Doce anillos
IV Concluyendo
IV
CONCLUYENDO
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Karl-Josef Zumbrunnen estaba mirando a Karl-Josef Zumbrunnen. El segundo de ellos era un cadáver y yacía sobre las mesas de oficina puestas juntas, cubierto de la cintura para abajo con restos de sacos viejos. El primero, en cambio, estaba algo diferente, mucho más delgado. Aquella noche fue el momento de su liberación. Le resultaba extraño verse a sí mismo desde fuera y no en el espejo; en definitiva, se trataba del enfrentamiento de los dos misterios más importantes de la existencia: el encuentro de la Muerte con el Yo.
Karl-Josef, el que se había desprendido de su cuerpo, permanecía en algún lugar un poco más arriba, quizás en el techo, observando precisamente el que hasta hacía poco era su cuerpo: el comienzo de su desintegración, las primeras manchas en la piel y el resto de manifestaciones, también bastante previsibles: el enfisema gangrenoso, el verde cadavérico, el desprendimiento de la epidermis y la formación de ampollas llenas de icor. Karl-Josef lo sabía todo, aunque nunca había estudiado patología anatómica. Pero ahora lo sabía y lo entendía casi todo.
¿Sentía pena? ¿Quizás se sentía viscoso en aquella oscuridad atravesada por el claro de luna?
No se sabe. Sólo hay una cosa segura: que él no quería ni podía quedarse aquí mucho tiempo; la Luna le reclamaba. Por la mañana tenían que expedir su cuerpo a Chortopil, para el análisis forense, aunque éste no se le podría practicar antes del lunes, porque ¿qué forense hurgaría en aquel cadáver por Semana Santa? Y también era dudoso que se lo hicieran el lunes; lo más probable es que fuese el martes, o mejor pasadas las fiestas, el miércoles, así que por la mañana sólo tendrían que llevárselo a la cámara frigorífica para detener los procesos de saponificación. Pero Karl-Josef, de todas formas, ya veía como acabaría todo: la luz tenue de las lámparas de argón, el invernal tintineo metálico de los instrumentos afilados (¡el frío es esterilidad, y la esterilidad es frío!), el relleno meticuloso del protocolo en un diario especial, encuadernado y sellado, la monótona constatación de las tolerancias y las potenciales enfermedades incurables, igual que la extracción del cuerpo de guijarros, limo, dos o tres hojas oscurecidas de olmo, muy pálidas a causa de la flema de larvas y crisálidas. Y luego, Karl-
Josef también pudo ver claramente aquella sutura cínica y negligente, cuando el mondongo arrancado se une a la ingle o a alguna otra parte.
Ahora Karl-Josef podía ver también aquellos hilos gruesos y rígidos, y la aguja saquera de medio lápiz de largo, y la enfermera de la morgue, un poco loca (¡veintinueve años de vida laboral en el mismo sitio!), de busto caído, ojos amarillentos y pesado aliento de formalina.
Como fotógrafo, a Karl-Josef la oscuridad le gustaba tanto o más que la luz.
Pero ahora había adquirido una infinidad de nuevas habilidades: ver, saber y sentir. Y también, la de atravesarlo todo: su nueva estructura era más fina que las estructuras más finas de la materia. Así, sin esfuerzo alguno, salió fuera, a través del techo y del tejado de la antigua celda de arresto. Subió un poco más y entonces pudo abarcarlo todo, incluidos los dos maderos de guardia que echaban una cabezada en la garita del anexo (la ropa desparramada por todas partes, el radiador eléctrico encendido y calentado al blanco, la mesita llena de vasos, copas sin vaciar, restos de comida y colillas sin acabar, el radiocassette Vesna, dos kalashnikov cargados y apoyados contra la pared, dos maderos sudados de tanto dormir, en calzoncillos y tendidos en el mismo sofá; no, no eran maricas, eran primos, familia: Iván Mykulyak y Shtefán Drakulyak). Tenían que vigilar este cadáver hasta la mañana siguiente. Y lo hacían.
Karl-Josef sintió por primera vez algo parecido a una extraña y dolorosa ligereza cuando consiguió, de nuevo sin ningún tipo de esfuerzo, subir y alcanzar aquella altura desde donde ven los pájaros. Se encontró en la misma corriente de luz de luna, densa y hasta palpable. La luna en el cielo aún parecía llena, y por eso un poco siniestra, aunque en realidad había conseguido su punto de plenitud el miércoles y ahora empezaba a menguar, cosa que sabían a ciencia cierta todos los astrónomos eclesiásticos.
KarlJosef también. Se giró como un pez en el chorro de la luz y por un instante indefinido (el tiempo para él ya era una cosa diferente) se quedó inmóvil. «Sin gafas —pensó—, sin anteojos, lentes o dioptrías adicionales».
Ahora podía ver a través de todo lo que alcanzaban sus Ojos, hasta las profundidades.
Por ejemplo, podía ver cómo crecía la hierba, cómo el petróleo corría por los oleoductos, cómo los peces nadaban por los ríos y corrientes, aguas arriba y abajo. O los esqueletos en el fondo de las cuevas cubiertas y las calaveras en el fondo de los pozos tapados. O, digamos, los incontables TIR, inmóviles en colas larguísimas delante de los controles fronterizos, con los paquistaníes medio vivos, medio ahogados (esta vez estaba seguro de que no eran de Bangladesh, sino de Paquistán), apilados sin moverse bajo el doble fondo del suelo.
También veía miles de iglesias iluminadas por dentro, por todo el país.
Karl-Josef Zumbrunnen hizo un pequeño círculo encima del valle del Río y, sin dudar, se dirigió a Transilvania. Aquí ya no hay explicación posible; debemos aceptarlo como un hecho. Porque la mayoría de los muertos viajan al Oeste. Le vino a la memoria cómo imitaban de pequeños a los pilotos y con qué facilidad se lanzaban al agua, a la verde y cálida espesura del río en los alrededores del molino.
Pero ¿se puede llamar a esto memoria?
Se acercó a la Sierra encima del mismo pastizal Dzindzul y (nada podía pararlo, ni la llamada de la Luna) empezó a descender bruscamente. Resultó ser más fuerte no sólo que la Luna sino que él mismo: no todos los hilos estaban rotos. Voló siseando por encima de las puntas espolvoreadas de nieve de los arbustos de enebro, dobló el trampolín y aterrizó justamente en el edificio del balneario. Le atraía, era su Lugar, aquel edificio quimérico con zaguanes, terrazas y torres, con decenas de ventanas. Pero sólo dos de ellas estaban iluminadas. Y fue a la primera de ellas a la que Zumbrunnen se arrimó, o más exactamente, a la que se unió con todo su ser, golpeando contra el frío de su estructura blindada.
Detrás de la ventana estaba la habitación de Kolomea Vorónych. La chica estaba medio tendida en el sofá cama sin deshacer y escribía sin cesar en su grueso block de notas, arrancando una por una las hojas que escribía.
Aquella era ya la página número ciento trece de su carta al amigo desaparecido, a aquel que se había marchado ayer, durante la puesta de sol.
«Yo sé —escribía Kolia en la página ciento trece —que estás dividido en dos, y que por eso eres eterno. Tú, que hace sólo una noche estuviste aquí y que tan bien me poseiste (Kolia tachó las últimas cuatro palabras) me liberaste cariñosamente de esta marca, de este sello, de esta insignia pegajosa..., me refiero a mi virginidad, que ya descansa con Dios, así que Tú eres el mismo al que he estado esperando toda mi vida (las tres últimas palabras las tachó), no te diré cuánto tiempo. Pero te diré que Tú eres diferente: rechoncho, viejo y calvo, un anciano gilipollas (tachó la última palabra), parlanchín, que parece un hobbit. Porque, como sé ahora, Tú existes en dos versiones. En la joven, tienes eternamente veintisiete años.
Precisamente la edad que tenía Aquel Poeta la noche de su muerte. Y en la vieja, Tú tienes tantos años como habría tenido Aquel Poeta si hubiera vivido hasta hoy. Si no hubiera muerto joven. ¡Pero no me digas que no es así y que otra vez lo he confundido todo! ¡Vi cómo saliste de la veranda hacia los Embajadores de la Noche! Ellos Te estaban esperando en los arbustos. ¿Crees que estaba alucinando? (Toda la frase tachada). Y Tú me miraste por última vez por encima del hombro... ¡No eras Tú! (las tres últimas palabras, igual que los signos de exclamación, los tachó). Ajá, era aquel profesor que por medio segundo salió de Tu envoltura, porque Tú y él sois la misma cosa, lo sé. Creo que gracias a eso Tú puedes estar aquí y en la Luna. Porque en realidad sólo no es permitida una cosa: o estar aquí, o estar en la Luna. Estamos divididos en dos partes, ¿verdad? Por cierto, yo sé que ahora estás allí. ¡Ja! He visto cómo te disolvías en aquel claro de luna repugnante (tachó la última palabra), ¡ya estoy harta de ella! Y
entonces los Embajadores de la Noche se convirtieron en tres mochuelos enormes y salieron de detrás de los arbustos. Tú caminabas arriba, por el rayo de la Luna, y ellos volaban por encima de Ti, un poco por detrás, como si fueran tu escolta».
Se vio obligada a escribir la palabra escolta dividiéndola en sílabas: escol-ta. Las dos últimas letras pasaron a la página siguiente, y arrancó la ciento trece con la misma decisión y la lanzó al suelo, junto al sofá, sobre el montón de sus ciento doce predecesoras. Karl-Josef se dio cuenta de que más adelante escribiría sobre él.
«¿Sabes? —continuaba escribiendo ella—.Te estoy escribiendo, pero
¿cómo podré hacerte llegar esta carta? Porque nunca más aparecerás delante de mí, está claro. ¡Ahora tienes tantas doncellas para ti solo! ¡Todo un paraíso de doncellas! Respecto a los servicios públicos de correos, debo decirte que están fatal, Tú mismo sabes cuánto tardan si hablamos de la comunicación entre nosotros y la Luna. Prácticamente toda una vida. Pero a mí me importa un comino (cuatro palabras tachadas) no me importa: acabaré esta carta hasta los puntos suspensivos porque estoy segura de que alguien la leerá. Nosotros tenemos noticias. Ayer por la noche mi mamá y Pepa trajeron la novedad de que habían matado a aquel fotógrafo austríaco.
Cada vez pienso más en él (tachó la última frase). Ha muerto, pero yo, por lo visto, ¡no sabía nada, nada, nada sobre él! Y ya nunca lo sabré, por lo visto. ¿Cómo era el tío? ¿Por qué vino aquí, qué le arrastró hasta nosotros?
No, no es eso, no es que piense en él, simplemente le estoy buscando con la mirada, porque ahora está por aquí. Por ejemplo, detrás de esta ventana.
Cierro los ojos, giro la cabeza hacia la ventana, entonces cuento hasta diez:
«uno-dos-trescuatro-cinco-seis-siete-ocho-nueve-nueve y cuarto-nueve y medio-nueve y tres cuartos-¡diez!». Abro los ojos y detrás de la ventana no hay nada ni nadie, sólo la noche. Pero él está en algún lugar por aquí.
¿Quizás simplemente no tengo permiso para verle? Pero gracias a él entendí qué era el duodécimo anillo: es el círculo de la eternidad, el principio y el fin unidos, Alfa y Omega, todos nosotros y cada uno de nosotros...».
Karl-Josef Zumbrunnen, con el nueve y tres cuartos, saltó a tiempo sobre el chorro de viento y desapareció de delante de la ventana de la chica.
Era evidente que no quería ser descubierto. De hecho, la carta que escribía Kolia le hizo reír por su patetismo, esta eterna característica de los jóvenes y de los vivos. «Además —recordó— esta chica lee demasiada literatura fantástica, y escucha a Morrison. Parece mística», decidió Karl-Josef.
En realidad, ya hacía rato que quería mirar por otra ventana... Y ya sabéis por qué. Con la misma decisión, se acercó y arrimó su cara al cristal.
Y entonces vio la habitación del matrimonio Pepa-Vorónych, apenas iluminada por una lámpara de noche. Artur y Roma, por lo visto, dormían.
Pero ¡cómo que por lo visto! Dormían y punto. Dormían como duermen
juntas las personas que se quieren. O sea, tan juntos, y tan cerca, y respirando tan al unísono, como lo hacen los que duermen juntos por amor.
Era un sueño inefablemente profundo. Karl-Josef no intentó llamarla. La lámpara de noche encendida sólo podía significar que hacía poco habían estado haciendo el amor. La cara grande, que ocupaba la ventana entera al otro lado de la habitación, se convirtió en una mueca de dolor. Resultaba que aún podía sentirlo.
Ruptura, ruptura. Despedida, pérdida, ruptura.
Con todas sus fuerzas se apartó de la fría ventana de estilo europeo. Y
así, cortando obstinadamente el aire nocturno, voló hacia arriba. Y sólo entonces miró otra vez abajo, a la Sierra de color blanco leche de los chorros lunares; el edificio del balneario por debajo de él había empequeñecido hasta tornarse un estúpido lunar sobre la piel terrenal.
Ningún radar fronterizo, como debe ser, descubrió sus movimientos celestes. Ya en el lado transilvano, Karl-Josef entendió por primera vez quién grita como un pájaro aquí. Él mismo apenas pudo salir del remolino de viento que resultó ser un potente y energético vórtice astral. Decenas, si no centenares, de almas volaban por este precipicio espacio-temporal, sin posibilidad alguna de salir nunca de él. Lo más probable es que la mayoría de ellas estuvieran condenadas a quedarse en esta máquina centrífuga hasta la eternidad. Karl-Josef supo escabullirse a través de un tubo sin aire entre dos ciclones, cada uno de los cuales podría haberlo mareado por los siglos de los siglos.
Sólo después de esto, Zumbrunnen finalmente siguió su rumbo. A mano izquierda dejaba el río Suchava, de donde precisamente llegaban los coros de una misa nocturna mezclados con el bramido de los trombones de alguna boda gitana y los rugidos de las maniobras en la estación Suchava Nord; y a la derecha, el Bistritsa y el Pyatra-Nyamts. Estaba siguiendo obstinadamente la línea de los Cárpatos, e intentaba con todas sus fuerzas no desviarse por los mechones rocosos en las sierras. En el lado transilvano no había nada de nieve, y la primavera ya había avanzado tanto que parecía que allí abajo los jardines estaban a punto de florecer. La gente se quedaba aún más abajo; aquella tierra elevada no les pertenecía en absoluto. Entre la gente y las sierras estaban los bosques. Karl-Josef no solamente se acordaba
de ello: sentía todos los arroyos en los matorrales y veía cada árbol por separado y todos los árboles juntos. Pero podía mucho más que esto: era capaz de sentir también cada hoja en cada árbol, y percibir el sonido de los brotes, y la respiración del musgo, y (lo que requería un oído especial) cómo por debajo de la corteza crecían los anillos de los años, o cómo latían los corazones, no sólo de los lobos, sino también de los erizos. Luego vio delante de sí las primeras almenas de los Alpes trasilvanos; sin embargo, antes de alcanzarlos, giró bruscamente al oeste. Sí, al oeste, huyendo del alba.
Ante él se abrió desde el mismo principio todo un abanico de posibilidades. Podía, por ejemplo, elegir el camino más rápido, sobre Eslovaquia. También había montañas por allí, si lo que le importaba realmente era ver montañas. Podía desviarse más al sur y dar más vueltas sobre la frontera eslovaca-húngara, en caso de que no quisiera montañas sino pendientes calcáreas, y viñas. De hecho, podría cruzar esa frontera sin que ni los aduaneros ni él mismo lo percibieran, y aparecer encima del cartográficamente verde Zemplin, y entonces, derivando no tanto al sur, sino al oeste, finalmente acercarse por el Danubio un poco más arriba de Budapest. Precisamente, no podría evitar el Danubio, ni en la versión eslovaca del vuelo, ni en la húngara. Por lo tanto, en cualquier caso le quedaban por delante los puentes, las barcazas, el junco y el estero de la orilla.
Sin embargo, si en lugar del camino más corto prefiriera el más largo, podría desde el primer momento dirigirse al norte y atravesar Polonia. Y
esto significaría volar inevitablemente también por encima de Lviv. KarlJosef Zumbrunnen amaba esta ciudad con más fuerza y honestidad que la mayoría de sus habitantes. Ahora ya se puede, sin ocultar la verdad, expresar en voz alta aquello que durante toda su vida tuvo que ser un secreto: Karl-Josef soñaba muy a menudo con Lviv. En aquellos sueños en los que él, cumpliendo las órdenes secretas de unos jefes inexpresivos y difusos, penetraba en algunas viviendas clandestinas destartaladas, y desde allí, a los subterráneos llenos de trastos milenarios; porque su tarea era encontrar el agua, el cauce, el río. Y lo encontró en su último sueño, pero aquello causó la rotura de las compuertas por debajo de la Ópera,
Zumbrunnen aún recordaba cómo de todas partes llegaba un sedimento espumoso, cómo le había cubierto hasta la cintura sin poder moverse y cómo, a pesar de que era un pez, finalmente le cubrió por encima de la cabeza y se ahogó.
Sin embargo, ahora, desde el primer momento, se alejaba de Lviv. Y ya nadie sabrá por qué. ¿Quizás, acostumbrado desde niño a pintar sobre los mapas geográficos, quiso cerrar la media elipse de los Cárpatos con la media elipse de su propio vuelo? ¿Crear alrededor del centro de Europa un óvalo virtual que llevase su propio nombre?
Puede que fuese otra cosa. Puede que fuese un túnel, su túnel personal, y simplemente no tuvo otra elección.
Todo lo mejor en la mejor de todas las existencias.
También aquella misma noche, en Lviv, el director Yárchyk Volshébnik, borracho como una cuba, destrozado e infeliz, se encontró como de milagro en la estación de tren, donde sacó del bolsillo trasero las últimas monedas que le daban derecho a acceder a la sala de espera de pago de confort superior. En realidad, allí no había ningún tipo de confort, ni superior, ni inferior; en cambio, tenía una ventaja indiscutible: la ausencia de aquellos gitanos intolerables que le habían cogido manía. Yárchyk Volshébnik dejó caer toda su masa en el banco de la estación e intentó mirar a su alrededor en busca de compasión humana. Intentó afinar la vista con los ojos muy abiertos y húmedos, pero no obtuvo resultado. Sin embargo, en cuanto sacó del lateral profundo la botella abierta de Bálsamo de Vartsábych, un soldado se sentó a su lado. El soldado resultó ser un desertor que esperaba el primer tren del día siguiente para ir a casa por Pascua.
—Esto —decía Yárchyk Volshébnik al desertor mientras aquél bebía de la botella el líquido oscuro y asqueroso—, esto..., ¿cómo lo diría? Vengo el viernes, ¿vale? El material grabado en el cassette, la pasta en el sobre,
¿vale? Bueno, parece que todo está en orden, ¿vale?
Aquella ya era la cuadragésima vez que explicaba la misma historia. El soldado no se enteraba de casi nada, pero fingía que prestaba atención.
—Pues esto —continuaba Volshébnyk—, yo, pues he dormido, he comido y venga a ver el cassette, ¡pero allí no hay nada! ¿Te imaginas,
soldado?, ¡nada! ¡Hostia! ¡Todo perdido, soldado! ¡El clip de la temporada, el número uno! ¡El mejor erotismo: the best! ¡ The best of, [107] soldado!
Tomaba aliento, bebía un poco y se secaba las lágrimas. A lo largo del día habían escuchado esta historia decenas de personas desconocidas que había ido encontrando casualmente. Al principio era comprensible, pero cada vez se hacía más confusa. Así que esta vez era difícil entenderla:
—Entonces yo, eso mismo, pues, el sobre, la pasta: ¡era un puto fajo así de gordo, y todo billetes verdes, soldado! ¿Y qué crees? Abro el sobre, y allí, esto mismo: ¡un montón de papel, todo mierda, un fajo de papel con el que se limpiaban el culo! Soldado, ¡un fajo gordísimo, podrían haberse limpiado doscientos culos!
La experiencia demostraba que, en cuanto Yárchyk Volshébnik llegaba a este punto, estallaba. También esta vez. Y fue así que Volshébnik bramó:
—¡El cassette está vacío, y en lugar de honorarios hay mierda!
El soldado ya hacía rato que quería mandar a paseo al aquel capullo peludo, la bebida se había acabado, y escuchar una y otra vez que «eran gitanos asesinos, soldado, gitanos asesinos, ¿no?, sólo piensa, esto mismo, el cassette vacío, y en lugar de los honorarios, mierda», le estaba sacando de quicio. Sin embargo, sólo lo hizo mentalmente: hasta el primer tren de la mañana a casa faltaban dos horas más y, de todas formas, ¿qué cono iba a hacer?
Así que esta es la última oportunidad que tenemos de verlos de cerca.
Por ejemplo, cómo Volshébnik, destrozado por su fracaso, se tranquilizaba poco a poco, cómo su fatiga le vencía, cómo hablaba cada vez más flojo, inexpresivamente y se comía palabras y frases enteras («me han jodido los honorarios, se han cargado al austríaco, todo el cassette lleno de mierda»), y finalmente, cómo él, como si fuese en un foso, caía en la desesperación del entumecimiento soñoliento. El soldado de momento toleraba aquella cabeza sobre su hombro.
Pasarán unos minutos, y entonces el director Yárchyk Volshébnik, sin abrir los ojos, notará cómo en la sala de espera de pago de confort superior, aprovechando el momento en que todos alrededor, incluidos la vendedora de billetes y los guardias, se habrán quedado dormidos, penetran por todos lados, a hurtadillas, unas figuras en harapos y medio encorvadas. Se le
acercarán sin hacer ruido y sacarán sus cuchillos. Su horror subirá hasta la garganta, se acurrucará, los gitanos asesinos levantarán los cuchillos por encima de él. Y Yárchyk Volshébnyk soltará un grito que llenará la estación de trenes de la ciudad de Lviv.
Karl-Josef Zumbrunnen podría haber oído este grito si de verdad le hubiera importado. Pero se estaba alejando, y no sólo de Lviv, sino de sus recuerdos de Lviv. Esta vez reconoció Brashov por debajo de él; una bandada de cornejas que cubrían la aguja y los tejados de la Iglesia Negra le tomaron por un nuevo cuerpo astral y empezaron a graznar por todo el espacio que tenían bajo su control. El giro en el cielo cerca de Brashov hizo que Karl-Josef finalmente prosiguiera a lo largo de la línea de los Alpes Transilvanianos. Quizás especialmente para él, la luz de la Luna se hizo más intensa. Veía cada grieta y cada escalón rocoso con tanta claridad como si se los hubiera inventado. En los castillos y palacios, aquella noche se estaban divirtiendo, pero la mayoría de todas aquellas diversiones ya tocaban a su fin. Las damas cubrían con pieles sus escotados hombros blanco-transparentes, cubiertos de harina lunar; los caballeros, igual de pálidos, se inclinaban y se despedían los unos de los otros, con sus medallones y sus monóculos resplandecientes. Las selectas sociedades aristocráticas subían a las agitadas calesas y carrozas para llegar a casa antes del alba por los caminos sinuosos al borde del precipicio y, tras un buen trago de sangre bien macerada antes de ir a dormir, se metían cada uno en su féretro.
A la derecha de Karl-Josef quedaba Sighisoara, con todos sus laberintos; un poco más adelante, por la forma de la ciudadela, la arcada medieval desde la ciudad Superior a la Inferior y la cátedra luterana, reconoció Sibiu (claro, nunca en su vida había estado allí, pero igualmente reconocería cualquier edificio, calle o plaza de cualquier ciudad o pueblo del mundo: ésta era la ventaja especial de sus nuevos poderes, así que pronunció mentalmente: «Sibiu, Germanshtadt», y repitió este nombre varias veces), y luego, por la expulsión brusca de una enorme nube de olores venenosos mezclados (eso es, petroquímica, y azufre, azufre, cómo no: ¡azufre!), enseguida supo que también a la derecha, pero mucho más
adelante, a unos doscientos o trescientos kilómetros humanos, estaba Timisoara.
De hecho, Transilvania, como el resto del mundo, apestaba a petróleo.
Siguisoara, Timisoara: ambos nombres le sonaron a conjuro. Era un hilo más, que hasta el momento no se había roto: el amor infantil por los conjuros.
Pero, claro, no eran sólo los castillos, no eran sólo las plazas mayores de las ciudades alemanas de juguete, no eran sólo los picos y las torres. Había más vacío que ninguna otra cosa, y el segundo lugar pertenecía al hierro y al hormigón: tugurios de nueve, diez y doce pisos, barrios con un montón de ropa interior tendida y llenos de antenas parabólicas; los seguían los basureros municipales, los vertederos industriales, los terrenos industriales llenos de basura, los descampados y las poblaciones de mineros. Todo estaba en su sitio.
Cerca de la frontera serbia, las montañas daban paso a la llanura. KarlJosef suspiró y por última vez se volvió hacia aquel fatídico país llamado los Cárpatos.
Aquel mismo minuto, o quizás el siguiente, Artur Pepa y Roma Vorónych se despertaron un instante y sus labios se encontraron. Luego se hundieron de nuevo en el mismo episodio durante el cual habían pulsado el botón de
«pausa», se deshicieron en abrazos y se dieron la espalda el uno al otro. La segunda parte de cualquier noche juntos es el alejamiento temporal, el regreso a la cáscara individual con la señal rescatada del fondo de la conciencia ralentizada: ¡sólo es la mitad de la noche! ¡Sólo es la mitad de la vida!
Es poco probable que exista la estadística del número de parejas humanas que duermen juntas y a la misma hora. Y aún es más difícil saber cuántas duermen por amor, cuántas por costumbre, cuántas por cansancio, cuántas por cálculo y cuántas por desesperación. Y es imposible definir estadísticamente cuántas de ellas son de sexo diferente, y cuántas son del mismo sexo. Gracias a Karl-Josef nos enteramos de que los hermanos-maderos Mykulyak y Drakulyak no eran los únicos que dormían aquella
noche en el mismo sofá. Vimos también a Volshébnik, que había colocado su cabeza desgreñada sobre el hombro del soldado desertor.
Y en la residencia estudiantil del Instituto de Cultura de Chortopil, dormían en la misma cama Lilia y Marlena. Y esto no formaba parte del espectáculo lésbico para el hombre romántico y solitario, como informaban algunos anuncios publicitarios. Era por pura inevitabilidad. Era por puro amor.
Y ahora yacen arrimadas, dos muchachas absolutamente iguales, o sea, dos niñas, o mejor dicho, dos tías, una rubia y otra morena, teñidas, sólo que una de ellas tiene el ojo acardenalado y se le mueve el tercer diente, y la otra el cangrejo rojo de un chupetón debajo del pecho izquierdo, y un montón de cardenales en el cuello y los antebrazos.
Y nada podrá separarlas. Excepto, quizás, el visado de Schengen.
Sobre la Voivodina, Karl-Josef llegó finalmente al Danubio. Primero fue a la izquierda, hacia Novi Sad, pero el olor a vendas sucias le empujó rápidamente al sur. Hace tan sólo un año este lugar sufría unos durísimos bombardeos, así que no pudo ver en el curso del Danubio ni la mitad de los puentes que esperaba encontrar. No era mejor el asunto de la navegación: imaginarse las luces móviles de los barcos resultó ser vergonzosamente inocente. Sin embargo, Karl-Josef decidió continuar volando encima del cauce, cada vez más lejos, en dirección noroeste. Aún conservaba los restos del idealismo típico de la gente del Danubio de su vida reciente; aunque, para ser más exactos, aquello ya era memoria de la memoria, al nivel de las estructuras más finas de las células de su cuerpo actual. De vez en cuando le arrastraba hacia arriba, por encima del Danubio, aunque ya desde el primer momento este rumbo resultó estar lleno de ángeles que iban en dirección contraria. No es que fueran un obstáculo, simplemente tenía que explicar cada vez quién y de dónde era. Era, en primer lugar, bastante insólito (tanto como informar al caporal en el ejército), y en segundo, un poco humillante. Un poco más tarde se dio cuenta de que así sería de ahora en adelante mientras continuase avanzando a lo largo del cauce del Danubio: era el llamado corredor angelical del Danubio, un lugar de patrullaje constante, una zona de atención especial. Por eso Karl-Josef bajó bruscamente hacia el oeste. Esto ocurrió en algún lugar encima de la
frontera húngara; más adelante estaba Pee, donde la siguiente bandada de cornejas le saludó con un graznido nervioso, dando vueltas de espanto alrededor de los minaretes. Más tarde voló sobre la puszta, la gran estepa húngara, donde aún era de noche, siempre en dirección noroeste. Sí: huía de la luz del día, puesto que ya pertenecía, ya casi pertenecía a Otra Luz.
Pero cada vez había más luz terrenal, eléctrica. Cuanto más se adentraba al oeste, abajo aparecían más autovías, vías férreas, malecones, el machete mellado del Balatón estaba cubierto con una guirnalda centelleante de proyectores, linternas y faros costeros. Más adelante, pasado Sopron, ya se adivinaba el centelleo continuo que se acercaba; avanzaba contra él como si fuese la Civilización Occidental: pues sí, era ella, Austria, una parte inseparable del Imperio de la Luz Eléctrica. Sólo el lago Noizidler le sedujo con su negra mancha alargada, y pudo sentir toda la salinidad de sus aguas templadas, el susurro de sus juneos, porque en particular esta noche podía sentirlo todo. Pero lo más triste es que lo sentía ya de otra forma, de otra forma.
Se acercaba a Viena desde el sudeste. Para ello no necesitaba ningún compás y ningún astrolabio: una hilera de luces de colores, coronadas por un enorme arco de luz con dos óvalos irregulares en las puntas, certificaba que abajo estaba Shwechat. A estas horas aquí todavía no funcionaba nada: decenas de aviones grandes y pequeños simplemente pernoctaban en las pistas de despegue. La verdad es que el UPS6612 de Colonia se estaba preparando para aterrizar, mientras el OS3016 de Bangkok llevaba veintiún minutos de retraso. Más adelante empezaba un verdadero batiburrillo: Lezh, Copenhagen, Sydney vía Kuala-Lumpur, y también (¡diablos!) Odesa vía Lviv. Salidas para Budapest, Estambul, Atenas, Frankfurt. Y luego ya cada minuto.
Durante un rato Karl-Josef estuvo volando al lado del que iba a Colonia, y al mismo tiempo pudo ver desde la ventanilla la cabina medio vacía en la que viajaba un gran grupo de hindúes con turbantes de color naranja (¡qué diablos necesitan en Viena a estas horas!), pero dándose cuenta del amanecer, cada vez más perceptible hacia la parte oriental del cielo, a sus espaldas, se desvió a un lado por debajo del ala del Boeing y continuó su rumbo más allá de cualquier línea aérea.
A propósito, es absolutamente erróneo imaginar a KarlJosef como un avión antropomórfico; la posición horizontal del cuerpo y las piernas, las manos en función de alas, la cabeza con el piloto dentro. En realidad, dejó todo antropomorfismo allí, sobre las mesas puestas juntas, en el aula de la antigua mazmorra convertida en celda de arresto en algún lugar de los Cárpatos Orientales. En realidad, era una nube, una Gota en el Océano, simplemente una gota, un punto, un pedazo de luz de luna.
En realidad, él lo era todo.
Sin dejar su corredor lunar, Karl-Josef Zumbrunnen llegó a Simmering, y continuó volando por encima del ramal férreo que se transformó en el entrelazado del depósito de trenes de Kidering. Por ambos lados de la vía había descampados que daban paso a edificios poco significativos. Por allí, a la izquierda, en uno de estos edificios inservibles, no muy lejos del Kurpark, parece, vivía Eva-María después de su primer matrimonio; pero él no se molestó en ver su dormitorio, su cama, a ella misma, en escuchar cómo respiraba mientras dormía. En cambio, rozando el territorio del cementerio Central, vio con claridad la incineración de su propio cuerpo en el crematorio local. Esto tuvo que ocurrir al cabo de ocho días (la llamada del cónsul austríaco en Ucrania, la gestión de todos los papeles necesarios, la conferencia de prensa del embajador, el vuelo Kiev-Viena con una comitiva especial, tres o cuatro conocidos reunidos con motivo del proceso de incineración, y más adelante ya sólo fuego, fuego y más fuego), tuvo que ocurrir exactamente así y acabar con un puñado de polvo, pólvora, cenizas que hace tiempo sabían tomar fotos y besar. Pero a Karl-Josef no le importaba aquel polvo.
Porque más adelante estaba Südbanhof, la estación del Sur: había llegado su turno. Sí, su oasis preferido lleno de palmeras, leones alados, mendigos, locos, taxistas turcoárabes, putas balcánicas; una estación para pobres, la avanzadilla noroeste del mejor de los mundos. Sí, había despilfarrado más de una de sus noches por estos alrededores, el buscador de aventuras medio ciego y el fotógrafo que entonces se preocupaba por el álbum de estaciones nocturnas de Viena: cubos repletos de basura, decenas de latas de cerveza deformadas (por alguna razón, siempre eran de Ottakringer y nunca de Zipfer), vasos de plástico, bolsas de papel, cajas,
periódicos, publicidad. Incluso ahora pudo reconocer a las mismas personas en las salas de espera: a Pedrag, Maritsa, Dejan, Willy, Natasha, Ismail,
¿acaso nunca han salido de aquí, durante estos cuatro, no, que digo cuatro, durante casi cinco años enteros?
Ellos ni le oyeron. Hacer señales era inútil. Aceleraba la marcha, iba cada vez más rápido. Ya estaba pasando por encima de Viena, de la Karlsplatz, por encima de los drogadictos que colgaban horizontalmente en los arcos del paso subterráneo, por encima de los primeros tranvías en la Rotonda, por encima del fondo del metropolitano y todo lo que está más profundo. Ya veía delante suyo, allí, detrás de la cloaca de interés histórico-cultural de la Ciudad Interior, todos los alrededores septentrionales, con su bosque vienés, que en esta estación estaba verde y pegajoso. Le vinieron ganas de caer sobre este bosque.
Pero en algún sitio en el triángulo aéreo entre San Esteban, la iglesia de Malta y la Tumba de los Capuchinos, fue duramente golpeado por una cortina invisible e impenetrable. Y fue cegado por un destello insoportablemente blanco. Delante de él apareció un Muro Luminoso del que una ronca voz de jazz preguntó:
—¿Quién eres? ¿Quién desea entrar?
Karl-Josef dijo sin darse cuenta:
—Yo, su Majestad, el césar de Austria, el rey de Hungría.
Los espectadores (los había, invisibles, centenares de miles en este concierto) silbaron y patalearon.
Entonces la misma voz del Muro Luminoso dijo:
—No te conozco. ¿Quién desea entrar?
Otra vez respondió a aquello:
—Yo, el césar de la Santa Roma, Karl-Josef, el rey de los apóstoles de Hungría, el rey de Bohemia y Gitania, el rey de Jerusalén, que de joven era un fan de Judas Priest y Iron Maiden, el gran conde de Transilvania, el gran duque de la Toscana y de Cracovia, el duque de la Lotaringia...
Como respuesta a aquello, una enojada ráfaga aún más potente se alzó de su estadio.
—No le conozco. ¿Quién desea entrar? —preguntó por tercera vez una voz más ronca todavía desde el Muro.
Y sólo entonces el recién llegado encontró la respuesta:
—Soy Karl-Josef, un pobre pecador, fotógrafo y adúltero, me entrego a vuestra merced.
Los Espectadores invisibles guardaron silencio. Sólo durante medio segundo, pero pareció que fuese por nueve mil años.
—Puedes entrar —dijo finalmente desde el Muro.
Y entonces dejó de ser un Muro, para convertirse en una Escalera Luminosa, que iba, por muy raro que parezca, hacia arriba.
(Imaginémonos que todo ocurrió exactamente así. Porque si no ¿qué nos queda? ¿El cuerpo en las mesas puestas juntas?).
En aquel mismo instante, Artur Pepa pone la mano sobre la curva templada de Roma. Esto ocurre precisamente a medio camino entre el sueño y la realidad. En el sueño había mucha gente que gritaba, algo parecido a un coro de gutsules o a un teatro. Le habían robado el huevo pintado que llevaba en el bolsillo, lleno de estrellas y cruces de color naranja, y se negaban a devolvérselo. Al ver que se despertaba, desaparecieron enseguida, haciendo una reverencia, bailando y cantando modestamente algo muy descarado.
Y dejemos paso ahora a la salida de los héroes, pero ya de otros, de otra novela de otro autor.
Y nosotros también deberíamos apartarnos, esperando que esta vez a Artur Pepa no se le duerma la erección matutina.
2001-2003
Bolburg-Feldafing-Stanislavo-Frankivsk
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