Cineclub

David Gilmour · Capítulo 11 de 17

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Capítulo 11

 

Fue un comentario casual que Jesse hizo una noche; volvíamos a casa después de cenar y nos detuvimos un momento delante de la desvencijada casa de una planta donde habíamos vivido cuando él todavía era un niño con el cabello rojizo y tenía una novia flacucha calle abajo.

—¿Alguna vez te paras aquí? —pregunté.

—No. La verdad es que no me gusta desde que empezaron a vivir otras personas. Siempre tengo la sensación de que la han invadido.

La casa no había cambiado en absoluto; seguía sin tener un solo ángulo recto y conservaba la destartalada valla de delante.

—No me había fijado en lo pequeña que era —dijo.

Nos quedamos un rato más, hablando de su madre y de la vez que lo detuvieron por pintar con spray el muro del colegio del otro lado de la calle; y luego, animados por todo ello, nos encaminamos hacia el sur, en dirección a casa.

Esa noche, todavía bajo el hechizo de nuestra conversación, fui un momento al videoclub y alquile American Graffiti (1973). No le dije lo que era; sabía que protestaría o que querría mirar el DVD y entonces descubriría algo en el envoltorio que no le gustaba o que le haría pensar que estaba «demasiado pasada de moda». Yo no la había visto desde hacía veinte años y me preocupaba que su encanto y ligereza hubieran envejecido mal. Me equivocaba. Se trata de una película fascinante, profunda en un sentido que inicialmente se me había escapado. (Las películas son más intelectuales de lo que yo creía, al menos el proceso por el cual ven la luz.)

American Graffiti no solo trata de un grupo de chicos un sábado por la noche. Cuando un Richard Dreyfuss muy joven pasa por la emisora de radio local, tiene lugar un espléndido momento en que encuentra a Wolfman Jack haciendo su número de la voz áspera. De repente, Dreyfuss comprende cuál es en realidad el centro del universo: no es un lugar, sino la encarnación del deseo de no dejar pasar nada; en otras palabras, no es un sitio al que puedes ir, sino más bien un sitio al que quieres ir. Me encantó el discurso que pronuncia el conductor del bólido en el que dice que antes hacía falta un depósito lleno de gasolina para recorrer el pueblo, mientras que ahora se acaba en cinco minutos. Sin saberlo, está hablando del final de la infancia. El mundo ha encogido mientras estabas mirando para otro lado. (Como le ocurría a Jesse con la casa destartalada.)

No quería hacerme pesado hablando de Proust y American Graffiti, pero ¿de qué otra manera se puede contemplar a la hermosa chica del Thunderbird que no deja de aparecer y desaparecer del campo de visión de Dreyfuss, salvo como ejemplo de la reflexión proustiana según la cual la posesión y el deseo se excluyen mutuamente, y según la cual para que la chica se la chica debe alejarse siempre?

—¿Crees que eso es cierto, papá, que no puedes tener a una mujer y desearla al mismo tiempo? —dijo Jesse.

—No, no lo creo. Pero lo creía cuando tenía tu edad. Era incapaz de tomarme a nadie en serio mucho tiempo si me gustaba demasiado.

—¿Y qué fue lo que cambió?

—Mi capacidad de agradecimiento, por ejemplo —dije.

Él contempló la pantalla de televisión vacía con tristeza.

—Rebecca Ng es como la chica del Thunderbird, ¿no es así?

—Sí, pero tienes que recordar que es un arma de doble filo. Es como tu ex novia Claire Brinkman, la de los patines. ¿Cómo crees que te veía después de que rompierais?

—¿Como a un chico en un Thunderbird?

—Seguramente.

—Pero, papá, ¿eso no significa que si no hubiera roto con ella no le habría gustado tanto?

—Significa que es posible que el hecho de que no estuvieras disponible hiciera que le gustaras mucho más de lo que le hubieras gustado normalmente.

Otra pausa reflexiva.

—No creo que a Rebecca Ng le importe si estoy disponible o no.

—Esperemos que no —dije, y centré nuestra atención en otras cosas.

 

En una ocasión pregunté a David Cronenberg si tenía algún placer inconfesable en el cine: películas que sabía que eran basura, pero que le gustaban de todas formas. Fijé el marco de su respuesta reconociendo que yo sentía debilidad por Pretty Woman (1990), con Julia Roberts. Es una película que no tiene un solo momento creíble, pero constituye un relato de una efectividad desarmante, en la que una escena agradable desemboca en la siguiente, y de la que es muy difícil apartarse una vez que te tiene bajo su estúpido hechizo.

—La televisión cristiana —contestó Cronenberg sin vacilar. Le fascinaba un evangelista del sur con la cara hinchada que seducía a las masas.

Temiendo que el cineclub se estuviera volviendo demasiado estirado (habíamos visto cinco películas seguidas de la nouvelle vague), preparé una lista de placeres inconfesables para la primera semana de febrero. También quería apartar a Jesse de la vulgaridad de no ser capaz de pasárselo bien con una película mala. Hay que aprender a abandonarse a esas cosas.

Empezamos con Rocky III (1982). Le hice reparar en la emoción vulgar pero irresistible del sudoroso Mr. T haciendo abdominales y flexiones en su pequeño y sucio rincón. ¡No había alfombras ni refinamientos para él! A continuación, vimos la película de cine negro La noche se mueve (1975), con Gene Hackman, en la que aparece Melanie Griffith con catorce años interpretando a una lujuriosa nínfula. Mientras la mira de lejos, su novio «mayor» dice a Hackman: «Debería haber una ley». A lo que el inexpresivo Hackman contesta: «La hay».

Luego pasamos a Nikita (1990). Un filme ridículo sobre una yonqui hermosa convertida en asesina a sueldo para el gobierno. Sin embargo, esa película posee algo especial; tiene cierto atractivo elemental, probablemente por lo terrible que resulta su visionado. Luc Besson era un joven y talentoso director francés que parecía llevar en la sangre la capacidad para saber dónde colocar la cámara, que buscaba el impacto de la experiencia visual y que lo hacía con tal brío que uno le perdonaba lo estúpido e improbable de la trama.

—Fíjate en cómo empieza la película: tres hombres van por la calle arrastrando a uno de sus amigos. Es como una versión lisérgica con estética de videoclip de Solo ante el peligro. Y hablando de acción: fíjate en el tiroteo de la tienda; prácticamente puedes notar el aire de las balas.

Pero Nikita solo era un ejercicio de calentamiento. Ahora estábamos listos para el rey de los placeres inconfesables, una auténtica basura que te da vergüenza que la gente encuentre en tu casa. Lasciva, torpe y desagradable. Showgirls (1995) es una película que no se anda con miramientos. Hace que el público acabe moviendo la cabeza con gesto de incredulidad: nos preguntamos qué puede venir a continuación en esta historia sobre una joven que se marcha de casa (¡y qué casa!) para triunfar en Las Vegas como corista. Contiene mucha carne para aquellos a los que les interese, pero al final de la película ya no les interesará. Es imposible.

—Showgirls —dije a Jesse— es en cierto modo una rareza cinematográfica, un placer inconfesable sin una sola buena interpretación.

Cuando Showgirls se estrenó, fue recibida con clamores de incredulidad y mofa tanto por parte de la crítica como del público. Echó por tierra la carrera de su estrella, Elizabeth Berkley, antes de que hubiera empezado siquiera; el veterano actor Kyle MacLachlan (Terciopelo azul, 1986) se desprestigió con su interpretación lasciva y crispante del «director de espectáculos». De la noche a la mañana Showgirls subió al puesto más alto de las listas de la peor película de 1995. Las proyecciones se volvieron interactivas, y los extraños gritaban comentarios obscenos a la pantalla.

Pero el elogio definitivo vino de la comunidad gay de Nueva York, donde la drag queens pusieron en escena representaciones de la película, sincronizando con los labios los diálogos mientras la obra maestra original se proyectaba detrás de ellas en una pantalla gigante. Simplemente, se convirtió en la mayor diversión desde Queridísima mamá (1981).

Pedí a Jesse que contara el número de veces que la señora Berkley sale corriendo de una habitación indignada. Le hice fijarse en una escena en la que amenaza con una navaja automática a un taxista. Una interpretación muy especial.

—Una bazofia instructiva —dijo Jesse. Su vocabulario estaba mejorando.

—Showgirls es una película que nos convierte a todos en proctólogos —concluí —. Puede que algunas personas insistan en que Plan 9 from Outer Space (1959) es la peor película de la historia, pero es una idea heredada. Yo voto por esta.

Mientras la señorita Berkley estaba lamiendo una barra de acero en un tugurio de striptease, me di cuenta de que había dedicado una introducción más larga Showgirls que Los cuatrocientos golpes y toda la nueva ola francesa.

Mantuvimos la intensidad de los placeres inconfesables con Alerta máxima (1992), una tontería apetitosa que hacía gala de dos villanos, Gary Busey y Tommy Lee Jones, ambos soberbios actores, y ambos royendo el material. Un par de auténtico jambons. Seguro que entre toma y toma les temblaban las piernas de la risa. Pedí a Jesse que estuviera atento a la escena en la que Busey, acusado de ahogar a sus compañeros de tripulación, contesta: «De todas formas, nunca me cayeron bien».

Para terminar, alquilamos unos cuantos episodios de la primera época de la serie televisiva Los Walton (1972-1981). Quería que Jesse oyera los monólogos que aparecen al final de cada episodio, en los que el narrador concluye al estilo de las memorias desde una perspectiva adulta. Le pregunté por qué son tan efectivos.

—¿Qué?

—¿Cómo consiguen que sientas nostalgia por una vida que no has vivido nunca?

—No sé de qué me estás hablando, papá.

 

Me puse nervioso cuando Jesse y tres amigos suyos fueron en coche a Montreal para asistir a un concierto de rap. Le di cien dólares, le dije que lo quería y miré cómo salía entusiasmado por la puerta. Lo llamé cuando llegó a la acera, mientras los tres chicos esperaban con seriedad en el coche del padre de uno de ellos.

No sé lo que le dije, pero tuvo que volver a cruzar el jardín helado. Solo quería retrasarlo quince o veinte segundos para que, en caso de que fuera directo hacia la muerte, escapara de ella —por metros, por segundos—, pero que escapara de ella gracias a esos breves instantes.

El lunes siguiente volvió a casa entrada la noche y me contó una extraña historia. Tenía muy mal aspecto, la piel como si estuviera a punto de hacer erupción.

—Uno de los chicos que vino con nosotros era amigo de Jack —dijo—. Un negro gordo. Yo no lo había visto antes. Iba sentado a su lado en el coche, habíamos recorrido unos ciento cincuenta kilómetros y estábamos fuera de Toronto cuando sonó su móvil. ¿Sabes quién era? Rebecca. Era Rebecca Ng. Ahora vive en Montreal; va a la universidad allí.

—Santo Dios.

—El negro empezó a hablar con ella justo a mi lado. Intenté ponerme a leer o mirar por la ventana; no sabía qué hacer. No podía pensar con claridad. Creía que me iba a dar un ataque al corazón o que me iba a explotar la cabeza, como el tío de esa película…

—Scanners.

—Entonces él dijo por teléfono: «Jesse Gilmour está aquí. ¿Quieres hablar con él?», y me pasó el teléfono. Allí estaba ella. No la había visto ni una sola vez durante un año, pero allí estaba. Rebecca. Mi Rebecca.

—¿Qué te dijo?

—Se puso a gastar bromas y a coquetear. Ya sabes, a hacer de Rebecca. Dijo: «Vaya, qué sorpresa. Esto sí que no me lo esperaba». Me preguntó dónde iba a quedarme en Montreal. Le dije que en un hotel, y ella dijo: «¿Qué vas a hacer esta noche? Espero que no te vayas a quedar en el hotel».

»Y yo dije: “No lo sé. Depende de los chicos”. Y ella dijo: “Bueno, yo voy a ir a una discoteca. ¿Por qué no vienes?”.

»Tardamos unas seis o siete horas en llegar a Montreal. Tal vez más; estaba nevando. Llegamos y nos registramos en el hotel; era un sitio hecho polvo, como un centro de vacaciones, pero estaba justo en el centro del barrio estudiantil.

—Así que salisteis y comprasteis un montón de cerveza…

—Salimos y compramos un montón de cerveza y la llevamos al hotel; estábamos todos en la misma habitación, con una cama plegable para el negro que conocía a Rebecca. A eso de las diez o las once de la noche…

—Todos bastante entonados.

—Todos bastante entonados, fuimos a un bar. La discoteca que había comentado Rebecca. Estaba en algún sitio de Saint Catherine Street. Había estudiantes por todas partes. Debería haberme imaginado lo que eso significaba, pero no lo hice. Entramos en el local y un tío enorme con bigote nos pidió los carnets de identidad. Yo no lo llevaba. Los otros chicos, sí. Todos entraron, pero a mí no me dejó pasar. Incluso le conté que mi ex novia estaba dentro y que no la veía desde hacía mucho tiempo. Dije toda clase de cosas, pero ninguna dio resultado. Así que me quedé fuera, parado en la acera, mientras todos mis amigos y Rebecca estaban dentro, pensando que era lo más cruel que me había pasado en la vida.

»Pero Rebecca salió a la puerta; estaba mejor que nunca… increíblemente guapa. Habló con el portero. Ya sabes, como habla Rebecca, cerca de él, mirándolo, parpadeando. Haciéndole la pelota. Y, de repente, el tío, el segurata, sonríe como con vergüenza y, sin mirarnos, levanta el cordón y me deja pasar.

—Vaya.

(¿Qué otra cosa podía decir?)

Él continuó.

—Me senté en un taburete en la barra al lado de Rebecca y bebí mucho y muy deprisa…

—¿Bebió ella mucho?

—No, pero estaba bebiendo. Rebecca tiene mucho aguante.

—¿Y…?

—Y pillé una buena cogorza. Una cogorza de campeonato.

Y empezamos a discutir. Nos estábamos gritando. El camarero me interrumpió; entonces el segurata se acercó y nos dijo que nos marcháramos. Así que salimos a la acera. Había dejado de nevar, pero hacía frío, el frío de Montreal; se veía el aliento. Seguimos peleándonos, y le pregunté si todavía me quería. Ella dijo; «No puedo tener esta conversación contigo, Jesse. No puedo. Estoy viviendo con alguien». Paró un taxi y se metió dentro.

—¿Volviste a verla?

—Pasaron más cosas, no te preocupes…

Se detuvo y miró al otro lado de la calle como si se hubiera acordado de algo, como si de repente hubiera reconocido a alguien delante de sus narices.

—¿Qué? —dije alarmado; parecía que estuviera enfadado.

—¿Crees que quedé como un blandengue preguntándole si todavía me quería?

—No. Pero ya sabes… —Por un momento pensé cómo expresar lo que quería decir.

—¿Saber qué? —preguntó él rápidamente, como si yo llevara un cuchillo debajo de la chaqueta.

—Es lo que te he estado diciendo el último año. La mejor forma de mantener conversaciones importantes no es estando bebido.

(Dios santo, escúchame, pensé.)

—Pero es el único momento en que te apetece tener conversaciones importantes —dijo él.

—Sí, ese es el problema. En fin, continúa.

Y continuó.

—Los cuatro volvimos al hotel. Alguien tenía una botella de tequila.

—Dios mío.

—A la mañana siguiente me desperté en la habitación del hotel con una resaca terrible. Había botellas de cerveza por todas partes, seguía con la ropa puesta y me había gastado todo el dinero. No paraba de pensar que le había preguntado a Rebecca si todavía me quería y que ella había dicho: «No puedo tener esta conversación», tras lo cual se había metido en el taxi.

—Terrible.

—Intenté volver a dormirme.

—Bien.

—Debía de haber pensado un millón de veces lo que le iba a decir si me la encontraba y me acaba pasando esto.

Se quedó mirando la casa del otro lado de la calle.

—¿Alguna vez has hecho algo así? —preguntó.

—¿Qué pasó después? —dije.

—Salimos a desayunar. Yo todavía debía de estar borracho, porque cuando volví al hotel lo vomité todo.

—¿Con qué pagaste?

—Pedí prestado dinero a Jack. No te preocupes, me encargaré de devolvérselo.

Hizo una pausa y encendió un cigarrillo. Expulsó el humo.

—No me acuerdo de lo que hicimos al día siguiente; fuimos al monte Real, creo, pero hacía demasiado frío. Yo no llevaba chaqueta de abrigo y no tenía guantes. Nos quedamos un rato. Había una especie de manifestación de estudiantes, y nos pareció un buen sitio para conocer chicas, pero en la montaña soplaba mucho viento y me estaba haciendo volar los pantalones.

»Esa noche fuimos al concierto de rap, que estuvo muy bien, aunque no paré de buscar a Rebecca. Notaba su presencia en la sala, sabía que estaba allí, pero no podía verla. A la mañana siguiente, el negro gordo dijo que tenía que ir a casa de Rebecca a por una cosa, un paquete.

—¿Fuiste con él?

—Quería verla. Así que ¿por qué fingir?

(Es más valiente que yo, pensé.)

—Fuimos a su casa, donde vive con su novio. Y cuando subíamos por el ascensor, me dije a mí mismo: «Este es el ascensor en el que se monta cada día, y este es el pasillo que recorre cada día, y esta es su puerta…».

—Cielo santo, Jesse.

—Ella no estaba en casa, ni tampoco su novio. Solo había una compañera de piso, una chica que nos dejó pasar. Pero yo eché un vistazo a su habitación. No pude evitarlo. Pensé: «Ahí es donde duerme, ahí es donde se viste por la mañana». Y entonces apareció ella. Rebecca. Parecía que se hubiera pasado una hora delante del espejo escogiendo la ropa.

—Seguramente lo había hecho.

—Me quedé sentado en el rincón mirando cómo hablaba con los chicos. Comportándose como siempre. Charlando y bromeando y hablando con todos menos conmigo.

—¿Y luego…?

—Luego me levanté y me marché, y volvimos a casa.

—Debió de ser un viaje largo.

El asintió con la cabeza distraídamente. Ya estaba otra vez con Rebecca en la calle helada, preguntándole si todavía lo quería.