Cineclub

David Gilmour · Capítulo 3 de 17

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Cineclub

Capítulo 3

 

Un buen día, como eran casi las seis en punto de la tarde y no había rastro de Jesse, bajé la escalera y llamé a su puerta.

—Jesse —dije—. ¿Puedo pasar?

Estaba tumbado de lado bajo las mantas de cara a la pared. Encendí la lámpara de noche y me senté con cautela en el borde de la cama.

—Te he traído algo de comer —dije.

El se dio la vuelta.

—No puedo comer, papá, en serio.

Saqué un cruasán.

—Entonces le daré un bocadito.

Miró la bolsa con avidez.

—Bueno —dije (ñam, ñam)—, ¿qué pasa?

—Nada —dijo él.

—¿Es por Rebecca? —dije.

El se incorporó de golpe. Tenía el pelo de punta como si le hubiera caído un rayo encima.

—Tuvo un orgasmo —susurró.

Me eché atrás. No pude evitarlo. Aquel no era el tipo de conversación que quería mantener con mi hijo de dieciséis años, al menos no con tal grado de detalle. (Para eso estaban los amigos.) Pero también me daba cuenta de que, al haber pronunciado aquellas palabras, al haberlas sacado a la superficie y a la luz, él había soltado una dosis de veneno de su cuerpo.

Oculté mi incomodidad comiendo un gran bocado de pasta casi entero.

—Pero ¿sabes lo que dijo después? —preguntó.

—No, no lo sé.

—Dijo: «Me gustas de verdad, Jesse, pero cuando te abrazo es como si abrazara a un amigo».

—¿Te dijo eso?

—Tal cual. Lo juro, papá. Como si yo fuera una especie de novia o un gay o algo por el estilo.

Un momento después dije:

—¿Sabes lo que pienso?

—¿Qué? —Parecía un presidiario esperando para oír su sentencia.

—Creo que es una zorra y una lianta que disfruta atormentándote.

—¿En serio?

—En serio.

El se recostó en la cama como si acabara de percatarse nuevamente de lo terrible de la situación.

—Escúchame —dije—, voy a tener que salir dentro de muy poco. Tengo cosas que hacer, y tú vas a empezar a dar vueltas al asunto otra vez…

—Seguramente.

Hablé con cautela, midiendo las palabras.

—No quiero mantener una conversación impropia contigo. No somos amigos, somos padre e hijo. Pero quiero decirte una cosa. Las chicas no tienen orgasmos con personas por las que no se sienten físicamente atraídas.

—¿Estás seguro?

—Sí —dije categóricamente.

(¿Es eso cierto?, me pregunté. No importa. No es el problema de hoy.)

Llevé a Jesse a ver Sexy Beast (2002), con Ben Kingsley, al cine Cumberland. Noté que no estaba viendo la película, que estaba sentado a oscuras pensando en Rebecca Ng y en lo de «abrazar a un amigo». De camino a casa, dije:

—¿Has tenido ocasión de hablar de todo lo que querías hablar hoy?

El no me miró.

—Por supuesto.

Punto final; métete en tus asuntos. Recorrimos el resto del trayecto hasta el metro en un silencio extrañamente incómodo. Nunca habíamos tenido problemas para hablar, pero ahora parecía que nos hubiéramos quedado sin cosas que decirnos. Tal vez, pese a su juventud, él intuía que yo no podía decirle nada que fuera a cambiar las cosas. Solo Rebecca podía hacerlo. Pero parecía que se hubiera olvidado de cómo funcionaba su sistema nervioso, de que con solo verbalizar sus problemas podía descargar, en parte, su angustia. Se había cerrado ante mí. Y yo sentía una curiosa reticencia a meterme donde no me habían invitado. Él estaba haciéndose mayor.

Hacía un tiempo horrible, como siempre que uno está hundido. Mañanas lluviosas; cielos apagados por la tarde. Un coche había aplastado a una ardilla enfrente de casa y no se podía entrar ni salir sin mirar, aunque fuera sin querer, el amasijo peludo. En una cena familiar con su madre y mi esposa, Tina, Jesse se dedicó a juguetear con su filete y su puré de patatas (su plato favorito) con un entusiasmo cortés aunque ligeramente mecánico. Estaba pálido, como un niño enfermo, y bebía mucho vino. No era tanto la cantidad como la forma en que lo bebía: demasiado rápido, en busca de una sensación. Algo que se ve en los bebedores adultos. Vamos a tener que vigilar eso, pensé.

Mientras lo miraba desde el otro lado de la mesa, me vi pasando de una imagen feliz a una triste. Lo vi de mayor conduciendo un taxi por la ciudad una noche lluviosa, con el taxi apestando a marihuana y un periódico sensacionalista doblado a su lado. Le dije que podía hacer lo que le saliera de las narices; olvídate del alquiler, duerme todo el día. ¡Qué padre más enrollado soy!

Pero ¿y si no pasaba nada? ¿Y si lo había dejado caer a un pozo que no tenía salida, solo una sucesión de trabajos de mierda y jefes de mierda, en el que escaseaba el dinero y sobraba la bebida? ¿Y si había preparado el terreno para algo así?

Más tarde, por la noche, lo encontré en el porche.

—¿Sabes? —dije al tiempo que me arrellanaba en la silla de mimbre colocada a su lado—. Esto que estás haciendo, lo de no ir al instituto, es un camino difícil.

—Lo sé —dijo.

Continué:

—Solo quiero asegurarme de que sabes lo que estás haciendo, de que estudiar solo hasta el tercer curso de la educación secundaria tiene consecuencias reales.

—Lo sé —dijo—, pero creo que, de todas formas, la vida me va a tratar bien.

—Ah, ¿sí?

—Sí. ¿Tú no?

—¿Yo no qué?

—¿No crees que la vida me va a tratar bien?

Lo miré detenidamente —su estrecha cara al descubierto, vulnerable—, y pensé que preferiría matarme antes que darle más preocupaciones.

—Creo que la vida te va a tratar estupendamente —dije—. De hecho, estoy seguro.

 

Era una tarde de primavera. Jesse subió la escalera dando traspiés a eso de las cinco. Yo iba a decir algo, pero no lo hice. Ese era el trato. Tenía una cita para tomar una copa con alguien y hablar de un puesto en una revista (seguía sufriendo una hemorragia económica), pero pensé dejarlo viendo una película antes de marcharme. Le puse Gigante (1956), con James Dean de joven vaquero. Jesse masticaba un cruasán mientras los títulos de crédito desfilaban por encima de la finca de ganado, respirando por la nariz, algo que me irritaba.

—¿Quién es ese? —dijo. Ñam, ñam.

—James Dean.

Pausa.

—Mola su pinta.

Nos estábamos acercando a la escena en la que Rock Hudson intenta convencer a Dean, con sus facciones de zorro, de que venda una pequeña parcela de la finca que acaba de heredar. Hay tres o cuatro individuos más en la estancia, hombres de negocios con chaqueta y corbata, todos deseosos de lo mismo, de que ese fanfarrón venda. (Sospechan que hay petróleo cerca.) Hudson le ofrece un dineral. No, dice el vaquero, tapándose los ojos con el sombrero, lo siente pero le gusta tener una tierra de su propiedad. No es gran cosa, pero es suya. Y mientras habla, hundido en su asiento, mirando aquí y allá, juguetea con un trozo de cuerda.

—Fíjate en eso —dije—. Fíjate en cómo sale de la habitación y lo que hace con la mano, como si estuviera recogiendo nieve de una mesa. Es como si estuviera diciendo «Que os den» a los hombres de negocios.

Es uno de esos momentos cinematográficos tan raros, tan inesperados, que la primera vez que lo ves no puedes dar crédito a tus ojos.

—Guau —dijo Jesse, poniéndose derecho—. ¿Podemos volver a verlo?

(El asombro puede ser la emoción adecuada al pensar en Antón Chéjov, pero sin duda «¡Guau!» es la expresión idónea para James Dean.)

Unos minutos más tarde tuve que marcharme. Al salir por la puerta dije:

—Deberías ver el resto, te gustará.

Me congratulé imaginándome que lo haría, pero cuando volví más tarde, por la noche (once dólares por el taxi, sin trabajo), lo encontré sentado a la mesa de la cocina comiendo un plato de espaguetis. Comiendo con la boca abierta. Le había dicho decenas de veces que no lo hiciera. Me molestaba que su madre se lo permitiera. No se hace ningún favor a un joven dejando que sea un maleducado a la mesa.

—Jesse, cierra la boca, por favor —dije—. Estás masticando.

—Lo siento.

—Ya hemos pasado por esto antes.

—Solo lo hago en casa —dijo él.

Iba a pasar por alto su comentario, pero no pude.

—Si lo haces en casa, te vas a olvidar de no hacerlo cuando estés fuera.

—De acuerdo —dijo.

—Bueno, ¿qué te ha parecido? —dije.

—¿Qué?

—Gigante.

—Ah, la quité.

Un momento después dije:

—¿Sabes, Jesse? Ahora no estás haciendo gran cosa. Deberías aguantar una película como Gigante. Es la única educación que vas a recibir.

Ninguno de los dos dijo nada mientras yo buscaba una vía de escape del callejón sin salida en el que me había metido.

—¿Sabes quién es Dennis Hopper? —dije.

—El de Apocalypse Now.

—Una vez lo entrevisté. Le pregunté quién era su actor favorito. Yo creía que iba a decir Marlon Brando. Todo el mundo lo dice. Pero no lo hizo. Dijo James Dean. ¿Y sabes qué más dijo? Dijo que la mejor actuación que había visto en su vida era la escena de James Dean con la cuerda.

—Estás de broma.

—En serio. —Esperé un momento—. Sabes la historia de James Dean, ¿no? Hizo tres películas y luego murió en un accidente de coche.

—¿Cuántos años tenía?

—Veintipocos.

—¿Estaba borracho?

—No, iba demasiado deprisa. Gigante fue su última película. No llegó a verla.

El pensó en ello un momento.

—¿Quién crees tú que es el mejor actor de la historia, papá?

—Brando —dije—. La escena de La ley del silencio, cuando Brando coge el guante de la chica y se lo pone en la mano, es totalmente improvisada. Es insuperable. Deberíamos volver a verla.

Empecé a decir (a repetir, mejor dicho) lo que me habían explicado mis profesores en la universidad: que la segunda vez que ves algo es en realidad la primera. Tienes que saber cómo acaba para poder apreciar lo maravillosamente que está realizado desde el principio.

El no sabía qué decir, seguía escarmentado por el asunto de Gigante, de modo que dijo:

—Claro.

 

Al principio elegía las películas arbitrariamente, sin ningún orden concreto; en su mayor parte tenían que ser buenas, clásicos a ser posible, pero atractivas, capaces de sacarlo de sus cavilaciones con un argumento sólido. No tenía sentido, al menos en ese punto, mostrarle cintas como Ocho y medio (1963), de Fellini. Esas películas llegarían con el tiempo. (O no llegarían.) A lo que no estaba dispuesto era a ser insensible a su voluntad, a sus ganas de divertirse. Hay que empezar por algún sitio; si uno quiere que alguien se entusiasme por la literatura, no empieza dándole el Ulises de Joyce; aunque, para ser sincero, una vida sin Ulises me parece una idea perfecta.

A la noche siguiente me decidí por Encadenados (1946), de Alfred Hitchcock, en mi opinión la mejor película del director. Ingrid Bergman, que nunca estuvo más hermosa ni más vulnerable, interpreta a la hija de un espía alemán que se ve «cedida» a un grupo de nazis con base en Sudamérica. Cary Grant interpreta a su enlace estadounidense, que se enamora de ella pese a mandarla a casarse con el cabecilla. La amargura de él, las esperanzas remotas de ella en que anulará el plan y se casará con ella, confieren a la historia una tremenda tensión romántica. Pero, por encima de todo, la película es una historia de suspense clásica. ¿Descubrirán los nazis la misión de Bergman? ¿Llegará Cary a tiempo para salvarla? Los últimos cinco minutos te dejan sin aliento la primera vez que la ves.

Empecé con una breve introducción sobre Hitchcock. Como siempre, Jesse estaba sentado en el lado izquierdo del sofá con un café en la mano. Le dije que Hitchcock era un director inglés un poco gilipollas con una obsesión ligeramente malsana por algunas de las actrices rubias de sus películas. (Quería captar su atención.) Continué diciendo que dirigió una docena de obras maestras y añadí, innecesariamente, que cualquiera que lo negara no amaba el cine. Le pedí que se fijara en un par de cosas en la película. La escalera de la casa del villano en Río de Janeiro. ¿Cómo era de larga? ¿Cuánto se tardaría en bajarla? No le dije por qué.

También le pedí que escuchara los elegantes y en ocasiones sugerentes diálogos, que recordara que esa película se había hecho en 1946. Le pedí que estuviera atento al famosísimo plano que empieza en lo alto de un salón de baile y desciende lentamente a un grupo de invitados hasta que llega a la mano cerrada de Ingrid Bergman. ¿Qué tiene en ella? (Una llave de la bodega donde están escondidos los resultados de las fechorías de los nazis en botellas de vino.)

Proseguí diciendo que varios críticos distinguidos sostienen que probablemente Cary Grant ha sido el mejor actor de la historia del cine porque podía «encarnar el bien y el mal simultáneamente».

—¿Sabes lo que significa «simultáneamente»? —dije.

—Sí.

Le enseñé un artículo que escribió Pauline Kael sobre Grant en el New Yorker. «Es posible que no sea capaz de hacer muchas cosas —escribió Kael—, pero sabe hacer muy bien lo que nadie ha hecho, y debido a su falta de agresividad y al jovial reconocimiento de su propia ridiculez, nos vemos idealizados en él.»

Entonces hice lo que desearía que todos mis profesores de instituto hubieran hecho más a menudo. Me callé y puse la película.

Mientras un equipo de obreros trabajaba en la iglesia del otro lado de la calle (la estaban convirtiendo en un bloque de pisos de lujo), esto es lo que oímos:

Ingrid Bergman besando a Grant: Nuestro amor es bastante extraño. Grant: ¿Por qué?

Bergman: Porque a lo mejor tú no me quieres.

Grant: Cuando deje de quererte ya te avisaré.

Jesse me miró unas cuantas veces sonriendo, asintiendo con la cabeza, captando el mensaje. Luego salimos al porche; tenía ganas de fumar un cigarrillo. Observamos al grupo de obreros un rato.

—Bueno, ¿qué te ha parecido? —pregunté en tono despreocupado.

—Bien. —Una chupada tras otra. Un martillazo tras otro al otro lado de la calle.

—¿Te has fijado por casualidad en la escalera de la casa?

—Sí.

—¿Te has fijado en ella al final de la película, cuando Cary Grant y Bergman están intentando salir de la casa y no sabemos si van a escapar o no?

Él se quedó sorprendido.

—No, no me he fijado.

—Es más larga —dije—. Hitchcock hizo construir otra escalera para la escena final. ¿Sabes por qué?

—¿Por qué?

—Porque de esa forma tardarían más en bajarla. ¿Sabes por qué quería que fuera así?

—¿Para darle más suspense?

—¿Te imaginas ahora por qué es famoso Hitchcock?

—¿Por el suspense?

Yo sabía que convenía dejarlo en ese punto. Pensé: Hoy le has enseñado algo. No lo eches a perder.

—Eso es todo por el momento; la clase ha terminado —dije.

¿Era gratitud lo que veía en sus facciones juveniles? Me levanté de la silla y entré en casa.

—Una cosa, papá —dijo él—. Ese plano tan famoso, el de la fiesta en el que Ingrid Bergman tiene la llave en la mano…

—Todo el mundo que va a la facultad de cine lo estudia —dije.

—Es un buen plano —dijo—. Pero para ser sincero, no me ha parecido tan especial.

—¿De veras? —dije.

—¿Y a ti?

Pensé en ello un momento.

—A mí tampoco —dije, y entré en casa.