Cineclub

David Gilmour · Capítulo 2 de 17

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Cineclub

Capítulo 2

 

Un día trajo a una chica a casa. Se llamaba Rebecca Ng, una preciosidad vietnamita.

—Encantado de conocerte, David —dijo sosteniéndome la mirada.

¿David?

—¿Qué tal el día?

—¿Que qué tal el día? —repetí como un idiota—. Hasta ahora, bien.

¿Me gustaba vivir en el barrio? Vaya, pues sí, gracias.

—Tengo una tía que vive pocas calles más arriba —dijo—. Es muy simpática. De la madre patria, pero simpática.

¿La madre patria?

Rebecca Ng (pronunciado «Ning») iba hecha un pincel: tejanos blancos inmaculados, blusa de cuello largo, cazadora de piel, botines. Daba la impresión de que se había pagado la ropa ella misma trabajando después de las clases en una boutique de Yorkville, o sirviendo copas los sábados a los ejecutivos que se quitaban las alianzas en el bar del hotel Four Seasons (cuando no estaba terminando una clase temprana de cálculo). Cuando giró la cabeza para hablar con Jesse, percibí un olor a perfume. Delicado, caro.

—Bueno, aquí estamos —dijo.

Entonces él la llevó abajo, a su habitación. Abrí la boca para protestar. Allí abajo había un foso. No había ventanas ni luz natural. Solo una cama con una manta verde andrajosa, ropa en el suelo, compactos repartidos por la habitación, un ordenador de cara a una pared, una «biblioteca» consistente en un libro de Elmore Leonard autografiado (sin leer) Middlemarch, de George Eliot (un regalo que su madre le había hecho con ilusión), además de una colección de revistas de hip-hop con negros malcarados en la portada. Sobre la mesita de noche había una colección de vasos de agua. Crujían como perdigones cuando los despegabas a la fuerza. También había alguna que otra revista «para adultos» (1-800-Slut) que asomaba en el espacio vacío entre el colchón y los muelles.

—No tengo ningún problema con la pornografía —me dijo él un día en tono prosaico.

—Pues yo sí —dije—. Así que escóndelas.

Al lado, en el lavadero, la mitad de las toallas de la casa fermentaban en el suelo de cemento. Pero me quedé callado. Intuí que no era el momento de tratarlo como a un niño y decir: «¿Por qué no tomáis un poco de leche con galletas mientras yo vuelvo a podar el jardín?».

Al poco rato el sonido de un bajo se elevó a través del suelo. Se oyó la voz de Rebecca flotando por encima de la música; luego la voz de Jesse, más profunda, segura. Luego carcajadas. Bien, pensé, ella ha descubierto lo divertido que es.

—¿Cuántos años tiene esa chica? —le pregunté cuando volvió de acompañarla al metro.

—Dieciséis —dijo—. Pero tiene novio.

—Me lo imagino.

El sonrió con aire vacilante.

—¿Qué quieres decir?

—Nada en especial.

Puso cara de preocupación.

—Supongo que me preguntaba qué hace en tu casa si tiene novio —dije.

—Es guapa, ¿verdad?

—Desde luego. Y también lo sabe.

—A todo el mundo le gusta Rebecca. Todos hacen ver que quieren ser amigos suyos. Ella les deja que la paseen en coche.

—¿Cuántos años tiene su novio?

—Los mismos que ella. Pero es un poco tonto.

—Eso dice mucho de ella —dije con remilgo.

—¿Cómo?

—La hace más interesante —dije.

Jesse echó una ojeada en el espejo que había encima del fregadero. Giró la cabeza ligeramente a un lado, hundió los carrillos, arrugó los labios y frunció el ceño gravemente. Era su «cara de espejo». Una expresión que nunca lucía en otras circunstancias. Uno casi esperaba que el pelo, tupido como el de un mapache, se le fuera a poner de punta.

—Pero su anterior novio tenía veinticinco años —dijo. (Tenía ganas de hablar de ella.) Apartó la vista con cierta dificultad de su reflejo, y su cara recuperó su fisonomía habitual.

—¿Veinticinco?

—Los tíos se le echan encima, papá. Como moscas.

En ese instante parecía más prudente que yo a su edad. Menos engañosamente vanidoso. (No era precisamente un cumplido.) Pero el asunto de Rebecca Ng me puso nervioso. Era como verlo entrar en un coche caro. Se podía oler el cuero nuevo desde aquí.

—No ha parecido que le tiraba los tejos, ¿verdad? —preguntó.

—No, en absoluto.

—Ni que estaba nervioso o algo por el estilo.

—No. ¿Lo estabas?

—Solo cuando la miro de cerca. El resto del tiempo estoy bien.

—A mí me ha parecido que estabas a la altura.

—He estado a la altura, ¿verdad?

Una vez más, noté que una especie de ligereza se apoderaba de sus extremidades, un moderado descanso de la bruma de inquietud y anticipación a la que acabaría volviendo. Qué poco podía ofrecerle, pensé. Solo aquellas rodajas de consuelo, como si estuviera dando de comer a un animal raro en el zoo.

A través de la pared se oía a nuestra vecina, Eleanor. Estaba haciendo ruido en la cocina, preparando té mientras escuchaba la radio. Un sonido triste y solitario. Medio escuchándola a ella, medio pensando en mis preocupaciones, me vi recordando de forma intermitente la primera «cita» de Jesse. Tenía diez años, tal vez once. Yo mismo supervisé los preparativos; observé cruzado de brazos cómo se cepillaba los dientes, se aplicaba mi desodorante en sus delgadas axilas, se ponía una camiseta roja, se cepillaba el pelo y se marchaba. Lo seguí agachándome detrás de los arbustos y los árboles, procurando que no me viera. (Qué guapo estaba a la luz del sol, aquella pequeña figura de palo con el pelo rojizo.)

Momentos más tarde apareció en la entrada de una imponente casa victoriana con una niña al lado. Era un poco más alta que él. Los seguí hasta Bloor Street, donde se metieron en un café, y puse fin a la vigilancia.

—Tú no piensas que Rebecca me viene grande, ¿verdad, papá? —preguntó Jesse, mirándose rápidamente en el espejo, con la cara desencajada.

—Nadie te viene grande —dije, pero el corazón me empezó a palpitar al decirlo.

 

Aquel invierno dispuse de mucho tiempo. Estaba presentando un programa de documentales que nadie veía, pero mi contrato estaba tocando a su fin y el productor ejecutivo había dejado de contestar los correos electrónicos teñidos de ligera ansiedad que le mandaba. Tenía la incómoda sensación de que mi carrera televisiva se estaba viniendo abajo.

—Puede que tengas que salir a buscar trabajo como el resto de la gente —decía mi mujer.

Esa idea me asustaba. Ir por ahí con un sombrero en la mano pidiendo trabajo a los cincuenta.

—No creo que la gente lo vea así —decía ella—. Solo serías un tipo buscando trabajo. Todo el mundo lo hace.

Llamé a unos cuantos colegas de los viejos tiempos, personas que admiraban mi trabajo (o eso creía yo). Pero tenían otros programas, mujeres, hijos. Se notaba su cordialidad al mismo tiempo que mi irrelevancia.

Había comido con personas a las que no veía desde hacía años. Viejos amigos del instituto, de la universidad, de los memorables tiempos en el Caribe. A los veinte minutos había mirado por encima de mi tenedor y había pensado: No debo volver a hacer esto. (Estoy seguro de que ellos pensaban lo mismo.) ¿Cómo voy a vivir exactamente el resto de mi vida?, me preguntaba para mis adentros. Si añadía cinco o diez años a mi situación de entonces, la cosa no pintaba muy bien. Mi confianza en que las cosas «se iban a solucionar» y a «acabar bien» se evaporaba.

Realicé un pequeño cálculo. En el supuesto de que nadie me volviera a contratar, tenía dinero suficiente para dos años. Más si dejaba de salir a cenar. (Aún más si me moría.) Pero, y luego, ¿qué? ¿Trabajar de profesor suplente? Hacía veinticinco años que no lo hacía. La sola idea me revolvía el estómago. El teléfono sonando a las seis y media de la mañana, yo saltando de la cama con el corazón acelerado y mal sabor de boca; poniéndome la camisa, la corbata y la chaqueta sport con olor a naftalina; el insoportable trayecto en metro hasta un instituto de ladrillo en un barrio que no conocía, los pasillos excesivamente luminosos, el despacho del subdirector. «¿No es usted el tipo que salía en televisión?» Los pensamientos que hacían que a uno le entraran ganas de beber un buen trago a las once de la mañana. Algo que había hecho unas cuantas veces, seguido, naturalmente, de una resaca digna de Malcolm Lowry. Has gobernado mal tu vida.

Una mañana me desperté demasiado temprano y entré en un restaurante que no conocía. Cuando trajeron la cuenta, me pareció ridículamente barata; era evidente que había habido una equivocación, y no quise que la camarera tuviera que poner dinero de sus propinas. Le hice una señal para que se acercara.

—Me parece algo barato —dije.

Ella miró la cuenta.

—No, no —contestó radiante—, es la tarifa especial de jubilados.

La tarifa especial de jubilados: para personas de sesenta y cinco años y mayores. Y lo que fue todavía más patético, experimenté una oleada de ligera gratitud. Al fin y al cabo, me había ahorrado casi dos dólares con cincuenta centavos.

Afuera estaba oscureciendo. Empezó a nevar; los copos mojados se deslizaban por los cristales. El pequeño aparcamiento situado al otro lado de la calle desapareció entre la niebla. Se veían unas luces traseras rojas moviéndose, alguien que aparcaba dando marcha atrás. En ese preciso instante llamó por teléfono la madre de Jesse, Maggie Huculak (pronunciado «Ju-shu-lac»). Acababa de servirse una copa de vino en mi ático y necesitaba compañía. Las farolas se encendieron; la niebla brillaba de forma mágica alrededor de las farolas. De repente hacía una tarde perfecta y acogedora para que dos padres hablaran de su adorado hijo: su dieta (pobre), el ejercicio (ninguno), su adicción al tabaco (preocupante), Rebecca Ng (problemas), las drogas (ninguna de la que tuviéramos constancia), la lectura (cero), las película (Con la muerte en los talones [1959], de Hitchcock, ese mismo día), el alcohol (en fiestas), su carácter (soñador).

Y mientras hablábamos me llamó la atención nuevamente el hecho de que nos quisiéramos. No en un sentido carnal ni romántico, pues aquello había quedado atrás, sino que se trataba de algo más profundo. (Cuando era joven no creía que existiera nada más profundo.) Disfrutábamos de nuestra compañía y del sonido tranquilizador de la voz del otro. Además, había aprendido a base de errores que ella era la única persona sobre la faz de la tierra con la que podía hablar de mi hijo con la profusión de detalles que me gustaba: lo que él había dicho esa mañana, lo ingenioso que era, lo guapo que estaba con su nueva camiseta de rugby. («¡Tienes toda la razón! ¡Le sientan muy bien los colores oscuros!»)

Ninguna otra persona soportaba escuchar esos comentarios durante más de treinta segundos sin saltar por la ventana. Qué lástima, pensaba. Lo que se perdían los padres cuyo odio mutuo se había endurecido tanto que los había privado de esas deliciosas conversaciones.

—¿Tienes novio? —pregunté.

—No —dijo Maggie—. Ningún chico guapo.

—Encontrarás uno. Te conozco.

—No lo sé —dijo ella—. Hace unos días alguien me dijo que es más probable que una mujer de mi edad muera en un atentado terrorista que acabe casándose.

—Bonito comentario. ¿Quién te lo dijo? —pregunté.

Ella mencionó a la actriz con cara de pato con la que estaba ensayando Hedda Gabler.

—Hicimos una lectura de la obra y al final, el director, un hombre que conozco desde hace años, dijo: «Maggie, eres como el whisky de malta solo».

—¿Sí?

—¿Y sabes lo que dijo ella?

—¿Qué?

—Dijo: «Ese es el barato, ¿verdad?».

Un momento después dije:

—Eres mejor actriz que ella, Maggie; nunca te lo perdonará.

—Siempre me dices cosas bonitas —dijo. Le temblaba la voz. Lloraba con facilidad.

 

No lo recuerdo exactamente. Puede que fuera la misma noche de niebla o unos días más tarde cuando Rebecca Ng llamó por teléfono hacia las cuatro de la madrugada. El timbre se introdujo tan bien en mi sueño (la casa de veraneo, mi madre preparándome un sándwich de tomate en la cocina, elementos que habían desaparecido hacía mucho tiempo), que en un principio no me desperté. El teléfono siguió sonando, y al final lo cogí. Era muy tarde para que una chica de su edad estuviera levantada, y no digamos para que llamara por teléfono.

—Es demasiado tarde, Rebecca; muy tarde —dije.

—Lo siento —dijo ella en un tono que hacía pensar que no lo sentía mucho—. Creía que Jesse tenía su propio teléfono.

—Aunque lo tuviera… —comencé a decir, pero se me trabó la lengua. Parecía que hubiera sufrido un ataque de apoplejía.

Uno no ataca a un adolescente a primera hora de la mañana; espera a que se haya cepillado los dientes, se haya lavado la cara, haya subido al piso de arriba, se haya sentado y se haya comido sus huevos revueltos. Entonces lo hace. Entonces dice:

—¿A qué demonios vino lo de anoche?

—Ella soñó conmigo.

Jesse intentaba moderar su entusiasmo, pero tenía el brillo de un hombre que acaba de ganar una buena mano de póquer.

—¿Te dijo eso?

—Se lo dijo a él.

—¿A quién?

—A su novio.

—¿Le dijo a su novio que había soñado contigo?

—Sí.

(Aquello estaba empezando a parecer una obra de teatro de Harold Pinter.)

—Santo Dios.

—¿Qué pasa? —dijo él alarmado.

—Jesse, cuando una mujer te dice que ha soñado contigo, sabes lo que pasa, ¿no?

—¿Qué? —Él sabía la respuesta, pero quería oírla.

—Significa que le gustas. Es su forma de decirte que piensa en ti. Que piensa mucho en ti.

—Es verdad. Creo que le gusto.

—No me cabe ninguna duda. A mí también me gustas… —Me quedé sin palabras y me detuve.

—Pero ¿qué?

—Es mezquino, simplemente. Y cruel. ¿Qué te parecería si tu novia te dijera que ha soñado con otro chico?

—Ella no lo haría.

—¿Quieres decir que si estuviera contigo no soñaría con otro chico?

—Sí —dijo, no del todo convencido.

Yo continué:

—Lo que intento decir, Jesse, es que una chica te tratará igual que trataba a su ex novio.

—¿Tú crees?

—No lo creo. Lo sé. Fíjate en tu madre; siempre ha sido amable y generosa con sus antiguos novios. Por eso no te ha envenenado los oídos ni me ha arrastrado por los tribunales.

—Ella no haría eso.

—Eso es exactamente lo que estoy diciendo. Si ella no se lo haría a otro hombre, no me lo haría a mí. Por eso te tuve con ella y no con otra.

—¿Sabías que ibais a romper?

—Me refiero a que está bien acostarte con una imbécil, pero nunca tengas un hijo con una.

Aquellas palabras le hicieron callar.

Guardo la lista de películas que vimos (fichas amarillas en la nevera), de modo que sé que durante las primeras semanas le puse Delitos y faltas (1989). Hoy día las películas de Woody Allen desprenden una sensación de apresuramiento, como si estuviera intentando acabarlas y quitárselas de encima para hacer otra cosa. Esa otra cosa, por desgracia, es otra película. Es una espiral descendente. Aun así, después de haber rodado más de treinta películas, tal vez ya haya realizado la obra de su vida; tal vez tenga derecho a trabajar a la velocidad que le apetezca de ahora en adelante.

Sin embargo, hubo una época en que estrenaba una maravilla detrás de otra. Delitos y faltas es una película que muchas personas han visto en alguna ocasión, pero, como ocurre con la lectura de los relatos de Chéjov, no captan todo su potencial la primera vez. Siempre he pensado que es una película que permite apreciar la visión que Woody Allen tiene del mundo: un lugar en el que personas como tus vecinos pueden cometer asesinatos y absurdas equivocaciones y acabar con unas novias estupendas.

Hice notar a Jesse la habilidad con que está narrada la película, la eficacia con que trata el noviazgo entre un oftalmólogo (Martin Landau) y su novia histérica (Anjelica Huston). Con solo unas pocas pinceladas, entendemos lo lejos que han llegado, al pasar de un noviazgo delirante a una unión criminal.

—¿Qué le pareció a Jesse?

—Creo que Woody Allen me caería bien en la vida real —dijo. Y tras eso, dejamos el tema.

A continuación, le puse un documental. Volcano: An Inquiry into the Life and Death of Malcolm Lowry (1976). Esto solo se puede decir una vez, así que ahí va Volcano es el mejor documental que he visto en mi vida. Cuando empecé a trabajar en televisión hace más de veinte años, pregunté a una productora directiva si había oído hablar de él.

—¿Estás de broma? —dijo ella—. Es el motivo por el que me metí en la televisión.

Incluso era capaz de citar frases de la película.

—«¿Cómo puedes esperar entender la belleza de una vieja que juega al dominó en una cantina a las siete de la mañana, a menos que bebas tanto como yo?»

La película narra la siguiente historia: Malcolm Lowry, un niño rico, abandona Inglaterra a los veinticinco años, recorre el mundo bebiendo todo lo que pilla y se instala en México, donde empieza a escribir un relato. Diez años y millones de copas más tarde, ha ampliado el relato hasta convertirlo en la mejor novela jamás escrita sobre la bebida Bajo el volcán, y ha estado a punto de volverse loco en el proceso. (Por extraño que parezca, la mayor parte de la novela fue escrita en una pequeña cabaña a unos quince kilómetros al norte de Vancouver.)

Expliqué a Jesse que hay escritores cuyas vidas inspiran tanta curiosidad y admiración como lo que escriben. Mencioné a Virginia Woolf (murió ahogada), Sylvia Plath (se suicidó con gas), F. Scott Fitzgerald (bebió hasta quedar alelado y murió joven). Malcolm Lowry es otro de ellos. Su novela constituye una de las apologías más románticas de la literatura dedicadas a la autodestrucción.

—Es escalofriante pensar cuántos jóvenes de tu edad se han emborrachado y se han mirado al espejo y han creído ver que Malcolm Lowry los miraba a ellos —dije —. Cuántos jóvenes han creído que estaban haciendo algo más importante, más poético que ponerse como una cuba.

Leí un pasaje de la novela a Jesse para demostrarle el porqué. «Me considero un gran explorador —escribió Lowry— que ha descubierto una tierra extraordinaria de la que jamás podrá regresar para comunicar sus conocimientos al mundo. Pero esta tierra se llama… infierno.»

—Joder —dijo Jesse, hundiéndose en el sofá—, ¿crees que lo decía en serio, que realmente se veía a sí mismo así?

—Sí.

Tras un momento de reflexión, dijo:

—Sé que no es lo que debería hacerme pensar, pero de alguna forma hace que te entren ganas de salir a pillar una buena cogorza.

Entonces le pedí que prestara especial atención a las palabras del documental, que en ocasiones alcanzan la calidad de la prosa de Lowry. He aquí un ejemplo, la descripción que el cineasta canadiense Donald Brittain hace de la reclusión de Lowry en un manicomio de Nueva York: «Aquí había cosas que seguían vivas pese a no tener arreglo. Ya no era el rico mundo burgués en el que uno caía sobre el suave césped».

—¿Crees que soy demasiado pequeño para leer a Lowry? —preguntó.

Una pregunta difícil. Sabía que en ese momento de su vida, abandonaría el libro a las veinte páginas.

—Tienes que conocer otros libros antes de leerlo —dije.

—¿Cuáles?

—Para eso se va a la universidad —dije.

—Pero ¿no se pueden leer de todas formas?

—Sí, pero la gente no lo hace. Hay libros que solo se leen si te obligan a leerlos. Es lo que tiene de bueno la formación académica. Hace que leas muchos libros que normalmente no te molestarías en leer.

—¿Y eso es bueno?

—Al final, sí.

De vez en cuando, Tina llegaba a casa de trabajar y observaba cómo incitaba a Jesse a subir la escalera con un cruasán entre los dedos, como si estuviera amaestrando a una marsopa en un parque acuático.

—Tiene unos padres muy comprensivos —decía.

Después de haber trabajado en verano, en vacaciones, incluso en fines de semana para ayudar a pagarse sus gastos de universidad, aquel ritual vespertino debía de resultarle un tanto irritante.

Unas palabras acerca de Tina. La primera vez que la vi corriendo por la sala de redacción —fue hace casi quince años—, pensé: «Demasiado guapa. Olvídate».

No obstante, tuvimos un breve flirteo al que ella puso fin al cabo de unas semanas con el severo comentario de que, pese a ser «alguien divertido con quien beber», yo no era «del tipo novio formal».

—A mi edad —dijo—, no me puedo permitir verme dentro de dos años en una relación sin porvenir.

Pasaron varios años. Una tarde yo estaba saliendo del banco en un centro comercial subterráneo, cuando me topé con ella al pie de la escalera mecánica. El tiempo le había alargado la cara, y parecía ligeramente ojerosa. Una relación amorosa desafortunada, confiaba. Volví a intentarlo. Tuvimos unas cuantas citas aquí y allá, y entonces, una tarde que volvíamos a casa andando de algún sitio, contemplé su silueta y pensé: Tengo que casarme con esta mujer. Fue como si se activara un mecanismo de supervivencia, como una caldera una noche fría. Cásate con esta mujer, decía, y morirás feliz.

Al oír la noticia, Maggie me llevó aparte y susurró:

—Esta vez no debes cagarla.

 

A continuación, le mostré Ciudadano Kane (1941), «Muy buena, pero en absoluto la mejor película jamás rodada». La noche de la iguana (1964), de John Huston, «Un bodrio». Y luego La ley del silencio (1954).

Empecé con una pregunta retórica. ¿Es Marlon Brando el mejor actor de la historia?

Luego solté mi rollo. Le expliqué que, aparentemente La ley del silencio trata de acabar con la corrupción en los muelles de Nueva York, pero que de lo que realmente trata es de la creciente emergencia de un nuevo estilo interpretativo en las películas estadounidenses: el método. Los resultados, en los que los actores encarnan un personaje conectándolo con la experiencia de la vida real, pueden ser excesivamente personales y ridículos, pero en esa película son maravillosos.

Seguí explicando que hay varias formas de contemplar esa película. (Ganó ocho Oscars.) A nivel literal, es una emocionante historia de un joven (Brando) que se ve enfrentado a una auténtica crisis de conciencia. ¿Permite que el mal salga impune, aunque los responsables sean sus amigos? ¿O habla sin temor?

Pero hay otra forma de verla. El director de la película, Elia Kazan, cometió una de esas terribles equivocaciones que lo acompañan a uno durante toda la vida: testificó voluntariamente ante el Comité de Actividades Antiamericanas del senador Joseph McCarthy en los años cincuenta. Durante las «investigaciones» del comité, actores, guionistas y directores fueron incluidos en la lista negra por ser miembros del Partido Comunista; sus vidas se vieron arruinadas.

Kazan recibió el apodo de «Bocazas Kazan» por haber lamido la mano de los poderosos y haber accedido a «dar nombres». Los críticos afirmaron que La ley del silencio era básicamente una ingeniosa justificación por haber delatado a sus amigos.

Vi que los ojos de Jesse se nublaban, de modo que puse punto final a la introducción pidiéndole que estuviera atento a la escena de Marlon Brando y Eva Marie Saint en el parque. El le quita el guante; se lo pone; ella quiere marcharse, pero no puede mientras él lo tenga. Cuando Kazan hablaba de Brando, siempre hablaba de ese momento. «¿Lo ha visto?», solía preguntar a sus entrevistadores con la voz de un hombre que ha presenciado en persona un incidente que no debería haber podido ocurrir en el mundo natural, pero que ha ocurrido.

La lista de películas continuó. Le puse ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1958), Plenty (1985), con Meryl Streep, El tercer hombre (1949), con guión de Graham Greene. A Jesse le gustaban algunas películas y otras le aburrían. Pero era mejor que pagar el alquiler y tener que conseguir trabajo. Cuando le puse Qué noche la de aquel día (1964) me llevé una sorpresa.

Resulta difícil para alguien que no creció a principios de los sesenta, le dije, imaginarse lo importantes que eran los Beatles. Apenas habían salido de la adolescencia y ya eran tratados como emperadores romanos allí donde iban. Tenían el don extraordinario de hacer que sintieras que, a pesar de su histérica popularidad, solo tú entendías lo geniales que eran, que de algún modo eran tu descubrimiento privado.

Le conté a Jesse que los vi en el Maple Leaf Gardens de Toronto en 1965. Nunca he visto algo parecido: los gritos, la explosión de flashes, John Lennon interpretando de forma exagerada «Long Tall Sally». La adolescente que tenía al lado intentó arrebatarme los prismáticos con tal violencia que casi me arranca la cabeza.

Le conté que entrevisté a George Harrison en 1989 cuando publicó su último disco; cómo, esperando en su despacho en Handmade Records, estuve a punto de desmayarme cuando me di la vuelta y lo vi allí: un hombre delgado de mediana edad con abundante pelo moreno. «Un momento —dijo con aquel acento que había oído en The Ed Sullivan Show—, tengo que peinarme.»

Le conté a Jesse lo acertados que estuvieron en Qué noche la de aquel día: desde el hecho de rodar en reluciente blanco y negro a hacer que los chicos llevaran los trajes negros con camisas blancas que crearían tendencia, pasando por el uso de cámaras al hombro para dar a la película un aire documental de la vida real. Aquel estilo tembloroso de noticiario influyó a toda una generación de cineastas.

Le señalé unos cuantos fragmentos deliciosos: George Harrison (el mejor actor del grupo, según el director, Richard Lester) y la escena con las horribles camisas; John Lennon esnifando una botella de Coca-Cola en el tren. (Pocas personas captaron la broma entonces.) Pero mi parte favorita, con diferencia, es cuando los Beatles bajan una escalera corriendo y salen a un campo abierto. Cuando suena «Can’t Buy Me Love» de fondo, constituye un momento tan irresistible, tan extático, que incluso hoy día me embarga la sensación de estar cerca —pero no poder poseer— de algo muy importante. Después de todos estos años, sigo sin saber qué es ese «algo», pero percibo su presencia cuando veo la película.

Poco antes de poner la película, comenté que en 2001, tan solo hacía unos años, los miembros de los Beatles que quedaban publicaron una colección de números uno del grupo. El disco fue directo a lo más alto de las listas en treinta y cuatro países distintos. Canadá, Estados Unidos, Islandia, toda Europa. Y eso viniendo de un grupo que se separó hace treinta y cinco años.

Entonces dije lo que he querido decir toda mi vida:

—¡Damas y caballeros, los Beatles!

Jesse vio la película en un silencio educado, tras el cual simplemente dijo:

—Horrible. —Y continuó—: Y John Lennon era el peor de todos. —En ese punto imitó a Lennon con asombrosa precisión—. Un hombre totalmente bochornoso.

Me quedé sin habla. La música, la película, su imagen, su estilo… Pero, sobre todo, ¡eran los putos Beatles!

—Compláceme un momento, ¿vale? —dije.

Busqué entre mis compactos de los Beatles hasta que encontré «It’s Only Love» en el compacto de Rubber Soul. Lo puse en el reproductor para que él la oyera (con el dedo levantado para captar su atención si se desviaba una milésima de segundo).

—Espera, espera —grité con gran euforia—. ¡Espera al estribillo! ¡Escucha esa voz, es como alambre de espino!

Por encima de la música, grité:

—¿No es la mejor voz de la historia del rock and roll?

Cuando la canción terminó, me dejé caer en mi asiento. Tras una pausa religiosa y en un tono con el que pretendía recobrar la normalidad (ese puente todavía me desarma), dije:

—Bueno, ¿qué te parece?

—Tienen buenas voces.

¿Buenas voces?

—Pero ¿qué te hace sentir? —grité.

Escrutándome cautelosamente con los ojos de su madre, Jesse dijo:

—¿Sinceramente?

—Sinceramente.

—Nada. —Pausa—. No siento nada en absoluto. —Posó una mano conciliadora en mi hombro—. Lo siento, papá.

¿Había en sus labios un asomo de diversión oculta? ¿Me había convertido ya en un vejestorio pomposo?