Cineclub

David Gilmour · Capítulo 13 de 17

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Capítulo 13

 

Otoño. 2005. Chinatown. Después de haber cambiado de especialidad a administración de empresas, Chloë volvió a la Universidad de Kingston, Ontario. Poco después, Jesse anunció que quería dejar el trabajo del restaurante y trasladarse al norte para componer música durante un mes con un amigo, un guitarrista al que yo apenas conocía. El padre del chico era un abogado del mundo del espectáculo y tenía una gran casa en el lago Couchiching. Y también un barco. Podían quedarse allí sin pagar alquiler y conseguir trabajo de lavaplatos en un restaurante del lugar. ¿Qué opinaba yo? En realidad, no era una pregunta, y los dos lo sabíamos. Pues claro, dije.

Y entonces, sin más, se marchó. Pensé: Tiene diecinueve años, así son las cosas. Por lo menos sabe que Michael Curtiz rodó dos finales para Casablanca por si uno no salía bien. Eso tiene que servirle de ayuda en el mundo. No se puede decir que haya enviado a mi hijo indefenso.

Por primera vez, la habitación azul del tercer piso de Chinatown quedó vacía. Era como si alguien hubiera absorbido toda la vida de la casa. Pero entonces, alrededor de la segunda semana, me empezó a gustar. La cocina no estaba desordenada, no había manchas de dedos en el mango del frigorífico, y nadie subía la escalera armando estruendo a las tres de la madrugada.

De vez en cuando llamaba por teléfono a casa. Eran llamadas que hacía por ligera obligación: los árboles no tenían hojas, el lago estaba frío, pero el trabajo era aceptable; el resto iba muy bien. Estaban componiendo muchas canciones. Por la noche se quedaban tumbados en el barco, envueltos en una manta, contemplando las estrellas, y su amigo rasgueaba una guitarra. Tal vez él y Joel (así se llamaba el guitarrista) buscaran un piso cuando volvieran a la ciudad. Chloë iba a ir de visita uno de esos fines de semana.

Entonces, un buen día (la gente que iba en bicicleta volvía a llevar guantes), el teléfono sonó y oí la voz de Jesse. Era temblorosa, como la de un hombre que no es capaz de encontrarse en el presente, como el hielo deslizándose bajo los pies.

—Me acaban de dar pasaporte —dijo.

—¿En el trabajo?

—No. Chloë. Me acaba de dar pasaporte.

Habían estado discutiendo por teléfono (la vida sin rumbo de él, los fracasados de sus amigos; «camareros y empleados de aeropuerto», los llamaba ella). Uno colgó el teléfono al otro. Normalmente, ella volvía a llamar. (Ya había pasado antes.) Pero esta vez no.

Pasaron unos días. A la mañana del tercero, un día radiante en que las hojas lucían un tono cobrizo, él se despertó convencido, como si lo hubiera visto en una película, de que ella se había echado otro novio.

—Así que la llamé al móvil —dijo—. No contestó. Eran las ocho de la mañana. —No es un buen progreso, pensé, pero no dije nada.

La llamó durante el día desde la cocina del restaurante; le dejó varios mensajes. «Por favor, llama.» El pagaría la tarifa de larga distancia. Mientras tanto, él seguía teniendo la convicción, la certeza que crecía como una mancha de tinta por todo su cuerpo, de que estaba ocurriendo algo muy grave, de que estaba pisando un terreno que no había pisado antes.

Finalmente, cerca de las diez de la noche, ella lo llamó. El oía ruido de fondo. Música, voces apagadas. ¿Dónde estaba? En un bar.

—¿Te llamó desde un bar? —dije.

El le preguntó si pasaba algo; apenas podía hablar. Era como hablar con una extraña. «Tenemos cosas de las que hablar», dijo ella. Unas palabras indistinguibles. No estaba seguro, pero sonaba como si hubiera tapado el micrófono y hubiera pedido un martini al camarero.

El no perdió el tiempo (siempre me ha impresionado esa forma de actuar suya) y fue directo al grano. «¿Estás cortando conmigo?»

«Sí», dijo ella.

Entonces él cometió un error. Le colgó el teléfono. Colgó y esperó a que ella le llamara llorando. Se paseó de un lado a otro del salón de su casa de campo en el norte, mirando fijamente el teléfono. Hablando en voz alta con ella. Pero el teléfono no sonó. Al final la volvió a llamar. «¿Qué está pasando?», dijo.

Entonces ella hizo lo que le correspondía. Había estado pensando en ello, dijo, y creía que no estaban hechos el uno para el otro; ella era joven, iba a la universidad, estaba en la cúspide de «un futuro apasionante en el mundo laboral». Un tópico detrás de otro, pronunciados con su nuevo tono de chica ajetreada. Anteriormente, Jesse había oído indicios de él, pero ahora no hacía que le entraran ganas de estrangularla; ahora hacía que ella le diera miedo.

«Te vas a arrepentir de esto, Chloë», dijo.

«Puede», dijo ella despreocupadamente.

«Se acabó, entonces —dijo él—. Ya estoy fuera de tu vida.»

—¿Y sabes lo que me dijo entonces, papá? «Adiós, Jesse.» Dijo mi nombre muy dulcemente. Me partió el corazón oír que decía mi nombre así: «Adiós, Jesse».

Su amigo, Joel, llegó más tarde después de su turno en la cocina. Jesse le contó la historia.

«¿En serio?», dijo Joel. Escuchó durante unos diez minutos mientras cambiaba las cuerdas de su guitarra acústica y luego perdió el interés, o eso pareció, y quiso hablar de otra cosa.

—¿Has dormido? —pregunté.

—Sí —dijo él; parecía sorprendido por mi pregunta.

Notaba que quería algo de mí, pero al mismo tiempo sabía que no había nada que yo le pudiera ofrecer salvo una forma de expulsar el veneno que su cuerpo había estado acumulando durante las últimas cuarenta y ocho horas.

Finalmente dije (inútilmente):

—Ojalá pudiera ayudarte.

Entonces él empezó a hablar. No recuerdo lo que dijo; no era importante, sino simple cháchara.

—Tal vez deberías volver a casa —dije.

—No lo sé.

—¿Puedo darte un consejo? —dije.

—Claro.

—No abuses de las drogas ni del alcohol. Tómate unas cuantas cervezas. Sé que te sientes fatal, pero si te emborrachas, te despertarás por la mañana pensando que tu vida es un infierno.

—Ya lo pienso —dijo él con una risa triste.

—Créeme —dije—, puede ser mucho peor.

—Espero que tú me sigas queriendo.

—Claro que te sigo queriendo.

Pausa.

—¿Crees que tiene otro novio?

—No tengo ni idea, cielo. Pero creo que no.

—¿Cómo es eso?

—¿Cómo es qué?

—¿Cómo es que crees que no tiene otro novio?

—Sería demasiado rápido, eso es todo.

—Los tíos intentan ligar con ella constantemente.

—Eso no quiere decir que ella se vaya a casa con ellos.

Me arrepentí de las palabras que había elegido nada más decirlas. Abrieron el telón y dejaron al descubierto una nueva pantalla con imágenes. Pero él ya estaba pensando en otra cosa.

—¿Sabes lo que me da miedo? —dijo.

—Sí, lo sé.

—No —dijo él—, lo que me da mucho miedo.

—¿Qué?

—Me da miedo que se acueste con Morgan.

—No creo que eso vaya a ocurrir —dije.

—¿Por qué no?

—Parece que ella ya ha terminado con él.

—No me molestaría tanto si fuera otra persona.

No dije nada.

—Pero me sentiría fatal si fuera Morgan.

Hubo una larga pausa. Me lo imaginaba en aquella casa de campo, con el lago desierto, los árboles sin hojas y un cuervo graznando en el bosque.

—Tal vez deberías volver a casa.

Otra larga pausa reflexiva en la que percibí que se estaba imaginando cosas horribles.

—¿Podemos seguir hablando un poco más? —dijo.

—Claro —dije—. Tengo todo el día.

 

A veces, cuando sonaba el teléfono ya entrada la noche, vacilaba un segundo. Me preguntaba si tenía ánimos para ello, para enfrentarme a su angustia irreparable. A veces pensaba: «No voy a contestar. Lo haré mañana». Pero entonces me acordaba de Paula Moors y aquellas espantosas mañanas de invierno en las que me despertaba muy temprano y el día entero me bostezaba en la cara.

—¿Recuerdas que me dijiste que Chloë te aburría a veces? —le dije una noche por teléfono.

—¿Dije eso?

—Dijiste que te daba miedo viajar con ella porque te podía aburrir en el avión. Me dijiste que solías apartar el teléfono del oído porque ya no soportabas escuchar su rollo de trepa.

—No recuerdo haberme sentido así.

—Pues así te sentías. Era la verdad.

Larga pausa.

—¿Crees que es infantil que esté hablando con mi padre de esto? No puedo hablar con mis amigos. Dicen cosas estúpidas. Sé que no es su intención, pero me da miedo que vayan a decir algo que me haga mucho daño. ¿Sabes lo que quiero decir?

—Desde luego.

Un ligero cambio de tono, como el de un hombre que por fin confiesa un crimen.

—La llamé —dijo.

—¿La llamaste?

—Se lo pregunté.

—Ha sido muy valiente por tu parte.

—Me dijo que no.

—¿Que no qué?

—Que no se estaba acostando con nadie, pero que no era asunto mío si lo hacía.

—Vaya comentario de mierda —dije.

—¿Que no es asunto mío? Hace unos días estábamos juntos y ahora no es asunto mío.

—¿Qué hiciste…? —Me detuve—. ¿Qué cree ella que hiciste para que se enfadara tanto?

—Morgan la trataba como la mierda. La engañaba en todas partes.

—¿De veras?

—Sí.

—Pero ¿qué hiciste tú, Jesse?

—¿Crees que voy a volver a tener una novia tan guapa como ella?

Y así continuó. Ese otoño yo tenía otras preocupaciones en mi vida: mi mujer, un gran artículo para una revista sobre Flaubert, las tejas que se caían del tejado del tercer piso, otra crítica de una película para «ese periódico», un inquilino en el sótano que era incapaz de pagar el alquiler a tiempo, una muela en un lado de la boca que requería una corona (el seguro de Tina solo cubría la mitad), pero había algo en el terror sexual de Jesse que no me podía quitar de la cabeza.

La gente decía: «No le pasará nada. Así es la vida. Nos pasa a todos», pero yo sabía cómo eran las películas que te pasan por la cabeza en medio de la noche y sabía que te pueden volver casi loco de dolor.

Y se hacía raro que justo cuando estaba empezando a acostumbrarme a que él no estuviera, a que la fuerza de la propia vida lo hubiera lanzando al mundo, ahora, en cierto sentido, volvía a tenerlo en casa. Y no quería que fuera así. Me habría alegrado mucho más de ser el último en su lista social, el padre con el que cenaba cuando todos sus amigos estaban ocupados.