Doce anillos
Capítulo 2
A partir de 1997 a mi alrededor empezó a morir gente. Es evidente que ya antes había conocido un fenómeno como la muerte, pero entonces me parecía tan lejano que, de hecho, no podía tener nada que ver conmigo. El comienzo lo puso mi padre. Estuve largo tiempo recuperándome de su muerte (si es que, de hecho, me he recuperado) la noche del Viernes Santo.
A principios de julio, de Kiev llegó la noticia de que Vitaly Kotsyuk, [108]
entonces uno de mis amigos más íntimos, finalmente había muerto en una sala de cuidados intensivos, entre el suplicio de su carne abrasada por unos asesinos desconocidos. No fui al entierro, pero (mil disculpas por este
«pero»: no está aquí por un deseo de contraponer una hazaña a la otra), bueno, no fui al entierro, pero me emborraché en una casa de Ivano-Frankivsk aquella misma noche, o sea, el 6 de julio. Salí al balcón, todo el cielo estaba lleno de estrellas. Sin ton ni son, recordé que Antónich había muerto hacía precisamente 6o años, la noche de San Juan de 1937. No me acuerdo cuánto duró aquello, el balcón y el cielo estrellado encima de mí.
Quizás precisamente el tiempo que necesita una persona trágica y ebria para fumarse dos o tres cigarros seguidos. Pero ocurrió: la sensación más mística que haya tenido nunca: entendí claramente que Antónich existe (a pesar de su muerte, confirmada por los médicos hace 60 años) y (la auténtica conmoción) que Vitaly también existe. Era la sensación de la presencia, me atrevo a citar, por muy manoseada que esté la perífrasis de Prokhasko. [109]
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