Cineclub
Capítulo 6
Una mañana, después de una ola de calor que había durado casi una semana, el aire cambió de repente. Había rocío en los capós de los coches; las nubes tenían un aspecto extrañamente vivo en su procesión por el cielo. El otoño estaba llegando irreversiblemente, ni mañana ni a la semana siguiente. Yo estaba atajando por el edificio de Manulife en Bloor Street cuando vi a Paul Bouissac sentado a solas en el café que había al lado de la escalera mecánica. Era un francés menudo con cara de búho que treinta años antes me había dado un curso sobre el surrealismo en la universidad y que desde entonces había mantenido una postura crítica levemente insultante respecto a mi carrera televisiva. Insinuaba que verme no era digno de él, pero su novio, un hombre terrible con las manos húmedas, era un gran fan mío. (Algo de lo que yo dudaba bastante, pero que me daba igual.)
Bouissac levantó una mano rolliza y blanca y me hizo un gesto para que me acercara. Yo me senté obedientemente. Hablamos de esto y de aquello; yo le hacía preguntas (comme d’habitude), y él se encogía de hombros ante su ingenua procedencia. Era la forma en que conversábamos. Cuando surgió el tema de Jesse (Et vous, vous tuez la journée comment?), me puse a soltar mi rollo, que la aversión por el instituto no era «precisamente una patología», tal vez incluso quelque chose d’encourageant, que estaba tratando con un chico que no veía la televisión ni consumía drogas. Que los niños felices empezaban a llevar vidas felices, etc., etc., etc. Continué un poco y, mientras hablaba, noté que me costaba respirar, como si hubiera subido corriendo un tramo de escalera. Bouissac me hizo un gesto con la mano para que me callara y sentí que mi cochecito, por así decirlo, se acercaba a la acera dando un brusco bandazo.
—Estás a la defensiva —dijo con un inglés de marcado acento. (Cuarenta años en Toronto y todavía sonaba como Charles de Gaulle.)
Yo insistí en que no era así y a continuación me puse todavía más a la defensiva. Explicaba cosas que no requerían explicación y me defendía de críticas que no iban dirigidas hacia mí.
—Hay un período de aprendizaje. Después es demasiado tarde —dijo Bouissac con la intolerable rotundidad del intelectual francés.
¿Demasiado tarde? ¿Quería decir que aprender es como dominar la lengua, que hay que «coger» el acento antes de cierta edad (los doce o los catorce) o ya no se hace bien? Una idea inquietante. ¿Deberíamos haberlo mandado a un colegio militar?
Tras perder interés (y mostrarlo) por mi reacción de sorpresa, Bouissac se marchó en busca de un par de manoplas nuevas para el horno. Aquel gilipollas engreído iba a dar una cena para un grupo de semiólogos internacionales aquella misma noche. El encuentro me dejó sorprendentemente afectado. Me sentía como si hubiera revelado algo; como si hubiera vendido a la baja. ¿Estaba a la defensiva por Jesse o por mí mismo? ¿Estaba alardeando como un niño de diez años en el patio del colegio? ¿Tan claro estaba? Tal vez. Pero no quería que nadie pensara que estaba haciendo una mala pasada a Jesse. (No me podía quitar de la cabeza la imagen de él conduciendo un taxi envuelto en una nube de marihuana.)
Tres chicas pasaron contoneándose; olían a chicle y a aire frío. Tal vez, pensé, la influencia que ejercemos sobre nuestros hijos está sobrevalorada. ¿Cómo se obliga exactamente a un adolescente de un metro noventa y cinco a que haga los deberes? No, su madre y yo ya habíamos perdido esa oportunidad.
Me invadió una repentina antipatía hacia Bouissac, como una súbita ráfaga de viento, y tuve la sensación de que en el futuro aquella curiosa conducta mía propia de un estudiante, aquella deferencia habitual, iba a experimentar una metamorfosis bastante desagradable.
Allí mismo, delante de la mesa, saqué un bolígrafo e hice una lista en una servilleta de papel con los nombres de todos los jóvenes con los que había ido a la universidad y que habían acabado siendo unos fracasados. Estaba B., a quien la bebida había llevado a la tumba en México; G., mi mejor amigo de la infancia, que disparó a un hombre en la cara con una escopeta bajo el estupor de la droga; M., un prodigio en las matemáticas, los deportes y todo lo demás, que ahora se pasaba los días masturbándose delante de su ordenador mientras su mujer trabajaba en un bufete de abogados del centro. Era una lista reconfortante y dramática. Incluso estaba mi hermano, mi tristísimo hermano; la estrella del atletismo, el rey de la fraternidad, que ahora vivía en la habitación de la esquina de una pensión, clamando todavía, incluso después de todos estos años, contra las injusticias de su educación.
Pero ¿y si me había equivocado? ¿Y si Jesse no salía del sótano un día de estos y «agarraba el mundo por las solapas»? ¿Y si yo había permitido que se jodiera la vida entera con una teoría equivocada que podía no ser más que pereza vista bajo el prisma de un sabelotodo? Una vez más vi un taxi avanzando lentamente por University Avenue una noche lluviosa. El turno de noche. Jesse, un tipo conocido en las tiendas de donuts abiertas toda la noche. «Eh, Jess. ¿Lo de siempre? Con eso quedará contenta.»
¿Había aprendido algo durante el último año bajo mi «tutela»? ¿Merecía la pena saber algo de todo aquello? Veamos. Sabe de la existencia de Elia Kazan y el Comité de Actividades Antiamericanas, pero ¿sabe lo que son los comunistas? Sabe que Vittorio Storaro iluminó el piso de El último tango en París colocando las luces fuera de las ventanas en lugar de dentro del plato, pero ¿sabe dónde está París? Sabe que hay que dejar el tenedor boca abajo al terminar de comer; que los Cabernet franceses suelen ser ligeramente más ácidos que los de California. (Importante información.) ¿Qué más? Que hay que comer con la boca cerrada (irregular) y cepillarse la lengua además de los dientes por la mañana (en proceso de conseguirlo). Que hay que escurrir el jugo del atún por el fregadero cuando has acabado de prepararte un sándwich (casi).
Oh, pero escucha esto. Le encanta el ataque psicótico de Gary Oldman por el pasillo con una escopeta en El profesional (León) (1981). Le encanta Marlon Brando cuando aparta bruscamente los platos de la mesa del comedor en Un tranvía llamado deseo (1951). «Mi sitio está despejado. ¿Queréis que despeje los vuestros?» Le encanta El factor sorpresa (1994), no el principio («Es una payasada»), sino la parte final. «¡Ahí —dijo—, es donde se vuelve profunda!» Le encanta Al Pacino en El precio del poder (1983). Le encanta esa película del mismo modo que a mí me encantan las fiestas de El gran Gatsby. Sabes que son atrevidas y superficiales, pero te gustaría asistir de todas formas vi Annie Hall (1977) una y otra vez. Me encuentro el estuche vacío del DVD en el sofá por la mañana. Se la sabe casi frase por frase y puede decir citas de ella. Ditto con Hannah y sus hermanas (1986). Se quedó pasmado con la Lolita (1997) de Adrián Lyne. La quiere para Navidad. ¿Son cosas de las que debería estar contento?
Lo cierto es que sí.
Pero un buen día que estaba nevando al otro lado de la ventana del salón, mientras veíamos de nuevo El precio del poder, la escena en la que Al llega a Miami, Jesse se volvió y me preguntó dónde estaba Florida.
—¿Eh?
—¿Cómo se llega desde aquí? —dijo.
Tras una pausa prudente (¿estaba bromeando?), dije:
—Tienes que ir hacia el sur.
—¿Hacia Eglinton o King Street?
—Hacia King Street.
—¿Sí?
Continué empleando cautelosa pero respetuosamente el tono de alguien a quien podían sorprender en cualquier momento con una broma. Pero no era ninguna broma.
—Bajas hasta King Street y sigues avanzando hasta llegar al lago; cruzas el lago y allí empieza Estados Unidos. —Esperé a que él me detuviera.
—¿Estados Unidos está al otro lado del lago? —dijo.
—Ajá. —Pausa—. Sigues bajando por Estados Unidos, unos dos mil quinientos kilómetros, Pensilvania, Carolina del Norte y del Sur, Georgia —seguía esperando a que me detuviera—, hasta que llegues a un estado con forma de dedo que sobresale del agua. Eso es Florida.
—Ah. —Pausa—. ¿Y qué hay después?
—¿Después de Florida?
—Sí.
—Veamos. Si vas hasta la parte de abajo del dedo, llegarás a otra zona con agua; si sigues avanzando otros ciento cincuenta kilómetros, llegarás a Cuba. ¿Te acuerdas de Cuba? Es donde mantuvimos aquella larga conversación sobre Rebecca.
—Fue una gran conversación.
—Espera —dije—. Tienes que ir más allá de Cuba, mucho más allá, hasta que llegues a Sudamérica.
—¿Es un país?
Pausa.
—No, es un continente. Sigues avanzando, miles y miles de kilómetros, selvas y ciudades, más selvas y ciudades, hasta el final de Argentina.
Él se quedó con la mirada perdida. Parecía que estuviera viendo algo muy claramente en su imaginación, pero solo Dios sabía qué era.
—¿Es el final del mundo? —preguntó.
—Más o menos.
¿Estoy haciendo lo correcto?
Era primavera en la calle de Maggie. Los árboles, que estaban echando brotes en las puntas como si tuvieran uñas, parecían extender sus ramas hacia el sol. En el curso del visionado de una de esas pomposas películas de arte y ensayo ocurrió algo muy curioso, una perfecta ilustración de la lección que la película pretendía dar. Todo empezó cuando me enteré de que la casa de al lado estaba en venta. No se trataba de la vecina que vivía al otro lado de nuestra pared, Eleanor —la única forma de que ella se marchara era con los pies por delante y una bandera del Reino Unido sujeta a la frente—, sino de la pareja del otro lado: la mujer delgada como una serpiente de las gafas de sol y su marido calvo.
Totalmente por casualidad, esa semana decidí poner el clásico italiano Ladrón de bicicletas (1948) a Jesse. La historia más triste jamás contada. Un hombre en paro necesita una bicicleta para un trabajo y consigue una con gran dificultad; todo su comportamiento cambia y recobra la confianza sexual. Pero al día siguiente le roban la bicicleta. El hombre está angustiado. El actor, Lamberto Maggiorani, tiene la cara de un niño desolado con problemas para expresarse. ¿Qué va a hacer? Sin bicicleta no hay trabajo. Resulta sobrecogedor contemplar cómo corre por toda la ciudad con su hijo en busca del vehículo perdido. Entonces ve una bicicleta y la roba. En otras palabras, decide infligir la misma agonía que ha sufrido él a otra persona. Lo hace por el bienestar de su familia, piensa, no como hizo el otro tipo. El caso es que a veces calibramos nuestra postura moral —lo que está bien, lo que está mal— dependiendo de lo que necesitamos en ese preciso momento. Jesse asintió con la cabeza; la idea le llamó la atención. Se notaba que estaba repasando los acontecimientos de su vida, deteniéndose aquí y allá, buscando paralelismos.
Pero acaban cogiendo al ladrón de bicicletas, y lo hacen en público. Parece como si todo el vecindario apareciera para ver cómo se lo llevan a rastras. Incluido su hijo, cuya cara luce una expresión que ninguno de nosotros querría ver en las caras de nuestros hijos.
Al día siguiente, tal vez unos días después, no me acuerdo, empezó a producirse un ajetreo en la casa de al lado. Vi a un tipo flaco con cara de rata curioseando en el camino situado entre mis nuevos cubos de la basura. Entonces, una mañana que la ciudad lucía un vigoroso aspecto gris, con charcos y basura en las calles como si hubiera bajado la marea (parecía que fueras a encontrarte un pez moribundo aleteando en el desagüe), apareció un cartel de «Se vende».
Me sorprendí preguntándome, al principio distraídamente y luego con creciente intensidad, si debía vender mi ático de soltero en la fabrica de azúcar (se había revalorizado muchísimo) y mudarme a la casa de al lado con mi hijo y mi querida ex mujer. En caso de que ellos quisieran, claro está. Cuanto más pensaba en ello, más quería hacerlo. Más urgente parecía. En cosa de días, el asunto adquirió una importancia vital. Puede que incluso me quedara algo de dinero sobrante de la entrada. No era cómo me había imaginado que sería mi vida, pero se me habían ocurrido ideas peores. Tal vez mi suerte cambiara viviendo cerca de ellos dos. De modo que un día, a media tarde, mi sexy vecina de las gafas de sol aparcó en la esquina su pequeño utilitario y subió a toda prisa la escalera con un maletín en la mano.
—Me he enterado de que van a vender la casa —dije.
—Así es —dijo ella sin alterarse, al tiempo que metía la llave en la cerradura.
—¿Podría echar una ojeada?
Se notaba que el agente inmobiliario con cara de rata le había aconsejado que no lo hiciera, pero ella era buena persona y accedió.
Era una casa para un hombre menudo, una casa para un francés, pero era limpia y acogedora, incluso en los recovecos del sótano (a diferencia del sótano de Maggie, donde uno temía que un cocodrilo fuera a atacarlo más allá de la lavadora). Pasillos estrechos, escaleras estrechas, habitaciones meticulosamente pintadas, minuciosas cenefas y un botiquín en el cuarto de baño que despertó mi curiosidad, aunque teniendo en cuenta su cutis claro y su aura de actividad constante y decidida, mi vecina no parecía la clase de mujer que tomara pastillas dignas de ser birladas.
—¿Cuánto? —pregunté.
Ella dijo una cifra. Naturalmente, era ridículamente elevada, pero también lo era la reciente tasación de mi ático en la fabrica de azúcar, que según me habían dicho se había puesto de moda entre toda una especie de odiosos jóvenes de éxito (móviles, barba de tres días). Un lugar para ganadores, para modernos. Para gilipollas, en una palabra.
Le explique mi situación: deseaba fervientemente vivir cerca de mi hijo adolescente y mi ex mujer. Eso la dejó desconcertada. ¿Me dejaría ser el primero en optar a la compra de la casa? Sí, dijo ella. Hablaría con su marido.
En nuestra casa se desencadenó todo un frenesí de actividad. Visitas al banco, a Maggie en el ático (una luz verde de alegría acompañada de los ojos húmedos), otra charla con la mujer delgada de la casa de al lado. Todo parecía ir bien.
Sin embargo, entonces, por motivos que no llegué a entender, la mujer delgada y su marido con cabeza de huevo decidieron no ofrecernos la primera opción de compra. Iban a recibir dos visitas, me informó con rigidez una tarde, tras las cuales nosotros podíamos hacer una oferta. Junto con todos los demás. No eran buenas noticias. Greektown también se estaba poniendo de moda; los precios eran terribles. Las casas acababan costando doscientos mil dólares más que el precio inicial.
Un día o dos antes del «día de muestra», llevé a Jesse aparte. Le pedí que reuniera a un grupo de amigos para pasar la tarde en el porche. La cerveza y los cigarrillos corrían de mi cuenta. La hora de inicio, exactamente a las dos de la tarde.
Te puedes imaginar el espectáculo. Cuando se acercaban rápidamente a la escalera de la casa de al lado, los potenciales compradores pasaban por delante de media docena de «gamberros» de piel pálida ataviados con gorros y gafas de sol que bebían y fumaban en el porche contiguo. Sus nuevos «vecinos», a un metro de distancia. Algunos coches paraban, se detenían a inspeccionar, dos esferas paralizadas en la ventanilla del pasajero, y luego se marchaban.
Al cabo de una hora más o menos, el agente inmobiliario con cara de rata apareció y preguntó a los muchachos si el dueño estaba en casa. Yo estaba encogido en la sala de estar, tratando de ver la televisión, con el estómago revuelto como si una alarma de coche estuviera sonando dentro de mí. (Los remordimientos de conciencia.)
—No, no —susurré a Jesse—, dile que no estoy.
A las cuatro en punto, las visitas concluyeron. Veinte minutos más tarde, cuando bajaba sigilosamente la escalera de casa para tomar una copa en el restaurante griego del barrio con los nervios deshechos, apareció el agente. Tenía una cara pequeña y huesuda, como si las opiniones desagradables le hubieran encogido la piel y le hubieran dado un brillo molesto. Los «caballeros del porche», dijo, estaban dando «bastantes problemas». Intenté cambiar de tema; le pregunté en tono jovial por el negocio inmobiliario, por el barrio, tal vez yo recurriera a él, iba a comprar una casa. Ja, ja, ja, mi risa de pirata. Él no se dejó disuadir. Dijo en tono adusto que los chicos habían espantado a varios compradores con sus improperios. ¡No puede ser!, dije yo, como si estuviera defendiendo a la reina.
Al día siguiente, domingo, había fijada otra visita. Lloviznaba, el cielo era de un gris tenue, y las gaviotas volaban bajo sobre el parque, algunas con la cabeza hacia atrás y el pico abierto como si estuvieran haciendo gárgaras. A pesar de mi profundo recelo, insistí en mi estrategia. Más cerveza, más cigarrillos, más gamberros encorvados mirando a una distancia intermedia. No me sentía con ánimos para quedarme y crucé el puente con mi bicicleta para ocuparme de un asunto imaginario. No volví hasta pasadas las cuatro. La lluvia había amainado. Estaba pasando por delante del restaurante griego en el que solíamos comer cuando vi a Jesse andando por la acera en dirección a mí. Estaba sonriendo, pero había algo cauteloso, casi protector, en su actitud.
—Hemos tenido un pequeño problema —dijo.
A los pocos minutos de empezar la visita, el hombre calvo había cruzado el césped como un huracán —esta vez llevaba las gafas de sol— y había aporreado la puerta con los puños. Había insistido en verme mientras los gamberros miraban.
¿A mí?
—No está —le había dicho Jesse.
—Sé lo que está haciendo —había rugido el calvo—. Está intentando boicotear la venta.
¿Boicotear la venta? Unas palabras duras. Sobre todo porque eran ciertas. Sentí una repentina e irritante vergüenza y tuve la sensación adolescente, cual llamas lamiendo el interior de una casa, de que estaba en un «buen lío». La sensación de que había cogido el coche de mi padre sin tener permiso de conducir y lo había destrozado. También tenía la incómoda sensación de que Jesse sabía que yo estaba equivocado, de que lo había sabido todo el tiempo. Por no hablar del hecho de que lo había involucrado en ello. Un magnífico ejemplo de orientación paterna. Cómo manejar una crisis. Cómo conseguir lo que uno quiere. Déjalo en mis manos, Maggie, y me aseguraré de que se enmienda y siga por el buen camino.
—Tengo a todo el mundo dentro —dijo.
—¿Se puede volver sin problemas?
—Yo esperaría un rato. Está muy cabreado.
Unos días más tarde pedí a un amigo mío que me suplantara, fingiera que era el comprador e hiciera una oferta por la casa. Ellos debieron de ver claramente mis intenciones; apenas le prestaron atención. Todo había sido en vano: mis maquinaciones, el hecho de involucrar a un grupo de chicos en un plan estúpido e inmoral. Una pareja de gays con una floristería compraron la casa por casi medio millón de dólares.
Me preguntaba si ese episodio iba a ser una de las cosas que Jesse recordaría el resto de su vida. (Nunca se sabe cuándo la ventana está abierta. Y cuando lo está, uno prefiere no tirar a un perro muerto por ella.) Al día siguiente lo llevé aparte.
—He cometido un error garrafal —dije.
—No hay nada malo en querer vivir al lado de tu familia —dijo. Pero yo lo interrumpí.
—Si hubiera intentado vender mi casa y alguien me hubiera hecho lo mismo, habría ido a por él con una metralleta —dije.
—Sigo pensando que has hecho lo correcto —insistió él.
Resultaba difícil hacerle ver las cosas de forma distinta.
—Soy como el protagonista de Ladrón de bicicletas. Convierto algo en lo correcto solo porque necesito que se haga.
—¿Y si fuera lo correcto? —contestó él.
Más tarde, cuando salimos a fumar un cigarrillo después de la película, me encontré mirando a un lado y al otro para asegurarme de que el hombre calvo o su mujer no estaban cerca.
—¿Ves las consecuencias? —dije—. Ahora tengo que tener ojo con ese tipo cada vez que salgo al porche. Es el precio que hay que pagar. Es el precio real.