Cineclub
Capítulo 4
Jesse se echó una novia, Claire Brinkman; era una chica encantadora con la cara pecosa que adoraba a sus padres, le gustaba ir al instituto, era presidenta del club de música clásica, pertenecía a un grupo de teatro de aficionados, jugaba al hockey sobre hierba, recorría la ciudad a toda velocidad con unos patines en línea y, me temía, podía haber quedado descalificada en la imaginación de Jesse porque no lo puteaba lo bastante. Además, no se puede competir con un fantasma, y el fantasma de Rebecca Ng se paseaba por la casa de noche como un poltergeist.
Ese mes de junio fuimos a Cuba los tres: Maggie, Jesse y yo. Una pareja divorciada de vacaciones con su querido hijo. Mi mujer, al ser la única con un trabajo fijo, se quedó en casa de Maggie. Para los desconocidos o para sus amigos a veces implacables, ese viaje familiar debía de parecer un tanto peculiar, pero Tina lo entendió; entendió que la época en que Maggie y yo podíamos habernos metido en la cama del otro había quedado muy atrás. Aun así, que ella se quedara en la casa de mi ex mujer mientras nosotros nos íbamos de escapada al Caribe… Qué extraña podía ser la vida.
Fue una decisión de última hora. Justo cuando acababa de perder la esperanza, cuando aquella misma mañana había pasado unos minutos dando patadas con impotencia a los muebles y quejándome de mi desempleo a Tina (el trabajo en la cadena de televisión de documentales se había quedado en agua de borrajas), recibí un mensaje en el contestador automático. Era de un sudafricano pasivo-agresivo, rechoncho y con cara de remolacha llamado Derek H. Estaba produciendo un documental de una hora de duración sobre, atención, la Viagra, y quería saber si estaba interesado en «presentarlo». Quince mil pavos, viaje a Filadelfia y Nueva York con unas semanas de estancia en Bangkok, donde, según Derek, los viejos literalmente se «mataban a follar».
«Tuvimos una reunión», conocí al equipo, elegí un hotel junto al río en Bangkok y discutimos el programa. Principios de julio. Estreché manos por todas partes. Esa noche salí, me emborraché con gran euforia y se me ocurrió la idea de que Jesse, su madre y yo nos fuéramos a Cuba.
El día de nuestra partida Claire Brinkman vino con sus patines en línea para despedirse; apareció poco antes de que llegara la limusina. Sus ojos enrojecidos me preocupaban.
Nos alojamos en un par de habitaciones lujosas del hotel El Parque, en La Habana Vieja. Piscina en el tejado, gruesas batas en el armario, un bufé digno de un banquete romano todas las mañanas. Los gastos ponían nerviosa a Maggie —era una chica de campo a la que le palpitaba el corazón cada vez que una llamada de larga distancia duraba más de un minuto—, pero yo insistía. Además, ¿cuántos viajes más íbamos a hacer con nuestro hijo? ¿Cuánto tardaría en cansarse de viajar con sus padres?
Ocurrió la tercera noche que pasamos allí. Esa tarde había llevado a Jesse al Museo de la Revolución, habíamos echado un vistazo al barco en el que Castro y sus dieciséis revolucionarios se habían introducido furtivamente en Cuba, habíamos visto una foto del difunto Che Guevara; habíamos disfrutado de una cena regada con abundante alcohol en la terraza de una residencia privada con vistas al paseo del Prado; los tres habíamos recorrido la calle Obispo tambaleándonos para tomar un mojito antes de ir a dormir, mientras un grupo tocaba música quejumbrosa en el angosto local lleno de moscas; y luego, cuando se me habían empezado a cerrar los ojos del calor y el alcohol, habíamos vuelto al hotel. Eran casi las tres de la mañana. Maggie fue a su habitación. Jesse y yo estuvimos viendo la televisión un rato. Luego llegó la hora de dormir.
—¿Puedo dejar la televisión con el sonido bajo? —preguntó.
—¿Por qué no lees algo? —dije.
Apagamos la luz; lo notaba allí tumbado, despierto, inquieto. Finalmente encendí la luz.
—¡Jesse!
El no podía dormir. Estaba demasiado excitado. ¿Podía salir a fumar un cigarrillo? ¿Justo allá, al otro lado de la calle, en el banco del parque? Lo puedes ver desde aquí, papá. Finalmente accedí.
Se vistió rápidamente y salió a toda prisa. Yo me quedé inmóvil unos instantes; apagué la luz y luego la encendí. Me levanté, me acerqué a la ventana y la abrí. El aire acondicionado se paró. La habitación se quedó en silencio. De repente, se oía todo con mucha claridad: cigarras, unas cuantas voces hablando en español, un coche que circulaba despacio. Pasó un carrito por el pasillo situado al otro lado de la puerta y se oyó ruido de tazas.
Me quedé junto a la ventana mirando el parque a oscuras. En las sombras había figuras que se movían. Las putas andaban despacio entre los árboles o fumaban un cigarrillo junto a la estatua. Un poco más allá estaba la cúpula del Museo de la Revolución.
Jesse apareció en la acera de abajo, con unos pantalones anchos y una gorra de béisbol al revés. Encendió un cigarrillo como si estuviera en una película, miró a un lado y otro (vislumbré su cara) y, a continuación, cruzó la calle en dirección al banco del parque. Estaba a punto de gritarle que tuviera cuidado cuando un hombre de piel oscura con una camisa amarilla salió de la oscuridad. Fue directo a Jesse con la mano extendida. Esperé para ver si Jesse se la estrechaba. Lo hizo. Error. Otros dos cubanos aparecieron sonriendo, saludaron con la cabeza y se situaron demasiado cerca de él. Señalaron calle arriba. Por increíble que pareciera (no daba crédito a lo que veían mis ojos), se marcharon con Jesse en medio, en diagonal, y atravesaron el parque.
Me puse la ropa y bajé en ascensor al vestíbulo. Una sala grande con el techo alto y suelo de mármol, fría como una pista de patinaje; había una pareja de guardas de seguridad con uniformes grises y radios portátiles en la puerta principal. Me saludaron y me abrieron la puerta. El aire caliente me golpeó en el exterior.
Crucé la calle y entré en el parque. Una puta se fijó en mí. Se levantó rápidamente de un banco y avanzó hacia mí. Le dije: «No, gracias», y atravesé el parque mirando a un lado y otro en busca de Jesse. Debía de haberse metido en una calle lateral con sus nuevos amigos. Pero ¿en cuál?
Estaba recorriendo el lado este del parque, cerca de los taxis y los cocos con tres ruedas, cuando vi entre la vegetación una calle que avanzaba junto al gran teatro de la ciudad. Había una luz brillante al final. La seguí hasta que llegué a la parte delantera de un bar al aire libre. No había nadie más que Jesse, que estaba bebiendo una cerveza, y los tres macarras sentados a su lado ante la misma mesa. El tenía una expresión de inquietud en la cara como si empezara a darse cuenta de que algo no iba del todo bien. Me acerqué.
—¿Puedo hablar contigo un momento?
—¿Eres su padre? —dijo el de la camisa amarilla.
—Sí.
—Tengo que hablar contigo —dije a Jesse.
—Sí, claro —dijo él, y se levantó con dificultad.
El de la camisa amarilla lo siguió hasta la calle y estuvo rondando cerca intentando escuchar.
—Estos tipos no son amigos tuyos —dije.
—Solo estoy tomando una cerveza.
—Vas a acabar pagando mucho más que una cerveza —dije—. ¿Les has comprado algo?
—Todavía no.
El dueño salió del bar; era un hombre achaparrado y muy tranquilo. No se sorprendió de nada. Se acercó a Jesse y lo agarró de la manga de la camisa.
—¿Qué está haciendo? —dije.
El hombre no contestó. Volvió andando al bar sujetando a Jesse de la camisa. Noté que el corazón me empezaba a latir con fuerza de forma poco saludable. Ya estamos. Joder, ya estamos.
—¿Cuánto le debe? —le dije en español.
El hombre había llevado a Jesse de vuelta al bar.
—Diez dólares.
—Es muy caro para una cerveza —dije.
—Es el precio.
—Tome —dije, y puse un billete de cinco dólares estadounidense sobre la mesa —. Vámonos.
Pero el dueño dijo:
—Ha pedido ron. Ya lo he preparado.
—Querrá decir que ya lo ha servido —dije.
—Es lo mismo.
—¿Has tocado la bebida? —dije a Jesse.
Jesse negó con la cabeza, asustado.
—Sígueme —dije, y empezamos a andar calle arriba.
Los macarras empezaron a seguirnos. Uno de ellos nos rodeó y se colocó delante de mí.
—Ha pedido una copa —dijo—. Tiene que pagar.
Intenté esquivarlo, pero estaba situado delante de mí.
—Voy a llamar a la policía —dije.
—Muy bien —dijo el macarra, pero retrocedió.
Seguimos andando, mientras el macarra se tambaleaba tirándome de la manga y sus amigos nos seguían detrás.
—Pase lo que pase, sigue andando —dije a Jesse.
Atravesamos el parque casi corriendo; Jesse iba muy pegado a mí. Y entonces, cuando vimos las puertas del hotel, dije:
—Corre.
Cruzamos el parque corriendo, nos metimos debajo de la fachada y entramos por la puerta nocturna, pero ellos entraron en el vestíbulo detrás de nosotros. Sin dejar de moverme, dije al de la camisa amarilla:
—Más vale que os larguéis de una puta vez.
Pero él no tenía miedo de nada. La puerta del ascensor se abrió; intentó entrar apretujándose con Jesse y conmigo, mientras sus amigos se quedaban atrás en el vestíbulo.
Los guardas de seguridad salieron de la nada. Se oyó alboroto de voces en español, y las puertas se cerraron. Subimos tres pisos; Jesse no decía nada. Me lanzaba miradas fugaces de preocupación. Se miró al espejo poniendo de nuevo la cara que solía poner al hacerlo. Pensaba que yo estaba cabreado con él, lo cual era cierto, pero lo que no sabía era que estaba experimentando una especie de euforia. Por cursi que suene, me había montado en mi caballo y había acudido a su rescate. Le había prestado servicio, lo había protegido, había hecho mi trabajo. De hecho, en el fondo me alegraba de cómo habían salido las cosas. A partir de cierta edad, uno no tiene ocasión de hacer mucho por sus hijos; tiene toda esa fuerza, pero poco que hacer con ella.
Estábamos demasiado excitados para irnos a la cama a ver la tele. Para ser sincero, me moría de ganas de una copa.
—Deberíamos ir a ver si podemos conseguir una cerveza —dije.
Esperamos diez o quince minutos y nos asomamos a la puerta del hotel; no había rastro del tipo de la camisa amarilla. Recorrimos a toda prisa el borde más próximo del parque, pasamos por delante del centro comercial en dirección a la calle Obispo, y nos dirigimos hacia el mar por la calle angosta. La vieja ciudad flotaba en una silenciosa bola de calor.
—Ahí es donde solía beber Ernest Hemingway —dije cuando pasamos por delante del oscurecido bar El Floridita—. Ahora es un sitio para turistas, a diez pavos la cerveza, pero en los años cincuenta se suponía que era el mejor bar de la ciudad.
Pasamos por delante de un par de cafés cerrados, locales que pocas horas antes rebosaban de vida, guitarras rasgueadas y humo de puros. Luego una droguería anticuada con una hilera tras otra de tarros de arcilla colocados a lo largo de la pared del fondo.
Poco después estábamos delante del antiguo hotel de Hemingway, el Ambos Mundos, situado al pie de la calle.
—Escribió algunas de sus peores obras ahí arriba, en el quinto piso —dije.
—¿Merece la pena leer sus libros? —preguntó Jesse.
—¿En qué coño estabas pensando ahí detrás, Jesse? —dije—. Marchándote con esos macarras de esa forma.
Él no contestó. Se notaba que estaba rebuscando en su cabeza a toda prisa, abriendo puertas y armarios, tratando de dar con la respuesta correcta.
—Cuéntamelo —dije con delicadeza.
—Creía que estaba viviendo una aventura. Fumando un cigarro y bebiendo ron en una ciudad extranjera.
—¿No te daba la impresión de que algo iba mal, con esos tipos tan amables a las tres de la mañana?
—No quería ofenderlos —dijo. (Qué joven es todavía, pensé. Ese cuerpo tan alto y ese buen vocabulario pueden llevar a engaño.)
—Esos tipos están acostumbrados a hacer que la gente se sienta culpable. Lo hacen todo el santo día. Es su trabajo.
Caminamos un poco más por la calle. Había farolas amarillas en lo alto; los balcones miraban hacia abajo; la ropa lavada colgaba inmóvil, como personas a la espera.
—Si vas a leer a Hemingway —dije—, ley Fiesta. También unos cuantos relatos. El resto se vuelve un poco ridículo. Miré a mi alrededor. Se percibía el olor a escombros en descomposición; se oía el mar azotando el malecón al otro lado de la avenida del Puerto. Pero no había ningún bar. Dicen que en La Habana puedes conseguir cualquier cosa a cualquier hora —dije—, pero, por lo visto, no es así.
Dentro del hotel Ambos Mundos se veía al recepcionista de noche hablando con una chica guapa.
Seguimos una estrecha calle de adoquines hacia el este, bordeada de bloques de pisos de color pastel que se estaban desmoronando; había densas parras colgando, y una radiante luna llena brillaba en lo alto; no había estrellas, solo esa moneda reluciente en mitad del cielo negro. La noche estaba en su momento de mayor intensidad. Fuimos a dar a una plaza, en un extremo de la cual había una catedral de color marrón sucio y un café iluminado en el otro; cerca del centro de la plaza había tres o cuatro mesas. Nos sentamos. Un camarero con una chaqueta blanca salió del interior radiantemente iluminado y se acercó.
—¿Señores?
—Dos cervezas, por favor.
Por fin llegaron: dos cervezas heladas a las cuatro de la madrugada.
—Siento lo que ha pasado en el hotel —dijo Jesse.
—En el universo hay dos principios inviolables —dije, sintiéndome repentinamente hablador (me alegraba de estar donde estábamos)—. El primero es que nunca se saco nada que merezca la pena de un gilipollas. El segundo es que cuando un extraño se te acerca tendiéndote la mano no quiere ser tu amigo. ¿Me entiendes?
Como si un genio sediento se hubiera unido a nosotros, las cervezas desaparecieron de las botellas.
—Tal vez deberíamos marcharnos —dije.
Levanté dos dedos en dirección al camarero y los hice girar en el aire denso. El hombre se acercó.
—¿Cómo las mantiene tan frías? —pregunté. Me lo estaba pasando bien.
—¿Qué?
—Tranquilo, no importa.
Un pájaro pió en un árbol próximo.
—El primero del día —dije. Miré a Jesse—. ¿Todo va bien con Claire Brinkman? —El se movió hacia delante, y su rostro se ensombreció—. No es asunto mío —dije con suavidad—. Solo pretendía dar conversación.
—¿Por qué?
—Parecía un poco alterada cuando nos fuimos, nada más.
Él dio un trago a su cerveza con gesto agresivo. Por un momento, vi en aquel gesto la forma en que bebía cuando lo hacía con sus amigos.
—¿Puedo hablarte con franqueza, papá?
—Dentro de lo razonable. Nada grosero.
—Claire es un poco rara.
Algo frío, algo que no era tan bueno asomó a su cara como una rata en una casa nueva.
—Tienes que ir con un poco de cuidado con Claire. Ha tenido problemas.
Su padre, un escultor al que había conocido en el instituto, se había ahorcado con una cuerda para tender la ropa pocos años antes. Además, era un borracho, un cantamañanas y un gilipollas. La clase de tipo capaz de matarse sin pensar en lo más mínimo en sus hijos y en cómo iba a afectarles.
—Conozco la historia —dijo Jesse.
—Entonces trátala con dulzura.
Otro pájaro empezó a piar, en esta ocasión detrás de la catedral.
—Es que no me gusta mucho. Debería gustarme, pero no es así.
—¿Te sientes culpable por algo, Jesse? Parece que hayas robado el collar de tu abuela.
—No.
—No es justo enfadarse con Claire porque no te gusta más. Aunque entiendo la sensación.
—¿La has sentido alguna vez?
—Es decepción.
Pensé que el tema quedaría zanjado en aquel punto, pero era como si en aquel momento hubiera un fino alambre que partiera de él y necesitara un tirón para que el resto —fuera lo que fuese— pudiera salir. Y el silencio pareció servir.
Para entonces el cielo se había teñido de un azul oscuro e intenso, con una franja roja que atravesaba el horizonte. Qué belleza tan extraordinaria hay en todo el mundo, pensé. A uno no le quedaba más remedio que preguntarse si se debía a la existencia de un dios o si simplemente era el aspecto que lucían los millones y millones de años de absoluta arbitrariedad. ¿O simplemente es lo que piensa uno cuando está feliz a las cuatro de la madrugada?
Llamé al camarero.
—¿Tiene puros?
—Sí, señor.
Su voz resonó en la plaza vacía. Sacó un par de un bote que había sobre la barra y los trajo. Diez pavos cada uno. Pero ¿en qué otro sitio conseguirías un puro a esa hora de la mañana?
—He estado hablando por teléfono con otra chica —dijo Jesse.
—Ah. —Arranqué con los dientes la punta de un puro y se lo ofrecí—. ¿Con quién?
Él dijo un nombre que no reconocí. Parece sospechoso y deshonesto, pensé.
—Solo un par de veces —dijo.
—Ajá.
Una bocanada de humo. Apartó la cara.
—Soy demasiado joven para decidirme por una chica, ¿no crees?
—Esa no es la cuestión, ¿no?
Un momento más tarde oí un suave rasgueo. Había un joven inclinado sobre una guitarra sentado en los escalones de la catedral que deslizaba lentamente sus dedos por las cuerdas. A la luz azulada de la mañana, me recordó un cuadro de Picasso.
—¿Puedes creerlo? —dijo Jesse—. ¿Has visto alguna vez algo tan… —buscó la palabra adecuada— tan perfecto?
Fumamos nuestros puros en silencio por un momento, mientras las cuerdas vibraban en el suave aire veraniego.
—¿Papá? —dijo de repente.
—¿Sí?
—Es Rebecca. La he estado llamando.
—Entiendo. —Pausa. Bocanada de humo. Rasgueo de guitarra—. No es la otra persona que has mencionado.
—No quería que pensaras que soy un perdedor, que estoy obsesionado con Rebecca Ng.
El cielo se suavizó hasta adquirir un color azul más claro; la luna se iba oscureciendo; sonaba la guitarra.
—¿Estoy obsesionado con Rebecca? —pregunto.
—No hay nada malo en estar obsesionado con una mujer, Jesse.
—¿Tú lo has estado alguna vez?
—Por favor —dije—, no hagas que empiece.
—No se lo he contado a mamá. Se pondría a gritar y a hablarme de los sentimientos de Claire. ¿Te sorprende?
—¿Lo de Rebecca? No. Siempre he creído que teníais algo pendiente.
—¿Eso crees? ¿Es cierto?
La idea le entusiasmó y sentí un repentino temor, como si estuviera presenciando cómo conducía un coche que aceleraba lentamente hacia un muro de cemento.
—¿Puedo decirte una cosa?
—Claro.
—Las relaciones que empiezan con sangre suelen acabar con sangre.
El camarero se acercó y recogió unas sillas de la mesa de al lado y las llevó al interior del café.
—Joder, papá.