé cuánto tiempo llevaba allí ni en qué estación había subido. Observé su perfil por un momento, la nariz afilada, la mandíbula puntiaguda. (Me había enterado de que se había arreglado los dientes.) Llevaba el pelo más largo, pero su aspecto no había cambiado y se parecía mucho al que tenía al pronunciar aquellas terribles palabras: «Me estoy inclinando a no estar enamorada de ti…». ¡Menuda frase! ¡Menuda selección de palabras!
Durante seis meses, tal vez un año, no me acuerdo, había sentido su ausencia con la intensidad de un dolor de muelas. Ella y yo nos habíamos dedicado intimidades en mitad de la noche, habíamos dicho y hecho cosas privadas, y ahora los dos estábamos sentados sin hablar en el mismo vagón del metro. Algo así me habría resultado trágico años antes, pero ahora me parecía tristemente realista. Ni increíble ni obsceno ni hilarante, sino como si no hubiera pasado nada, como si al final el misterio de la vida de que alguien entre y salga de tu vida no fuera tan misterioso. (Tenían que ir a alguna parte.)
Y me preguntaba (una mujer de las Indias Orientales se bajó en la estación de Broadview) cómo podía hacer entender aquello a Jesse, cómo podía hacer que se le pasaran deprisa los meses siguientes, incluso el año siguiente, hasta llegar a ese delicioso punto final en que te despiertas un buen día y en lugar de sentir la pérdida (el dolor de muelas), te sorprendes bostezando, colocándote las manos detrás de la cabeza y pensando: «Hoy tengo que hacer una copia de la llave de casa. Es muy peligroso tener una sola llave». Son unos pensamientos maravillosamente banales y liberadores (¿Cerré la ventana de abajo?), una vez que el calor del incendio ha pasado y su recuerdo queda tan lejos que no sabes exactamente por qué duró tanto o a qué vino tanto jaleo, o quién hizo qué con el cuerpo de ella (fíjate, los vecinos están plantando un nuevo abedul).
Como si la cadena de un ancla se hubiera roto (no te acuerdas de dónde estabas ni de qué estabas haciendo), te percatas repentinamente de que tus pensamientos vuelven a pertenecerte; tu cama ya no está vacía, sino que simplemente es tuya, para que leas el periódico o duermas o… Cielos, ¿qué iba a hacer hoy? ¡Ah, sí, la llave de la puerta principal!
¿Cómo conseguir que Jesse llegara allí?
Al echar un vistazo al vagón del metro (se subió una joven que estaba comiendo una bolsa de patatas fritas), me percaté de que Paula había desaparecido. Se había bajado en una parada anterior. Me di cuenta con una ligera sorpresa de que me había olvidado de que estaba allí; los dos estábamos recorriendo túneles oscuros, los dos estábamos tan absortos en otra parte que —estoy seguro de que eso también era aplicable a ella— nos habíamos acostumbrado y nos habíamos vuelto indiferentes a la presencia del otro, todo en cosa de cinco minutos. Qué… ¿cómo decirlo? Raro. Supongo que esa es la palabra. Pero ese pensamiento también se vio inmediatamente sustituido por otro. Mientras empujaba mi bicicleta por el andén y el tren se alejaba de mí, reparé en que la chica de las patatas fritas tenía aparatos en los dientes. Comía con la boca abierta.
Jesse se levantó por una vez antes del mediodía, un acontecimiento que celebré poniéndolo Agente 007 contra el doctor No (1962). Era la primera película de James Bond. Traté de explicarle la emoción que despertaron aquellas películas cuando aparecieron a mediados de los sesenta. Resultaban muy sofisticadas y atrevidas. Las películas te producen un efecto determinado cuando eres joven, expliqué; te ofrecen una experiencia imaginativa que es difícil de recuperar cuando eres mayor. Te «las tragas» de un modo del que más tarde ya no eres capaz.
Cuando voy a ver una película ahora, soy consciente de muchas cosas, como el hombre que habla con su mujer unas filas por delante, o alguien que acaba sus palomitas y tira la bolsa al pasillo; soy consciente del montaje y de los malos diálogos y de los actores de segunda: a veces veo una escena con muchos extras y me pregunto: ¿Son actores de verdad, se lo están pasando bien haciendo de extras o están insatisfechos por no ser el centro de atención? Por ejemplo, en el centro de comunicaciones que aparece al principio de Agente 007 contra el doctor No, sale una chica. Tiene una o dos frases, pero no he vuelto a verla en la pantalla jamás. Me preguntaba en voz alta qué pasaba con todas esas personas de los planos de multitudes y de fiestas. ¿Cómo acabaron siendo sus vidas? ¿Dejaron de actuar y se dedicaron a otras profesiones?
Todas esas cosas interfieren en la experiencia de una película; en los viejos tiempos, podrían haber disparado una pistola junto a mi cabeza y no hubiera interrumpido mi concentración, mi participación en la película que se estaba desarrollando en la pantalla delante de mí. Vuelvo a las películas antiguas no solo para verlas de nuevo, sino con la esperanza de que me sienta como me sentí la primera vez que las vi. (Y no solo en relación con las películas, sino con todo.)
Jesse tenía un aspecto tembloroso cuando salió al porche. Era noviembre de nuevo y faltaban pocos días para su decimoctavo cumpleaños. ¿Cómo era posible? Ahora parecía que su cumpleaños era cada cuatro meses, como si en realidad el tiempo me estuviera empujando a la tumba.
Le pregunté qué tal le había ido la noche; sí, todo bien, nada especial. Había pasado a ver a un amigo. Aja. ¿Qué amigo? Pausa.
—Dean.
—No conozco a Dean, ¿verdad?
—Es un camarada.
¿Camarada? (Cuando oyes una expresión tan poco típica de alguien, te entran ganas de llamar a la policía.) El sabía que lo estaba mirando.
—¿Qué hicisteis?
—Poca cosa; vimos la televisión; fue un poco aburrido.
Su respuesta hacía pensar en alguien que trataba de permanecer fuera de la pantalla del radar, en alguien que no quería que la conversación se quedara colgada como una camisa en un clavo. Una mujer con la cara prematuramente envejecida pasó por la acera.
—Debería teñirse el pelo —dijo Jesse.
—Hoy pareces un poco débil —dije—. ¿Qué bebiste anoche?
—Solo cerveza.
—¿Nada de alcohol fuerte?
—Un poco, sí.
—¿De qué clase?
—Tequila.
—El tequila deja una resaca terrible.
—Ya lo creo.
Otro silencio. Era un día de poco movimiento. El cielo era blanco como una tabla.
—¿Tomasteis alguna droga durante la noche? —dije.
—No —dijo él despreocupadamente. A continuación, añadió—: Sí que tomamos.
—¿Qué clase de droga, Jesse?
—No quiero mentirte, ¿vale?
—Vale.
Pausa. El calentamiento. Y luego el golpe.
—Cocaína.
La mujer de la cara de vieja volvió a pasar cargando con una bolsa de plástico de comestibles.
—Me siento fatal —dijo. Por un momento, pensé que iba a romper a llorar.
—La cocaína puede hacerte sentir miserable —dije en voz baja y posé la mano en su hombro delgado.
El se puso derecho rápidamente, como si estuvieran pasando lista y hubieran pronunciado su nombre.
—Eso es, eso es exactamente. Me siento miserable.
—¿Dónde fue?, ¿en casa de Dean?
—No se llama Dean. —Pausa—. Se llama Choo-choo.
¿Qué clase de nombre es ese?
—¿Cómo se gana la vida ese tal Choo-choo? —dije.
—Es un rapero blanco.
—¿Sí?
—Sí. Por supuesto.
—¿Es un músico profesional?
—No exactamente.
—Entonces, ¿es un camello de coca?
Otra pausa. Otra reunión de las tropas que mucho antes habían levantado el campamento.
—Anoche volví a su casa. El no paraba de sacarla.
—¿Y tú no paraste de tomarla?
El asintió con la cabeza, mirando con aire aturdido calle abajo.
—¿Has estado antes en casa de Choo-choo?
—La verdad es que no quiero hablar de esto ahora —dijo—. Me importa un carajo si quieres hablar de esto ahora o no. ¿Has estado antes en casa de Choo-choo?
—No. De verdad.
—¿Habías tomado coca antes?
—Así, no.
—Así, ¿no?
—No.
—¿No hablamos de esto en su día? —dije al cabo de un instante.
—¿De la coca?
—Ya sabes de lo que estoy hablando.
—Sí, lo hablamos.
—Te dije que si te pillaba tomando droga, no había trato. El alquiler, el dinero para tus gastos, todo. ¿Te acuerdas?
—Sí.
—¿Creías que lo decía en broma?
—No, pero ten en cuenta una cosa, papá. No me has pillado. Yo te lo he contado.
No tenía una respuesta inmediata para aquel comentario. Al cabo de un rato dije:
—¿Llamaste a alguien?
Él puso cara de sorpresa.
—¿Cómo lo sabes?
—Es lo que hace la gente cuando ha tomado coca. Llaman por teléfono. Y siempre se arrepienten. ¿A quién llamaste? ¿Llamaste a Rebecca?
—No.
—¿Jesse?
—Lo intenté, pero no estaba en casa. —Se hundió hacia delante en su silla—. ¿Cuánto va a durar esto?
—¿Cuánto tomaste?
—Toda la noche. Él no paraba de sacarla.
Entré en casa, cogí un somnífero del cajón de los calcetines, lo saqué al porche con un vaso de agua.
—Ha sido un caso aislado, ¿vale? —dije—. Si vuelves a hacerlo, o pagarás. —Le di la pastilla y le dije que se la tragara.
—¿Qué es? —dijo.
—No importa. —Esperé hasta que se la tragó y conté con su intención—. No vamos a hablar de esto ahora mismo. ¿Entiendes lo que estoy diciendo?
—Sí.
Le hice compañía hasta que se quedó adormilado por el efecto del somnífero. La pastilla hizo que se le soltara la lengua un poco.
—¿Te acuerdas del discurso del documental sobre Bajo el volcán? —preguntó—. ¿Cuando el cónsul habla de la resaca y dice que oye a la gente ir y venir al otro lado de la ventana, repitiendo su nombre con desprecio?
Dije que sí me acordaba.
—Eso es lo que me ha pasado esta mañana. Justo cuando me estaba despertando. ¿Crees que voy a acabar como ese tío?
—No, pero este no es el momento para hablar de eso.
Entonces subió arriba. Yo lo arropé.
—Cuando te despiertes estarás un poco deprimido —dije.
—¿Estás enfadado conmigo?
—Sí, lo estoy.
Esa tarde me quedé en casa. El bajó después de que anocheciera. Estaba hambriento. Pedimos comida y, una vez que se acabó, se recostó en el sofá limpiándose la grasa de los labios y los dedos.
—Anoche dije cosas muy estúpidas —dijo. Luego continuó, como si necesitara torturarse—. Por un rato me sentí como si fuera una estrella de rock. —Gruñó—. ¿Has hecho alguna vez algo así?
No le contesté. Sabía que quería establecer conmigo una especie de complicidad. Pero yo no estaba jugando.
—Se estaba haciendo de día cuando me fui de casa de Choo-choo. Y allí estaban todas aquellas cajas de pizza tiradas por la casa, ese piso de mierda… disculpa mi lenguaje… un auténtico basurero. Me vi en el espejo. ¿Sabes lo que llevaba puesto? Una especie de pañuelo en la cabeza.
Reflexionó sobre ello un instante.
—No se lo digas a mi madre, ¿vale?
—No voy a esconderle nada a tu madre, Jesse. Si me cuentas algo, yo se lo contaré a tu madre.
El se lo tomó con calma. Asintió ligeramente con la cabeza. Sin sorprenderse, sin oponer resistencia. No sé en lo que estaba pensando; recordando algo que había dicho la noche anterior, una pose grotesca, una vanidad poco atractiva que uno siempre tiene la prudencia de mantener en secreto. Pero yo quería aliviar su alma, desterrar la imagen de las cajas de pizza y los pisos de mierda y todas las cosas desagradables que debía de haber pensado de sí mismo cuando había vuelto a casa en metro al romper el alba, mientras todos los demás estaban frescos y despiertos para empezar un nuevo día. Quería volverlo del revés y regar sus entrañas con una manguera usando agua caliente.
Pero me preguntaba si había alegría dentro de aquel chico de andares garbosos. ¿Tengo idea de cómo es el interior de esa mansión? Me imagino que sí, pero a veces, cuando le oigo hablar por teléfono abajo, oigo un matiz extraño en su voz, duro, incluso a veces áspero, y me pregunto: ¿Es él? ¿O es una pose? ¿O la cara que me enseña no es más que una pose? ¿Quién era el chico de la coca en el piso de mierda que fingía ser una estrella de rock? ¿Veo alguna vez a esa persona?
—Quiero enseñarte una cosa —dije, y me acerqué al reproductor de DVD.
—No creo que pueda ver una película ahora mismo, papá —dijo él con una voz muy frágil, una voz que no busca problemas con nadie, una voz que espera que los extraños te vayan a dar una bofetada.
—Lo sé. Así que solo voy a ponerte una escena. Es de una película italiana, la favorita de mi madre. Solía poner la banda sonora una y otra vez en nuestra casa de veraneo. Cuando yo venía del muelle y oía esa música saliendo de la casa, sabía que mi madre estaría sentada en la terraza cubierta bebiendo un gin tónic y escuchando ese disco. Siempre pienso en ella cuando oigo esa música. Siempre me pone contento, no sé por qué. Debió de ser un buen verano.
»En fin, te voy a enseñar la última escena de la película. Creo que no tardarás en descubrir por qué. El protagonista (interpretado por Marcello Mastroianni) ha estado bebiendo, yendo de putas y, en general, desperdiciando su vida una noche detrás de otra; y termina en una playa al amanecer con un grupo de juerguistas. Me has recordado la película con lo de las cajas de pizza tiradas por el piso de Choo-choo.
»De modo que está en la playa, resacoso, vestido todavía con ropa de fiesta, y oye a una joven que lo llama. Mira en dirección a ella, la ve, pero no puede oír lo que está diciendo. Ella es muy hermosa, muy pura, como si fuera la encarnación del mar y la mañana radiante, tal vez incluso la encarnación de su propia infancia. Quiero que veas esa escena y que recuerdes: Ese hombre, ese juerguista, ha alcanzado ya su mejor momento en la vida y ahora va cuesta abajo; él lo sabe, y la chica de la playa también. Pero tu vida no ha hecho más que empezar, la tienes toda por delante. Depende de ti si la echas a perder.
Puso La dolce vita (1960), de Federico Fellini, y salté a la última escena. Mastroianni camina por la arena que le llega a los tobillos, y la chica está llamándolo desde el otro lado del agua, a unos cincuenta metros. Él se encoge de hombros y hace un gesto con las manos con el que dice: No entiendo. Empieza a alejarse; sus amigos lo están esperando. Dice adiós con la mano a la chica, con una onda graciosa en el pelo y los dedos doblados. Es como si su mano estuviera estropeada de algún modo. Él está estropeado. La chica observa cómo se aleja; todavía está sonriendo, al principio de forma dulce, comprensiva, pero luego con firmeza. Parece que esté diciendo: «Está bien, si es lo que quieres». Pero entonces, muy lentamente, vuelve la mirada directamente hacia la cámara. Esa mirada dice al público: «¿Y tú? ¿Qué hay de tu vida?».
—Lo único que quiero decirte sobre la cocaína —dije— es que siempre acaba así.
A la mañana siguiente vimos ¡Qué bello es vivir! (1946). Sabía que al principio no le gustaría: las interpretaciones excesivamente enérgicas, su falsedad, el encanto autoconsciente de James Stewart. Jesse no se tragaría nada de ello. Sobre todo en aquel estado, viendo el mundo como una especie de… ¿Cómo lo llamábamos a su edad? Ah, sí, viendo el mundo como una especie de «sección de oportunidades cósmica».
Sin embargo, cuando la película se vuelve oscura y James Stewart se oscurece con ella (qué inquietante resulta, como alguien que lanza una copa a la cara de alguien en la fiesta de tus padres), sabía que Jesse se engancharía, muy a su pesar. Tendría que saber cómo acaba, tendría que saberlo porque, para entonces, la historia que se desarrollaba en la pantalla se habría convertido en su historia. ¿Y puede alguien, incluso un adolescente deprimido con una resaca de cocaína y tequila, resistirse a los momentos finales de una película?
Consiguió un empleo de lavaplatos en un restaurante de Saint Clair Avenue, exactamente en el margen del barrio en el que yo me crié. Lo obtuvo gracias al pinche, un chico alto con las mejillas coloradas. Jack no-sé-qué. Un «rapero». (Al parecer, todo el mundo «rapeaba».) Sigo sin saber su apellido, pero a veces, después del turno de noche, aparecían en nuestra casa de Chinatown; se les oía creando melodías y rimando y «haciéndose los malos» en el sótano. Letras inimaginablemente violentas y vulgares (además de plagiadas). Supongo que hay que empezar por alguna parte. No tenía sentido ponerles «I Want to Hold Your Hand».
No creía que durara ni cuatro días de lavaplatos. Un plongeur. No es que fuera un rajado o un gallina, pero ese empleo —el peldaño más bajo del sector de la restauración, ocho horas fregando platos sucios y cazuelas incrustadas— hacía que me costara imaginármelo saliendo de la cama, vistiéndose y cogiendo el metro para trabajar hasta medianoche.
Pero, como ocurre a menudo con los hijos, me equivoqué de nuevo. Crees que los conoces mejor que cualquier otra persona, después de todos esos años subiendo y bajando la escalera, arropándolos, triste, feliz, despreocupado, inquieto, pero no es así. Al final, siempre tienen algo en el bolsillo que no imaginabas.
Seis semanas más tarde —yo apenas podía creerlo—, se levantó un día por la tarde, entró en la cocina con su andar pesado y alegre y dijo:
—Me han ascendido.
Resultó que Jack había dejado el trabajo para irse a cocinar a otro restaurante, y él, Jesse, era el nuevo pinche. Algo dentro de mí se relajó. Me cuesta decir qué fue. Simplemente, la idea, supongo, de que cuando no le quedaba más remedio, podía hacer el peor trabajo del mundo con éxito. (A diferencia de su padre.)
El invierno llegó y la oscuridad temprana tiñó las ventanas. En mitad de la noche, me fijaba en la fina capa de nieve que cubría los tejados; dotaba a las casas de un ligero aspecto de cuento de hadas, como pasteles en un escaparate. Si un peatón se hubiera acercado a las ventanas del sótano de casa después de medianoche, es posible que hubiera oído las voces airadas de dos chicos altos, cocineros de día y raperos de noche, que expresaban las afrentas de crecer en el gueto, chutarse heroína, robar tiendas y comprar armas; papá era un camello y mamá una puta enganchada al crack. ¡Un perfecto retrato de la infancia de Jesse! (El padre de Jack era un cristiano renacido y un escrupuloso practicante.)
Desde lo alto de la escalera del sótano, donde yo me encontraba (escuchando ligeramente a escondidas), no podía evitar reparar en que estaban empezando a sonar bastante… no sé… enrollados. Aquellos chicos desgarbados con su ropa holgada tenían buena química. Dios mío, pensé, a lo mejor tiene talento.
Una noche fría y despejada brotó un aura de emoción del sótano. Música alta, voces estridentes. Corrupted Nostalgia (como se hacían llamar ahora) subieron la escalera rápidamente ataviados con gorras de béisbol, pañuelos, pantalones caídos, gafas de sol y sudaderas extragrandes con capucha. Dos tipos muy malos camino de su primera actuación.
¿Podía ir yo?
Ni hablar. Ni remotamente.
Se fueron a alguna parte; Jesse llevaba la cabeza hacia atrás como si fuera un negro que estuviera tratando con un policía de Los Angeles.
Y al parecer, volvieron a actuar muy pronto; y luego otra vez y otra; salas mugrientas con techos bajos y laxas normativas antitabaco.
—¿Qué te parecen nuestras letras? —me preguntó Jesse un día—. Sé que nos has estado escuchando.
Durante semanas yo había sido consciente de que llegaría ese día. Cerré los ojos (figuradamente) y me lancé a la piscina.
—Creo que son excelentes.
(Riega la planta y guárdate a T. S. Eliot para ti mismo.)
—¿De veras? —Sus ojos castaños se desplazaron por mi cara buscando una fisura.
—¿Puedo hacerte una recomendación? —dije.
Su rostro se ensombreció de suspicacia. Ve con cuidado. Este es el tipo de cosas que la gente recuerda —y de la que escribe— cincuenta años más tarde.
—Tal vez deberías intentar escribir sobre algo un poco más próximo a tu vida.
—¿Como qué?
Hice ver que reflexionaba por un momento. (Había ensayado esa parte.)
—Algo que te parezca importante.
—Por ejemplo…
—Como, esto… Rebecca Ng.
—¿Qué?
—Escribe sobre Rebecca.
—Papá.
Empleó el tono de voz que uno reserva para un tío borracho que quiere coger el coche de la familia para dar una vuelta a medianoche.
—¿Sabes lo que dijo Henry Miller, Jesse? Si quieres olvidarte de una mujer, conviértela en literatura.
Unas semanas más tarde me encontraba casualmente en lo alto de la escalera cuando él y Jack estaban hablando de dónde iban a actuar esa noche. Un bolo después de medianoche (junto con media docena de actuaciones más) en un local al que yo iba treinta años antes en busca de chicas.
Esperé hasta poco después de las once y media y salí sigilosamente al aire helado. Atajé por el parque (me sentía como un ladrón), atravesé Chinatown (noche de recogida de basura, gatos por todas partes) y luego enfilé la calle hasta que llegué prácticamente a la puerta de la sala de conciertos. Media docena de jóvenes esperaban enfrente, fumando cigarrillos, lanzando bocanadas de humo al aire nocturno y riéndose escandalosamente. Y escupiendo. Todos estaban escupiendo.
Y de repente, allí estaba él, sacando una cabeza a la mayoría de sus amigos. Me metí sigilosamente en un café situado al otro lado de la calle, desde donde podría vigilar sin que me reconocieran. Era un sábado por la noche en Chinatown; dragones de color verde eléctrico, gatos que reventaban, restaurantes abiertos toda la noche con esa fea iluminación fluorescente. Al otro lado de la calle, los pobres de la ciudad se arremolinaban cubiertos con mantas delante de la Misión Scott.
Pasaron cinco minutos; luego quince. Uno de los chicos se inclinó; parecía que estuviera hablando con alguien en la escalera, situado justo en el interior de la sala de conciertos. Entonces salió Jack. Qué chico tan saludable. Parecía un niño del coro. Todas las cabezas apuntaban hacia él. Aliento helado. Escalofríos. Entonces, de repente, todo el grupo entró apresuradamente, y el último chico tiró su colilla al tráfico trazando un largo y elegante arco.
Esperé hasta que no hubo moros en la costa y crucé la concurrida calle. Subí la escalera con cautela; se notaba cómo el aire cambiaba; se volvía más caliente y hediondo (como un olor a perritos calientes y cerveza rancia) a cada paso. Oí una música grabada procedente de la sala trasera. Todavía no habían salido al escenario. Quédate fuera hasta que empiecen; luego entra deprisa. Llegué a lo alto de la escalera y doblé la esquina; un joven que hablaba en un teléfono público alzó la vista y me pilló delante de sus narices. Era Jesse.
—Luego te llamo —dijo al auricular, y colgó—. Papá —dijo, como si me estuviera saludando.
Se dirigió hacia mí sonriendo y tapó con el cuerpo la entrada en la sala. Me asomé por encima de su hombro.
—¿Ese es el sitio? —dije.
—No puedes entrar esta noche, papá. Otra noche, pero esta no.
Me hizo girar muy suavemente y empezamos a bajar la escalera.
—Creo que los Rolling Stones tocaron ahí —dije, mirando esperanzado por encima del hombro, mientras su brazo fornido (¡qué fuerte es!) me conducía hacia abajo, cada vez más abajo, hasta que llegamos a la acera.
—¿No puedo quedarme a oír solo una canción? —le rogué.
—Te quiero, papá, pero esta noche no es tu noche —dijo él. (¿Acaso yo no había oído el final de La ley del silencio, cuando Brando habla con su hermano en la parte de atrás del taxi?)—. En otra ocasión, te lo prometo —dijo.
Veinte minutos más tarde me metí en la cama sin hacer ruido y oí que mi mujer se daba la vuelta en la oscuridad.
—Te ha pillado, ¿verdad? —dijo.