Cineclub

David Gilmour · Capítulo 15 de 17

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Cineclub

Capítulo 15

 

Entonces se produjo un milagro (que no una sorpresa). Chloë, la trepa, pareció pensárselo dos veces. Se rumoreaba que había despachado a Morgan. Tanteó el terreno. Su mejor amiga «se tropezó» con Jesse en una fiesta y le dijo que Chloë «lo echaba muchísimo de menos».

Me dio la impresión de que sus facciones recobraron el color; incluso caminaba de forma distinta, con una energía que no lograba ocultar. Me puso otra canción; luego otra; Corrupted Nostalgia parecían estar, como se dice en el mundo del espectáculo, en vena. Actuaron en un bar de Queen Street. Yo seguía estando desterrado.

Al intuir que estaba perdiendo el interés por nuestro programa de tesoros enterrados, busqué más lejos. Algo que guardara relación con la escritura, pues parecía que ahora se inclinaba en esa dirección. Y allí estaba, evidente como la nariz proverbial de mi cara: organizaríamos un programa de películas extraordinariamente bien escritas. Volveríamos a ver Manhattan (1970), de Woody Allen. Echaríamos otro vistazo . Pulp Fiction (1994), dejando clara, sin embargo, la diferencia entre la escritura lúdica y la verdadera escritura. Pese a lo enormemente entretenida que es, a sus estupendos y brillantes diálogos Pulp Fiction no contiene un solo momento verdaderamente humano. Me recordé a mí mismo que tenía que, contarle una anécdota sobre Chéjov cuando vio la obra de teatro de Ibsen Casa de muñecas, en el curso de la cual se volvió hacia un amigo y le susurró: «Pero la vida no es así en absoluto».

De modo que ¿por qué no ponerle Vania en la calle 42 (1994) de Louis Malle? Es demasiado joven para Chéjov, podría aburrirle, sí, pero me pareció que le encantaría el Vania quejica, protestón y enamorado románticamente interpretado por Wally Shawn, sobre todo cuando echa pestes del profesor Serebriakov. «¡No todos podemos hablar y escribir y escupir el trabajo como una trilladora!»

Sí, a Jesse le gustaría Vania. «Excelente tiempo para suicidarse.»

A continuación, a modo de postre, le pondría Tener y no tener (1944). Menudas credenciales: basada en la novela de Hemingway (chiflado por aquel entonces, pues se dedicaba a beber martinis, drogarse con pastillas y escribir tonterías a las cuatro de la madrugada); con guión del amante de Lolitas William Faulkner; con esa gran escena de Bogart y Bacall en el hotel de la costa en la que ella se entrega a él con el siguiente discurso: «No tienes que hacer nada ni decir nada; o simplemente silba. Sabes silbar, ¿verdad, Steve? Solo tienes que juntar los labios y soplar». Escritura de lucimiento de primera.

Y hablando del tema, le pondría Éxito a cualquier precio (1992), con guión de David Mamet (eso sí que es lucimiento). Una oficina de agentes inmobiliarios de tercera, fracasados sin excepción, reciben una paliza verbal a manos de un «motivador». «Deja ese café —dice Alec Baldwin a un asombrado Jack Lemmon—. El café es solo para los del departamento de gestión.»

Eso es lo que yo había planeado. Y luego tal vez veríamos más películas de cine negro, Manos peligrosas (1953)… Lo teníamos todo por delante.

Entonces llegaron las vacaciones de Navidad; por las noches, Jesse y yo salíamos mientras la nieve caía suavemente. Los reflectores iluminaban el cielo invernal buscando Dios sabe qué y celebrando Dios sabe qué. El no había visto ni hablado con Chloë Stanton-McCabe, ni se había comunicado con ella por teléfono ni por correo electrónico, pero ella iba a volver un día de esos para pasar una semana con sus padres. Iba a celebrarse una fiesta. El la vería allí.

—¿Y si ella vuelve a hacerlo? —preguntó.

—¿A qué te refieres?

—Si vuelve a marcharse con otro tío.

Para entonces yo ya había aprendido a no hacer predicciones disparatadas (desde luego nunca vi venir a Morgan).

—¿Sabes lo que dice Tolstói? —dije.

—No.

—Dice que una mujer no puede hacerte daño de la misma forma dos veces.

Un coche circulaba en sentido contrario por nuestra calle de dirección única; los dos lo observamos.

—¿Crees que es verdad? —dijo.

Lo pensé seriamente. (Él se acuerda de todo. Ten cuidado con lo que prometes.) Repasé a toda prisa mi lista de antiguas amantes (sorprendentemente larga). Sí, era cierto que ninguna mujer me había hecho tanto daño al marcharse por segunda vez como la primera. Pero también me di cuenta de que, en su mayor parte, por no decir en todos los casos, yo nunca había tenido ocasión de que una mujer me hiciera daño dos veces. Cuando mis desdichadas amantes se dirigían hacia las montañas, solían quedarse lejos definitivamente.

—Sí —dije al cabo de un rato—. Creo que es verdad.

Unas noches más tarde, cuando tan solo faltaban pocos días para Navidad, estaba toqueteando el árbol, cuyas luces parpadeaban, algunas de las cuales funcionaban y otras no, un enigma irresoluble de la física que solo mi mujer podía arreglar, cuando oí el habitual descenso ruidoso por la escalera; un olor a vigoroso desodorante (aplicado con una bomba de bicicleta) se filtró en la habitación, y el joven príncipe salió al aire frío para descubrir su destino.

Esa noche no volvió a casa; a la mañana siguiente había un mensaje masculino de tono adulto en el contestador automático; una capa de nieve fresca cubría el césped, y el sol ya estaba ascendiendo en el cielo. Regresó por la tarde; los detalles de la noche anterior fueron afortunadamente breves pero reveladores. Efectivamente, había ido a la fiesta; había hecho su entrada tarde con varios de los chicos, una falange de gorras de béisbol, camisetas extragrandes y sudaderas con capucha; y allí estaba ella, en el salón atestado de humo, mientras la música sonaba a volumen ensordecedor. Habían hablado tan solo unos instantes cuando ella le había susurrado:

—Si sigues mirándome así, voy a tener que besarte.

(Dios mío, ¿dónde aprenden esas cosas? ¿Están todos en casa leyendo a Tolstói antes de esas fiestas?)

Después concretó poco (es lo que debía hacer). Se habían quedado en la fiesta; de repente ninguno de los dos tenía prisa; extraño pero cierto, como si los últimos meses hubieran sido vagamente irreales y no hubieran tenido lugar. (Pero así era, y más tarde habría mucho que decir acerca de eso.) Sin embargo, de momento era como deslizarse suavemente cuesta abajo por una colina con una bicicleta sin frenos; no se podía detener el impulso por mucho que uno lo intentara.

Cuando pienso en el cineclub, me doy cuenta de que esa noche fue cuando comenzó su fin. Esa noche puso en marcha una nueva clase de tiempo, un episodio distinto en la vida de Jesse. Nadie lo habría dicho en su día; entonces parecía que no hubiera pasado nada, en plan: «Bueno, ya ha pasado. Ahora podremos volver al cineclub».

Sin embargo, incluso en el momento de escribir estas palabras, soy prudente. Me acuerdo de la última entrevista que realicé a David Cronenberg, durante la cual hice un comentario bastante lúgubre al decir que criar hijos era una serie de adioses, uno detrás de otro: a los pañales y luego a los monos de invierno y por último al propio niño.

—Se pasan la vida despidiéndose de ti —comenté.

Cronenberg, que también tiene hijos adultos, me interrumpió diciendo:

—Sí, pero ¿realmente llegan a despedirse alguna vez?

Varias noches más tarde ocurrió lo impensable. Jesse me invitó a verle actuar. Iba a cantar en la sala de la vuelta de la esquina en la que habían tocado los Rolling Stones, de donde creo que la ex mujer de nuestro primer ministro había vuelto a casa con uno de los guitarristas. El local del que Jesse me había echado a patadas un año antes. Era, en una palabra, un sitio lleno de historia.

Me dijo que llegara a la puerta principal pocos minutos antes de la una de la madrugada y que me comportara, lo que quería decir que me abstuviera de hacer embarazosas muestras de afecto, cualquier cosa que pudiera menoscabar su halo de peligro y su imagen heterosexual y dura, a lo que accedí de buena gana. Tina no estaba invitada; dos adultos cariñosos y sentimentales era demasiado. Ella también aceptó encantada. Es una mujer delgada con poca grasa sobre los huesos, y la idea de salir al aire helado, de tener que esperar en una cola posiblemente durante cuarenta y cinco minutos a altas horas de la madrugada mientras unas ráfagas glaciales procedentes del lago Ontario azotaban y soplaban por la calle, la liberaron incluso de la curiosidad más acuciante.

De modo que a las doce y media de la noche me aventuré a salir a la acera helada y crucé el parque sigilosamente. Avancé por una calle desierta de Chinatown, mientras los gatos mordisqueaban cosas indecibles en las sombras. Doblé la esquina, empujado por detrás por el viento, hasta que llegué a la puerta principal de El Mocambo. Parecía que el mismo grupo de jóvenes de la vez anterior estuviera esperando allí fumando cigarrillos, soltando tacos y riéndose, con bocanadas de aire helado suspendidas delante de sus caras como bocadillos de cómic. Jesse se acercó a mí a toda prisa.

—No puedes entrar, papá —dijo. Parecía aterrorizado.

—¿Por qué no?

—La cosa no pinta bien dentro.

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—No hay mucha gente. Han dejado que la actuación anterior se alargue demasiado; hemos perdido a parte del público…

Le dije que a mí me bastaba.

—Me has hecho salir de mi cama calentita una noche heladora. Me he vestido y he venido aquí resoplando. Es la una de la madrugada, llevo esperando esto con impaciencia desde hace días, ¿y ahora me dices que no puedo entrar?

Pocos minutos más tarde me condujo escaleras arriba y pasamos por delante del teléfono público donde me había sorprendido la otra vez. (Qué rápido pasa el tiempo.) Entré en una pequeña sala de techo bajo muy oscura, con un pequeño escenario cuadrado al fondo. Había unas cuantas chicas flacas sentadas en sillas al lado del escenario. Agitaban las piernas y fumaban cigarrillos.

El no tenía por qué preocuparse; durante los siguientes diez minutos, la puerta se oscureció con la llegada de fornidos chicos negros con redecilla y chicas de constitución alargada con lápiz de ojos negro (parecían mapaches angustiados).

Chloë. Chloë, con su piercing de diamante en la nariz y su largo cabello rubio. (El estaba en lo cierto; realmente parecía una estrella de cine.) Me saludó con los buenos modales de una estudiante de una universidad privada que se encuentra a su director en las vacaciones de verano.

Me quedé en el rincón del fondo entre unos gigantescos cubos negros (nunca supe lo que eran, altavoces desechados, cajas de embalar, quién sabe). Era una zona tan oscura que apenas podía distinguir las facciones de las dos chicas que tenía al lado, aunque podía oler su perfume y oír su alegre conversación plagada de obscenidades.

Jesse me dejó allí con la advertencia tácita de que me quedara quieto. El tenía «un asunto» del que ocuparse, dijo, antes de salir al escenario.

Esperé en la oscuridad con el corazón palpitante de una ansiedad casi insoportable. Y esperé. Llegaron más chicos; la sala se calentó; finalmente, un joven salió al escenario (¿era allí donde había estado Mick Jagger?) y mandó al público, en medio de un estrépito de gritos, que se prepararan para la «buena mierda» y dieran un fuerte aplauso a los «cabrones» de Corrupted Nostalgia.

Los mismísimos Corrupted Nostalgia. Entonces salieron dos chicos larguiruchos, Jesse y Jack. Empezó a sonar el ritmo de «Angels», Jesse se llevó el micrófono a los labios y de ellos salió aquella letra mordaz, el alarido de Troilo contra Crésida, mientras Chloë permanecía de espaldas a mí (Morgan no estaba a la vista) y una serie de manos se alargaban en dirección al escenario.

Y allí estaba él: mi querido hijo, distanciado de mí, sin nada que ver conmigo, paseándose por el escenario con una autoridad natural. Era un hijo distinto; nunca lo había visto antes.

Las letras continuaron, amargas, degradantes. Chloë estaba en medio de la multitud bamboleante, con la cabeza ladeada ligeramente como para evitar la violenta avalancha; la arremetida, los brazos del público estirándose como ramas de un árbol hacia el escenario, moviéndose arriba y abajo…

A Jesse y a mí nos aguardaban toda clase de cosas en el futuro: pocos meses después, él rodó un vídeo de «Angels»; Chloë interpretaba a «la chica» (la actriz contratada para el papel se puso hasta arriba de coca y no apareció). Hubo más cenas en Le Paradis, más cigarrillos en el porche con Tina (oigo sus voces de conspiradores subiendo y bajando mientras escribo esto), más películas, pero ahora en el cine, los dos sentados en el lado izquierdo del pasillo, nueve o diez filas arriba: «nuestro sitio». Hubo riñas con Chloë Stanton-McCabe, maniobras arriesgadas y reconciliaciones operísticas; hubo resacas y muestras de comportamiento negligente, una repentina afición a la escritura gastronómica, un difícil período de aprendizaje con un chef japonés y una humillante «invasión» de la escena musical británica («¡Allí tienen a sus propios raperos, papá!»).

También hubo una sospechosa felicitación de cumpleaños de, quién si no, Rebecca Ng, que actualmente cursa su segundo año en la facultad de derecho.

Entonces, un buen día —de forma inesperada—, Jesse dijo:

—Quiero volver al instituto.

Se matriculó en un curso intensivo de tres meses que constaba de matemáticas, ciencias e historia; todos los horrores que lo habían superado años antes. Yo no creía que tuviera ninguna posibilidad; todas aquellas horas y más horas sentado en una clase. Todos aquellos deberes. Pero me equivoqué una vez más.

Su madre, la ex profesora de instituto de las praderas, le dio clases particulares en Greektown. No todo fue sobre ruedas, especialmente las matemáticas. A veces se levantaba de la mesa de la cocina temblando de rabia y frustración y daba la vuelta a la manzana echando pestes como un loco. Pero siempre volvía.

Empezó a dormir allí; le hacía más fácil «meterse en faena directamente» por la mañana, según explicaba. Luego dejó de volver a mi casa por completo.

La noche antes de su examen final me llamó por teléfono.

—Al margen de cómo salga —dijo—, quiero que sepas que lo he intentado de veras.

Pocas semanas más tarde, un sobre blanco fue a parar a mi buzón; apenas vi cómo él subió la escalera del porche, sacó la carta y la leyó, con las manos temblorosas, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras leía las líneas.

—Lo he conseguido —gritó sin alzar la vista—. ¡Lo he conseguido!

No volvió a vivir en mi casa. Se quedó en la de su madre y luego buscó un piso con un amigo que había conocido en el instituto. Tuvo un problema con una chica, creo, pero lo solucionaron. O no lo solucionaron. No me acuerdo.

Nunca llegamos a ver el programa de películas extraordinariamente bien escritas. Simplemente se nos acabó el tiempo. Supongo que en realidad no importaba; siempre habría algo que no llegaríamos a ver.

Él dejó atrás el cineclub y, en cierto modo, me dejó atrás a mí; dejó atrás el hecho de ser un niño para su padre. Se percibía desde hacía años, por etapas, pero de repente estaba allí. Se podía notar en los dientes.

Algunas noches paso por su cuarto del tercer piso; entro y me siento en el borde de la cama; me parece irreal que se haya ido, y durante los primeros meses me angustiaba pasar por allí. Veo que se ha dejado Chungking Express en su mesilla de noche; ya no le sirve de nada; ha tomado todo lo que necesitaba de ella y la ha dejado atrás como una serpiente su camisa.

Sentado en esa cama, me doy cuenta de que nunca volverá bajo la misma forma. De ahora en adelante será una visita. Pero qué regalo tan raro, milagroso e inesperado fueron esos tres años en la vida de un joven, en un momento en que normalmente empieza a cerrar la puerta a sus padres.

Y qué suerte tuve (aunque desde luego entonces no me lo parecía) al no tener trabajo y disponer de tanto tiempo libre. Días, tardes y noches. Tiempo.

Todavía fantaseo con una unidad de películas sobrevaloradas. Me muero de ganas de hablar de Centauros del desierto y los desconcertantes elogios y ridículos análisis que ha generado; o la maligna falsedad de Cantando bajo la lluvia (1952) de Gene Kelly. Jesse y yo volveremos a tener tiempo, pero no esa clase de tiempo, no ese tiempo bastante anodino y en ocasiones aburrido que es el verdadero signo de vivir con alguien, un tiempo que crees que durará siempre y, de repente, un día simplemente descubres que no es así.

Se avecinaban muchísimas más cosas: sus primeros días en la universidad, su inefable alegría al recibir su tarjeta de estudiante con su nombre y su cara, su primer trabajo («El papel de los múltiples narradores en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad»), su primera cerveza después de las clases con un compañero de universidad. Pero por el momento solo había un chico alto en un escenario con un micrófono en la mano. Situado en la oscuridad con aquellas chicas mapache vestidas con chaquetas de esquí, confieso que lloré un poco en secreto. No estoy seguro de por qué lloré; por él, supongo, por el hecho de que él existiera, por el carácter irrecuperable del tiempo. Y mientras tanto aquellas palabras de Amor a quemarropa se repetían una y otra vez en mi cabeza: «¡Eres genial, eres genial, eres genial!».