Doce anillos
I Huéspedes Accidentales
I
HUÉSPEDES ACCIDENTALES
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n sus cartas desde Ucrania, Karl-Josef Zumbrunnen escribía: «Todo aquello que anhelamos, pensamos y esperamos, nos sucederá sin duda. La cuestión es que nos llegará tarde y con otro aspecto. De tal modo que cuando aquello se presente ante nosotros no lograremos reconocerlo. Es por esta razón que la mayoría de las veces tenemos miedo al futuro, tenemos miedo a los viajes y a los hijos, tenemos miedo a los cambios. No sé cómo enfrentarme a ello, pero lo pretendo con todas mis fuerzas. Aún no hace mucho tiempo que empezaron de nuevo los largos apagones».
Ninguno de sus íntimos amigos consiguió de Zumbrunnen una respuesta clara a la pregunta de por qué continuaba viajando a Ucrania. La que fuera su novia durante ocho años (una joven llamada Eva-María, de la que no se sabe si tenía más de Eva o de María) una mañana dijo basta. Juntos habían acompañado hasta el portón a aquella parte de la juventud en la que con una franqueza desenfrenada uno capta las miradas ajenas. Pero Karl-Josef Zumbrunnen no dejó de viajar a Ucrania, incluso después de esta ruptura.
Tan sólo se encorvó ligeramente —como observaron los más íntimos— y el oculista tuvo que prescribirle una dioptría más en cada ojo.
Tampoco cejó en su empeño cuando el gobierno ucraniano dificultó en gran medida la tramitación de los visados y encareció sensiblemente las tarifas de los servicios consulares. Karl-Josef continuaba atravesando las puertas del edificio consular, seguía esperando durante horas en las salas de recepción, junto a mujeres de voz ronca que huían de los burdeles y junto a todo tipo de ilegales, percibía con el rabillo del ojo las miradas, a veces
curiosas, aunque casi siempre despectivas, de las robustas secretarias rusoparlantes con sus caras embadurnadas con una capa de maquillaje cada vez más gruesa, y tras ser recibido finalmente en audiencia repetía por enésima vez al funcionario el nombre y apellidos, su ocupación y el motivo del viaje. Llegado cierto momento de la conversación, el funcionario advertía por fin con quién estaba tratando y, fijando sus ojos húmedos en el suelo, prometía ofrecerle ayuda.
Karl-Josef hizo su primer viaje a comienzos de los años noventa. Por aquel entonces las nuevas estructuras del Estado atraían hacia el Este a un gran número de viajeros. «Si logran pasar de este invierno —escribía en sus cartas Zumbrunnen—, tendrán un buen futuro. Ahora todo son dificultades, carecen de los productos más imprescindibles, incluso de vodka y de cerillas, las cuasidivisas provisionales se devalúan a cada instante; aunque no olvidemos que estamos en el Este, y aquí lo material nunca tendrá un valor decisivo». Charlaba con estudiantes y jóvenes intelectuales, personas extremadamente interesantes, dispuestas a cambiar radicalmente su país.
Los destinatarios de sus cartas no podían hacer más que encogerse de hombros: todas aquellas extáticas notas de viajero les parecían cuanto menos banales e inocentes, si no copiadas de las obras completas de un tal Rolland o un Rilke. A su regreso a Viena a principios de verano, Karl-Josef Zumbrunnen trajo un águila de madera lacada, un par de lízhnyk[2] de Kósiv
(uno para su novia) y un cajetilla de cigarrillos Vatra. KarlJosef no fumaba, pero de vez en cuanto invitaba a hacerlo a alguno de sus huéspedes más osados, de tal modo que, pasados unos cuantos años después de aquel primer regreso, tan sólo había vaciado media cajetilla.
Publicó sus fotos de los Cárpatos y de Lviv en unas cuantas revistas marginales, pero su exposición personal con el premeditado título de Europa, el centro desplazado nunca se pudo llevar a cabo. Tampoco sirvió de nada la disposición de Karl a cambiar el nombre por otro más comprometido: Tras Roth, tras Schulz. [3] En el último momento intervinieron las fuerzas superiores del Museo de Arqueología y Etnografía y todo se hizo añicos. Sin embargo, KarlJosef Zumbrunnen continuaba viajando.
En este sentido era un hombre quimérico, algo que sin duda provenía de su genealogía enmarañada, como la de la gran mayoría de sus paisanos austríacos. Durante los últimos cuatro o cinco siglos sus antepasados lo habían mezclado todo —estados, etnias, confesiones, política— de una manera tan explosiva e incompatible que Karl-Josef igual podía considerarse heredero de los cerveceros anabaptistas de Baviera que de los muleros de los Sudetes, de los queseros del Tirol, de los usureros en quiebra de Salzburgo, de los vendedores de sal de Sopron, [4] de unos cuantos banqueros suicidas o de obispos igual de suicidas, así como de otros personajes brillantes entre los cuales tenemos a un auténtico tragafuegos de Laibach, [5] a una mujer bizca propietaria del teatro de títeres de Tarnov, cerca de Cracovia, a la que quemaron públicamente acusada de brujería, a un famoso autor de calendarios agrícolas de Mattesburg, y a otra no menos famosa periodista feminista, también bizca. Con una de sus ramas más alejadas, la familia de los Zumbrunnen alcanzó al compositor Buxtehude; y con otra, al pintor Altdorfer. Pero es muy posible que Karl-Josef hiciera su primer viaje influenciado por el mito familiar de su bisabuelo, un fanático y enérgico guarda forestal de Vorokhta al que posteriormente trasladaron a Chortopil. El bisabuelo, como no es de extrañar, también se llamaba KarlJosef. Y por extraño que parezca, nueve de cada diez varones de la familia de los Zumbrunnen también se llamaban Karl-Josef. El bisabuelo KarlJosef Zumbrunnen fue inscrito con letras de oro en la historia de la administración forestal austríaca (o tal vez mundial) como aquel que a mediados del siglo xix había poblado de hayas y coniferas las extensas y calvas lomas de los Cárpatos. «Aquí ya nadie se acuerda de él —escribía en sus cartas Karl-Josef, su biznieto—, y cualquier intento mío de saber más sobre mi bisabuelo, fracasa. Tengo la impresión de que, en el siglo xx, aquí se produjo de verdad un terrible cataclismo, algo parecido a una fractura tectónica, y como consecuencia de ello, todo lo que había, digamos, antes del año treinta y nueve, quedó en el olvido. Hablé con unos jóvenes historiadores que me aseguraron que insistirían para que una de las cátedras de la academia forestal local llevara su nombre. ¡Como si eso me importara!».
En el noventa y dos viajó dos veces, y en el noventa y tres tan sólo una, aunque se trató de una estancia prolongada; según parece, se quedó en Lviv los tres meses enteros que le permitía el visado. En el noventa y cuatro, tras conocer los resultados de las elecciones ucranianas, pensó que jamás conseguiría volver allí. Sus cartas de aquel entonces están teñidas de aspereza y amargura: «Este país gozaba de unas maravillosas oportunidades para poder cambiar y pasar casi con la rapidez del relámpago de un estado de monstruosidad permanente e impotencia oligofrénica a uno de, como mínimo, normalidad. Sin embargo, resulta que el número de aquellos que dentro de él no lo quieren y que en general no quieren que exista como tal, excede considerablemente todos los límites permitidos. Según parece, me equivoqué mucho hace dos años. Al fin y al cabo, no es asunto mío, sino suyo, y son ellos los que hacen su propia elección diariamente. Me da pena sólo por aquel miserable puñado de los otros a los que conocí aquí y con los que tuve una buena colaboración. Ahora todos se han quedado paralizados presintiendo las liquidaciones y purgas; a alguno se le escapó una vez y en voz alta la palabra emigración, el otro dijo “separación, Zbruch”. [6] No creo que en ello hubiera influido la dosis de alcohol consumido: aquello fue dicho en un estado de absoluta sobriedad. Es evidente que no cerrarán de inmediato instituciones como la Sociedad Histórico-Cultural El Club del Danubio, al menos no las cerrarán mañana, y así, mientras podamos, debemos seguir haciendo todo lo que esté en nuestras manos». Por eso, en la segunda quincena de julio de aquel mismo año noventa y cuatro, KarlJosef Zumbrunnen se perdió durante mucho tiempo por los Cárpatos tomando fotos, en la mayoría de los casos de viejos cementerios, para su futura exposición Memento. Pasó casi un mes entero entre el cielo y la tierra, leyendo los viejos mapas de guerra que previsoramente había traído de Viena, avanzando poco a poco por los valles de los ríos, los caminos sin pavimentar, a veces por los montes, pronunciando de vez en cuando una palabra extraña: Gorgany, [7] a modo de conjuro. Entraba en los pueblos sólo
para comprar un poco de comida —una docena de palabras en ucraniano y la gesticulación eran, en principio, suficientes para que le entendieran; otro aseguraba que ya entonces tenía a su lado una traductora; sin embargo, esta afirmación carece de sentido si tenemos en cuenta el contenido y el humor
de sus cartas de entonces, en las que escribía sobre la soledad bajo el cielo estrellado. Aquel verano hizo un calor increíble, la hierba amarilleó antes de agosto y Karl-Josef Zumbrunnen se puso muy moreno. Sobre todo se deleitó sumergiéndose en los numerosos riachuelos de montaña y echándose recogidamente en ellos mirando hacia arriba, al despejado abismo azul oscuro. Hacía tiempo que no llovía, así que había menos agua en los riachuelos; sin embargo, el agua se hizo más limpia hasta tornarse verde transparente y era más caliente que de costumbre. Y Karl-Josef Zumbrunnen, de la misma manera que el resto de mis héroes, era un apasionado del agua.
Provenía de la población de Zitsgras, que está en el este o en el sur de Austria (vaya, he de describirlo ya por segunda vez, pero qué le vamos a hacer: iglesias góticas, un reloj en el campanario, una callejuela con su oficina de correos y su bodega, el arrullo matutino de las palomas, las aceras, casi siempre compartidas a partes iguales entre peatones y ciclistas, una antigua hacienda de los barones en la colina, unos como SchlöBchen, [8]
actualmente Museo de Xilografías y Pesca Lacustre, una avenida de castaños, los Alpes Orientales en el horizonte, el molino de agua y los baños de aguas verdosas). Sí, precisamente esta agua, estos baños hasta avanzada la noche en los alrededores del viejo molino que por algún extraño motivo no había sido destruido durante la última guerra, este sumergirse en las entrañas más verdosas de las aguas templadas con la idea oculta y alegre de no volver nunca más y perderse para siempre en su profundidad: precisamente esto y precisamente así visitaba a Karl-Josef en sus sueños felices; en los infelices sólo oía una música chillona, sin entender ni una sola palabra de todo lo que se le decía.
Aquel verano, a su regreso de los Cárpatos, observó sorprendido que no había sucedido nada malo. Todos sus conocidos de Lviv continuaban indemnes; la esperada ola de detenciones y cierres de las instituciones patrias se aplazó inesperadamente. Alguno de sus colegas decía incluso que todo había ido a mejor y que uno podía llevarse bien con las nuevas autoridades; al menos eran pragmáticas, cosa que no estaba del todo mal, y además, eran dirigentes más jóvenes lo que reclamaba la sociedad desde hacía tiempo. «Hoy en día, al poder llegan nuestros coetáneos —decía un
germanista, su traductor temporal, aunque, de hecho, era el traductor de Heidegger—. A algunos les conozco, o mejor dicho, les conocía personalmente. La vida se ha vuelto más interesante». Karl-Josef Zumbrunnen bebía sin prisas y en silencio su vino moldavo demasiado azucarado, pero no tenía paz de espíritu. Su exposición Memento se exhibió en varias ciudades de Galitzia acompañada de multitudes de visitantes y de banquetes demasiado generosos. En cada ocasión, unos cargos oficiales inauguraban estos actos con discursos sobre el nuevo gran país europeo que era Ucrania; unas chicas con el sex-appeal correspondiente rodeaban como odaliscas al famoso fotógrafo de Viena, rozándole, como por casualidad, con sus nalgas firmes.
Y Karl-Josef se sentía de nuevo atraído por aquel caluroso país.
En otoño de aquel mismo año, como ya se ha mencionado, su antigua novia vienesa le dejó, tras enterarse de que en Navidades volvía otra vez a Lviv. Dicen que a las cinco y treinta y cuatro de la madrugada, Eva-María apenas tocó por última vez con sus labios el hoyuelo bajo la nuez de su cuello, aún morena a causa del sol de los Cárpatos. Entonces todavía no llevaba colgada la cadenita con la placa de plata con su nombre y dirección grabados. Aquél fue el último verano durante el cual su hoyuelo preferido pudo tostarse al sol. El último verano, el último otoño.
En cambio, ya durante el verano siguiente escribía desde Lviv sin esconder la euforia que avivaba artificialmente dentro de sí: «¡Ha aparecido una buena cerveza! ¡Han abierto cafeterías nuevas e incluso restaurantes buenos! Algunas cosas están cambiando, algunas fachadas, etc. Incluso yo empiezo a pensar en cambiar temporalmente el blanco y negro por el color; no por cuestiones estéticas, claro, sino para la historia. De todo esto se podría hacer un divertido álbum: Lviv, las nuevas pieles. Estos intentos de volver a pintar esta superficie con pinturas traídas de los dudosos mercados de la vecina Polonia serían algo cómicos si no fuese por el impulso idealista y digno de todo respeto de los nuevos emprendedores locales. De verdad,
¡son jóvenes que lo que más desean es cambiar su país y, toco madera, lo están consiguiendo!». Y a continuación: «Me equivoqué seriamente cuando, a principios de los noventa, escribí que dominaban con excepcional rapidez las tendencias favorables a su propio desarrollo y corregían de
manera espléndida la situación en el país. Los años posteriores han demostrado que su país, de todas formas, era demasiado grande, torpe y, por eso, difícil para cambios fulminantes. Pero yo, por suerte, me equivoqué cuando hace un año decidí que había que hacer cruz y raya con todo aquello. Porque la realidad nos regaló nuevas sorpresas. La despedida de la juventud no es tan trágica si detrás de ella viene la madurez».
La última frase no encajaba del todo con el anterior texto, de estilo entre analítico y amateur, y a los compañeros de Karl-Josef de nuevo no les quedó más remedio que encogerse de hombros mientras la releían. Sin embargo, parece que yo entiendo de qué va. Pero de ello hablaremos más tarde.
Sus cartas de mediados de los noventa son una extraña mezcla de periodismo personal, notas contradictorias de su diario y digresiones emocionales sin motivación alguna, cercanas a lo metafísico. «Es una pena tremenda hablar con algunos que son autoridades aquí —leemos en una de las cartas—. Hace días uno de ellos, prisionero de la duda y autor de poesías autoeditadas, que por ironías del poder supremo y de las intrigas de las puertas locales consiguió uno de los tentadores sillones ejecutivos, me estaba convenciendo de que su nación contaba por lo menos con diez mil años de existencia, que los ucranianos tenían un vínculo inmediato con las fuerzas cósmicas del bien y que, según la forma del cráneo y de las superciliares, estaban próximos al modelo de ario, a consecuencia de lo cual existía un complot mundial contra ellos, los ejecutores directos del cual eran sus vecinos geográficos más próximos y algunos factores étnicos internos compuestos (“Usted, Sr. Zumbrunnen, entiende a qué me refiero”).
Luego hizo serios esfuerzos para demostrarme la nulidad, a su juicio, de la cultura rusa, sin dejar, según le pareció, piedra sobre piedra: Mussorgski, Dostoyevski, Semiradski y Brodsky (“¡fíjate qué apellidos! —gritaba entrando en éxtasis y salpicándome con su espuma azul y amarilla—:[9]
¡Rubinstein! ¡Eisenstein! ¡Mandelstam! ¡Mindelblat! ¡Rostropóvich!
¡Rabinóvich!”); lo más cómico es que se vio obligado a formular todo aquello en ruso, ya que este auténtico descendiente de europeos no se había molestado en aprender ninguna otra lengua europea. Y yo me vi obligado a interrumpir su caótica conferencia con unas cuantas preguntas embarazosas,
a las cuales sólo respondía con una mirada atónita. Le pregunté, digamos, esto: “Bueno, si de verdad tenéis una cultura tan antigua y potente, ¿por qué apestan tanto vuestros servicios públicos? ¿Por qué la mayoría de estos lugares parecen basureros putrefactos? ¿Por qué los cascos antiguos de vuestras ciudades se arruinan junto con barrios enteros, por qué se derrumban los balcones, por qué no hay luz en los portones y hay tantos cristales rotos bajo vuestros pies? ¿Quién tiene la culpa de todo esto? ¿Los rusos? ¿Los polacos? ¿Otros factores étnicos internos correlativos? Vale, no os apañáis con las ciudades, pero ¿y con la naturaleza? ¿Por qué vuestros campesinos, estos, como decís vosotros, portadores de una tradición civilizada de diez mil años, arrojan obstinadamente toda su mierda directamente a los ríos, y por qué viajando por vuestras montañas uno encuentra más metal abandonado que hierbas medicinales?”. A duras penas pude vencer la tentación de preguntarle algo personal sobre por qué él, recientemente nombrado caballero de la orden del Príncipe Volodímir, tenía tanta caspa en los hombros. Pero lo que pregunté en voz alta fue suficiente para que su expresión se enfriase y, mirando de una manera sospechosa la forma de mi cráneo, me diese a entender, confusa y locuazmente, que no tenía posibilidades financieras para apoyar nuestra expedición de este año.
Todo esto lleva a conclusiones poco consoladoras, sobre todo cuando se compara a una figura estatal de semejante envergadura, que, como si se tratara de una burla, parece arrancada en vivo de las entrañas de los archivos de un vulgarísimo siglo xix, con la realidad circundante. Estoy escribiendo esta carta en el mismo centro de la Europa perdida, desde unas estancias empapadas de devastación, frío, moho e interminables reformas ficticias de los legendarios locales del hotel George, donde tíos con el aspecto inequívocamente torvo de los informantes de la policía secreta me pasan notas de mis conocidos, mientras camareras entradas en carnes, dormidas y sucias me sirven un café nauseabundo y demasiado dulce, y estoy obligado a escuchar una música chillona y vacía, ver fisionomías, nucas y traseros grasientos (no miro hacia donde están, pero es imposible no verlos: ¡he aquí el problema!), respirar su sudor, su perfume, el humo de sus cigarrillos; me veo obligado a hundirme cada vez más en este entorno tragicómico, en esta desolación cínica, y a creer que realmente son
herederos de los egipcios y etruscos antiguos, como lo demuestran sus colores nacionales y sus ritos en los que se refleja toda la belleza y armonía de las relaciones del Hombre con la Naturaleza y el Creador (todo queda más claro en mayúsculas, como ironiza uno de los autores locales)».
Pero en otra carta, no muy alejada en el tiempo de la que acabamos de citar, encontramos un tono totalmente diferente: «¿Quién me ha dado derecho a aleccionarles, a advertirles sobre los baches y los dientes de oro?
Viven como quieren porque están en su casa, y yo no tengo la razón sólo por el hecho de que soy un viajero. Y lo más importante, lo que no se les puede negar es la cálida acogida con vodka. A grandes rasgos son infinitamente más humanos que nosotros. Y cuando digo más humanos, me refiero a su capacidad de abrirse de repente, de ver un ser íntimo incluso en una persona desconocida. Así, una distancia de 400 ó 500 kilómetros que nuestros intercity-express superan en apenas cuatro horas, los trenes de aquí las saben alargar hasta unas trece. Sin embargo, en los compartimentos de sus vagones, deliberadamente incómodos y estrechos, la gente saca comida y bebida, se presenta, comparte cada trozo de pan, se cuenta las cosas más trascendentales, a veces incluso las más íntimas. De todas maneras, la vida es muy corta: ¿por qué apresurarse? Los instantes de conmoción emocional más profunda, cuando inesperadamente tocas la abierta y cálida verdad del vodka, son mucho más importantes que las prisas oficiales y la cortesía reservada y falsa, bajo las cuales sólo existe el vacío y la mutua indiferencia. Me gusta que a veces parezcan una familia gigantesca e infinitamente ramificada. Cuando os ofrecen su comida y su vodka y os negáis, se vuelven obstinados, incluso insoportables e intolerantes. Y no creo que sea porque la comida y el vodka sean mucho más baratos aquí que en nuestros países, sino porque realmente son gente más sincera y de alma más generosa. Así, negarles su agasajo es como privarles del derecho de mutua compresión. ¡Cómo difiere todo esto de la atmósfera bien ventilada, esterilizada y cuidada, con una calefacción irreprochable, pero al mismo tiempo privada del verdadero calor humano de nuestros rápidos intercity, con su desfile superficial de sonrisas y el silencio artificial que de vez en cuando interrumpen el clic de los mecheros o el frufrú del papel de aluminio!».
Así pues, a partir de la segunda mitad de los noventa Karl-Josef Zumbrunnen empezó a darse cuenta de que se acostumbraba a todo aquello, de que le empezaba a gustar. De manera repentina y resuelta, al pasar de un vagón a otro de un tren de pasajeros demasiado desvencijado que iba de Frankivsk a Kiev, del dieciocho al nueve, al vagón restaurante, precisamente en aquel momento y en aquel lugar, de manera repentina y resuelta se dio cuenta de que le gustaba caminar tan ancho, fingiendo seguridad y conocimiento de la situación, le gustaba dejar pasar a la gente que iba en dirección contraria por los pasillos de unos trenes y unas plataformas demasiado estrechas, le gustaban las miradas embriagadoras y los dientes de oro de las azafatas, le gustaba recordar el nombre de la siguiente estación (Zdolbuniv), le gustaba que en ella vendieran cerveza barata, le gustaba apañárselas con todo, que la puerta del compartimiento estuviera casi siempre abierta de par en par y que, al llegar al vagón número nueve, le gustase la comida del ferrocarril, sinceramente poco saludable, y el pan mal cocido, y la media botella de vodka hábilmente dividida en dos tomas, y las caras ya torvas y los movimientos un poco bruscos de los clientes del restaurante, y las caderas de las dientas chillonas cubiertas con unas mallas, y sus bromas igualmente chillonas de las que no entendería ni una palabra, pero explotaría en una sincera carcajada junto con todos sus interlocutores accidentales y —¿quién sabe?— quizás, incluso le gustaría su música chillona de la que distinguiría sólo algunas frases rusas como «mi amiga», «pero no lo tengo», «la abrazabas»...
Quizá, precisamente por este motivo, en una de sus cartas siguientes, escribió: «El camino de un extranjero está lleno de peligros y pruebas, pero no hay nada más dulce que la sensación de integrarse al Otro. Un día te das cuenta de que, sin exagerar, hubieras podido vivir aquí. Y no hay nada imposible si mañana quieres estar y vivir sólo aquí».
Los destinatarios de sus cartas cada vez entendían con mayor claridad que todo aquello era debido a la eterna feminidad. Las ucranianas de aquel entonces se hicieron realmente famosas en Occidente, explotadas no sólo como esclavas sexuales, sino también como esposas en uniones matrimoniales tradicionales en varios países meridionales y septentrionales a la vez. «Son unas tías estupendas —bromeaba uno de los conocidos del
bar de Karl-Josef Zumbrunnen, el dentista, cuyo nombre no tiene aquí ninguna importancia—. Tienen el sex-appeal de las putas y no están corrompidas por el feminismo». Es necesario mencionar que desde hacía cierto tiempo Karl-Josef no siempre reaccionaba adecuadamente a semejantes chistes, lo que hasta cierto punto alegraba e intrigaba a su camarilla semanal que, según un antiguo hábito burgués, se reunía cada viernes a tomar una copa de vino en el café Alt Vin, regentado por croatas.
De esta manera, transgredía sin querer las normas no escritas de este círculo exclusivamente masculino, especialmente las obligatorias licencias verbales y el aparente cinismo, frívolo y elegante. «El viejo Charlie Jo ha dejado de entender nuestro humor —pensaron—: hasta la vista, Charlie, te has metido hasta el fondo en el coño de alguna, ¿cómo se está allí, Charlie?».
En realidad, fue así: el empeoramiento de la vista, la insólita soledad otoñal, el abandono, la débil espera del viaje a Lviv por Navidad (según el calendario antiguo), el registro de cuatro horas en la aduana de Chop
—«motivo de su viaje», insistía unos de ellos con las orejeras de la gorra de piel bajadas (sin embargo, un ciudadano un poco torpe de la República de Austria contestó lo aprendido: «perrriodista, foto», aunque en aquel momento ni él mismo podía imaginarse su verdadero motivo)—; luego, el deshielo, las lluvias templadas, los vertiginosos y peligrosos resbalones en las colinas de Lviv, los zapatos y pantalones de invierno manchados por el fango de las calles, las habituales caídas, una fiesta navideña en una de las mansiones en la calle Lísenko, antiguos conocidos, una nueva traductora temporal, profesora («no, señor Karl, ¡confesora, no!»), borrachera, glotonería, pastorcillos con el corderito, Señora Torpe (primero, al principio se vertió encima una copa de vino tinto tras haberla enganchado con la manga de su vestido tradicional; segundo, lastimó a Zumbrunnen al darle un codazo mientras se sentaba a la mesa después de su enésimo regreso del perfumadero («del fumadero, señor Karl»); tercero, ¡ya se sabe que a la tercera va la vencida!, se torció el pie y casi se cae por la escalera de caracol que iba a la cervecería adonde todo el mundo estaba invitado a observar la pintura gris oscuro del propietario de la casa; Karl-Josef consiguió sujetarla, y tal vez no sólo porque en aquel momento estaba un escalón más arriba: de esta manera, durante cinco minutos fue como el
héroe de una película antigua, como el de una Salva a la Dama del Peligro Mortal; «a sus órdenes, a sus órdenes», respondía a las señales de agradecimiento en lugar de hacer un osado ademán con la mano y decir algo paródico y cortés, para lo que le faltaban palabras en ucraniano; así que repetía «a sus órdenes» mientras todos se movían a su alrededor sin sentido alguno y tropezaban en búsqueda de los primeros auxilios para remediar el pie torcido; un inspector (¿vicerrector-director-erector?) bigotudo y bastante beodo consiguió al tercer intento fijar el pie con una venda elástica («¡porque somos los viejos plastun[10] que se arrastran como reptiles por los Cárpatos!») —y a qué venían aquí los reptiles, no entendió Karl-Josef—; luego llamaron a un taxi y la Señora Torpe —en realidad señora Roma Vorónych— desapareció cojeando en la noche húmeda y resbaladiza, acompañada por su propio marido, que resultó ser el más borracho de todos los presentes.
Luego vinieron unos cuantos días más de fiesta, igualmente marcados por las lluvias y los restos de nieve que caían día y noche: algunos pesebres cutres que más bien recordaban las ruinas de lo que fuera un ejército derrotado, unos niños pesados con las cabezas rapadas y que con unas voces falsas y mutantes cantaban apresurados villancicos —en sus bolsillos se adivinaban cuchillos y petardos—; luego dejó de funcionar la calefacción del hotel; más tarde la arreglaron y, justo en el momento en el que desde el Artico volvieron las masas densas de aire helado, para el Año Nuevo, [11]
nevó, y Karl-Josef marcó su número de teléfono, al acordarse de repente de que ella dominaba el idioma de él, lo que significaba que podía sentirse mucho más cómodo e incluso interesarse por cómo estaba su pie.
Desde el primer momento les gustó estar juntos, ella le asistía fantásticamente en sus proyectos, no sólo como traductora sino como asesora experimentada y bien informada en los muchos laberintos de las relaciones interpersonales típicas de Lviv. Sin embargo, desde el momento de la primera llamada telefónica, con motivo del pie torcido, tuvieron que pasar casi dos años más de colaboración básicamente oficial, o mejor dicho: de dolorosa y áspera indeterminación; tuvieron que pasar dos regresos más de Karl-Josef a Viena y sus dos llegadas a Ucrania para que un día ocurriese lo inevitable (acaba de aparecer como una serpiente una
autora de novelas femeninas que nadie ha invitado: ¡fuera, fuera!), bueno, en realidad fue en una habitación del hotel George que se lanzaron el uno sobre el otro con una prisa tan fulminante que la Señora Torpe arrastró tras de sí la cortina junto con la cornisa roída por el dermesto y Karl-Josef se convenció otra vez que no sabía manejar los sujetadores; tras la pared, unos Gigantes torpes continuaban unas obras en la habitación vecina, clavando sin misericordia sus Cinceles y Tacos Hipertróficos en aquella misma pared y discutiendo algo en su Bruto Lenguaje Profesional; todo lo demás pasó más o menos, o incluso más que menos, o sea, no estuvo mal, pero cuando poco tiempo después ella salió del baño, evidentemente tras haber resbalado y derribado con la mano un estante lleno de espumas de afeitar, champús, desodorantes y otras cosas por el estilo, Karl-Josef Zumbrunnen, de repente solitario entre las sábanas de las camas unidas, arrugadas por sus caricias amorosas, dirigió al techo alto del hotel una pregunta retórica: ¿cómo se puede follar a una mujer que tiene una hija casi adolescente? Y en vez de esperar la respuesta del techo alto, él mismo se respondió: «Resulta que se puede».
Hacían todo lo que podían, pero las circunstancias externas empeoraban cada vez más. Hasta finales de los noventa, Ucrania se halló al mismo tiempo en varias listas negras compuestas por observadores demasiado independientes de diversas instituciones internacionales. «Al cruzar la frontera ucraniana recomendamos llevar encima un billete de diez o veinte dólares —aconsejaban a sus lectores los editores de la guía turística Los Cárpatos Meridionales y Orientales (Londres-París-Berlín, 1998)—. Es una medida habitual para estimular a los aduaneros ucranianos, gracias a la cual podréis evitar los largos y a veces humillantes trámites aduaneros. Si de todos modos os encontraseis en territorio de este país, una ex república soviética, no olvidéis extremar la cautela: todas las modalidades de delincuencia, incluido los robos, los saqueos de coches e incluso los secuesros, han alcanzado proporciones desorbitadas. Tampoco conviene fiarse de la policía local, de un nivel profesional y técnico terriblemente bajo, cuyos representantes, además, no hablan ningún idioma europeo; por lo tanto, simplemente no os entenderán, aunque tratarán de engañaros varias veces». Todo aquello, así como los apagones durante las largas tardes de
otoño e invierno, no significaba una tragedia para Karl-Josef; otro síntoma mucho peor era la cada vez más evidente impertinencia del poder y, junto con ella, el deshielo en la gente de aquel infierno interno que se llama miedo. «Me parece —escribió en una de las cartas—, que acaba irrevocablemente la década más feliz de la historia de este país. Alguno de mis compañeros tiene la sensación de que sus teléfonos están pinchados de nuevo. Sin embargo, no es posible una repetición absoluta del pasado: si antes las autoridades acababan con los otros por medio de los juzgados, los campos de concentración y la así llamada psiquiatría, al totalitarismo de hoy se le puede calificar de rastrero: realmente se acerca furtivamente entre la tiniebla aprovechando unos métodos absolutamente criminales. Una cosa es ser condenado en un proceso antijurídico, aunque cerrado, pero, perdón, legítimo, donde con la cabeza alzada lanzas en voz alta acusaciones al sistema, recordando que en Occidente de una manera u otra se enterarán, y otra que unos desconocidos enmascarados te roben cínicamente, te estrangulen durante las torturas, y luego te tiren sin cabeza en medio de un descampado. Desaparecen políticos, periodistas, peces gordos, y si al cabo de un tiempo encuentran a alguno, ya está muerto. Tras todas estas extrañas circunstancias, se entienden muy claramente los típicos suicidios o accidentes de coche; a algunos les disparan en los ascensores o en la escalera de su propia casa. Además, en este terreno tan abundante se ha desatado también la delincuencia no política-, la seguridad de un ciudadano promedio no la puede garantizar nadie, y el mercado negro de armas de fuego pronto vivirá aquí su edad de oro. Pero de momento hay oscuridad, oscuridad por todas partes, apagones durante muchas horas y cuerpos desmembrados en los contenedores llenos de basura».
Y a continuación: «Sin querer, me ha salido una especie de aforismo: un estado policiaco es aquel donde la policía tiene el poder sobre los ciudadanos honestos pero se ve impotente ante los delincuentes».
Pero, incluso después de estas confesiones, Karl-Josef Zumbrunnen no dejó de viajar a Ucrania. No dejó de hacerlo aunque los gobiernos de los países de la Unión Europea ya no recomendaban a sus ciudadanos visitar el país. Pero, ¿qué podían saber estos gobiernos de los ásperos lomos expuestos al viento, del color del fango en las botas de montaña
destaconadas después de una semana de trabajo, qué sabían ellos de los olores de las iglesias de madera, de los cementerios viejos, de los torrentes?
Tampoco podían saber nada de la señora Roma Vorónych, de cómo fuma en la cama o cómo busca en la oscuridad el camino al baño tropezando con las sillas, o simplemente respira al lado de Karl-Josef, o apaga todas las luces cuando se quita la ropa, porque igual que a todas las mujeres de su edad ya empieza a avergonzarle un poco su cuerpo.
Por eso Karl-Josef Zumbrunnen nunca pensó en cumplir las recomendaciones de los gobiernos occidentales. La recompensa por tanta estabilidad de gustos la encontró en la decidida univocidad de todo milagro: el año pasado le encontró uno de los redactores jefes de una prestigiosa y gigantesca editorial que se especializaba por igual en el arte de fotografía moderna, multimedia y la fotografía documental, y le encargó un álbum de los paisajes de los Cárpatos con el título pactado de antemano La patria del masoquismo. La línea de la cultorología masoquista y la investigación del masoquismo, recientemente muy popular, podía lograr desarrollo en la naturaleza muerta, o mejor dicho, violada, de los paisajes aniquilados; al redactor le interesaba, sobre todo, la unión de una naturaleza mutilada con la industria, y que allí, en el Este, lo industrial moría igual de catastróficamente que la naturaleza: eran las ruinas al cuadrado. «Verás —
decía el redactor—, nos interesan todas estas cisternas y todos estos tubos cubiertos de hiedra, las orillas de los ríos envenenados, los lotes baldíos, etc. ¿Polonia? ¿Eslovaquia? ¿Rumania?». «Si lo que les importa es el contexto de Masoch, mejor Ucrania», contestó Karl-Josef con un tono de voz lo más indiferente posible, porque como todos los perros viejos recordaba que no debía venderse barato. «Ah, pero, ¿Masoch no está en Polonia? —El redactor alzó la ceja con piercing—. Perdone, aquí en Düsseldorf no nos orientamos demasiado con vuestros asuntos austríacos», añadió acariciando un iroqués de color lila ígneo. El anticipo permitió a Karl-Josef bailar la Czarda del oso exactamente al cabo de una hora, ya en medio de su propia vivienda, un poco estrecha para los bailes de competición, en Pratershternia.
De esta manera, en la siguiente carta de aquel año Karl-Josef Zumbrunnen tenía ciertos motivos para escribir: «Todo el misterio universal
consiste en nuestra falta de deseo de aceptar las cosas tal como son. Pero en realidad existe sólo un orden de las cosas. Es por esta razón que tenemos tanto miedo al futuro, tenemos miedo a los viajes y a los hijos, tenemos miedo a los cambios. No sé cómo enfrentarme a ello pero lo intento con todas mis fuerzas».
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