Cineclub
Capítulo 1
El otro día estaba parado delante de un semáforo en rojo cuando vi a mi hijo saliendo de un cine. Estaba con su nueva novia. Ella le estaba susurrando algo al oído, agarrándole el extremo de la manga del abrigo con las puntas de los dedos. No distinguí la película que acababan de ver —un árbol en plena floración tapaba la marquesina—, pero me vi recordando con una nostalgia casi dolorosa los tres años que él y yo pasamos viendo películas y hablando en el porche; una época mágica que normalmente un padre y un hijo no tienen ocasión de disfrutar en una fase tan tardía de la vida de un adolescente. Ya no lo veo tanto como antes (así es como debe ser), pero aquella fue una época maravillosa. Un golpe de suerte para los dos.
Cuando yo era adolescente creía que había un sitio al que iban los chicos malos cuando dejaban la escuela. Estaba en algún lugar apartado de la tierra, como ese cementerio de elefantes, solo que este estaba lleno de huesos blancos y delicados de niños. Estoy seguro de que ese es el motivo por el cual, a día de hoy, sigo teniendo pesadillas en las que estudio para un examen de física y hojeo con creciente preocupación una página tras otra de mi libro de texto —vectores y parábolas— como si fuera la primera vez que veo esas cosas.
Treinta y cinco años después, cuando las notas de mi hijo empezaron a volverse irregulares en el tercer curso de educación secundaria y cayeron en picado en el cuarto, experimenté una especie de terror doble, en primer lugar ante lo que estaba ocurriendo y, en segundo, por esa sensación recordada que seguía muy viva dentro de mí. Mi ex mujer y yo nos intercambiamos las casas («Necesita vivir con un hombre», dijo). Yo me trasladé a su casa y ella se trasladó a mi ático, que era demasiado pequeño para alojar a tiempo completo a un adolescente desgarbado de un metro noventa y cinco de estatura. De ese modo pensé que yo podría hacerle los deberes en lugar de su madre.
Pero no sirvió de nada. A mi pregunta nocturna «¿No tienes más deberes?», mi hijo, Jesse, respondía con un alegre «¡Qué va!». Ese verano, cuando fue a pasar una semana en casa de su madre, encontré cien tareas escolares distintas metidas en todos los escondites imaginables de su cuarto. El instituto, en una palabra, lo estaba convirtiendo en un muchacho mentiroso y escurridizo.
Lo mandamos a un instituto privado; algunas mañanas la secretaria nos llamaba desconcertada.
—¿Dónde está?
Más tarde, ese mismo día, mi patilargo hijo aparecía en el porche. ¿Dónde había estado? Tal vez en una competición de rap celebrada en un centro comercial de las afueras o en otro sitio menos respetable, pero no en el instituto. Lo poníamos de vuelta y media, él se disculpaba solemnemente, se portaba bien unos días y luego volvía a las andadas.
Era un chico amable, muy orgulloso, que parecía incapaz de hacer algo por lo que no tuviera interés, por mucho que le preocuparan las consecuencias. Y le preocupaban mucho. Su boletín de notas era desalentador, excepto el apartado de los comentarios. Caía bien a la gente de toda condición, incluso a los policías que lo detuvieron por pintar con spray los muros de su antigua escuela primaria. (Unos incrédulos vecinos lo reconocieron.) Cuando el agente lo dejó en casa, dijo:
—Yo que tú me olvidaría de llevar una vida de delincuente, Jesse. No va contigo.
Finalmente, una tarde que estaba ayudándole con el latín, me fijé en que no tenía apuntes, ni libro de texto, nada; solo una hoja de papel arrugada con unas frases sobre cónsules romanos que tenía que traducir. Lo recuerdo sentado cabizbajo al otro lado de la mesa de la cocina; un chico con una cara pálida e imbronceable en la que se podía advertir la aparición de la más mínima inquietud con la nitidez de una puerta al cerrarse de golpe. Era domingo, la clase de domingo que uno detesta cuando es adolescente, el fin de semana prácticamente había acabado, los deberes estaban sin hacer, y la ciudad era gris como el mar en un día sin sol. Hojas mojadas en la calle; el lunes asomaba amenazadoramente entre la niebla.
Al cabo de un rato dije:
—¿Dónde están tus apuntes, Jesse?
—Me los he dejado en el colegio.
Él poseía un don innato para los idiomas, entendía su lógica interna y tenía el oído de un actor, de modo que aquello debería haber sido pan comido, pero al verlo hojear el libro de texto de acá para allá se notaba que estaba perdido.
—No entiendo por qué no traes los apuntes a casa —dije—. Esto va a dificultar mucho más las cosas.
El reconoció el tono de impaciencia de mi voz; se puso nervioso, lo que, a su vez, me inquietó ligeramente. Me tenía miedo. Yo no soportaba esa idea. Nunca supe si era algo típico entre padre e hijo, o si yo, en concreto, con mi mal genio y mi impaciencia heredados, era el motivo de su ansiedad.
—Da igual —dije—. De todas formas, será divertido. Me encanta el latín.
—¿De verdad? —preguntó él con entusiasmo (cualquier cosa con tal de desviar la atención de sus apuntes extraviados).
Miré cómo trabajaba un rato. Sus dedos manchados de nicotina rodeando el bolígrafo. Su mala letra.
—¿Cómo se rapta exactamente a una sabina, papá? —me preguntó.
—Te lo diré luego.
Pausa.
—¿Es «yelmo» un verbo? —dijo.
La situación se repitió una y otra vez, mientras las sombras de la tarde se extendían sobre las baldosas de la cocina. La punta del lápiz saltaba sobre el tablero de la mesa. Poco a poco, reparé en que se oía una especie de murmullo en la habitación. ¿De dónde procedía? ¿De él? Pero ¿de qué se trataba? Mis ojos se posaron en él. Era una especie de aburrimiento, sí, pero enrarecido, una convicción exquisita, casi celular, de la irrelevancia de la tarea que estaba realizando. Y por algún extraño motivo, durante aquellos escasos segundos, lo experimenté como si estuviera teniendo lugar en mi propio cuerpo.
Ah, pensé, de modo que así es como pasa el día en el instituto. Contra esto no se puede hacer nada. Y, de repente —fue tan inconfundible como el sonido de una ventana al romperse—, comprendí que habíamos perdido la batalla escolar.
Al mismo tiempo también supe —lo supe en las entrañas— que iba a perderlo por culpa de aquello, que el día menos pensado se levantaría al otro lado de la mesa y diría: «¿Que dónde están mis apuntes? Te diré dónde están. Me los he metido por el culo. Y si no dejas de darme el coñazo, te los meteré por el tuyo». Y entonces se marcharía, daría un portazo y se acabó.
—Jesse —dije en voz baja.
El sabía que lo estaba mirando y le ponía nervioso, como si estuviera a punto de meterse en un lío (una vez más), y aquella actividad, hojear el libro de texto de acá para allá, de acá para allá, era un modo de evitarlo.
—Jesse, deja el bolígrafo. Para un momento, por favor.
—¿Qué? —dijo.
Está muy pálido, pensé. El tabaco le está quitando la vida.
—Quiero que me hagas un favor —dije—. Quiero que pienses si quieres ir al instituto o no.
—Papá, los apuntes están en el…
—Olvídate de los apuntes. Quiero que pienses si quieres seguir yendo al instituto o no.
—¿Por qué?
Noté que el corazón se me aceleraba y la sangre me subía a la cabeza. Era una situación en la que no me había visto nunca y en la que ni siquiera me había imaginado.
—Porque si no quieres, no pasa nada.
—¿Qué quiere decir que no pasa nada?
Dilo, escúpelo.
—Si ya no quieres ir al instituto, no tienes por qué hacerlo.
Él se aclaró la garganta.
—¿Vas a permitir que deje el instituto?
—Si tú quieres. Pero, por favor, tómate unos días para pensarlo. Es muy impo…
Más tarde cobré valor con un par de copas de vino y llamé a su madre a mi ático (estaba en una antigua fabrica de azúcar) para comunicarle la noticia. Ella era una actriz larguirucha y adorable, la mujer más dulce que he conocido jamás. Una actriz poco teatral, para que nos entendamos. Pero una especialista a la hora de ponerse en el peor de los casos, y a los pocos instantes vi a mi hijo viviendo en una caja de cartón en Los Ángeles.
—¿Crees que ha pasado porque tiene la autoestima baja? —preguntó Maggie.
—No —dije—. Creo que ha pasado porque odia el instituto.
—Tiene que ocurrirle algo para que odie el instituto.
—Yo lo odiaba —dije.
—A lo mejor le viene de ti.
Seguimos así durante un rato hasta que ella acabó llorando y yo declamando generalidades apresuradas que habrían enorgullecido al mismísimo Che Guevara.
—Entonces tiene que buscar trabajo —dijo Maggie.
—¿Crees que tiene sentido cambiar una actividad que detesta por otra?
—¿Qué va a hacer entonces?
—No lo sé.
—Tal vez podría trabajar de voluntario —dijo sorbiéndose la nariz.
Cuando me desperté en mitad de la noche, mi mujer, Tina, estaba revolviéndose a mi lado, y me acerqué a la ventana. La luna se hallaba muy baja en el cielo; se había perdido y estaba esperando a que la llamaran de vuelta a casa. ¿Y si me equivoco?, pensé. ¿Y si me estoy haciendo el moderno a costa de mi hijo y dejo que arruine su vida?
Es cierto, pensé. Tiene que hacer algo. Pero ¿qué? ¿Qué puedo conseguir que haga que no acabe siendo una repetición del desastre del instituto? No lee; detesta los deportes. ¿Qué le gusta hacer? Le gusta ver películas. A mí también. De hecho, durante unos años, cuando rondaba los cuarenta, había hecho de crítico de cine de forma bastante convincente en un programa de televisión. ¿Qué podíamos hacer con eso?
Tres días más tarde vino a cenar a Le Paradis, un restaurante francés con manteles blancos y pesados cubiertos. Estaba esperándome fuera, apoyado en una balaustrada de piedra fumando un cigarrillo. No le gustaba estar solo en un restaurante. Se sentía cohibido, creyendo que todo el mundo lo consideraba un fracasado sin amigos.
Le di un abrazo; se notaba la fuerza y la vitalidad de su joven cuerpo.
—Pidamos el vino y hablemos luego.
Entramos. Apretones de manos. Rituales adultos que le halagaban. Incluso él y el barman bromearon sobre el personaje de John-Boy de Los Walton. Esperamos al camarero en un silencio ligeramente distraído. Los dos estábamos esperando a que pasara algo crucial; hasta entonces no había nada de que hablar. Dejé que pidiera el vino.
—Corbière —susurró—. Está en el sur de Francia, ¿verdad?
—Así es.
—¿Una pizca de heno?
—Exacto.
—Un Corbière, por favor —dijo a la camarera, con una sonrisa que decía: «Sé que estoy jugando a ser adulto, pero me lo estoy pasando bien». Dios, tiene una sonrisa preciosa.
Esperó hasta que llegó el vino.
—Haz tú los honores —dije.
El olió el tapón, removió torpemente el vino en su copa y, como un gato ante un plato de leche desconocido, bebió un sorbo.
—No sabría decir —dijo acobardándose en el último momento.
—Sí que sabes —dije—. Relájate. Si crees que está malo, está malo.
—Me pongo nervioso.
—Huélelo y lo sabrás. La primera impresión siempre es la correcta.
Olió de nuevo.
—Mete la nariz dentro.
—Está bueno —dijo.
La camarera olió el tapón de la botella.
—Me alegro de volver a verte, Jesse. Vemos a tu padre por aquí muy a menudo.
Miramos a nuestro alrededor. La pareja de ancianos de Etobicoke estaba allí. Un dentista y su mujer, cuyo hijo estaba estudiando empresariales en una universidad de Boston. Nos saludaron con la mano. Les devolvimos el saludo. ¿Y si me equivoco?
—Bueno —dije—, ¿has pensado en lo que hablamos?
Noté que él quería levantarse pero no podía. Miró a su alrededor como si se sintiera constreñido.
A continuación, acercó su cara pálida a la mía como si fuera a revelar un secreto.
—La verdad es —susurró— que no quiero volver a pisar el instituto.
Se me revolvió el estómago.
—De acuerdo, entonces.
Me miró estupefacto. Estaba esperando el quo del quid pro quo.
—Pero con una condición. No tienes que trabajar, no tienes que pagar alquiler. Puedes dormir hasta las cinco todos los días. Pero nada de drogas. Si tomas alguna droga, no hay trato.
—De acuerdo —dijo.
—Lo digo en serio. Como te metas en ese mundo, te daré para el pelo.
—De acuerdo.
—Otra condición —dije. (Me sentía como el detective Colombo.)
—¿Cuál? —dijo.
—Quiero que veas tres películas a la semana conmigo. Yo las elijo. Es la única educación que vas a recibir.
—Estás de broma —dijo él acto seguido.
No perdí el tiempo. Al día siguiente por la tarde le hice sentarse en el sofá azul del salón, a mi izquierda, corrí las cortinas y le puse Los cuatrocientos golpes (1959), de François Truffaut. Me pareció una buena forma de introducirlo en las películas de arte y ensayo europeas, que sabía que iban a aburrirle hasta que aprendiera a verlas. Es como aprender una variación de una gramática regular.
Truffaut, le expliqué (quería ser breve), accedió a la dirección de películas por la puerta de atrás; era un estudiante que había abandonado el instituto (como tú), evitó el servicio militar y era un ladrón de poca monta, pero adoraba las películas y se pasó su infancia colándose en los cines del París de la posguerra.
Cuando tenía veinte años, un editor compasivo ofreció a Truffaut un trabajo de crítico de cine, lo que media docena de años después lo llevó a dirigir su primera película, Los cuatrocientos golpes (que en francés significa, literalmente, «hacer las mil y una») era un retrato autobiográfico de los turbulentos primeros años de ausentismo escolar de Truffaut.
Para encontrar a un actor que interpretara la versión adolescente de sí mismo, el director novel de veintisiete años puso un anuncio en el periódico. Varias semanas más tarde, un chico moreno que había escapado de una pensión del centro de Francia y había hecho autoestop hasta París se presentó a una prueba para el papel de Antoine.
Se llamaba Jean-Pierre Léaud. (A esas alturas ya había captado la atención de Jesse.) Exceptuando una escena que transcurre en la consulta de una psiquiatra, la película se rodó totalmente sin sonido —se incorporó más tarde—, porque Truffaut no tenía dinero para el equipo de grabación. Le pedí a Jesse que atendiera a la famosa escena en la que una clase entera de chicos desaparece a espaldas de su profesora durante una excursión por París; mencioné de pasada el maravilloso momento en el que el muchacho, Antoine, está hablando con una psiquiatra.
—Fíjate en cómo sonríe él cuando ella le pregunta por el sexo —dije—. Recuerda que no había guión; fue totalmente improvisado.
Advertí justo a tiempo que estaba empezando a parecer un profesor de instituto casposo, de modo que puse la película. La vimos hasta el final, esa larga escena en la que Antoine escapa del reformatorio; cruza el campo, pasa por delante de unas granjas y atraviesa unas arboledas de manzanos hasta que llega al mar imponente. Es como si lo viera por primera vez. ¡Qué inmensidad! Parece que no tuviera límites. Baja por una escalera de madera; avanza por la arena y allí, justo donde empiezan las olas, retrocede ligeramente y mira a la cámara; la imagen se congela y la película acaba.
Momentos más tarde dije:
—¿Qué te ha parecido?
—Un poco aburrida.
Me recobré del comentario.
—¿Ves algún paralelismo entre la situación de Antoine y la tuya?
Él meditó un momento.
—No.
—¿Por qué crees que tiene esa expresión tan curiosa en la cara al final de la película, en la última imagen?
—No lo sé.
—¿Qué cara tiene?
—Tiene cara de preocupación —dijo Jesse.
—¿Por qué puede estar preocupado?
—No lo sé.
—Analiza su situación. Ha escapado del reformatorio y de su familia; es libre.
—A lo mejor está preocupado por lo que va a hacer ahora.
—¿A qué te refieres? —dije.
—A lo mejor está pensando: «Vale, he llegado hasta aquí. Y ahora, ¿qué?».
—Está bien. Te lo volveré a preguntar —dije—. ¿Ves algo en común entre su situación y la tuya?
El sonrió.
—¿Te refieres a lo que voy a hacer ahora que no tengo que ir al instituto?
—Sí.
—No lo sé.
—A lo mejor el chico tiene cara de preocupación por eso. Él tampoco lo sabe — dije.
Un momento después dijo:
—Cuando estaba en el instituto me preocupaba sacar malas notas y meterme en líos. Ahora que no estoy en el instituto, me preocupa que pueda haber arruinado mi vida.
—Eso está bien —dije.
—¿Cómo que está bien?
—Significa que no vas a relajarte y a llevar una mala vida.
—Ojalá pudiera dejar de preocuparme. ¿Tú te preocupas?
Me sorprendí inspirando de forma involuntaria.
—Sí.
—Entonces, ¿nunca dejas de preocuparte, por muy bien que lo hagas?
—Todo depende del tipo de preocupación —dije—. Ahora tengo preocupaciones más agradables que antes.
El miró por la ventana.
—Todo esto me está dando ganas de fumarme un cigarrillo. Así podré preocuparme por pillar un cáncer de pulmón.
Al día siguiente le ofrecí de postre Instinto básico (1992), con Sharon Stone. Una vez más, le hice una pequeña introducción de la película, nada demasiado elaborado. La simple regla de oro: cíñete a lo elemental. Si quiere saber más, ya preguntará.
—Paul Verhoeven —dije—. Director holandés. Vino a Hollywood después de cosechar unos cuantos éxitos en Europa. Gran impacto visual; exquisita iluminación. Ha dirigido un par de películas excelentes, ultraviolentas pero entretenidas, Robocop es la mejor de todas. —Estaba empezando a parecer un telégrafo, pero no quería confundir a Jesse—. También dirigió una de las peores películas de la historia, un clásico hortera titulada Showgirls.
Empezamos. Una rubia de piel tostada masacra a un hombre con un punzón de hielo mientras mantiene relaciones sexuales con él. Buen comienzo. Al cabo de quince minutos resulta difícil no pensar que Instinto básico no solo trata sobre gente sórdida, sino que está hecha por gente sórdida. Hay en ella una zafia fascinación infantil por la cocaína y la «decadencia» lesbiana. Pero es una película increíblemente entretenida, hay que reconocerlo. Provoca una especie de temor agradable. Siempre parece que esté pasando algo importante o repugnante, incluso cuando no es así.
Y luego están los diálogos. Comenté a Jesse que el guionista Joe Eszterhas, un antiguo periodista, cobró tres millones de dólares por este tipo de material:
Detective: ¿Desde cuándo salía con él?
Sharon Stone: Yo no salía con él. Follaba con él.
Detective: ¿Siente que haya muerto?
Sharon Stone: Sí. Me gustaba follar con él.
Jesse no podía apartar los ojos de la pantalla. Puede que hubiera apreciado Los cuatrocientos golpes, pero aquello era otra cosa.
—¿Podemos pararla un momento? —dijo, y se fue corriendo al cuarto de baño a orinar; desde el sofá, oí el ruido de la tapa del retrete seguido de un chorro, como si hubiera un caballo allí dentro.
—¡Por el amor de Dios, Jesse, cierra la puerta!
(Ese día estábamos aprendiendo toda clase de cosas.)
La puerta se cerró de golpe. A continuación, regresó a toda prisa, pisando pesadamente el suelo con los pies descalzos; volvió a colocarse en el sofá de un salto mientras se sujetaba los pantalones por la cintura.
—Tienes que reconocerlo, papá. Es una gran película.