Doce anillos

Yuri Andrujovich · Capítulo 9 de 27

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Doce anillos

III Caruso de Noche

III

CARUSO DE NOCHE

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9

Sí, Roma ya no estaba, ni a su lado en la cama, ni en la habitación: justo antes del amanecer, tras adormecerse en una breve combinación entre sueño y realidad, cruzó finalmente al lado de ésta última. Al llegar al pasillo, se aseguró de algo de lo que ya estaba segura: Karl-Josef Zumbrunnen aún no había regresado. ¡Como si con escuchar al lado de su puerta y luego llamar cuidadosamente (cada vez con más insistencia) hubiera podido cambiar algo! Al cabo de un cuarto de hora se atrevió a empujar el cerrojo. La puerta cedió, claro: ninguna llave la había cerrado desde ayer y ningún Zumbrunnen había estado allí desde ayer.

Los demás aún estaban durmiendo y el balneario estaba en silencio.

Entonces, Roma Vorónych se dirigió al comedor grande, desde donde podía observar a través de la ventana los pastizales cercanos a la casa. Al mismo tiempo, se le rompió la taza y manchó el antepecho de la ventana con restos de café. «No creo que hoy haga buen tiempo», resolvió. La tarde del día anterior había tenido que abrirse paso durante largo rato entre la maleza de las hayas, en el extraño y frío crepúsculo que rápidamente se convirtió en oscuridad de la noche («¿adonde, adonde se ha metido este estúpido?»). Zumbrunnen debía haber salir disparado hacia abajo. Ella miró angustiada el trampolín, pero abandonó la idea del último vuelo; finalmente le alcanzó en la entrada al bosque, y se fueron juntos por el sendero.

—Iré contigo —dijo ella, tomando aliento.

—Sounds cool, [81] aprobó él. Cada vez que no estaba de acuerdo con algo, recurría a estas estúpidas frases inglesas.

Durante un rato caminó unos pasos por delante de ella.

—¡Mira qué luna! No hace falta ni linterna —dijo ella, pero no funcionó

—. ¿Por qué no dices nada? —preguntó, siguiéndole unos doscientos pasos más.

—Tienes que decidirte de una vez —respondió Zumbrunnen, saliendo con decisión del fango. Después, se detuvo delante de una de las barreras y se volvió hacia donde estaba Roma.

—¿Y esto, qué tiene que ver? —dijo ella, fingiendo no haberle entendido y mirando atenta hacia abajo, a sus pies. No quería mancharse hasta las rodillas, o más arriba.

—Tienes que decidirte por uno de los dos —Zumbrunnen soltó todo lo que llevaba dentro—. Esto no puede durar así para siempre —dijo al cabo de un instante, mirando cómo ella movía su cabeza de un lado a otro, evaluando el siguiente paso—. Creía que estabas bien conmigo. ¿O

simplemente fingías? —Sin obtener respuesta, continuó—: Pensaba que era algo más. Y aún lo sigo pensando. Tienes que explicárselo todo: todos nos sentiremos mejor.

—¿Lo has decidido por mí? —respondió ella, notando con terror cómo su pie derecho se hundía en aquel apestoso limo primaveral—. ¡Muchas gracias!.

—No, yo no. Tú misma lo has decidido. Creí que ya lo habías decidido entonces, aquella primera vez, en aquel hotel. Y cada siguiente vez.

Recuerdo cada una de aquellas veces. Pensaba que tú también las recordarías. Y si no, entonces lo que eres es....

—¿Qué?, dilo ya —insistió ella oyendo el sospechoso chapoteo de fango bajo su pie izquierdo.

—¿De verdad lo quieres oír? —preguntó él, apoyando ambas manos sobre aquella barrera podrida.

—Quiero que termines la frase —Roma no le dejó alternativa—. Me exiges tantas cosas, ¿y qué contigo?

Zumbrunnen estaba absolutamente pálido bajo la luz de la luna.

—Si esto era sólo una diversión —sus labios no lograban crear una fina sonrisa cínica—, una aventura pasajera con el tutelado extranjero, entonces lo que eres es una puta, y nada más. ¡Ahí lo tienes: ya lo he dicho! —

Entonces volvió a darle las gracias, y luego dijo—: ¡Dame la mano de una vez! No ves cómo estoy...

Así, pues, le ofreció su mano terriblemente fría, estrechó con fuerza su muñeca (ella sintió este frío incluso a través del jersey y la cazadora), sacó a Roma de aquel abismo pantanoso, pero no la soltó: la atrajo violentamente hacia sí, su otra mano se deslizó por la espalda de Roma hasta sentir la redondez de sus nalgas y se metió ansiosamente en la raja estrechísima entre las medias y las braguitas. Empezó a buscar sus labios, pero tropezó torpemente contra la mejilla o el cuello. Roma se defendía con todas sus fuerzas («así que soy una puta, ¿eh?»), él se echaba a plomo sobre ella, la estrujaba, escudriñaba con las manos bajo el jersey, por todas partes: evidentemente tenía ganas de follársela precisamente sobre aquella barrera de mierda; respiraba sobre su cara con una mezcla rancia de alcohol y nueces, pero en cuanto sus dedos se agarraron a la cremallera de los téjanos, ella pudo («¡pues no, una satisfacción así, no la tendrás!») liberar una mano y pegarle una bofetada, enviando al quinto pino las gafas de Zumbrunnen.

Claro está que ella no habría sido Roma Vorónych si todo esto no hubiera acabado con una vertiginosa caída de ambos. El se encontró debajo de ella, sosegado de repente, así que ella se levantó primero.

—Eres un bruto —dijo al cabo de unos instantes, mientras arreglaba su ropa torcida—. Coge tus gafas. Y ni se te ocurra tocarme nunca más —

añadió con tanta firmeza como le fue posible. El se puso las gafas (el cristal derecho se había roto) y con la misma firmeza respondió:

—Déjame. No quiero que me sigas.

—¡Pues vete! —dijo ella en ucraniano—. ¡Que te den! ¡Borracho asqueroso!

Roma pudo contenerse y no romper a llorar, y se alejó de él a campo traviesa, por el fango. Ahora derramará sus lágrimas estúpidas, pero él ya no podrá verlas. Karl-Josef lanzó una mirada tras ella, hizo un ademán con la mano igual que un espantapájaros con la manga vacía, y cojeando ligeramente siguió su camino.

Y ahora no estaba. A eso de las once, los otros aparecieron en el comedor. En realidad, no aparecieron todos, sino sólo tres de ellos: Artur

Pepa, Volshébnyk y Kolomea. La conversación languidecía, el tintineo de las tazas y los tenedores hacía la situación insoportable.

—No estará mal allí, en aquel decimotercero —dijo Artur (evidentemente era Artur: siempre dice algo, no puede estarse callado).

El director continuaba construyendo en silencio unos bocadillos cada vez más grandes; los tipos del jersey negro de cuello de cisne (hoy ya parecían otros) circulaban entre el comedor y la cocina, y Pepa seguía con el cuarto Priluki de la mañana («¿tenemos un nuevo inquilino?», preguntaba, para no estar callado).

El profesor, por lo visto, se había ido antes del amanecer.

—¿Así que ahora nos hemos quedado sin Antónich? —Pepa fijó tristemente su mirada en los cuernos de ciervo que colgaban de la pared.

—Acabo de..., esto..., de despedirle —dijo Yarko Volshébnyk—. Me pidió que os diera recuerdos de su parte».

—¿Por qué se ha ido tan de repente? —suspiró Pepa, mientras arrojaba las cenizas de Priluki en el cenicero de cerámica. En un instante se dio cuenta de la mirada ausente de Roma y volvió a desviar los ojos hacia el director («¿y tus titis hoy no desayunan?»), se cercioró de que así no podría atraer la atención de ella y soltó un par de círculos de humo. Volshébnyk finalizó la construcción de aquella pirámide comestible con una hoja de lechuga («ellas también..., cómo es esto..., se han ido. Las han filmado, y adiós. Cosas del presupuesto...») y, tras coger con ambas manos y por los lados su innovadora creación, hincó con placer los dientes en su estructura de mil y una plantas. A Pepa le importaban un comino estos asuntos, pero aquel silencio sepulcral interminable, que sólo rompía el clamor de los pájaros, le resultaba insoportable («y ellas qué, ¿se han marchado con el viejo?». «Algo por el estilo», respondió Yárchyk, masticando). Artur se imaginó cómo Lilia y Marlena, con sus raquíticas chaquetas de piel turca y acompañadas por el profesor torpe («¡Que sostenga su sombrero con ambas manos!») subían al helicóptero, cómo, inmediatamente después, sujetándolo por los brazos, subían al viejo endeble, y cómo en el último momento el sombrero de éste, llevado por el viento, se alejaba en dirección a la densa oscuridad transilvana. «Podría ser», pensó Artur.

Kolia salió a la terraza. Se quedó un rato al lado de un chico desconocido de cabello rizado (este último parecía estarle explicando algo divertido, porque los dos se rieron un poco), entró en el comedor («¡El séptimo anillo es cuando te sientes ligera y libre con un desconocido, como si hiciera cien años que le conoces!») y se dispuso a elegir unas manzanas del jarrón («¿Tenemos un nuevo inquilino?», repitió su reciente pregunta Pepa). Finalmente escogió dos, las más grandes y rojas («También de Lviv.

Ha venido a pasar el fin de semana». «¿Acompañado?». «Por lo visto solo»), secó las gotas de agua con una servilleta y volvió a la terraza («¿Está el champú en vuestra habitación, mami? Quiero lavarme el pelo»).

La señora Roma la siguió con la vista («Haz lo que quieras; allí lo verás, en la mesita del baño»), y luego volvió a mirar a través de la ventana, donde no había nada excepto un paisaje fastidioso y absolutamente maravilloso: la nubosidad variable, el viento, la colosal sombra en la sierra cercana y la inscripción kilométrica, hecha de piedras de río: la iniciativa de los CÁRPATOS: NO NOS AVERGONCEMOS DE LO NUESTRO («Y esto, ¿de dónde ha salido? Ayer no estaba. ¿Y cómo han subido tantas piedras a una altura como ésa?». «Pero ayer no es hoy», pensó ella. Ayer, todo era de una manera, y hoy es absolutamente diferente).

Entre la una y las dos, empezaron a expresar sus hipótesis en voz alta:

—Lo más probable es que se haya perdido en el bosque. A veces te pierdes entre los pinos incluso de día, y de noche aún es mucho más fácil.

El bosque es un laberinto terrible, un enorme monstruo verde, especialmente este bosque virgen y salvaje. Deja entrar a los frívolos forasteros vieneses, acostumbrados solamente a los valses sobre el parqué de los palacios, y no les quiere dejar salir de ninguna manera. Pero esto no es Viena, ni siquiera un bosque vienés en el que todas las sendas están asfaltadas. Este bosque es verde, y el verde devora.

—Sin embargo, era una noche de luna llena —objetó la señora Roma—, incluso pude ver la raja en el cristal de sus gafas («¿en serio?», Artur se rascó la venda que llevaba en la cabeza), pero antes que nada, él es un viajero experimentado: lleva recorridos centenares de kilómetros, y tan sólo en nuestros Cárpatos decenas de los itinerarios más difíciles; hasta es capaz de hacer fuego con ayuda de una única cerilla. Al fin y al cabo, ¿no habría

salido ya de aquel bosque virgen que tampoco era tan espeso? Además, hay tantas referencias: los carteles de madera, los claros del bosque, el viejo ferrocarril, los montones de chatarra, las barreras...

—Etcétera, dijo Artur Pepa, que había enterrado para siempre la idea del despistado vienés con un sombrero de copa negro y unos guantes perfumados perdido entre tres pinos.

—Y los animales salvajes —dijo Kolia, mientras bajaba al comedor con la toalla en forma de turbante atada a la cabeza.

—Sí, los tigres dientes de sable y los osos cavernarios —la apoyó su papá.

—No es necesario exagerar —replicó Volshébnyk—; aquí se han divisado lobos, linces, y hasta jabalíes.

«Tu sí que eres un jabalí», quiso decirle la señora Roma, pero en voz alta únicamente objetó que eran personas maduras y que, en lugar de seguir con estas conversaciones inútiles, tenían que hacer algo. Sin embargo, Volshébnyk insistía en lo suyo:

—¡Habéis visto en el bosque, aquí y allí, calaveras, mandíbulas, restos de costillas y vértebras de ciervos! ¡Alguien, cómo decirlo, los debe haber matado!

—O, por ejemplo, una avalancha. ¿Habéis visto cómo caen las avalanchas de las montañas? Hay que despertar a los perros guardianes, aquellos grandes —finalizó resueltamente Yárchyk.

—A mí me parece que sencillamente está bebiendo vodka en el kilómetro trece —intentó tranquilizarlos Pepa—. O, quizás, en alguna parte se ha descolgado del camino y ahora está durmiendo y no necesita gran cosa. ¿Queréis que vaya y le saque de allí? De paso traeré bebida, porque el día se pierde en vano y estamos en vísperas de fiesta.

Pero a la señora Roma no le agradó la idea, especialmente después de imaginarse cómo aquel estúpido también se iría y terminaría por perderse.

Lo peor era que quizás tuviera razón respecto a Zumbrunnen. Durante un rato la dominó absolutamente la versión de un envenenamiento absolutamente terrible con alcohol: garrafas de alcohol etílico, parálisis, estado de coma o, al menos, síndrome de Amok producido por el

aguardiente. Ya hacía años que en el periódico Exceso escribían sobre este tipo de cosas.

A las tres y cuarto aún no había llegado, y a las cuatro y veintisiete apareció en la pendiente una figura masculina que iba subiendo en dirección al balneario por el viejo camino militar. La figura avanzaba muy lentamente, se detenía a menudo, se observaba por todos lados, andaba con extraños rodeos entre las piedras y los abedules enanos y con todo esto daba esperanzas a Roma. A las cuatro treinta y ocho la figura se acercó lo suficiente como para que Roma entendiera que se trataba del nuevo inquilino del balneario, que regresaba después del paseo con un ramo de crocos azules y blancos (¡adivinad para quién!) en las manos.

A las cinco y media, Yárchyk Volshébnyk trajo la noticia de que había estado en la habitación de Zumbrunnen donde todas sus cosas, incluidos la cámara personal NikonF5 y unos cuantos carretes usados, seguían en su sitio. Esto significa que tenía la intención de regresar, reparó oportunamente Artur Pepa, detective privado. Kolia llenó un jarrón de agua y lo puso en su habitación pensando que el octavo anillo es cuando el corazón se encoge.

Entonces, Volshébnyk propuso ir a buscar a una astróloga.

—Hace un año, por aquí cerca, hicimos un reportaje para el canal uno, para Taquicardia —explicó el director—. Taquicardia es el nombre de un programa sobre..., cómo decirlo..., fenómenos paranormales.

—Lo conozco —afirmó Pepa, aunque no acostumbro „ verlo. De hecho, nunca veo el primer canal —añadió entre paréntesis.

—Pues eso —dijo Volshébnyk sin ofenderse—: aquí vive una astróloga.

Ella es..., eso mismo..., telépata, o sea, si telepatea, puede, por unos cinco pavos, digamos, encontrar una oveja: saber si se ha quedado rezagada, o se ha perdido. Entonces esta astróloga sólo con un abracadabra, etc., enseguida dice dónde está la oveja, todos van allí, y realmente allí está la oveja.

—Bueno, nuestro Zumbrunnen no es una oveja —cortó al director Artur Pepa, comisario de policía.

—Es cierto —dijo Volshébnyk, de nuevo sin ofenderse—: no saldrá por cinco pavos, serán unos cincuenta.

—Dejadlo ya —dijo la señora Roma con las manos en las sienes.

A las seis y doce, Artur Pepa constató que le quedaban sólo dos cigarrillos y que en cualquier caso habría que ir al kilómetro trece.

—Aún hay otra versión más —les dijo Yárchyk Volshébnyk a las seis y trece. Cuando salga del bosque por el camino, entonces, un poco más arriba, a un medio kilómetro aproximadamente, antes del puente, tiene éste, el de gitanos. Unas dos o tres chozas, un basurero y un par de estufas... Y

un cagadero, quizás. Se dicen muchas cosas sobre ellos, como si de verdad fuera un rey gitano y su familia, o sea, sus sirvientes, un harén y un montón de niños. Porque no son unos gitanos cualquiera, o unos gitanos ladrones de pisos, son auténticos gitanos asesinos. Su especialidad son los asesinatos por encargo, especialmente de sacerdotes; no, encargados por sacerdotes, no; quiero decir que asesinan a sacerdotes por encargo. Y también el saqueo y el bandolerismo. Pues eso es, el rey. El asunto es que él es el rey, pero en esta, cómo se dice, en la diáspora.

—En la emigración, le corrigió Artur Pepa.

—Pues sí, en la expatriación —encontró una palabra más exacta Volshébnyk—. El palacio y toda su corte, y todo aquello, las reservas de oro y piedras preciosas, todo lo tiene en el extranjero, en Pensilvania.

—Transilvania —le corrigió Artur Pepa.

—Pues en Transilvania, es lo de menos —continuaba Yárchyk Volshébnyk—. O sea, según su religión resulta que no pueden acudir a sus bienes hasta que no inmolen a un ser humano. Sangre, corazón, órganos.

Claro está que la víctima ha de ser de los otros, o sea, de los nuestros. Me refería a un blanco, es decir, a alguien que no sea gitano. Así que se quedaron aquí, entre el bosque y el Río. Los lugareños, digamos, lo saben todo desde hace mucho tiempo, y evitan cruzarse en su camino. Y si algún forastero no lo sabe, le pueden entruchar en su choza y...

—No quiero oír nada más —dijo la señora Roma y se alejó de la ventana por enésima vez. Las alas de la imaginación la llevaron enseguida a la orilla del Río y vio cómo KarlJosef andaba a la manera de los forasteros, entre montones de latas vacías, y entraba medio inclinado en una choza negra y ahumada, con unos niños gitanos chillones y revoltosos que le golpeaban por todas lados.

—¿Por qué nos quedamos aquí quietos y no vamos a ningún sitio? —

preguntó ella.

—Yo ya hace rato que lo he propuesto —recordó Artur Pepa—. Nos acercaremos al Río, miraremos, y luego al 13.

—Podemos bajar en dos grupos —Volshébnyk lanzó la idea—. Unos irán por el camino a través del bosque y luego al puente; y los otros también a través del bosque, pero más a la izquierda, hacia estos gitanos asesinos. Si pasa algo, nos encontramos delante del puente.

—Yo le daría una media hora más —dijo Artur Pepa.

Precisamente en este momento acarició en el forro de su chaqueta, en alguna parte del bolsillo agujereado, un paquete olvidado de Priluki.

—¿Puedo ir con papá? —preguntó Kolia—, mientras convertía su cabello sedoso en una cola de combate.

—No, tú te quedas aquí —cortó Roma— en tu habitación. Soy yo la que iré con papá.

Ante aquella decisión, Kolia sólo frunció un poco la boca, pero no demasiado, porque el noveno anillo es cuando te quedas sola y no puedes escapar de ello.

—En cuanto a usted —dijo Roma a Volshébnyk, siguiendo con su función organizadora—. Tenemos que llegar a tiempo antes de que anochezca. Lo mejor sería salir ya, inmediatamente, nada de media hora más. ¿Viene o se queda, Volshébnyk?

—Ahora voy —respondió el director—, sólo que antes pasaré por mi habitación y cogeré allí esto mismo, un spray antipersona, etc. Y ustedes, pues eso, de todas formas no me esperen, nosotros..., cómo se dice..., vamos cada uno por su camino.

—Así pues, está decidido: Artur y Roma irán a través del bosque por el camino y Yárchyk Volshébnyk, como si fuese otro grupo, bajará al Río por el lado izquierdo y se orientará con la vía antigua, el ruido del agua y las ramas de los avellanos.

«Sí —se decía Yárchyk Volshébnyk— sí, sí, sí». «¿No hemos olvidado nada? No hemos olvidado a nadie», respondió, o más bien ladró en él su lejana infancia de pionero y de onanismo colectivo en los meaderos regados

con cloro». «No hemos olvidado nada», convino con su infancia Yárchyk Vol-shébnyk.

Pero, ¡este pantalón de Malta es una maravilla, cuántas cosas se pueden llevar en los bolsillos! De nuevo el control total. En la pernera izquierda había cuatro bolsillos. El primero de ellos, lateral y profundo, contenía el original del acuerdo firmado por ambas partes, doblado en ocho pliegues y forrado de plástico; el sobre más fino, con todos los visados necesarios y el sello de armas de la fundación La Iniciativa de los Cárpatos, contenía el sobre más grueso, con los honorarios. Aparte de esto, el bocadillo número uno, o sea, el más grande de todos, con cuatro pisos de mayonesa.

Otro bolsillo —llamado el del culo— era el que contenía el cassette, la razón por la que todo aquello se había emprendido. El material grabado prometía ser una bomba. Igual que prometía ser una bomba, pero de calorías, el bocadillo número dos, de panceta, aceitunas y aceite de mostaza, que llevaba en aquel mismo bolsillo.

A ambos lados de la rodilla había dos bolsillos simétricos más. El primero sólo contenía el bocadillo número tres, una sinfonía de queso. El segundo, el bocadillo número cuatro («¡descubre el gusto del océano!») y la edición de bolsillo de Hazte Digno de ser Salvado, que no había conseguido leer hasta el final. Por el camino hacia aquí, Yárchyk Volshébnyk leyó hasta la página veintiocho, pero el folleto tenía cincuenta y dos, y quería saber qué había más adelante y cómo acabaría todo aquello.

En cambio, la pernera derecha tenía tres bolsillos más. El primero de ellos, igual de lateral e igual de profundo, contenía no sólo el spray antipersona anunciado por Volshébnik (exactamente bajo su mano derecha:

¡sacar y rociar!), sino también un spray más, con Dichlophos, y una lata de 0,5 litros de Vartsábych Premium, la cerveza rubia local.

Por lo que al del culo derecho se refiere, en él había un cassette más, con una copia de lo filmado. Y también, claro está, el bocadillo número cinco, el cracker-salami, una introducción ligera a la dieta equilibrada.

Aún quedaba el bolsillo de la cadera, el último de la pernera derecha, tan importante como el resto, porque en él había: el bocadillo número seis, el gran universal, hecho con todos los ingredientes presentes en los bocadillos ya mencionados, la apoteosis del arte de Volshébnyk; una lata de

o, 7 litros de Vartsábych Oksamyt, la cerveza negra local; el vibrador en forma de miembro masculino de 22,5 cm de longitud alquilado para el rodaje a la empresa Placer-2; y dos mini tapacoños dorados de forma triangular con cordones de plata, alquilados para el rodaje a la misma empresa.

Yárchyk Volshébnyk volvió a echar una mirada aún más quisquillosa a la habitación en la que le había tocado pasar estos días y noches. Abrió todas las puertas que encontró, comprobó los cajones, miró por debajo de la almohada y las alfombras. ¿No hemos olvidado nada? Parece que nada.

Cassettes, bocadillos... Tenía que haber algo más con «ca», pero no se le ocurría nada, excepto «cadenas». Tampoco tenía tiempo para recordarlo.

—Joder —dijo Yárchyk Volshébnyk— joder, nos largamos.

A Yárchyk le gustaba ser tan práctico. Incluso había cogido los alimentos estrictamente necesarios para los dos próximos días. En el acuerdo se decía exactamente: «...así como una dieta equilibrada tres veces al día durante el período de realización del pedido». Mientras corría escaleras abajo pensaba con placer en la precisión con la que lo había hecho todo. «Un trabajo limpio», pensó en cuanto la puerta de entrada de la terraza se cerró a sus espaldas. Muy lejos, abajo, en la frontera entre la maleza de hayas y los comienzos del bosque, divisó aquella cómica pareja.

Incluso desde tan lejos se podía observar su nerviosismo indefenso.

Yárchyk Volshébnyk se echó a reír para sus adentros y giró categóricamente a mano izquierda.

Karl-Josef Zumbrunnen estaba en las aguas del Río, un poco más abajo del lugar donde la corriente desemboca en éste. Durante horas fue arrastrado a la deriva, dos o tres veces chocó contra las salientes rocosas de la orilla, dio vueltas sin parar en unos cuantos los remolinos, se hizo daño con la áspera arena del bajío, una vez rozó violentamente en los bancos de unos estrechos desfiladeros, pero luego otra vez fue arrancado de aquel lugar, a pesar de los intentos que hacían las ramas de las orillas, extendidas desde ambos lados, de sujetarle por el jersey empapado o por el faldón de la chaqueta, y finalmente acabó en el Río. Precisamente allí dio contra una cresta calcárea en medio del cauce, donde su navegación libre con los pies por delante se

detuvo finalmente. Las piernas de Zumbrunnen se atascaron por las rodillas en unas grietas subacuáticas, y la parte superior de su cuerpo quedó tendida por encima de las olas. Sólo su cabeza, vuelta hacia abajo y medio hundida era lanzada ocasionalmente hacia arriba por la corriente, como si el Río hubiera decidido lavarla y relevarla de ese intento absurdo de sonreír.

Porque Karl-Josef tuvo suerte: su cara quedó intacta y cualquiera hubiera podido reconocerle. Pero, al fin al cabo, poco le importaba ya.

Un muerto es una cosa extraña. Solemos encontrarlos rara vez, en comparación con las posibilidades que tenemos de encontrarnos con otra clase de gente. Estamos acostumbrados a que el cuerpo de una persona esté sujeto a su plástica particular. Se mueve en el espacio, gesticula, se protege de las colisiones y sigue las coordenadas que le dicta su propia conciencia.

Estamos acostumbrados a que sea una totalidad indivisible que habla y se ríe, apela a sus semejantes, responde a las miradas y se observa en los espejos. Esta envoltura física móvil es tan importante para nosotros que oculta cualquier otro juicio y significado; es decir, sobre todo somos corpóreos, y por eso cualquier desviación de las normas de nuestra corporeidad hace que perdamos todos los cimientos de las relaciones con el resto del mundo. El cuerpo humano muerto es la más absoluta de estas desviaciones. No puede moverse ni hablar, es pasivo e indiferente a todo, porque no tiene la capacidad de irritarse. No es natural (como nos parece a nosotros), ya que se comporta de manera diferente a como habría de comportarse el cuerpo humano. Lo más sencillo es decir que todo es un sueño, pero entonces ¿qué pasa con el despertar? Bueno, digamos que es un sueño, pero eterno. Aunque entonces esta metáfora, llamada a tranquilizarnos apelando a la normalidad, se nos vuelve con su lado aún más terrible: no hay nada menos humano ni más horrible que la eternidad.

Por lo tanto, no hay ninguna necesidad de asemejar la muerte con el sueño.

Si acaso al revés. Pero todo este horror aumenta miles de veces cuando observamos un cuerpo muerto que un momento antes reconocíamos como vivo, que hasta hace sólo un poco, un instante increíblemente corto, se comportaba como el resto de cuerpos normales. ¿Cómo puede ser posible, y por qué? Nuestro asombro no conoce límites: ¡toma: un muerto! Pero lo más curioso de todo esto es que todos nosotros, no, mejor dicho, cada uno

de nosotros algún día montará un numerito como éste y se convertirá en un muerto.

A Karl-Josef Zumbrunnen le gustaba bañarse en las verdosas aguas de las montañas. Y en general, como a todos mis héroes, le gustaba el agua.

Así pues, ¿debía dejarle, y dejarme también a mí, una esperanza? ¿Y

escribir que se encontraba a gusto? ¿Que su cuerpo no sentía dolor, pero que sí sentía la corriente? ¿Que su cabello flotaba en los torrentes como las algas de Tarkovski? ¿Que en esta agua se sentía como un pez?

Por fin se encontraba a gusto.

Yárchyk Volshébnyk lo miraba desde la orilla y pensaba: «Es belleza pura. ¡Qué ángulo tan fantástico para tomar fotos: la cabeza (que las olas movían constantemente) echada hacia atrás, el cuerpo abierto espectacularmente en las rocas, el codo doblado de manera curiosa, la otra mano extendida hacia un lado y hundida hasta la muñeca!» (Yárchyk Volshébnyk no sabía nada de los tres huesos rotos, pero no tiene ninguna importancia, ya hemos acordado de que aquí no hay lugar para el dolor).

Karl-Josef acariciaba amorosamente con su mano el fluir del Río, como si de un perro se tratase.

Por desgracia, no llevaba la videocámara. Yárchyk Volshébnyk hubiera grabado un vídeo colosal: el cuerpo en el agua, el juego de dos objetos que fluyen, la muerte como encarnación de la esencia, o más bien del regreso a casa. La muerte como hallazgo del propio nicho, bañera, nirvana (Yárchyk Volshébnyk estaba seguro de que esta última palabra se escribía con doble

«n»). Con la superposición de la cámara hubiera destacado algunos fragmentos de este lujoso contorneo, por ejemplo los islotes de espuma alrededor de los dedos. Pero lo mejor era la cabeza, inducida por los mecanismos invisibles del flujo, o sea, del curso, o sea, movida arriba y abajo por la fuerza de la corriente, se meneaba constantemente como si estuviera de acuerdo con todo. De tal manera, la física se convertía en metafísica, y esta última, a su vez, en dialéctica.

Pero Yárchyk Volshébnyk nunca había sido un esteta por más de cinco minutos. En el sexto minuto de observación del Río volvió a decirse:

«¡joder, nos largamos cagando leches!». Le daba un poco de miedo estar en aquella orilla, cerca de aquel cadáver que estaba a punto de inflarse y

expeler burbujas venenosas. Además, empezaba a anochecer, y luego caería la oscuridad. ¿Llamar a aquel alcohólico y a aquella neurasténica?

Volshébnyk hizo una mueca sólo de pensarlo. ¿Ir corriendo a alguna parte, avisar a alguien? Y después, encima, estas inútiles investigaciones policíacas. ¡Qué dolor de cabeza! (Volshébnyk llamaba a este dolor con otro nombre: dolor capital, o sea, el dolor principal). No, lo mejor será que

¡joder, nos larguemos de aquí cagando leches! En este caso, había que tener en cuenta factor adicional más: su olfato. Y su olfato nunca le había decepcionado.

Y también esta vez, cuando de sus ruinas negras salió corriendo a su encuentro una decena de engendros gitanos perversos a los que, de hecho, aquella tarde había llamado él mismo, no dio vuelta atrás ni se puso a correr: por mucho que corriera, le alcanzarían y le matarían, como ya habían matado a aquel austríaco; la orilla es larga y no hay manera de cruzar el Río. No, Yárchyk Volshébnyk simplemente fue a su encuentro, acudió a su ladrido de cachorros («gimme, gimme some money, sir, gimme some candy, some cigarette, gimme your plan, your soul, your body!») y de repente rompió sus normas (saliendo bien librado y perdiendo sólo unas cuantas cosas: el bocadillo número tres y el bocadillo número seis, ¡al diablo!), los gitanos se dispersaron por todos lados y sólo entonces se echó a correr, aunque los gitanos ya no tenían demasiadas ganas de alcanzarle; pero esto lo sabemos aquí y ahora, porque, de tanto miedo, Volshébnyk sólo jadeaba (el puente empezó a dar saltos delante de él) sin atreverse a mirar atrás. Los gitanos, la verdad, le lanzaron un par de silbidos, pero con esto bastó, porque precisamente en aquel momento el mayor y más alto de ellos vio lo mismo que ya había podido ver Yárchyk: a Zumbrunnen en el Río.

Al cruzar el puente y pisar el borde de la autovía de la gran tierra, Yárchyk Volshébnyk se permitió un respiro. Pero esto no significaba que se hubiera detenido. El mismo refrán interior que no le había abandonado durante todo este tiempo y le hacía correr hacia delante, en dirección a Chortopil, un poco modificado y tonto: «Joder, joder; medio reino por joder...».

Cautivado por su meditación interna, caminaba con rapidez por el borde del camino sin querer fijarse en que hasta la estación más próxima los

indicadores de tráfico prometían seis o incluso siete kilómetros y medio (¡y aquellos kilómetros, sin duda alguna, eran kilómetros gutsules!), ni en que la indeterminación climática del día que acababa de sobrevivir empezaba por fin a decantarse a favor de la tempestad de nieve. En el vigésimo minuto de su marcha por aquel camino despoblado comenzó todo aquello: los relámpagos cubrieron el cielo, inmediatamente después sonaron uno, dos truenos y luego un tercero, y si Yárchyk Volshébnyk se hubiera interesado más por el folklore, habría podido recordar en aquel momento la salida de San Ilya en su carroza en vísperas de la fiesta. Sin embargo, no recordó nada parecido; únicamente se arropó un poco más con su chaqueta y aceleró el paso. Al cabo de media hora, mojado hasta las cejas y con la nieve pegada hasta en los ojos, se dio cuenta de que no veía por donde iba, y de que más allá de su mano extendida empezaba la " incertidumbre.

Incluso el spray antipersona sin utilizar ya no podía ayudarle de ninguna manera.

Precisamente entonces apareció el primero y, por lo visto, el único coche de toda la red de carreteras regionales. Apareció entre el trueno y la nieve, o más exactamente, de detrás de la espalda de Yárchyk, se desvió al arcén, frenó con un chillido y casi le atropella. Una música retumbaba en el coche, en el que había un montón de calvos (en realidad, sólo cuatro, pero iban tan borrachos que parecían por lo menos veinte). Yárchyk Volshébnyk se encontró en el asiento posterior, precisamente entre los dos calvos más hinchados y roncos; por primera vez no se arrepentía de no haberse dejado tentar en el balneario por una de sus videocámaras (el olfato, otra vez el olfato, se felicitaba interiormente). El conductor y aquel grupo de calvos, que se pasaban una botella abierta de mano en mano, se abrieron paso con sus voces a través de la cortina de ruido del radiocassette («el viento soplaba desde el mar, el viento soplaba desde el mar, el viento soplaba desde el mar»)[82] y empezaron a preguntarle quién era y adonde iba. El coche arrancó bruscamente y en un minuto se convirtió en una agitada atracción de Luna-Park, que para más inri había sido lanzada a aquel caos niveo, dispuesta a volcar o a chocar en cualquier momento contra algo a toda leche. Sobre todo cuando el conductor, por tercera vez, pronunció la palabra parabellum. A pesar de escuchar la respuesta-leyenda de Yárchyk

sobre el idiota buscador de setas perdido en el mismo fondo de aquella locura nivea (las risas y los gritos pelados podían haber destrozado fácilmente esta knajpa con ruedas), los de atrás le dejaron dar un trago a la botella y, tras expulsar sobre él a izquierda y derecha todo lo que se había acumulado en sus entrañas en dos o tres días de beber y fumar sin parar, le prometieron llevarlo hasta el mismo infierno si así lo deseaba.

—¿Tú también eres de Chortopil? —le hicieron una pregunta de la que Volshébnyk se salvó con astucia:

—Conozco a alguien por allí.

Así que continuaron avanzando a toda prisa, del radiocassette manaba su pop bandolero (y Shufik, [83] y «no hagas el tonto», «qué embriagadores»,

[84] y Liubé[85]), y así hasta el infinito: una limousine de cuatro paredes blindadas de la blancura nivea, explosiva y peligrosa, los frenazos estrepitosos en las curvas, el tufo a alcohol, el estar sentado de medio culo entre dos gordos gilipollas, las preguntas incómodas, los resbalones, el patinaje, la histeria del motor, las respuestas falsas y estúpidas, los chistes, las risas; hasta que todo se tranquilizó, sobre todo la tempestad. Entonces Volshébnyk empezó a pensar, preocupado, en que se acercaba la hora de ajustar cuentas y en que de algún modo tendría que sacar su gordo fajo de honorarios del bolsillo número uno, pues, incluso teniendo las ranuras estrechas, aquellos ojos notarían sin duda aquel sobre más grueso lleno de pavos. Sin embargo, no hay mejor manera de prevenir cualquier desgracia que pensar en ella a tiempo y, aún más importante, imaginársela con los detalles más minúsculos; aquí también tuvo suerte: al precio de un par de chistes verdes sobre un esquimal y un moldavo, la lata grande de cerveza y

—finalmente— los números de Chortopil de Lilia y Marlena («¡director, necesitamos con urgencia tías buenas: nos ha tocado un mogollón de pasta, y no tenemos a nadie con quien follar!»), le dejaron felizmente en libertad, cono, en libertad, cono, en libertad, y a las diez de la noche ya estaba frente a la entrada principal de la estación central de trenes de Chortopil.

Al cabo de un par de horas, con la espalda húmeda pegada contra un estante despiadadamente áspero, solo en el vagón de primera clase del único y lentísimo tren, se dijo: «Vamos». Y al bajar por la mañana al andén grisáceo, continuó con su idea y allí mismo la finalizó: «Lviv».

Aún no habían tenido tiempo de sacar el cuerpo del Río (el agua helada penetraba a través del borde de los zapatos de goma) y colocarlo boca arriba en la orilla, muy cerca del bosque. Desde la orilla opuesta, la prohibida, se podía ver con claridad, y, si alguien pasaba por allí, por el lado opuesto, advertiría forzosamente este gran pez del Danubio en la hierba bajo el espino. Pero esto será mañana, porque hoy ya empieza a oscurecer.

Algún día tenía que suceder. Ya desde que el mundo es mundo se hablaba de ello: un día, las aguas del Río traerán un gran pez del Danubio.

Nadie entendía cómo, en realidad, sería posible. Puesto que las aguas del Río no pueden correr en sentido contrario y las aguas del Danubio tampoco.

Así pues, la esencia de la predicción no era clara, incluso a lo largo de los años dejaron de creer en ello poco a poco, dudando cada vez más de la exactitud del relato.

Pero helo aquí: el pez del Danubio resultó ser una persona, un forastero, que hasta hacía muy poco paseaba aquí por la orilla y con sus zapatos caros y pesados pisaba con torpeza la hierba. Y todo lo que podían hacer por él era sacar del agua su cuerpo muerto de pez con los pulmones llenos de agua, tres huesos rotos y un traumatismo mortal en la cabeza. Y hasta mañana no lo encontrarán los otros y cuidarán de él. ¿Quizás aquel chulo peludo que había huido por la orilla hasta esfumarse en la perspectiva de la carretera detrás del puente? ¿Quizás dentro de unas horas traiga aquí una banda de polis y comience aquello de lo que hablaba la predicción?

Porque la predicción decía que en cuanto sacaran del Río el gran pez del Danubio habría que marcharse de allí. Sería la señal de que todo había cambiado y de que el tiempo pasaba a una nueva dimensión.

Decidieron irse bajo la última ventisca de este país y, al recoger por todas partes los restos de los bártulos imprescindibles, se pusieron en camino a través del bosque en el que nunca antes habían entrado. A pesar de esto, caminaban con bastante seguridad: para conocer el bosque no hace falta haber estado antes en él. Una fila india de unas siete u ocho personas, sin contar ni al rey ni a los menores, avanzaba cuesta arriba en silencio entre los árboles. La ventisca les cubrió con su gorro blanco, las descargas atmosféricas iluminaban los fragmentos de camino, todos los puestos aduaneros del mundo estaban cubiertos de nieve hasta las cejas, los

soldados y sus perros se escondían en los refugios improvisados, por delante estaba la sierra, el viento y el descenso de dos horas a la parte transilvana donde les esperaba, escondido, otro futuro.

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